Any Lagos

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PALABRAS PRELIMINARES

De oficio poeta

Un mito africano sostiene que cuando Dios decidió crear la luz, hizo el primer amanecer extendiendo su brillo de horizonte a horizonte: una claridad que poseía todos los colores del arco iris, y Dios entonces sonrió complacido ante el despliegue de tanta belleza. De esa misma luz -dice el mito– el Creador dio vida a las almas de todos los seres humanos. Según este mito, en cada uno de nosotros habría todavía un fragmento, un tono, un matiz de ese arco iris vislumbrado en ese primer amanecer.

¿Qué color de aquel amplio arco iris habrá elegido Dios para el alma de los poetas? ¿Azul rosado, rosa azulado, ocre, marrón o amarillo? Quizás el blanco que contiene todos los colores. O tal vez el negro, que simboliza la ausencia del color: la exacta tonalidad del vacío.

¿De dónde proviene la oscuridad enquistada en el alma de los poetas? ¿Qué privilegiada y vana luz habita en ellos que les permite convertir el dolor en música, la palabra en melodía, la música y el dolor en palabras que van construyendo el cuerpo del poema? Ese cuerpo (cuerpo y alma del poeta) es la lira de Orfeo, las plumas del ave que emigra, los ojos tristes del tigre, la mirada amenazadora de un animal enjaulado. El poeta es la mariposa en extinción, la sombra armoniosa de esa mariposa volando y dejando en la sombra del vuelo una mínima huella.

Ese vuelo lento que a veces se acerca, otras se aleja, se asemeja al zoom de una cámara fotográfica deseosa de apresar un nacimiento, una masacre o una flor con la precisión de una lente. El instrumento retrata la belleza, el dolor. (¿Existirá un punto en donde confluyen el agua y la sed?)

El poeta cuenta con el alma como el medio más valioso para hacer sonar su propia melodía: afina los violines, entona una nota, canta, murmura, balbucea. Invoca a los dioses para ser asistido por un coro de ángeles. Enciende un cirio o un sahumerio. Canta. A media voz, con toda su voz. En un silencio parecido al vuelo de una mariposa. En medio de la noche, en el centro del dolor el poeta canta. Sobre ruinas, entre escombros, frente al precipicio, frente a la tumba de sus muertos canta. Sus diferentes voces braman al unísono como lo hacen los leones o los ciervos desgranado sonidos para obtener consuelo después de hacer el amor.

El poeta, cantando, intenta redimir espacios en blancos, huecos, ecos que se repiten (¿golpea inútilmente sobre los mismos tambores o a golpes compone el poema como antídoto contra la soledad dibujando con palabras las sombras de lo evocado? A través de la escritura se ejecuta la ceremonia. En ese ritual las sombras danzan arriba del papel, se ubican, se dispersan, se confunden, se contradicen. Aquellas sombras suelen ser blancas o negras - como el alma de los poetas- las palabras vuelan como mariposas, suben el telón para mostrar la escenografía: los personajes actúan. Ellos intentan ovillar el hilo para encontrar la salida del laberinto, la ventana por donde entre la luz, la puerta abierta detrás de la puerta cerrada.

Minuciosa tarea encontrar la salida. Porque no hay una sola salida. Ni un lugar exacto, ni el clima propicio. Cualquier metal encontrará el poeta para hacer rebotar su grito. Hojarascas, peldaños, ciegos, mendigos, precipicios, árboles, piedras juegan entre sí, se instalan sobre el escenario (el papel): comienza el monologo, la soga tensada, la noche (el recuerdo de una noche donde los muros caían, donde las notas de una flauta encantaba a una serpiente y el amor levantando la cabeza como un reptil, dejaba derramar su veneno). De ese veneno bebe el poeta. La herida se escribe y se bebe. Como el castigo de Sísifo que carga con el peso de una piedra hasta la cima de una montaña empinada. La piedra rueda. El vuelve a tomarla. Otro esfuerzo para llegar. Llegar a la cima. La piedra vuelve a rodar por la ladera empinada. El mismo cansancio del hombre que no se cansa de gemir. Del poeta llevando hasta la cima su herida. Ni la herida ni la piedra se desgastan. El poeta lame la piedra. Escribe y bebe hasta el amanecer. Un brillo de colores se extiende de horizonte a horizonte desplegando los colores del arco iris, los pájaros abandonan sus nidos para recibir el día. Cuando amanece algún poeta está bebiendo su herida.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Any Lagos nació en la ciudad de Rosario, Argentina. Estudio arquitectura y concurrió a talleres de periodismo.

Libros publicados

  • "Ojales del tiempo", 1987
  • "Juegos y formas", 1988
  • "Después del cántaro", 1997

Premios y distinciones

  • Primer Premio en el concurso "José Pedroni" por "Ojales del Tiempo"
  • Primer Premio "Rosalina Fernández de Peirotén" por "Juegos y formas"

Publicaciones

Ha publicado en diversos medios de comunicación y coordinó durante doce años el suplemento cultural del diario La Capital.

