Los caminos de John Oliver Simon

Es difícil imaginar dos regiones geográficas más diferentes entre sí, que la que ocupa la ciudad de México y aquella que en la costa oeste de Estados Unidos es conocida como el Área de la Bahía de San Francisco. A la primera, la asfixia el abrazo venenoso de un valle que allá en lo alto guarda celosamente las vidas y las muertes de los habitantes de la que el poeta José Emilio Pacheco ha llamado la primera postciudad. A la segunda, el frío mar de las costas del Pacifico le entra por doquier, haciendo que la imaginación y los puentes se multipliquen, así como se multiplican dentro de sus poco establecidos limites las razas y las versiones que del traído y llevado "sueño americano" se inventan día con día.

Contra la homogeneidad cultural de la ciudad de México, la diversidad de San Francisco y sus habitantes. Contra la destrucción sistemática del medio ambiente en el Valle de México, la dedicada preservación de la naturaleza californiana. Contra la vitalidad y el caos urbano de nuestra capital, la aburrida pero cómoda predeterminación que da el orden inalterable de las ciudades norteamericanas. ("El próximo mes esta calle estará cerrada de las diez de la noche a las seis de la mañana durante los domingos.")

Nuestras diferencias son tan profundas como nuestra misma actitud frente a la vida. Sin embargo, tenemos en común, por una parte, la intranquilizante presencia de una capa geológica frágil que amenaza con sus movimientos nuestras vidas y, de manera más palpable cada día, un lenguaje que se extiende lentamente hacia el norte del continente, a medida que Estados Unidos se convierte en una nación donde el español se habla en casi todas sus regiones (para no hablar del inglés que es obligatorio en las escuelas de enseñanza secundaria de nuestro país).

John Oliver Simon es un poeta del norte de California. Esto quiere decir muchas cosas. Pero primero hay que especificar que Simon es un poeta del Área de la Bahía. Y habría que especificar también que Simon vive en Berkeley desde los años sesenta. Esta circunstancia particular nos obliga a pensar en una serie de determinantes que le dan relevancia a algo, que, de otra manera, podría ser puramente anecdótico. En Berkeley, hace cuarenta años, comenzó a gestarse una revolución cultural sin precedente en Estados Unidos. Durante los años cincuenta, la presencia de los poetas beat y de algunos de sus hermanos mayores, los de la llamada Black Mountain School, en Berkeley y en San Francisco, convirtieron esta región en la zona de tolerancia poética más interesante de la década. Incluso, ahora, es difícil caminar por las calles de Berkeley (mismas que Jack Kerouac recorrió en compañía de Ginsberg con la impresión de que eran demasiado "floreadas" para su gusto) sin tener la sensación de que uno recorre algo que no es exactamente Estados Unidos.

La década siguiente habría de traer, en su máxima expresión de rebeldía pequeñoburguesa en contra del Estado, el movimiento hippie, el radicalismo político universitario, las manifestaciones contra Reagan (entonces gobernador de California) y Vietnam, los Doors, Janis y Hendrix al otro lado de la bahía, en el Haight-Asbury, los Black-Panthers en Oakland, y la consagración definitiva de un movimiento social masivo de cuyas cenizas aún puede verse el humo cada vez que caminas por estas calles.

Berkeley y San Francisco guardan una relación semejante a la de Coyoacán con el resto de la ciudad de México. A principios de siglo, Coyoacán y Berkeley eran lugares de paseo para los habitantes de las grandes ciudades vecinas. Pero ambos terminaron por convertirse en centros culturales de gran importancia. Cuando pienso en ellas, pienso en islas. Por esto no debe sorprendernos la atracción natural que Simon siente por las calles y los cafés de Coyoacán. Es como estar en casa en el extranjero. Dos puntos de referencia originales El Café Mediterráneo de la avenida Telegraph, y El Parnaso en la plaza de Coyoacán. Café y libros y poetas y hippies y jipitecas.

