No importa ahora [...] el logro poético de todos esos años [de adolescencia], sino lo que entonces, de inmediato, hallé definitivamente: una determinada concepción de la poesía. Aparte de ello, fue aquel tiempo un lento y continuado aprendizaje del oficio, con el deseo de vencer tantas torpezas y dificultades que impedían la expresión personal de un posible mundo. El asombro que, en la adolescencia, era para mí la poesía es, ahora, revelación. La nueva realidad que mediante las palabras hago mía, sólo me puede ser dada en el texto; y se trata de una revelación que enteramente me pertenece, que no viene de fuera, sino de mi interior secreto y oscurecido. La poesía no es un espejo, sino un desvelamiento. En ella nos hacemos a nosotros mismos; no buscamos allí reconocernos sino conocernos. Ponemos ante el espejo nuestra persona, somos en él los confidentes de nuestra propia vida y recogemos la presencia de un extraño que nos borra, y nos suplanta, desde su mentira, con más verdad que la nuestra. Se desprende que, desde esta generalizada postura, el poeta que la asuma estimará poco la poesía como juego, o como pretexto de virtuosismo. Igualmente, le desagradará que en ella puedan aparecer, en desnuda provocación, estos dos exhibicionismos: el amaneramiento o la pedantería. Con la poesía sólo pretende un nuevo conocimiento que habrá de afectarle grandemente, pues lo recibe de sí mismo. Dice y oye, a un mismo tiempo; a la vez, da y recibe el conocimiento. Esta es la función sagrada, si queremos así calificarla, del acto poético. Si el rezo produce la ilusión de la comunicación con lo desconocido, eso que en su expresión suprema llamamos Dios y que por su índole nos sobrepasa, la poesía cumple idéntico cometido con lo humano desconocido y que, por la emoción que nos produce su hallazgo, parece también que nos sobrepasa, que desciende a nosotros. Hay también otra poesía preferida que es, más que de conocimiento, de salvación. Ella intenta revivir la pasión de la vida, traer de nuevo a la experiencia lo que, por estar vivo, ha condenado el tiempo. El poema acomete esa ilusión de detener el tiempo, de hacer que el instante trascurra sin pasar, efímero y eterno a la vez. y con el instante, el suceder del hombre. No importa que se trate de una ilusión.

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         Cabe preguntarse ahora si en una determinada experiencia, que pasado el tiempo será la que origine el poema, las escondidas significaciones o las inéditas relaciones de tipo espiritual que se nos revelarán en el texto, estaban ya allí, aunque de manera escondida, en aquel su transcurso vital. Mi respuesta es que, en la mayoría de los casos, no lo estaban; al escribir solemos añadir al texto nuevas realidades que, aunque sólo fuesen imaginativas, alcanzan la misma necesidad y verdad que el núcleo originador, y que gravitan con no menor fuerza. Mas no olvidemos que el poema está siempre escrito desde el hombre, y así las imaginaciones, o aun los mismos hallazgos del azar, todo en el poema está haciendo referencia única al que lo ha escrito, nada hay que no dependa de él. De ahí que en toda gran obra exista un mundo coherente que, con la identidad del estilo, se entrega absolutamente personalizado. La autonomía de la experiencia poemática respecto de la experiencia vital que mayoritariamente lo origina admite grados, pero siempre tienen ambas en común su absoluta dependencia respecto de una misma persona.

         Alguna vez, y es caso extremo, la concreta experiencia vital que me impulsa a la realización no aparece para nada en el poema; éste la rechaza y, si allí está, lleva una máscara que la invisibiliza, o es puro vacío: el único lector que sabe de su fantasmal presencia es el propio autor, y es posible que, pasado el tiempo, se le torne imposible también a él su reconocimiento.

         De los emocionantes escombros de la vida surge la motivación del poema, pero sin que casi nunca sea mi voluntad la que elige. Desde allí, algo ha brillado exigiendo la salvación por la palabra o el conocimiento de su lado oscuro. No accedo a esa llamada desde ningún sistema de valores que justifique ante mí aquella salvación, y aún sucede que cosas importantes de mi vida, no olvidadas nunca, y que incluso han influido fuertemente en la formación de mi persona, no me piden existir en la poesía.

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         Es sabido que el ritmo es condición inexcusable del poema cuando en él se hace uso del verso, mas en sí mismo no lo considero su componente más importante. Con un mismo ritmo (lo cual implica identidad de sílabas y acentos) el resultado estético de dos textos puede ser muy bueno o pésimo, hasta el punto de que, al leer ambos, no solemos reconocer en ellos su exactísima identidad métrica. La pregonada música del poema, como tal música, es extremadamente pobre.

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         Mas basta que la pobre música del poema se nos entregue felizmente vestida de palabras, para que la emoción pueda igualarse en su intensidad a la más compleja e inspirada de las músicas.

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         Lo que importa en poesía es la palabra: la palabra significando en libertad. y en esa significación actúa todo: ritmo, procedimientos, sorpresas lingüísticas, aciertos fónicos, etc. Pero también (y sobre todo), y a esto quería llegar, el valor semántico del vocablo, y en agrupación con los otros, sus connotaciones y sugerencias. El valor poético de las más bellas aliteraciones de un verso no viene dado tan sólo por el hallazgo de unos sonidos que encantan su audición sino, en tal grado o más, por su adecuación al contenido.

