Alfredo Veiravé

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PALABRAS PRELIMINARES

ADIÓS AL POETA ALFREDO VEIRAVÉ

la muerte echó los dados
y la profundidad de los cielos exulta
por la noche que sobre mí se desploma
Georges Bataille

Estimado Alfredo:

Si le dijese que tengo el corazón hecho pedazos seguramente me contestaría con su habitual sentido del humor: “Para esa desazón del alma suya le mando un beso del próximo verano”.

Pero como ya no habrá próximo verano para usted, se lo diré de otro modo porque estamos desolados por su partida (aunque un poeta nunca se marcha del todo), y andamos por la ciudad aún atontados por la noticia (con el corazón hecho pedazos).

Porque leo y releo su carta fechada “19 de nov. 91” (que todavía late), y me apena pensar que nunca más podrá mantener ese diálogo poético entre poetas que, según Heidegger, es el auténtico coloquio con la Poesía, tal como lo vivió este último octubre (sin presagios) en el VI Encuentro de Poetas del Mundo Latino en México D.F., con “esas felicidades que se llaman Octavio Paz, Juan Gelman, Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez” (ese poeta de la novela, pues ¿qué menos es “Cien años de soledad”?). O en Mendoza, leyendo con sus amigos Alejandro Nicotra, Horacio Castillo, Raúl Aráoz Anzoátegui, Jorge Calvetti y Horacio Armani. Encuentros de los cuales salió “rejuvenecido por sentir la Poesía como Fuente de Juvencia”.

Porque le había preparado otra respuesta en clave de humor pero usted ya no está en Resistencia dudando entre un Klee o un Marx Ernst para la tapa de su “Laboratorio Central” (aunque su presencia sigue ocupando el nítido espacio de siempre).

De todas maneras le cuento que esa respuesta (cruel ironía) la escribía en la serena madrugada del 22 de este noviembre ensombrecido. Y digo serena ya que para mí las noches no tienen el mismo significado que para Alejandra (obviamente, ellas tampoco me contienen con idéntica magia), pues en muy pocas oportunidades fui expresamente invitada a “ir nada más que hasta el fondo”, quizá porque si “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”, prefiero usar el velo de la mansedumbre debajo del cual se consigue un efecto parecido pero ubicado en una coordenada diferente, por lo que termina resultando sencillo estar de acuerdo con Artaud cuando proclama la buena salud mental de Van Gogh frente a una sociedad deteriorada, cuya conciencia enferma tiene el máximo interés en no salir de su enfermedad. Aunque, en los días que corren, es posible hablar lisa y llanamente de “conciencia retorcida”.

¿Qué otra razón más valedera podríamos encontrar para entender la tremenda soledad de la poesía si “Ella”, como la llamó Juanele, es la que “anuda hilos entre los hombres”, aunque “no busca nunca, no, ella…/ espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano, / en el centro mismo de la noche”. Si Ella es la experiencia profunda del misterio, como señala Juarroz.

Y si es el poeta quien, en definitiva, revela porque se rebela ante la oscuridad del paso de los días, expresado en un aturdido y confuso correr entre la luz del sol y la luz artificial. Si es él el que siempre demuestra su valor haciendo altos para internarse en la propia oscuridad buscando esa llama intransferible, que es la única que redime porque nos permitirá encontrar el muy angosto sendero que conduce al bello resplandor que se oculta detrás del temible y poderoso rostro de la muerte. Si es quien mejor comprende que “la cultura no es simplemente la suma de diversas actividades sino un modo de vida”, como bien dice Eliot.

En fin, voy a dar vuelta la página porque prefiero expresarle:

Gracias, Alfredo, por su poesía y por su constante trabajo en favor de la poesía, pues “alguna vez, no siempre, guiado por el radar / el poema aterriza en la pista, a ciegas / (entre relámpagos) / carretea bajo la lluvia, y al detener sus turbinas, descienden / de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras”.

Gracias por su mano siempre tendida a todos aquellos que ponemos el alma para merecer el preciado titulo de Poeta.

Y, por último, gracias por tener dentro de usted tantas flores de lapacho que le enriquecieron la vida, como la poesía.

