OCOTLÁN
La muchacha mulata en el autobús a Ocotlán
lee despacio una novela de pasquín
sobre la pálida y bonita muchacha pobre
que asciende en la pirámide de la ciudad
por sus habilidades de secretaria
hasta que un rico ejecutivo se enamora de ella.

El brujo en la plaza de Ocotlán
con camisa blanca de vaquero y un aura negra
vende santas cruces y envoltorios blancos:
deja la cruz en agua toda la noche
y rocía los rincones de tu casa,
si alguien te desea mal,
se le regresará doble.

El soldado con un arma automática
guarda los cruceros de Ocotlán,
hilachos de plástico colgando de espinas
golpean con el viento. Un rastro ligero
de pies desnudos lleva desde la carretera
hasta las chozas amontonadas de los más pobres.

El danzante con las manos atadas detrás,
llevado al montículo del templo de Ocotlán
y labrado en la piedra,
perforado lentamente con obsidiana por placer,
con la vírgula del canto saliendo de su boca como humo,
siglas de una revolución inacabada.
										Traducción de Elsa Cross