Ángela Reyes

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PALABRAS PRELIMINARES

Poética

      Para mí, la poesía es un cofre lleno de palabras que encontré en Granada, a la edad de ocho años. Nadie vino a reclamármelo, nadie echó en falta su pérdida y desde entonces no me he separado de él porque es una de las cosas más preciosas que poseo.

      Desde los ocho años no he dejado de abrirlo ni un solo día y, de su fondo inagotable, he extraído las palabras precisas para inventarme mundos que me hubiera gustado habitar, situaciones, personas inmensamente bellas, largamente desgraciadas, siempre tiernas, crueles hasta donde mi imaginación me permitía, dioses venidos a menos, humanos tan magníficos que morían para volver a resucitar en páginas posteriores.

      Para ello, unas veces elegía las palabras más líricas, otras veces las retóricas, las amorosas, muchas veces las sensuales, místicas en pocas ocasiones, palabras y más palabras con que creaba personajes de ficción que, después de convivir con ellos un tiempo, se convertían tan humanos, tan de mi sangre, que llegaba a amarlos y a sentir su ausencia a la hora de abandonarlos a su suerte. Esto es, a la hora de finalizar el libro.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Jimena de la Frontera, Cádiz, 1946; reside en Madrid desde 1958.

Libros publicados:

Poesía

  • Amaranta, Colección Poesía Nueva, APP, Madrid, 1981
  • La muerte olvidada, Colección Puerta de Alcalá, APP, 1984
  • Lázaro dudaba, Colección Julio Nombela, A.E.A.E., Madrid, 1987
  • Cartas a Ulises de una mujer que vive sola, Diputación de Soria, 1992
  • Breviario para un recuerdo, Ayuntamiento de Valencia, 1997
  • Carméndula, Colección Julio Nombela, A.E.A.E., Madrid, 2001

Plaqueta

  • La niña azul, Corona del Sur, Málaga, 1991

Plaquetas, plegables, pósters, hojas, en colaboración con Juan Ruiz de Torres:

  • Diálogo de Padrón y Rosalía (plegable, A.P.P., Madrid, 1985, (v.f. en Poesía, vol. 2)
  • No de sol o de luna (hoja), El Foro de la Encina, Villanueva de la Cañada, Madrid, 1986
  • Sonetos para la vida, Colección Altazor, A.P.P., Madrid, 16 p. (v.f. en Poesía, vol.
  • Poeta en Torre de Juan Abad (plegable), El Foro de la Encina, Villanueva de la Cañada, Madrid, 1992
  • Subiendo por los manteles, a la mano derecha, El Foro de la Encina, Villanueva de la Cañada, Madrid, 1994, 14 p. (v.f. en Poesía, v.
  • Labio de hormiga, Colección Altazor, A.P.P., Madrid, 1985
  • Calendario helénico (esp/ing), Colección Altazor, A.P.P., Madrid, 1986
  • Viaje a la Mañana (y A Villaverde), Colección
  • Estrabón, A.P.P., Madrid, 1987
  • El cuerpo y sus lenguajes (y AV), Colección El Foro de la Encina, exposición, 1991
  • Sonetos para la vida, Colección Altazor, A.P.P., Madrid, 1988
  • Cinco décimas de la Navidad, A.P.P., Madrid, 1999

Prosa

  • Crónica de un lirista naufragado (prosa poética), Colección Río Aulencia, Madrid, 1991
  • Morir en Troya, (novela) Editorial Verbum, Madrid, 1999
  • Adiós a las amazonas (novela), Editorial Betania, Madrid, 2004
  • Cuentos en la Arganzuela, (cuentos), Altorrey Editorial, Madrid, 2005

Premios y distinciones

En poesía:

  • “San Lesmes Abad”, Burgos, 1986
  • "Leonor", Soria, 1991
  • "Villa de La Roda", La Roda, 1991
  • "Ciudad de Valencia", Valencia, 1994
  • "Blas de Otero", Majadahonda, 2000

(no se incluyen 12 premios a poemas sueltos)

En narrativa:

  • Juan Pablo Forner", Mérida, 1999, por su novela Morir en Troya

Otras actividades:

  • Cofundadora y Secretaria General desde 1980 de la Asociación Prometeo de Poesía (Madrid).
  • Ha coordinado la organización de la Escuela de Poesía de Madrid
  • Idem de 5 Ferias de la Poesía
  • Idem de 3 Bienales Internacionales de Poesía en Madrid
  • Idem de 2 Encuentros Luso-Españoles de Poesía
  • Co-fundadora y co-editora de las revistas Cuadernos de Poesía Nueva, Carta de la Poesía y La Pájara Pinta.
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Ángela Reyes

POEMAS

ESTÁ MI TIEMPO ACOMODADO
entre el amor y el desaliento.
Cada día,
con la memoria más pequeña
y la mirada más pendiente de la mar,
atiendo la gangrena de esta casa
que se me muere
por donde ayer solíamos
entrecruzar las velas de la carne.

