Ana Guillot

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PALABRAS PRELIMINARES

      Cuando la oscuridad nos succiona, cuando la cornisa es un peligro latente, la poesía empuja, arrebata, y sale. Pulsa la indagación, cada vez más adentro y es, también, su defensa. La que le pone nombre al caos. La que permite plasmar la propia zona (tensión en empecinada espera), y señalar (¿aceptando?) la contradicción en nuestra sentida humanidad.

      En ella, por presencia o por ausencia, lo sagrado se hace presente y desnuda nuestro costado más huérfano, como un rostro habitual de lo profundo. Diminuta humanidad y luz (¿de lo divino?) filtrándose en el centro, definiéndonos.

      Se escribe a partir de cierta ausencia. Una extrañeza personal y compartida. Orificio que azuza al deseo, a su vez. Y no da tregua.

      Después, más allá de lo propio, suelta y nómada, dice que el paso sigiloso de los astros se mantiene inconmovible aún frente a nuestras bendiciones y derrotas. Entonces, no descree de la violencia, y la nombra. No ignora el hambre, y lo desguaza. Aborrece la corrupción y persiste en permanecer blanca. Dice basta si fuera necesario y se duele si la censuran o le mienten.

      A viva voz o en un susurro deletrea cada atrocidad y no retrocede. Pero sugiere, al mismo tiempo, universos de seda, y nombra peces como barcos y estrellas como diamantes lujuriosos. Como una reverberación inexplicable. Un canal para volver a casa. Y para retener el aire entre las manos como un ensimismamiento posible.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Buenos Aires en 1953. Es profesora en Letras (egresada de la Universidad Católica Argentina) y ha ejercido la docencia secundaria y universitaria (en dicha Universidad y en el Colegio Santo Tomás de Aquino, dependiente de la misma, como profesora y coordinadora de área).

      Fue una de las primeras en implementar el sistema de talleres literarios en las escuelas, tarea que la llevó, además de los libros que se mencionan más abajo, a dictar cursos para docentes en Capital, Gran Buenos Aires y el interior del país, así como a participar con diversas ponencias en el Encuentro de Rectores que se realiza anualmente.

      Junto a Graciela Caprarulo (y con la colaboración de Belén Ancizar y Florencia Abadi) coordina, desde hace quince años el “Taller de la Siesta”, que cuenta en la actualidad con un promedio de sesenta alumnos y que está integrado por grupos de escritura y lectura, y grupos sólo de lectura y análisis de textos. También ha conducido el programa radial “Dos Palabras”, que estuvo en el aire alrededor de seis años, y fue emitido por FM San Isidro Labrador, FM Palermo y, finalmente, por AM Radio de la Ciudad.

En el curso de este año (2004) ha sido invitada a leer en la Semana de la poesía (Festival internacional. Barcelona, España)

Libros publicados

Poesía

  • Curva de mujer, Libros de Tierra Firme, 1994,
  • Abrir las puertas (para ir a jugar), Libros de Tierra Firme, 1997
  • Mientras duerme el inocente, Libros de Alejandría, 1999.
  • Los posibles espacios, Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano, 2004

Narrativa

  • ¿Querés que te cuente el cuento?, Ed. Lumen-Magisterio del Río de la Plata, 1989

Ensayo

  • El taller de escritura en el ámbito escolar, Ed. Stella, 1987

Antologías

Integra diversas antologías y colabora con publicaciones del país y del exterior.

Inéditos

  • La luna en el abanico, novela
  • Un nuevo libro de poemas

Otras actividades

Ha dictado y dicta seminarios acerca de diferentes temas literarios, mitos y crecimiento personal, en su país y en el exterior. Ha colaborado con numerosos autores de diferentes disciplinas en el armado y corrección de sus libros.

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Ana Guillot

POEMAS

						
a mi abuela Agustina
a mi abuelo Luis
hay una calle divergente
desde esa empalizada abierta
-madre, que lo extraño-
y ella que cose
la fisura
que hilvana un dobladillo
de ecos
-madre, madre, madre-
diciendo
que ha vuelto la mirada
de tanto enhebrar hilos
de pespuntear el molde
sin él
que ha machacado horchatas
hasta soltar el jugo
como una pantera alimentando
en medio de la noche
una sirena quiebra
el descanso
auguran que habrá guerra 
y el silencio es
una contundencia
como si estuviera vivo
el final
la muerte en off
es ese campo neutral
donde todo permanece
inalterable
la viuda corre el grito
sin garganta
-el grito que no cesa
el grito-
pasos, y pueblos, kilómetros distantes
sólo para conseguir
cebollas en el vientre
algo de carne en los bolsillos

la muerte en off
es el aterrador silencio
que acota cada bombardeo
destrozarse las manos
sólo para arañar
la raíz
arrancarse crías sólo para que prevalezca
la propia

la muerte en off
es fraccionar luego en la casa
para que todos puedan
comer
de ese pan que no tiene religión
ahora
ser republicano es un pecado
el cielo bate nubes en su contra
y el fuego se lleva las casas
como marcas judías
si el ángel negro es
el que delata
aún en su propia familia al traidor

la diagonal que gira hacia el océano
es un puerto y su gente
escapando
como sea posible
como puedan
-el grito que no cesa-
polizones del mundo
(¿emocionarse?)

retornar la memoria
sólo
para sorber la lágrima caliente
en manos de la abuela
la viuda que he de ser
y que aún desconozco
y elegir su dolor para calmarla
-que duerma en paz- le digo
-y el grito que no cesa-parece
que ya está
es suficiente el tránsito

la muerte en on ahora
justifica mi canto paulatino
-que te duermas en paz-
que ya es suficiente
tu calvario
entre una copa y otra las miradas se cruzan
y el filo del cuchillo se estremece
(muerde a lo lejos su callada angustia
el cementerio)
ellos comen en el blanco mantel
hay un sol de verano
y es una promesa
la boca que se abre
en la cara redonda
-Agustina- responde
y él se lleva el nombre en el bolsillo
las miradas se cruzan
se hieren al sol de ese verano
arde la telaraña en el postigo
su inundación de plata
-porque estoy atrapado- dice
y cruza la mirada
y el filo del cuchillo se estremece


habrá luego otras comidas familiares
y habrá un niño corriendo
el caballo de madera
como la premonición
de una partida


habrá más tarde, también
una mujer agazapada
en el acero de su propia tela
disuelto el intestino
cada membrana de su cuerpo
atragantada de dolor
gritando
-el grito que no cesa
el grito-
(muerde a lo lejos su callada angustia
el cementerio)
y ella, la del luto,
que no cesa su grito
derrama las pestañas sobre el plato
el filo del cuchillo se estremece
y casi no se puede llorar
después, lo cotidiano
la comida y el agua
y el almidón que ha de planchar
esta tristeza
el delantal del niño
de sarga gris
cristiana
-como si la República se pudiera
esconder-
como si no hubiese sido fusilado
el poeta
como si la falange ¿cuál?
sus dedos, sus falanges
planchan la tela
alisan el pliegue del sobrino
muerto
porque no delató
los platos, luego
la aceitera completa
y lo que sea posible
comer
-te espero entre las sábanas-
y duerme esta viudez que es el grito
-el que no cesa- dije
el innoble
-por si tus pies llegaran
fríos
muertos de frío ahora
como la neumonía
como haberte visto
morir-


un cadáver es lo que amamos
en un sesgo estático
imposible
los labios tan inertes
la mandíbula extrema
y el frío
siempre el frío

será por eso pienso
que los cubren
tan rápido
que las sábanas cubren
-te espero entre las sábanas, Luis-