EL AHOGADO
Nosotros los mexicanos tuteamos a la muerte.
Ustedes los gringos la tratan siempre de Usted.
GABRIEL FAVELA, en una plática
El ahogado regresaba del océano
color arena. Lo arrastraron de sus cuatro
miembros que alguna vez le obedecieron,
alegres y fuertes en el amor y el odio, diestros
en el torno o al volante, dedos gruesos
que alguna vez acariciaran el cabello negro de quienes
compartieron las silabas de su Iinaje.

En una mala maniobra
lo dejaron caer sobre la arena. Su boca
la trago como si hubiera olvidado la distinción
entre la proteína y el silicón, lo animal y mineral.
Jovial tras un desayuno apenas masticado
de huevos mexicanos, cebolla, ajo, aguacate,
frijoles y tomates expulsados al beso entrañable
del bien intencionado resucitador europeo.
El abrazo de Cortés y Moctezuma.

Nos juntamos en la más primitiva de las comunidades
en la puerta donde el espíritu se materializa,
pidiendo ayuda, rogándole a un helicóptero
tan obsoleto como a la hora de asistir un nacimiento.

La esposa lloraba operísticamente ¡mi vida! como si
su propia vida lo insuflara con el oxígeno
de las palabras. La niña de cinco años lloraba
con un lamento más viejo que la lengua humana.
El niño de ocho años sabia
que ya era el hombre de la familia
porque el hombre de la casa nunca llora.

Donde la ola descascara una concha de alabastro
el océano se estremece con veinte palabras para el azul.
El ahogado quería medirse
contra esa espuma de cristal y después rodar de espaldas,
el sueño de tragar primero y luego contestar preguntas.

Vago descalzo hacia la colina por el pueblo
mercando pociones mutógenas para tu estómago
atrapado en un nudo de fuego mientras miraste
que el ahogado se llevara al niño
sin nombre con nuestras dos caras
hacia las cavernas donde el azul violeta y eléctrico
aguijonea y el pez ángel se esconde en el coral del cerebro.
Traducción de Luis Cortés Bargalló