VEREDA GRINGA
Nuestros ancestros ganaron la larga guerra
contra la gente nativa de este continente.
Por lo tanto, somos altos dioses rubios
que cambian un raro rollo de dinero en el mercado.

Todo mundo quiere enamorarse en un pueblo extraño,
todo mundo quiere sumergirse en ese río de sueños
donde el incienso remolinea hacia las estrellas
y los espejos en los corazones de los santos
hacen imposible mentirse a uno mismo.

La turquesa se desploma sobre el travertino,
revolucionarios muy fieros se ríen con los hongos,
un niño persigue el flaco ganado blanco y negro.
Mi ropa interior mojada y blanca aletea
desde cl techo del palacio.

De acuerdo que los dioses no tienen valor práctico,
su ciudad un montículo de cactus y basura,
el sacro de los sacros, como siempre
un cuarto oscuro que apesta a orines,
musgo viscoso en las piedras rasas
y murciélagos que se agazapan como refugiados.

Oh, águilas, oh jaguares,
he regresado a través de estas vértebras de cerros
para medir mi rostro con el lenguaje del humo.
Traducción de Mónica Mansour