ISLA NEGRA
Ya que no se puede levantar a los muertos,
debo escribirte una carta en tu cerca gris,
en ese costillar de ballena, en la playa
entre tu casa y el viejo mar
que se murió de risa al encontrarse
descubierto por los descubridores,

el fornido Cortés, los inocentes polinesios, todos
los niños antiguos de mi salón, y tú,
ni el primero ni el último entre ellos, don Pablo,
el Poeta con P mayúscula, coleccionista
de conchas espirales, secretadas por caracoles
que pensaban en la simetría de su armadura,

alas de ojos felinos que navegan por la selva,
capitán de velas susurradas en una botella,
a la cacería de naufragios y ventas de garaje,
en cada banco de arena, cada ensenada,
buscando despechugadas sopranos de roble,
que alguna vez cortaron, desde las proas, el aire salado,

desempacando gárgolas y vírgenes,
bien dotados iconos de ébano, y el caballo de fuego
que aún exhala su vapor desde la infancia
en el rincón más lejano de la casa,
para siempre incompleta, como fortaleza inca,
sin ángulos rectos en la roca viva,

que se balancea mientras cada ola aguanta
su respiración y tamborea en el granito,
en la barra donde escribiste los nombres de los muertos,
donde sólo tú preparaste siniestras pociones,
y cl cojín manchado de verde con tus garabatos,
y colchas de los siete continentes

que se vaciaban hacia el sueño en los brazos
de aquella mujer de antes y después,
y el alacrán que se arrastra hacia las olas,
y los muros del comunismo que flotan mar adentro,
y ¿para qué, señor Poeta, por qué esta pirámide
de pecios, este museo o monte o casa o libro

de basura espléndidamente acumulada, si sólo
podría leerse en voz alta después que tu voz
fue asfixiada con arena, si sólo podría verse
por completo después que las botas pisotearan
las bocas de todas mis puertas, si sólo
podría ignorarse por todos tus excesos

de sol y sintaxis y esplendor
después que se llevaran al nicho de concreto
la figura de cera que era tu cuerpo
sin mas monumento que el nombre
que ni siquiera era tuyo de nacimiento,
y unas cuantas llamas que son flores?

Aquí y ahora, donde las últimas piedras de tus poemas
se rompen para siempre bajo el mar que se ríe,
suelto las manos de mis muertos,
madre y hermano y padre y padre,
dejo que se vayan nadando, como pensamientos
Acéptalos, querido Pablo, en tu Isla Negra
Traducción de Sandro Cohen, Luis Cortés Bargalló, y John Oliver Simon