Ya no rezo,
no corrijo la arruga que va del labio al alma,
ni me sorprende si la mano izquierda enloquecida parte
allá donde declinan las palomas.
Todo está por hacer:
desde morir
hasta plegar tu traje que de tanta quietud
se queja de la nuca.
Todo viene bajando por mi espalda
como río que parte hacia lo oscuro,
y quedo sola
sin la vejez de tus zapatos,
sin el olor a sal de tus axilas,
sin tu abrigo muriendo en el perchero.
Quedo sola,
como mujer de la fotografía,
con la raya del pelo bien trazada,
la blusa haciendo frente al tiempo-sepia
y en los párpados,
y en la boca,
dolorida la música que cantan los ausentes.

De Cartas a Ulises de una mujer que vive sola, 1991

LA TARDE QUE MURIÓ LA NIÑA AZUL
el otoño rozó el bronce de la aldaba.
Quemaba el aire
como beso de novio a punto de partir
y allá,
en ese sitio en donde octubre
le da a la uva su color de incendio,
un perro de testuz viajera
ladró con un sonido casi humano.
Era una tarde
que compartía la vejez con la orfandad de la retama
cuando murió la niña azul.
Su casa daba al mar
y el mar, desarraigando su posición yacente,
llegó tal un muchacho
y le besó en la boca conocida.
Luego,
con ánimo de ir donde ella fuera,
enlutecióse
y no se hizo otra cosa
más que delta viril
que buscaba refugio en su pálido cuello.

(Nada me asusta tanto
como cerrar los ojos
y verlos replegados bajo la misma piel,
yéndose de la mano
para heredar la última sonrisa).

De La niña azul, 1991

EL VERANO ANTERIOR,
Josefina Manresa había comprado
unos metros de encaje de bolillos
y un frasco de almendrado aceite que suavizaba el agua.
Aprendió a empequeñecerse el talle
desde que oyó decir
que por una cintura desvalida
trepaba fácilmente la pasión.

En marzo nueve,
ella había cosido dos diminutos lirios de organdí
en el extremo de sus ligas.
Y en una alcoba no lejana
su camisón de muselina
estaba amaestrado para desabrocharse fácilmente,
para caer rendido al suelo
lleno de pliegues.
También la blusa, y el chaquetón de pana,
y hasta las medias de algodón, sabían
que aquella noche
dormirían mirando a la pared,
apenas se iniciara la más dulce tormenta
bajo la colcha rosa pálido.

De Breviario para un recuerdo, 1993

HAY MUJERES QUE NUNCA SE ASOMARON
a los ojos de un hombre
y viven
sin conocer al ángel-gladiador
que, espada en mano, habita
en la planicie gris de la mirada.
Yo conozco a tu ángel, recolector de menta.
Lo vi en esa noche única,
en una noche que vivirla quisimos otras veces
para enjuagarnos tanta pesadumbre.
Incontenible es su odio
cuando me acerco a ti.
Se alza de tus profundas nieves
para punzarme el vientre,
para clavarme su aguijón más dulce que las moras.
Luego se aleja atesorando heridas,
sabiéndose invencible,
rechazando los haces de carméndulas
que de siempre le ofrezco.

Muérame
si nunca más he de besarte,
si no puedo sorber
la música que llevas en los labios.
Muérame mientras te amo,
aunque su estoque
seccione en dos la yema de mi ombligo
y rueden por la colcha mis lunares gemelos,
y la melaza de mi sangre caiga
mojándole las alas.
Muérame
si no te llamo
con cuatro golpes de agonía,
cuando tu plenitud me colme
y le ángel se adelante por mi preciosa hondura
a más velocidad que el alba horada los postigos.

De Carméndula, 2000

DE MUJERES,
era un trabajo sólo de mujeres
limpiar el óxido y la yedra
al joven que en la fuente
orinaba mirando el horizonte.
Entre madres e hijas
quedó la ciencia del frotado,
el gusto de arrancarle al cobre
el moho que los inviernos dejaran al partir.
Sólo ellas sabían la leyenda
del triste desterrado, los siglos que llevaba
exhibiendo su nardo bello,
ahora convertido en fuente para pájaros.
Y sabían también
qué noche, qué minuto de febrero bisiesto,
el caño del orín pasaba a ser melaza
que al beberla
mitigaba el insomnio
y muchos otros males del alma femenina.

De Travesía hacia el Sur (inédito)

ELLA FUE LA SEÑORA DE LA NOCHE,
la que tasaba al hombre y le medía
el crepúsculo rojo de su vientre
y el sube-y-baja-mar de su entrepierna.
Ella, tan linda,
tuvo todos los hombres que pariera la luna,
y los que dio la tierra.
También los que escupió la mar,
y a los que el tren dejó olvidados
en medio de la noche tan llena de amargura.
A todos ellos tuvo entre sus brazos
entre sus piernas solitarias,
muy dentro de sus medias,
al final del corpiño, donde la luz es grande.
Los tuvo sobre el beso, sobre el pubis,
junto a su cuello de algodón tostado.
A todos poseyó,
y nunca por amor, ni por dinero,
sino por compartir el pan redondo de la risa
y el migajón de la ternura.
Ahora es la vieja del recuerdo
y cría cabras en isla Perejil.
Aquel cordón de seda verde,
que sus amantes
varias vueltas liaban en su talle,
hoy es cuerda que con el cubo va al aljibe,
buscando agua fresca,
cuando la soledad se le acurruca
como un perro en la niña de sus ojos.

De Historia de mujer con echador (inédito)