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         Ha dejado escrito y bien demostrado Carlos Bousoño que en la poesía no buscamos verdades. Y, sin embargo, sí que nos importa lo que un poema dice, pues es esto que se me dice lo que me conmueve. Y, como creador, puedo afirmar que me importa mucho lo que en él digo. Pero aclaremos: no valen más allí la originalidad, la novedad o la objetiva verdad que sus contrarios. Tampoco valen menos. Sólo esperamos que desde el poema se nos transmita un cuerpo de intensa emoción, y ésta se nos comunica, haciendo uso de unos determinados procedimientos, encarnada en palabras y, con ellas, se nos da una personal visión del mundo. Mas lo que a ésta la hace valiosa es tan sólo su capacidad de entregamos una emoción, única verdad que buscamos en el poema.

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         A la verdad científica, que también pretende ser única, pero en el sentido de universal, le repugna la ambigüedad de la poesía. El poeta, a diferencia del científico, aun en los casos en que parece que su atención está sólo fija en el mundo exterior, no hace sino explorar, buscar significaciones de su mundo interior. El poeta escribe desde su individualidad, aunque lo que tratara fuese de abrazarse a la humanidad, mientras que el científico, por los métodos operativos de que hace uso y la finalidad que busca siempre, trabaja desde un colectivo humano. De ahí que una verdad científica, emocionante por sí misma, sólo será verdad poética si se produce su transustanciación, y es que se trata de dos emociones y también de dos lenguajes distintos, el portador de una verdad ya sabida de antemano y que se dirige al intelecto, y el que sólo puede hallar esa verdad en ese mismo lenguaje, y que espera el asentimiento conmovido de todo el ser, en el que la razón sólo es una parte, y no la que más importa. La ciencia tiene que convencer; a la poesía le basta con seducir .

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         Continuamente surge la pregunta de si en una determinada obra se refleja o no el tiempo histórico que le corresponde. No considero la respuesta de apreciable dificultad. Si el resultado poético es malo, la respuesta puede ser una u otra, pero ambas posibilidades se identifican en la insignificancia de su acción, con lo que la pregunta se nos presenta ociosa; y si el resultado poético es bueno, es para mí evidente que está siempre reflejando su tiempo, o quién sabe si, en el caso de una obra excelente, ayudando también a crearlo. La conmoción pura y desinteresada de los buenos lectores no se da nunca en vano: la sensibilidad del hombre, cuando es afinada, es siempre histórica, y éste sería impenetrable a emociones que no fuesen históricamente pertinentes. Un poeta que se preocupara por esta equívoca cuestión (hay críticos que no son más que travestidos sociólogos) estaría mostrándonos no sólo un desconocimiento de lo que la poesía realmente significa como genuina y fatal creación del hombre, sino una peligrosa falta de fe en su propia identidad humana.

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         En demasiadas ocasiones las guerras estéticas de escuela se parapetan en argumentos que acaban siempre en airados anatemas, ya de inocuidad o de inactualidad (es decir, de inexistencia), como si sólo del arrasamiento ajeno dependiera nuestra única posibilidad de sobrevivir. Sin embargo respiramos una época en la que la libertad total de decir (al margen de las coerciones políticas) es patrimonio del artista. De ahí se desprende que las guerras estéticas no deben hacerse frente a los demás, que a la postre nada impiden, sino frente a uno mismo (en el sentido de la arriesgada y propia emulación). El problema, se me podrá decir, es la necesidad de conquistar un público, mas yo no creo que exista un público sino lectores, a los que hay que persuadir con los poemas, y aquéllos no tienen por qué componerse de muchos. Una de las ventajas que todavía acompaña a la poesía es esta ausencia de público y, por tanto, de publicidad; en tal sentido, goza ella sin discusión de mejores defensas que los restantes géneros literarios y que las demás artes.

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         El poema comunica de inmediato un nuevo entendimiento, una inédita comprensión de la vida, y en él se asume una humanidad más ancha, se completa y enriquece nuestra experiencia de hombres, y ello de un modo extrañamente pleno, sin que, por otro lado, se haya obligado uno a dejar de ser la parte de la humanidad que realmente es. El hombre dispone sólo de su persona y de su destino, pero esta noble recepción de las otras criaturas y de otros destinos no puede menos que afinar a su propia persona, haciéndola más vibrátil ante el otro inmenso número de seres con los que compadece. Hay poetas cuya misión es hacer la luz en el mal. La poesía puede dejarnos más cerca de lo humano desconocido; es decir, más cerca de aquello que desconocemos de nosotros mismos.

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         La poesía, tanto en quien la hace como en quien la recibe, es primordialmente un acto de intensidad; cumple, pues, una función exaltadora de la vida. Sin necesidad de exponer sus plurales concreciones posibles, y quedándonos voluntariamente en este estadio primero de la pura emoción, su absoluta importancia nos la señala el hecho de su presencia continuada en todas las culturas, y ello sin excepción, desde las más primitivas a las más elaboradas, y es que el hombre valora la emoción como la más inmediata afirmación de su vitalidad, y esta percepción aguda de la existencia en él mismo se le presenta como una afirmación, por acrecimiento, del propio ser.

