Affonso Romano de Sant'Anna

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PALABRAS PRELIMINARES

Presentación del poeta

Considerado por la crítica brasileña como el poeta "más brasileño" de los últimos años, Affonso Romano de Sant' Anna ya es, sin duda, una voz clave en la poesía de Brasil.

Luego de una larga trayectoria docente en su país y en el exterior (Francia, Alemania y Estados Unidos), actualmente se encuentra en Río de Janerio. Fue presidente de la Biblioteca Nacional de esta ciudad, en la que hizo una verdadera revolución creando el Sistema Nacional de Bibliotecas y el innovador Programa Nacional de Promoción de la Lectura (Proler). Con la revista "Poesía Siempre" estableció diálogos entre la poesía latinoamericana y la brasileña. Participó en festivales de poesía en varios países, y fue jurado del Premio Pérez Bonald (Venezuela) que premió a Enrique Mollina y del Premio Reina Sofía que premió a Gonzalo Rojas.

Sus textos encarnan muchas de las características de la poesía brasileña actual: la palabra sencilla, el lenguaje claro y directo, un decidido interés por la realidad que lo rodea (sin perder en ningún momento de vista el valor estético de la palabra poética), un marcado gusto por la musicalidad sin temor a las formas clásicas ("no hay formas agotadas sino personas agotadas ante ciertas formas" dice).

Como ensayista ha centrado su atención en la literatura brasileña, destacándose sus trabajos "Carlos Drummond de Andrade, análise da obra" de 1969, "Canibalismo Amoroso", de 1984 y "Paródia, paráfrase e Cia", de 1985 y "Barroco, alma do Brasil", de 1977.

Ha desarrollado la labor periodística en dos de los diarios más importantes de Brasil: "Jornal do Brasil" y "O Globo" con gran repercusión. Sus crónicas le valieron alguna vez la clasificación de "uno de los diez periodistas más influyentes del país". El crítico Wilson Martins, autor de los siete volúmenes de "Historia de Inteligencia Brasileira" lo considera el sucesor natural de Carlos Drummond de Andrade.

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Affonso Romano de Sant'Anna

POEMAS

Rilke
             
             Rilke
                cuando quería hacer poemas
                pedía prestado un castillo
                tomaba la pluma de plata o la de pavo real,
                llamaba a los ángeles de cerca,
                palpaba la soledad
                         como un delfín
                conversando de las cosas al gusto europeo
                entre esculpidos gamos y cisnes
                         -en un geométrico jardín.
            
             Yo
                moderno poeta, y brasileño
                con la pluma y la piel resecas por el sol de los trópicos
                cuando pienso en escribir poemas
                me aterran siempre los terrenales problemas.
	
                Cuánto me gustaría llamar
                a mi familia, a mis amigos, a todo el pueblo
                y salir con un salterio bíblico
                a bailar en la plaza como un loco David.
                         
             Pero no puedo,
                porque, cuando en gesto del poema me apremia
                tomo cualquier bolígrafo o lápiz y papel desarrugado
                y, esclavo
                escribo entre bulliciosas bocinas secuestros
                salarios cocteles televisión torturas y censuras
             y los tiroteos
                que cinco veces al día
                estallan en la favela de al lado
            
             metrificando así mi verso marginal de perseguido
             que va a caer baldío en un terreno abandonado.
             
Los desaparecidos
             
             De repente, por esos días, comenzaron
             a desaparecer personas, extrañamente.
             se desaparecía. Se desaparecía mucho
             por esos días.
                         
             Uno iba a tomar una flor ofrecida
             y se desvanecía.
             Se eclipsaba la gente entre un domicilio y otro
             o en el taxi que se iba.
             Culpable o no, se esfumaba
             al regresar de la oficina o de la orgía.
             Madres agarrando sus hijos y sus compras,
             gestantes con "tricots" y grupos de estudiantes
             desaparecían.
             Desaparecían amantes en pleno beso
             y médicos en medio de una cirugía.
             Algunos mecánicos se diluían
             -apenas conectaban el torno del día.
             Se desaparecía. Se desaparecía mucho
             por esos días.
                         
             Se desaparecía, a ojos vistas,
             y no era miopía. Se desaparecía
             incluso a primera vista. Bastaba
             que alguien  viese  un desaparecido
             y el desaparecido desaparecía.
             Desaparecía el más conspicuo
             y el más oscuro se diluía.
             Incluso diputados y presidentes se desvanecíam.
             Sacerdotes, igualmente, levitando
             iban, enrarecidos, a constatar en el más allá
             cómo los pecadores partían.
             Se desaparecía. Se desaparecía mucho
             por esos días.
                   Los actores en el palco
             entre un gesto y otro, y los de la platea
             mientras  reían.
                   No, no era fácl
             ser poeta en esos días.
             Porque los poetas, sobre todo,
                           -desaparecían.
             
