Peregrinajes de la luz y de la sombra

por Manuel Ruano

         En un libro reciente, Polen de lejanía (publicado el año pasado en Rumania), el poeta colombiano Henry Luque Muñoz conjuga los elementos esenciales de su acontecer poético, en un discurso lírico eficazmente limpio y particularmente irónico. Se trata de una encrucijada de los tiempos y el don de ubicuidad, que centraliza con persistencia, esa certeza existencial de la imaginación y la perspectiva de futuro, eso es, que va a desglosar de manera iluminadora y determinante en sus últimos poemas, congregados bajo el título Arqueología del silencio. Un poemario —en realidad son dos—, redimensionado más allá de aquellos poemas reunidos bajo el nombre Libro de los caminos (1991), que recoge energéticamente todo el esplendor y la agonía de un espectáculo visual de la luz y de la sombra. Y esto recuerda una sentenciosa frase de Mallarmé, cuando expresa que siempre debe haber enigma en la escritura poética.

         Con todo, Henry Luque Muñoz, cifra en él otra observación tan importante como la anterior del poeta francés: toda alma es un nudo rítmico. Y todo drama —con sus penurias y sus victorias—, es el entrelazamiento, pienso, de una visión interior. De ahí, claro está, sus apariciones con “el botín de la cacería profunda” y sus escrituras de amanuense en el interior de un castillo misterioso, de atmósfera maldoroniana, que da la impresión de conducir, obsesivamente, a una suerte de conmovedora historia, que le imprime una connotación confesional a sus temas. Acaso en ese espectáculo del castillo, donde “Toda realidad es invisible” y donde se convoca a torturas dominicales y orgiásticas pasiones... Uno de los poemas, dice:

“El dorado pubis
De las hembras cautivas,
Anuncia
El nacimiento del otoño.”

         En definitiva, es el comportamiento y el devenir de las formas de un escenario personal, dividido en dos etapas. El primer libro, de corte eminentemente renacentista, de reflujos insomnes y medievales, que se remontan a un secreto parentesco con la goliardesca de los Carmina Burana, los testamentos líricos de Villon y los monederos vacíos de Chaucer, tiene un tinte burlón y de época fácil de apreciar.

         Después, vienen las reminiscencias del pasado de un bien guarnecido segundo libro, que cristaliza el regreso a la modernidad... En aquel primer libro, “Espada sonámbula”, los versos se desbrozan en una coordenada verbal de una inquietante cronología de las quintaesencias, los mitos, y el acontecer mismo del poema, en desafiantes laberintos de una blancura tenebrosa, que bien podrían desembocar en una abundante y fantasmal remetaforización de los paisajes interiores, la reconquista del ser y la recuperación de la nada o, por decirlo de alguna manera, la transmutación del espacio en materia que hace una alquimia de los sentidos, que pudiera descubrirse
en substratos oníricos que más tienen que ver con la metafísica que con la ensoñación. ¿Cómo es esto posible? Pues bien, remontándose el poeta en ese desideratum corporal, que da la sensación de una naturaleza sensual, epicúrea, que como es notorio dimanan de estos poemas.

         Podría también decirse que por arte de magia, el poeta se confiesa un “Alquimista de sueños” en la descomposición del humo y de la carne. Como diría un antiguo precepto alquímico: “lo oscuro por lo más oscuro, lo desconocido por lo más desconocido”. Es este el Verbum magistri de los buscadores de la piedra lunaria. ¿Por qué no podría ser para el poeta la base fundamental de su materia prima? Acudiendo, a ese acto iniciatorio, se somete al mismo tiempo al martirio corporal y se rinde a la fe de los valores espirituales que acosan su conciencia. Tal vez, con la esperanza de lograr una libertad absoluta o como experiencia de una confrontación intelectual permanente, que reconstruye el paisaje de sus sueños con una lección de vida.