Ketty Alejandrina Lis

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació en Gualeguay, Entre Ríos, 1928 y falleció en Resistencia, Chaco, el 22 de noviembre de 1991. Alfredo Veiravé fue un gran estudioso de la poesía de América Latina.

Libros publicados

  • El río y tu presencia, 1951
  • Después del Alba, el ángel, 1955
  • El ángel y las redes, 1960
  • Destrucciones y un jardín de la memoria, 1955
  • Puntos luminosos, 1970
  • El Imperio Milenario, Editorial Sudamericana, 1974
  • La máquina del mundo, Editorial Sudamericana, 1977
  • Historia natural, Editorial Sudamericana, 1980
  • Radar en la tormenta, Editorial Sudamericana, 1985, entre otros.
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Alfredo Veiravé

POEMAS
MI CASA ES UNA PARTE DEL UNIVERSO

						
Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
    la tierra 
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.
de Puntos luminosos, 1970
TAMBIÉN LA POESÍA ES DESACUERDO CON EL MUNDO

						
Puede haber un cuervo
            en el subterráneo imperio de las sombras:
sin comparaciones obligadas él rechaza la palabra
                                "conocimiento"
como una prueba paciente de las fórmulas.
No sé tampoco por qué insistimos en perseguirla
                                                    con signos cuneiformes
o si somos acaso perseguidos por ella como un mar de adentro
en las despedidas de Odiseo
                                                o someternos. Al fin y al cabo
no somos antenas de la raza (pararrayos celestes) sino
    una poca cosa falsificadora
    suave en los instrumentos
corolarios innecesarios
    doctores de la vanidad personal
                    incompatibles con el mundo.
de La Máquina del mundo, 1977
YA NO HAY LUGAR PARA LA FRIVOLIDAD

Todos poseen un límite; las lecturas en el jardín
absorben el deseo de las plantas húmedas y el mundo visionario
había allí únicamente con algunos seres animados de ojos abiertos y profundos.
(Entre los helechos y los tiernos animales inocentes el espacio pasa
como un equilibrista que abre su sombrilla para no caer en el vacío.) Hay
diferentes formas de fracaso cuando el trapecista joven sufre el miedo
en las cárceles de la pesadilla,
aunque en el fondo sabe que los victimarios y los torturadores
se juntan en el infierno de la historia, y que las hojas caen sobre ellos
para convertirlos en tierra deleznable. Por eso canta ahora y mira
solamente hacia adelante/ no dará explicaciones de la vida: el cuerpo sabe
esquivar los dardos venenosos del rencor, quizás, una forma cerrada del amor
que no fue correspondido. A veces los límites se abren y comienza el vuelo;
entonces, ya no hay espacio para las frivolidades como saben
los que vuelven de la guerra, o del errático exilio (del poema).

de Radar en la tormenta, 1985

CALÍMACO (I)

						
Como en los epigramas de Calímaco dejo esta breve frase
entre los dientes del gato: no me lloréis
            y buscadme en el jardín en tardes como ésta
                            cuando
el verano está quieto como un felino embalsamado entre las hojas.
Yo fui y yo soy lo que pude mientras viví en la tierra.
Ustedes saben que esta urna funeraria guarda cenizas
de recuerdos felices y de palabras felices
    que me hicieron volar fuera del espacio en otro tiempo
que volverá
cuando los extraterrestres desciendan otra vez sobre Machu Picchu.
CALÍMACO (II)

						
Como en los epigramas de Calímaco dejo esta breve frase
entre los dientes de la antigüedad: buscadme en el 
                                                                    jardín
                                                                    de las sombras
y como consuelo pensad que yo atravesé al fin el túnel
y lo supe todo mientras llegaba a la luz del otro lado.
de Laboratorio Central, 1991

Los poemas

Mi casa es una parte del universo
También la poesía es desacuerdo con el mundo
Ya no hay lugar para la frivolidad
Calímaco I
Calímaco II

se publicaron en el nº 5 de Violín del diablo, dirigido por Manuel Ruano, en homenaje a Alfredo Veiravé.