I

DE LA CORTEZA DE LA CASTIDAD VENDRÁ LA INSOLENCIA

Vltima Cumaei uenit iam carminis aetas;
magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.
Iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;
iam nova progenies caelo demittitur alto.
Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum
desinet ac toto surget gens aurea mundo,
casta feue, Lucina: tuus iam regnat Apollo.
Bucólicas, IV
La anatomía de aquellas flores
cuyas crines en la belicosidad   
desistieron del amor
antes que el estiércol haya podrido los vástagos,
el laurel de los amantes amputado por los parásitos, 
las alas sórdidas, el luto enterrado en el fango
y los muslos y extremidades que sin conservar los tejidos 
se estancaron en la total desecación, 
terminarán su envenenado existir, 
y caerán también las manos convulsas con las que fueron tratados.
Y, aun en los verdes aposentos, 
en cuanto sufras los látigos,  
acosarán a las vértebras la sal y la lascivia, 
la piel rubricará su innata abnegación 
apartando del curso de los años la negra eucaristía 
socavada por su animal en los corredores,
brusco enredo entre los tumores de la historia 
si la furia ancestral irrumpe el futuro, 
si a orillas de las horas  
---donde bate a ciegas el contrario destino--- 
nos es vedada la esperanza, 
si hay prácticas de las que compadecerse y entonces 
devuelve sus navajas el sacerdote del fuego a las costas del Báltico. 
Tal es la profecía.	
	
«Tú, heredero de Anubis —se escribe en ella—,  
hijo de la estirpe de Quetzalcóatl, 
en ti está el mito que trajeron los vernáculos deleites. 
La memoria hace lo suyo dentro nuestro,
asiente y asume la desolación
y medra hasta recostarse contra el búcaro
desde donde han de aparecer los cálices muertos.»      
 
Los desvalidos despojos de la vida 
más rancios que la amoralidad, húmedos, putrefactos, 
cargan la hernia del génesis y una vendada yesca. 
Un pútrido vaho los opaca 
sin la posibilidad ya de tocar algún racimo humano 
o un cesto atestado de cuerpos cerrados,
porque alcanzaron un fin y, todavía muy dentro de su tez, 
una dignidad un poco más pueril 
que entrega la progenie a la tierra 
y absorbe el vinagre que alimentó las brozas de sangre.
	
«Tú, el Nuevo, eres el auténtico entre las tinieblas 
del Doble, el neófito que viene a enrollar 
las escrituras.» 

¿Alguno tomará la apariencia del reproche 
sumergiéndose como una especie de ególatra,
como una suerte descabellada?
¿Nuestro oprimir dejará de esconder el vetusto encanto
para ser una aparición en la zozobra?	
Se lamentarán aquellos que creían en ídolos
no queriendo que pasada la reversión de la fertilidad
se abra de par en par el sendero 
como una hendidura soñolienta, habrán de arrepentirse
quiénes en las ceremonias atacaban a los de su clase
mientras aún repiqueteaba en las vacuas bóvedas
la rebelión de algún ángel.

«Prosélitos, vosotros que quemáis el incienso,
a la manera de los iniciados, 
vuestro esbozo será la oposición de los contrarios,
la asociación del Uno y el Todo.» 

El ciclo sucede a todo este hervor de mareas, 
el agite del cerebro es un amplio espacio 
en donde ninguna fermentación se renueva. 
No vivimos sino dentro del Cáucaso,
catervas del pensamiento arremeten contra la voluntad.
Bastará una plaga y la vibración se extenderá 
hasta la mente magullada de ecos. 
Y esos, que contra las puertas de Tebas 
se rehusaron a ser partidarios de la raza vencida,
verán cómo laceran tantas larvas, 
cómo las uñas de mayo propagan sus frutos insepultos.

«¿Ostentarán los cascos de la vejez,
al enternecer su brasa, 
el apetito de los evangelios? 
¿Nos borrará alguien el eslabón del Paraíso?» 

Me declaro contra la paz del huerto que entonaron
las tonadas hebreas, las doce tribus
y los agraciados descendientes.
Abdica hoy si osas abrazar mi cólera,
si estás dispuesto a despreciar la fe. 
Atrévete, clava en tu piel los arpones de la tentación; 
mañana será inútil enfrentar las disecciones que heredamos. 
Por más que azoten las mudas inclemencias, 
que golpee las murallas de los templos el aleteo del recuerdo
y un espectáculo tan vasto de sentimientos caducos,
atrévete, regocíjate en el circo del cabrío,
aunque sea más irreal el amor 
en la cueva de los sapientes vestidos de cuero cuyos trabajos
se hallan en las calles de Corinto y Jerusalén, 
y los súbditos amen a los esclavos del Nilo 
y tú estés allí, amando, descollando el amor.
Pese a las leprosas destilaciones
las aguas se abren con el toque de un bastón.	
	
«Oh cadáver decapitado, en los bajeles las palabras adquieren 
áridas luces, frívolas reseñas 
cuyas enseñanzas se han escrito en el aire
o acaso en el desierto que forma 
la verdad de unos labios 
o a través del relámpago que traspasa el océano de hierro.» 
	
¿La muerte es Muerte en la muerte?
¿Es este un pensamiento apremiable y benevolente?
¿lo engendrado es incapacidad y muerte?
Oh, tú, hombre de las tinajas llenas de pulpas corrosivas,
deja de lado la incambiable desdicha, no admitas más encomios
y  siembra el efímero éxtasis en los límites del aurora,
en las prisiones del devenir.
Sabrás que el adelgazado musgo se deshace 
y se reserva para los piélagos y las campiñas. 
Así plantarás las enhiestas raíces en los efebos 
y después, en las tiendas de los prostíbulos.
Bajo las plumas endebles del día
cada erizo salvaje tendrá un bosque dividido,
el propio arrebato en el que vivirás con un espíritu gemelo 
convaleciendo a veces del mustio tallo de la carne,
consternando la intimidad 
de la sepultura que ejercita la Serpiente
ahí, dentro del pétreo valle subterráneo
en el que están preparando el ataúd los redentores.	
	
«Tú habitarás dentro de los gigantes de un ojo
que, en tapados de terciopelo, 
soportan el filo del Hacha a la intemperie de un verano caliente.	
Las hembras en celo vencerán el idilio, 
los votos castos lucirán sus obsoletos pensamientos.» 
		
¡Ay humo entre las briznas! ¡Ay oleajes de nervios!		
¿Quién hará que mañana sigan soplando los rumores 
adormeciendo sin pereza el pecho 
en las profundidades del anciano naufragio? 
¿La edad del sexo habrá podido sesgar algún grito 
con hoz más ardiente?
Recreando en un hecho más insípido 
la disciplina y los prematuros abusos, 		
ésta será la fúlgida espiral, 
el vicio en donde habrá libertad
detrás de las caravanas, del festín en las colinas.