Muerte en la terraza
             
             Muere otra paloma en la terraza.
             Viéndola encogida hace días, yo no sabía
             que la paloma (en aquella paloma) moría.
             Llamo a mi mujer
             para que me ayude a vivir más esa muerte.
             Ella la toma en la mano. (Los animales la aman.)
             La acaricia y la deja descansar en la sombra.
                         
             De nuevo sola,
             la paloma mira el mundo quieto y estático.
             De repente pone las patitas hacia arriba
             batiendo las alas en un espasmo. (Otra paloma,
             sorprendida por la escena, viene picoteando semillas
             junto al cuerpo que agoniza.)
                         
             Tomo un bolígrafo rojo y anoto, urgente,
             la muerte de la paloma en el poema.
             La paloma deja caer la cabecita.
             El poema se inclina.
             Una gota roja cae del pico (o pluma)
             y el poema
                                          -termina.
             
Celada verbal
             
             Hay varias maneras de matar a un hombre:
             con un tiro, de hambre, con espada
             o con la palabra
                      -envenenada.
                         
             No es necesaria la fuerza.
             Basta con que la boca suelte
             la frase engatillada
             y el otro muere
                      -en la sintaxis de la emboscada.
             
Teorreas
             
             * Don Miguel de Saavedra y Cervantes, tal vez por haber perdido 
               mucho tiempo prisionero en el Norte de Africa hasta que la reina 
               lo rescatara por 500 monedas de plata, no pudo estudiar estilística 
               con Amado Alonso y Helmut Hatzfeld, pero ya temía que Borges y Pierre 
               Menard escribirían el Don Quijote.
                         
             * Scherezade, sin que el rey lo notara y con la complicidad de su hermana, 
               saltó las páginas de las 1001 Noches escritas por Tzetan Todorov sabiendo 
               que en aquel exacto momento él estaba reescribiendo El Decamerón.
                         
             * Rabelais aún no pudo leer a Starobinski, Skolovsky y a los investigadores 
               de la Ècole de Hautes Ètudes, pero supo de Balzac que dejó de lado La 
               Comedia Humana,  tan interesado anda en el S/Z  de Barthes y en los cursos 
               de semiología de la Sorbonne.
                         
             * El cacique Bororo con Lo crudo y lo cocido bajo el brazo llamó a la puerta 
               de la Alliance Française pidiendo que M. Lévi-Strauss le enseñase  
               finalmente la lengua de Montaigne.
                         
             * Joyce ciertamente escribió el Finnegans Wake, vivió en Trieste y sabía mil 
               lenguas; pero murió, y esto es grave, sin haber leído el Plan-Piloto de la 
               Poesía Concreta.
                         
             * Cristo, por ejemplo, no fue a misa el último domingo.
                         
             * Es el pasado el que necesita profetas.
               El futuro a Dios pertenece.
             
