CIUDAD PERDIDA
En las rocas más empinadas
las chozas se acomodan
según leyes más antiguas que las leyes,
trapos y piedras,
hierro corrugado
con un pie en la metrópolis
y una antena de televisión que se asoma
del techo más alto,
los niños se detienen de los peñascos
y un perro amarillo
se conmueve apenas lo necesario
para ladrarle al intruso.

No hay ventaja económica
para la supervivencia cotidiana
en pasar la última choza
de la ciudad perdida Así que estoy solo
en la montaña de Tenayuca.

Desde aquí José María Velasco pintó
un valle tranquilo
algunas plumas de humo, la catedral lejana
y los volcanes que miran.
Ahora todo el mundo es la ciudad,
paredes grises, algunos turquesas enjoyados,
el fulgor distante de la industria
a través del humo infernal: callejones y avenidas
se entrecruzan confundiendo direcciones.

Aquí arriba la tierra todavía es sagrada
Las campanillas se enredan
desde el jardín del nuevo mundo.
Los chapulines aun vuelan desde mis pasos
como lo hacían en los días de Nezahualcóyotl,
ese soñador, ese poeta.
Palomas de alas rojas revolotean
desde los matorrales cuando me acerco.

El sol sigue midiendo direcciones.
Hojillas de yerbabuena
son tan penetrantes como la boca
de una princesa mexicana
Nadie ha perturbado las piedras caídas
del santuario mas antiguo
Una oruga de cobre se arrastra de la hoja al tallo
Una lagartija de jade hace ejercicios
en la boca de la serpiente de piedra.

Regreso a la boca de la ciudad
Desde aquí hay un camino con huellas
pintado en un mapa de piel de venado.
Traducción de Mónica Mansour