         Aún más absolutamente valorado, y también sin excepción en todas las culturas habidas, es el acto físico del amor, en su más desinteresada y estricta acción, y lo es por razones idénticas a las antes expuestas al hablar de la poesía. Bien sabemos que el grado de intensidad y la peculiaridad de la experiencia son distintos. En el acto sexual, el placer es más absoluto, más radiante y ciego, y la emoción siempre idéntica a sí misma: es ésta su grandeza, pues a pesar de su escasa variedad no la deseamos distinta. Por el contrario, en el acto poético, la grandeza de su emoción reside en su nula identidad, en la muy rica variedad con que se nos muestra. y es que la experiencia poética va dirigida no a la carne en sí misma, sino a unos componentes suyos que existen invisibles y son continuadamente modificables: la sensibilidad y el conocimiento. Ambos nos permiten gozar y percibir mejor el mundo, y en la palabra mundo queda inserta, en lugar preferente, la propia vida del hombre. Afinada la sensibilidad por la experiencia poética, y ahondado lúcidamente el conocimiento por la revelación hallada en la misma expresión, nos afirmamos con más fuerza en nuestro propio ser.

         Lo ideal, y además factible, es ejercitar con escaso desmayo las dos acciones, entre sí complementarias y nunca contrarias, si es que pensamos que la conciencia viva y urgente de nuestra propia existencia es un valor que debemos conseguir. Es aconsejable el ejercicio alternativo de ambas experiencias, pues ello propicia el necesario descanso para volver a ejercitar cada una de ellas con fuerzas renovadas. (Aunque algo de tiempo habrá que dejar también para otras actividades, activas o pasivas, de interés menor: trabajos remunerados, servicio militar, la extremaunción, etc.). Las une históricamente el que en demasiadas ocasiones ambas actividades han tenido que ser ejercidas de modo clandestino, aunque en verdad sin pausas. Esta observación señala cómo la posible mediocridad del hombre, que siempre está acechándole, tiene como enemiga mayor la afirmación desinteresada de la existencia.

         Tanto en el acto de la unión carnal como en el poético asistimos, con abundancia de ejemplos, a la transgresión constante de los tabúes y convencionalismos más poderosos. El acto sexual ha roto repetidamente barreras de clases, razas, edades y aun de los sexos mismos, y lo ha hecho arrostrando mil calamidades, de este mundo o del otro, en una imperiosa necesidad de afirmar la vida en contra de lo que la niega. El acto poético, alumbrado y recibido siempre como un hecho estético (es decir, totalmente desinteresado), ha propiciado por ello mismo la presencia de una constante ética, que existe más allá de la posible moral concreta de los contenidos, y que no es otra que la generosa tolerancia. Precisamente porque la poesía es siempre un acto de afirmación vital, al hacerla nuestra también nos afirmamos, venimos obligados a identificarnos con ella (en todos sus matices y peculiaridades), y así asentimos al texto del poeta que nos ayuda a afirmar hondamente la vida. Al salir con su asistencia de nosotros mismos, somos más. De ahí que no solamente toleremos, sino que recibamos con el entusiasmo de nuestra propia emotividad los más contradictorios contenidos, no sólo entre sí, sino con nuestras propias y más arraigadas creencias. Quizá sea ésta la más importante razón de la persecución sufrida por la poesía. En el instante de su lectura podemos llegar a encarnar en nuestro propio enemigo.

         Algunas de estas consideraciones son aplicables, si bien se mira, a otras formulaciones del arte, y habrá que singularizar inmediatamente la poesía por la propia materia de la que está hecha: la palabra. Es ésta el instrumento con que ella logra la perseguida emoción, y no hay en las distintas artes otro más universal, ni más humilde. Es el primer aprendizaje al que asistimos, y al nombrar las cosas sufrimos el fascinante engaño de su misma creación. La palabra nos hace poseedores del mundo. Más tarde, y en la mayor parte, se irá convirtiendo su uso no en descubrimiento, sino en utilidad, y pueden llegar a pesar las palabras tanto como los intereses o el deber.
         
         El poeta la está siempre desvelando, y penetrando con ella la alegría, el misterio, el azar o el dolor: es decir, la vida profunda. Con respecto a las también gloriosas servidumbres a que se la obliga en los otros géneros literarios, creo que es en la poesía donde la palabra alcanza más fácilmente su libertad y esplendor máximos; y debe ser así, pues cuando un novelista o dramaturgo logran con plenitud la siempre difícil expresión de la emoción profunda se les da de modo espontáneo la nominación de poetas.

         He hablado de la noble función que a mi modo de ver ejerce la poesía con referencia al hombre, y desearía que se hubiese percibido que lo he hecho desde mi fervorosa condición lectora, no desde los dudosos logros de mi propia tentativa.

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En: Pedro Provencio, Poéticas españolas contemporáneas, I, Hiperión, Madrid, 1988