GUELAGUETZA
Empieza con el baile que gira y gira
hasta que empiece el mundo y la mujer y el hombre
salgan de las trenzas reflejados. El hombre de blanco,
la mujer de rojo y negro, y todos los colores
del sol. El hombre es un caballo de pasos altos,
cae en la maleza, se escapa por el polvo.
La mujer hace girar su falda y laten las aguas,
surgen y bajan con escalas deslumbrantes.

El hombre tiene orgullo. Así conduce las cosas.
Pega la pelota que rasca las nubes pintadas.
Pinta el guante de cuero con un cocodrilo.
Corona la colina emplumada donde se frunce
una raya de cuernos entre cejas.
Cabalga en una cueva donde la mujer extiende
la falda reluciente, da la vuelta al fin de la
pradera y retumba para pedir más.

La mujer conduce las cosas en torno de este
toro ciego. Que se arrodille. Que pida el trago.
Derrama una gota para que fluyan los ríos.
Él sale de la cantina negra disparando contra
lo que esté en el camino—criatura o puerta.
Toma el machete para cortar la lengua de la víbora.
De noche podrías convertirlo en cualquier
animal que nunca quisieras ver fuera del sueño.

Azótale el corazón con una cuerda punzante.
Atrápale los pies con lianas y la lengua con palabras.
La mujer es palma de piña que se tambalea.
El hombre es dominio de espejos imitados
del cielo encinto, doscientos sesenta días
hasta que termine la música y caigan del acantilado
frutas y huevos y pan en las manos de sombra.
Dentro de todo somos personas sencillas bailando.
Traducción de John Oliver Simon