LOS HOMBRES AMAN LA GUERRA

						
Los hombres aman la guerra. Por eso 
se arman alegres en coro y colores 
para el dudoso deporte de la muerte. 
Aman y no lo disfrazan. 
Alardean ese amor en las plazas, 
crean manuales y escuelas 
alzando banderas y recogiendo cajones 
entonando slogans y sepultando canciones. 
Los hombres aman la guerra. Pero no la aman 
solo con el coraje del atleta 
y el orgullo militar, sino con la piadosa 
voz del sacerdote, que antes del combate 
sirve la Hostia de la Muerte. 
Fue así en Crimea y Troya 
en Eritrea y Angola 
en Mongolia y Argelia 
en Siberia y ahora. 
Los hombres aman la guerra 
Y mal soportan la paz. 
Los hombres aman la guerra, profana 
o santa, lo mismo da. 
Los hombres tienen la guerra como amante 
aunque desposen la paz. 
Y que arrobos, Dios mío! En ese encuentro voraz, 
¡Qué placeres, qué gemidos, qué ayes! 
Qué sublimes perversiones urdidas 
en la mortaja de las sábanas, agostando 
la cama o campo de batalla. 
Durante siglos pensé 
que la guerra sería el desvío 
y la paz la hurta. Me equivoqué. Son paralelas, 
márgenes de un mismo río, la mano y el guante, 
el pie y la bota. Más que gemelas, 
son siamesas, par e impar, suerte y pesar 
son el uróboro-serpiente circular 
devorándonos eternamente. 
La guerra no es un intervalo 
es parte del espectáculo, y no sólo es tragedia, 
es comedia, real o popular. 
La guerra no es cruel imprevisto. 
Es reincidente vicio. Es un rito 
lleno de riesgos. Por eso 
es mejor que el circo: 
es donde el alegre trapecista 
vestido de kamikazes 
salta sin red ni soporte, 
se quiebran todos los platos 
y el contorsionista se parte 
en el Kamasutra de la Muerte. 
Pero la guerra no es el revés de la paz, 
es su cuna, y seno complementarlo. 
Y el horror no es en el arte. El horror 
no es oscuro, es la contrapartida de la luz, 
Lucifer es Luzbel, brilla como Gabriel 
y el terror seduce. Nada más seductor 
que Cristo muerto en la cruz. 
Por lo tanto, la guerra no es sólo misa 
que oficia el sacerdote, ciencia 
que alucina al sabio, deporte 
que fascina al fuerte. La guerra es arte. 
Por eso con ardor de vanguardistas 
frecuentamos la Bienal del Horror 
e inauguramos la Bauhaus de la Muerte. 
Pero sobre la carnicería no hay cuervos, 
chacales, buitres, hienas. 
Hay lindas garzas de aluminio, serenas 
en un electrónico ballet. 
Tal vez fuese la danza de la muerte, patética. 
Pero no lo es. Apenas es otra lección de estética. 
Por eso los soldados modernos 
son como médicos y ingenieros 
y ningún ministro de guerra 
usa ropa de carnicero. 
Guerra es guerra 
—decía el invasor violento 
violando la monja en el convento. 
Guerra es guerra 
—decía la estatua del almirante 
con su boca de cemento. 
Guerra es guerra 
—decimos en el radar 
degustando al enemigo 
al norte del paladar. 
Por lo tanto, no es preciso disfrazar 
el amor a la guerra, con historias de amor a la Patria 
y defensa del hogar. Amaos la guerra 
y la paz, en bigamia ejemplar. 
Yo, poeta moderno y el eterno Baudelaire, 
yo y hasta vos, hypocrite lecteur 
mon semblable, mon frère. 
Queremos la batalla, aviones en llamas 
navíos hundiéndose, el espectacular enfrentamiento 
de mañana abrimos vísceras de peces 
con la punta de las bayonetas, 
y al son del culinario clarín 
hundimos nuestras dagas en los chanchos 
y adornamos de medallas 
los muertos sobre la mesa. 
Si es posible, la carne limpia, sin sangre 
que el misil, lanzado a la distancia, 
en silencio, no salpique nuestra ropa. 
Pero si fuera preciso un "baño de sangre", 
como decía Terencio: "Soy humano 
y nada de lo que es humano me es extraño". 
La muerte y la guerra, por lo tanto 
ya no me agarran de sorpresa. 
Inscribo su efigie en la piedra 
como si el dado de mi suerte 
ya no rodase al azar. 
Como se pasase del blanco 
al negro y al blanco retornase 
sin ensombrecerme jamás. 
Que venga la guerra. Cruel. Total. 
El atómico clarín y la génesis del fin. 
Cauto como conviene a los sabios, 
primero gritaré contra ese hecho. 
pero voraz, como conviene a la especie, 
al ver que invaden mis huertas 
de la hojas del banano inventaré 
la ideológica bandera 
y haré estallar el cuerpo de mi enemigo 
antes que ataque. 
Y si él no tira, ni viene, aprovecho 
su descuido de hombre débil, invado su casa 
realizando mi hambre de caníbal 
rugiendo bajo mi máscara de hombre. 
—¡Terrible es tu discurso, poeta! 
Escucho a alguien decir. 
Terrible fue elaborarlo, 
ahora me siento libre. 
La muerte y la guerra 
ya no me pueden alarmar. 
Como Edipo perplejo 
las descifré en mis vísceras 
antes que la dudosa esfinge 
me pudiese devorar. 
Ni cínico ni triste. Animal 
humano, voy en marcha, danzas, rezos 
para el gran carnaval. 
Soldado, penitente, poeta 
-la paz y la guerra, la vida y la muerte 
me aguardan 
-en un atómico funeral. 
-¿Se acabará la especie humana sobre la Tierra? 
No. Han de sobrar un nuevo Adán y Eva 
para rehacer el amor, y dos hermanos: 
-Caín y Abel 
-a reinventar la guerra.
Traducido por Nahuel Santana