COYOACÁN
Leonid Brezhnev abraza a Fidel Castro
arriba de las obras de Lenin en el estudio de mi amiga,
y la zapoteca que fragua los insignes tamales y sopes
para la cena de medianoche, no conoce los ojos
de los altos invitados de oro.

Mi amiga es profesora de tiempo completo, igual que yo,
y gana la quinta parte.
Bueno... la renta no es tan cara, la comida cuesta poco,
hay pirámides de limón verde y papaya
en los puestos del mercado; el dólar se basa en el petróleo,
y el peso, en el dólar; la electrónica, en el yen;
los libros son una ganga; esa foto de plana entera
de Frida y Diego con Trotsky y André Bretón
en el jardín de Coyoacán en 1938
qué miradas mas intensas...

                                   mientras todas las indias
caminan invisibles y descalzas por los arcos,
juntando leña, cargando jarrones de agua,
colocando flores alucinógenas en floreros de barro,
y traen maíz y chocolate al lecho
del gran Gordito (a quien corrieron del Partido,
acuérdate, por haber pintado
los mitos profundos de México
en los laberintos de Palacio Nacional)
mientras yace junto a Frida sobre la almohada
con el bordado “Despierta, oh corazón dormido”,
o mejor junto a todas las Fridas,
una metida en la otra como las muñecas rusas,
la princesa bruja dentro de la militante estalinista,
dentro del sueño apasionado dentro del cuerpo deshecho
dentro del corsé de yeso, iluminado,
Carlos Marx en el cielo enseñando a los enfermos a volar,
unidos por un tubo sangriento, de corazón a corazón.

Por supuesto que no sólo los comunistas tienen sirvientes
toda la clase profesional contrata a terceros 
para tender las camas, y mis amigos queridos que hacen ondear
la bandera del color de la sangre de su corazón,
son tan profesionales como el que más; el servicio
es más barato que el tiempo, y un cuarto de azotea
es mejor que un techo de palma o de cartón
en una ciudad perdida.

Así paso por el Distrito Federal,
orgulloso de mis compras en el sur,
tejidos de sangre y la víbora del sol,
por los cuales he regateado arteramente,
ostentando mi solidaridad con los pobres,
mis principios en una mano;
mi dinero, en la otra.
Traducción de Sandro Cohen