GUAYMAS
Afuera de Guaymas, Sonora, primavera de 1941,
mi madre esta cabalgando con un hombre
que le dio mi semilla. Parece tan guapa
con sombrero de paja entre nopales
y magueyes, nubes en las montañas
y la bahía en olas. Él parece tan galante
con pañuelo blanco y sombrero de charro.
Se incorporan para incitar sus monturas
al trote. Una llamarada blanca en la cara
del alazan: la consigna de la libertad.

Más tarde, bajo una palapa, en el bar
junto a la alberca, fuman y ríen y toman
margaritas de color turquesa
servidas obsequiosamente por un hombre
al que en su comunidad tratan de Ud.
pues luchó con Villa y con Alvaro Obregón.

Ajena a él la pareja entrelaza miradas filosas,
filosas su ideas sobre la URSS chocan.
Él toca Rapsodia en azul en el piano bar.
Afuera, un pez espada taladra el ocaso del ejercito rojo.

Mas tarde aún, bajo estrellas que no conocen,
el delfín, el barco de los Argonautas, la cuchara de leche,
no están completamente juntos,
a decir verdad ella no llega al orgasmo,
a decir verdad esto pasó de hecho
en un cuarto alquilado en el centro de Manhattan.

Una raída cobija marrón,
un espejo con marco de madera negra.
Ya se prenden sus cigarros de después,
apremiados y mordidos, ya no
el fumar lánguido del coqueteo.

Mientras tanto, su marido,
con el que yo pelearía con ciego amor
treinta y cinco años, peleaba
con la fecha de entrega, con su productor,
con el vacio dentro de la piel.

Mientras tanto, su esposa daba a luz.

Afuera de Guaymas, Sonora, primavera de 1941,
mi madre cabalga con un hombre
cuyo nombre llevaría medio siglo
callado adentro del mío.
Los caballos al galope.
Las olas de crines blancas alejándose.
Aparecen los créditos.
Traducción de Jorge Luján y John Oliver Simon