GUERRERO JAGUAR
Agazapado en un puesto de dulces abandonado
entre el Metro Tasqueña y la Terminal del Sur
succiona una bolsa de plástico, inhala cemento,
las mejillas trabajan y todo lo demás es sombra.
Parece que lo hubieran atropellado los españoles,
machucado por caballos armados de acero, exhala
un soplo de luz final por sus fauces espirituales.

Ya esta traducido en otro mundo.
Ha comido veinte hongos lisos como el jade.
Ha comido el nopal agrio que reluce bajo la luna
donde baila la coneja, contando los días para parir.
Monta un caballo blanco alto y libre
como un expreso del ADO en las montañas del sur,
raíces torcidas de la ruina y grietas vacías
con pistolas de pito y navajas inscritas
en letra de molde con el nombre no sabido
listo para maldecir como lengua de culebra
tatuado en las espaldas de una mujer
lisa y desnuda como la memoria inventada
de la novia o madre que nunca lo parió.

En el sur profundo, bajo frutas pendientes que brillan
en un pueblito de la selva que no aparece en el mapa
están pintando la geografía de la esperanza.
El Subcomandante Marcos ha vuelto a ellos
en la semblanza del dios blanco Quetzalcóatl.
Hay que incluir a este chamaco en la obra.
Hay que tejer sus sueños en la bandera
antes que se despierte tosiendo una madrugada
con su chaqueta manchada de lodo y mierda
y salga, busque a quien sea y lo mate.
Traducción de John Oliver Simon