         Esta es la sensación que se advierte en sus versos, que se anuncia curiosamente en un entorno feudal y de connotaciones caballerescas. Así, ese periplo empieza en “Por ventura ya estoy en la nada” y se amplía enseguida en “Alquimista de sueños”, para cifrar el devenir de sus fantasmas personales, como sustrayéndose en toda una simbología en la que se evidencia su escritura poética:

“Creéis que soy guerrero
Porque sometí al enemigo
Bajo el aleteo del águila pintada en mi escudo...”

         Más enigmático todavía es el poema IX: “Una novia vestida de negro...”, en el que reconstruye la imagen hierática, sensual y conmovedora de una rara mujer, impregnando esa imagen en una anunciación que se define así:

“Una novia vestida de ausencia,
Su máscara
le recita a la piedra enferma,
Su armadura
excita a las aves de presa.
No se rinde
ante el pasado,
No cederá sus labios al futuro.
En los senos duerme el secreto de la pirámide.
Oh, desnudez que gira, sombra y día,
En la órbita de los caballeros degollados.”

         Y vigoriza más esa imagen, cuando dice:

“No la derrumbará esa llaga que la sostiene,
No caerá tras la partida de caza
Que delira entre sus dos piernas noctámbulas.”

         Hasta concluir con una definición en sus últimos dos versos:

“Lleva una guerra declarada bajo sus párpados,
La novia negra.”

         Sí, como escribiera Bachelard: “la imaginación no puede vivir en un mundo derrotado”. Y el mundo de Henry Luque Muñoz, tiene acceso a lo misterioso.

         En la segunda parte del otro libro, “Sueño de una sombra”, se registran poemas donde estilo, versificación y cadencia, conforman una estructura homogénea, en el que la sombra no es arbitrariedad poética, sino imperativo ontológico. El conjunto está precedido de un epígrafe del poeta surrealista uruguayo Jules Supervielle: “¡Oh Muerte, heme aquí de retorno!” Inaugurando así, un escenario en el que abundan imágenes sobrecogedoras de naturaleza mitológica, a veces demoníaca, y canalizaciones esotéricas que son, sin duda, desprendimientos, constelaciones, apariciones visionarias que reunifica los dos libros ya mencionados en Arqueología del silencio; aunque como ya se dijo, responde a un ánimo de desafío existencial común, plagado de enigmáticos imperativos y sensaciones peligrosas que se superponen como una carta de un mazo de tarot. Allí, se desplazan los encuentros y desencuentros en íconos de amor, de gloria y de odio. En figuras que muestran la templanza, la destemplanza, o que simplemente se abandonan al delirio. Al meditar esta lectura, los poemas dan la sensación de una dinámica del paisaje, restableciendo un onirismo que sugiere en el lector un arrebato de voluntad, una convicción de fantasía.

         El procedimiento frecuente del poeta Henry Luque Muñoz, está cifrado en una técnica del fundido y una alquimia verbal que condensa la instantaneidad del discurso. Frecuentemente, la escena se dinamiza con patetismo, en imágenes elementales de fuego, de agua, de tierra y de aire. Como es natural, el poeta se inspira en las fuentes mismas de la materia. Y en su redimensionada expectativa, no logra ocultar, por más que se lo proponga, una agonía interior. Tampoco sus dramas cotidianos o las fatalidades del corazón, son el punto culminante en un peregrinaje lleno de luces y sombras, que, más tarde, irrefrenablemente, obedecerán a una partitura del silencio, es decir, a una invocación y a un contrapunteo de claroscuros.

         Maeterlinck, decía con razón, que el silencio es el sol que madura los frutos del alma. Concluyo, entonces, con la seguridad de que la lectura de Arqueología del silencio, proporciona todos esos frutos que responden a una fascinadora certeza del alma, al comprobar que la poesía sigue siendo la reunificación de las disonancias y de la contemplación absoluta. Porque su fórmula, en suma, es una disposición de sucesivos deslumbramientos. Y lo que es más importante: un incesante descubrimiento rítmico.

En Santiago de León de Caracas,
1 de febrero de 2002