MADRE DE DIOS
Los pájaros revoloteaban en el oscuro esplendor de sus cabellos,
y circulaban por sus pies descalzos y morenos
en el tezontle del lugar. Sólo un nopal seco y rosas,
rosas, el sueño dice, derramándose del regazo
de la madre de los dioses para manchar la camisa del viejo.
Y el lago relucía alrededor. Los volcanes
al alcance de los dedos. ¿Qué importa
si se convenciera el arzobispo de imprimir
millones de servilletas con la gloria de su
cara, y todo el aparato de la Iglesia católica
y romana llegara a la Basílica con grito de bocinas?

Ya se extinguen los pájaros. Han puesto ángeles de granito
que cuidan con sus espadas ardientes
matan las víboras y hacen la firme distinción
entre la naturaleza y lo divino.
Es verdad que dos mariposas negroamarillas,
advirtiéndose venenosas, zarpan en alas
trémulas de papel para llegar a la bugambilia.
Nadie hace caso. Yo mismo niego la limosna
a una muchacha rubia y su bebé que andan por aquí
todos los días. El perro pelón más triste y enfermo
con cicatrices en las costillas patrulla
el camellón entre los vivos y los muertos.
Inspiración fosilizada. Como si yo pusiera diez mil
plumas milagrosas de azulejos en plástico claro
para venderlas en el sendero del Gran Sur.
Todavía llega la gente con sus niños en brazos
y algunos de ellos suben la montaña una vez sagrada
donde se les alivia el alma con el placebo
o los besos rozagantes de la Madre de Dios.
Asfaltado el lago, los volcanes esconden las caras
y los días más oscuros del sueño están por llegar.
Traducción de John Oliver Simon