Por Berkeley, como por Coyoacán, pasaron las grandes figuras de las artes y las letras de ambos países. Hay algo de origen y algo de futuro que hacen acto de presencia en los tejados de las casas de estos pueblos. Y en estos dos lugares se han formulado preguntas fundamentales que han ayudado a definir la conciencia de nuestras respectivas naciones. Es en este camino de preguntas—puente entre estas dos islas lejanas que flotan en un mar de cafeína—donde John Oliver Simon descubre las claves que le dan sentido a su investigación poética de más de tres décadas.

Son caminos es una colección de poemas que no aspira a ofrecer respuestas a ningún dilema de identidad cultural o nacional en particular. En estos poemas (maravillosamente reescritos en español por algunos de nuestros traductores y poetas más brillantes) Simon va más allá de la conflictiva frontera que separa nuestros paises, y se aventura en los territorios múltiples de la búsqueda, a la caza de un lenguaje puramente humano, puramente americano (en el sentido continental de la palabra—pero con un guiño) y puramente impuro. Simon viene a México en búsqueda de América, de México y de sí mismo. Pero también, de un lenguaje que le permit

Hay una tradición literaria de la poesía norteamericana contemporánea que goza de respeto y admiración en México: aquélla en la que Pound y Eliot aún ofician como supremos sacerdotes del idioma inglés. Éste no es el templo donde Simon quema sus inciensos. John Oliver Simon encuentra sus raíces en Walt Whitman y William Carlos Williams. El lenguaje de Simon es el lenguaje de los bárbaros que tomaron por asalto la catedral del inglés y degollaron a sus santos. Un poco beat y un poco hippie, su poesía se niega a caer en la seducción de lo exquisito. Esto no quiere decir que sus versos carezcan de rigor o de cuidado, por el contrario, la sintaxis de sus poemas es tan apretada y tan tensa que traducirlos al español no es fácil. Una de las ventajas del inglés es que una frase que en español necesita de siete palabras: "Los poetas no se ponen de acuerdo", puede ser expresada con tres: poets don't agree. Quien quiera adentrarse en los laberintos de esta diferencia puede arriesgar su cordura intentando traducir al español la obra de uno de los más grandes poetas de este siglo Jack Kerouac.

Y fue precisamente en el espíritu de Kerouac que Simon llegó a California procedente de Nueva York. Éste era el camino que los jóvenes poetas tenían que seguir en los años que siguieron a la publicación de On the Road. Pero el camino no terminaba en San Francisco.

Como el mismo Kerouac (y Burroughs, Ferlinghetti, Lamantia, Ginsberg, Corso et al.), Simon extiende la ruta de esa búsqueda de América hacia México. Y años más tarde, hacia el resto de América Latina, Simon en Machu Picchu, Simon en Santiago de Chile, Simon en Nicaragua.

Los poemas reunidos en esta colección son evidencia de ese viaje de treinta años que aún no termina. La fascinación que Simon ha experimentado al encontrarse frente a frente con el verdadero espíritu de América (ya en los bosques de secuoyas del norte de California, ya en la selva lacandona, ya en la Isla Negra de Neruda) no es producto de un rechazo a su propia cultura (difícilmente conoceremos a alguien que disfrute con tanta alegría un partido de béisbol y un sandwich de crema de cacahuate), sino de una sofisticada curiosidad que lo ha llevado a buscar el encuentro con los poetas de América Latina en sus mismos lugares de origen. Simon ha traducido al inglés a muchos de ellos, y su reputación, dentro de los medios literarios de Estados Unidos como promotor de la poesía de América Latina, es sólida.

John Oliver Simon es un poeta que ha decidido vivir como deberíamos de vivir todos los poetas. A veces paso manejando por enfrente de su casa en la calle California y lo veo sentado junto a su ventana, siempre escribiendo. Vive rodeado de gatos y de libros. Cuando no está sentado en el café de la Casa del Poeta, en la avenida Alvaro Obregón, trabaja como maestro de enseñanza bilingüe en las escuelas de Oakland. Hoy me llamó por teléfono desde algún lugar de Chile. Posiblemente su próxima llamada será desde Colombia o desde la Patagonia. Quién sabe.

Los poemas, dice Simon, son caminos. Conozcamos los suyos.

Juvenal Acosta