Prefacio

      Al contratio del placer (que es fugaz) el dolor puede llegar a ser tan intenso y duradero que se convierta en insoportable y, sin embargo, ambos opuestos se asemejan; baste citar el poema en prosa de Oscar Wilde, “El artista” cuyo final dice así: Y con el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida» modeló la estatua del «Placer que dura un instante». Por tanto, podemos decir que un cierto tipo de dolor provoca placer (sagrado o profano, ambos semejantes en sus fundamentos aunque no en su contenido) y que éste es buscado en la medida en que gratifica más que el dolor que lo produce. Queda por explicar cuál es el proceso de esta alquimia interior. Acaso esta búsqueda del dolor, que se da tanto en el erotismo como en la mística, no signifique más que búsqueda trascendente, ese ansia humana por lo inmortal, ese seguir siguiendo, a contramuerte, hasta lo eterno(1). En un mundo vertiginoso dominado por lo efímero, reclamar el valor del amor y de la muerte, de la expiración y del renacimiento es ir contra los valores (o los vicios) de una sociedad hedonista que banaliza el mal.

      El dolor fue (y es) tema literario por excelencia: desde Lautréamont a Plátonov(2), pasando por Dostoievsky y Duras, la vida se concibe como algo que sucede, y aún se conquista, a través del sufrimiento, de manera que sólo el dolor nos redime, nos desnuda idénticos, a vivos y muertos. Si a la vida se entra por un dolor y por otro se sale de ella, en medio sólo hay experiencias vitales, inmensas metáforas del dolor, como un mar inmenso. “La hermosura perfecta es el dolor”, nos dijo Martí, porque él nos eleva, rompe espejos, reduce el espacio-tiempo que nos separa. Somos humanos, somos débiles ante el dolor y pronto necesitamos el consuelo del brazo amigo; exactamente igual que en el placer, cuando nos extasiamos en la visión del amante, con la canción susurrada al oído, porque en el amor, como en el dolor, no hay silencios, sino ruidos tristes o gemidos (in)audibles.

      Los científicos saben que el dolor comienza como respuesta a una lesión, calor o trauma que se transmite a determinados nociceptores a través de pequeñas moléculas orgánicas como la bradicinina, la histamina, la capsaicina o por intermediarios como las prostaglandinas, interleucinas, sustancia P y el óxido nítrico. Gracias a ellos —los científicos—, una de las industrias más paradójicas y perversas de la actualidad, las grandes empresas trasnacionales de la farmacia, siguiendo la ideología del consumo, se han propuesto convencernos de que el dolor es un accidente, algo contra lo que uno se puede vacunar. Siguiendo esta lógica cruel han desarrollado y fabricado multitud de fármacos contra el dolor, pero es muy improbable que consigan vencer el sufrimiento; sobre todo cuando hablamos de ese “dolorido sentir” de Azorín: ¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Sin embargo, aún estamos lejos de alcanzar un analgésico universal o una teoría del dolor aceptable; la de Melzack(3), por ejemplo, postula que el dolor se desarrolla como una red que conecta cerebro y médula espinal con la piel y el sistema nervioso periférico. Nuestra concepción del dolor es demasiado abstracta puesto que se basa en otros conceptos. Los poetas, mejor que los científicos, saben bien de lo que hablo: el dolor es un término analógico que bascula entre lo equívoco y lo unívoco: existe el dolor físico, el dolor moral, el dolor-placer o el dolor existencial. Sólo aquellos que sufren por o con el otro, los que abren los morados ojos de Dios sobre el calvario, aquellos que imaginan al otro son inmunes al fanatismo y el odio. Un dolor que se olvida no es un dolor; igual que un gran amor nunca se olvida, porque el dolor verdadero se para en seco y se manifiesta sin subterfugios, sin versos. En este libro he escrito mis dolores, no el de los muertos, no el de la sangre vertida ni el de la tierra llena de lamentos, sino el dolor sordo que (des)oye al cuerpo huérfano de sentimiento, como si estuviera muriéndome cada instante azotado por un cilicio de palabras, convulso en una formidable crisis de pánico. A pesar de todo, a pesar del grito de parto que late en las letras, en este libro se describen dolores propios y ajenos, parciales y veniales porque como nos dijeron Séneca (4) y Wilde (5) (y nos confirmaron los supervivientes del Holocausto (6)) para los dolores supremos no hay palabras: “son mudos”.

Huelva, Mayo de 2001- Diciembre de 2005

(1) Véase el poema de Blas de Otero titulado “La tierra

(2) A. Plátonov (1999). Chevengur. Madrid: Cátedra.

(3) Ronald Melzack (1993). Pain: Past, Present and Future. Can. J. Exp. Psychol. 47(4): 615-629.

(4) Séneca. Hipólito.

(5) Oscar Wilde (1895) De profundis: Epistola in carcere et vinculis.

(6) Léase sobre todo a Paul Celan y Primo Levi, mis favoritos.