Jurado

En varias ocasiones fue convocada para integrar el jurado en certámenes de poesía.

Otras actividades

Actualmente se desempeña como editora de la sección mujer de un matutino local.

San Martín 507 – 1º piso 4
2000 Rosario – Santa Fe – Argentina
T. E: 0341 - 440 4604 – 155-474767

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Any Lagos
Any@ciudad.com.ar

POEMAS
Escenario

						
la que camina sobre tumbas
cuando el viento golpea 
las murallas
habita en la torre encendida

le sobran rostros 
tierra y vino y días por venir
tardes albergando infiernos y naufragios
 
alcánzame tu espada
ahora que el mar sigue trayendo
peces muertos

tan distantes de mí
están sus manos
y esta luna de marzo por romperse

muchacha que pasas
aunque finjas sólo sos al mundo
los restos de un templo en ruinas
 
en aquella esquina
donde aún no salió el sol
tu vestido se ha rasgado
como el telón de una noche de fiesta
 
Canción de cuna

						
me besa un muerto
hay una laja en la mitad del camino
trazo una línea sobre esa laja
algo  más me revelarán las piedras
que he dejado de adorar

sobre otros ojos
trazaré una línea que me tenga
o quizás emita un sonido vital
que puje por atrapar la piedra

canta un mirlo
¿es un mirlo el que ha vuelto a cantar ?
los árboles también cantan

déjame allí entre los árboles
al lado del lecho de un niño que duerme
miro a un niño en el hombre dormido
a un niño soñando que es un hombre
de ese hombre me nutre su ausencia

pero los árboles y el mirlo
han vuelto a cantar 
están cantando ahora para mí 
justo ahora
que estoy muriendo sobre esta  laja
 
Concierto

						
cuando el calor de las brevas
maduran en la higuera
recuerdo el otoño
el tiempo de sumergirse en la percusión 
de una flauta
y dejar que el crepúsculo se acueste
entre mis piernas

suben desde la calle ruidos de una ciudad
entonces recuerdo el humo de tu pipa
el sabor del jengibre
por todas partes veo un ciervo en fuga
habrá otra siesta para hurgar el barro
-me digo-
digo que ni tu aliento ni las noches
calman al que escupe espuma

tus sueños ya no sueñan con mi sangre
 
Gesto inútil

						
frente a la palidez de una estatua
rescato del incendio una pequeña llama
¿qué más sucederá que no haya sucedido?

esperamos la muerte simulando amar
la espalda de la mujer imprescindible
su  leve incandescencia de guirnaldas
que se deshacen al alba

en la sedosa desolación de un bosque
pondré mi corazón a rodar
con otro instrumento ejecutaré mi arte
o mi condena 
o acaso termine contándome la leyenda
a la que asistió el último pájaro

doy vueltas giro
giro alrededor de no sé qué hueco
vida o laberinto

pero no
"no andaré por las calles hasta caer exhausta"
tensaré las cuerdas de un arpa en una esquina
y regresaré al recinto donde estuvimos juntos
tendiéndome como un naipe al revés

mientras los cementerios descansan
 
Inventario

						
modelo con arcilla
voces que vienen de otro siglo
detrás de un vidrio esmerilado
alguien se queja de la lluvia

qué pacto habrán firmado mis manos
con un gesto inocente
sobre el tapete donde hoy tiro los dados

han ganado las leyes del poder
los crímenes cometidos a puertas cerradas

aunque tus ojos retengan esta vana lejanía
como un equilibrista cruzo filosos alambres
 
he perdido las redes y las naves
el tul cuidadosamente bordado
donde mi historia reposaba todavía
 
entre las cosas que amé conservo
tapices con dibujos de arabescos
una vieja caja de música esmaltada
aquella máscara con plumas largas 

sobre suaves lienzos
había levantado las bases de mi reino

no permitas que el verdugo venga
a robarme la plegaria 
 
Grata compañía

						
"Es sin duda un visitante
quien llamando, busca entrar." 
E. A. Poe
encontré mi lengua
lamiendo la nieve
(quería conocer regiones cálidas)
un lobo aullaba
¿o era el sonido que acompaña
a mi sepultura?

tuve que inventar un unicornio
insultar a la niña que veía en el umbral
pasar al circo
fusilar a  la prostituta seduciéndome
con su corpiño azul
(y no por decir azul hablo de un cielo)

un búho a veces me visita
no necesito mudarme 
él me ordena el desorden
cuando sólo deseo que llegue la mañana

no es el búho un bicho horrible
ni preciso cambiar mi cuerpo de lugar
como si fuera un par de zapatos
en desuso

yo lo espero con una túnica blanca
él no me lastima
me mira
desde mi torpe equipaje mira
-cada uno carga su invierno-
  
nos entendemos bien
ayer comimos los dos del mismo plato
 

						
la casa perfumada de azucenas
azucenas blancas
el árbol parecido al árbol de mi casa
brota
en el sitio donde fui feliz 
hay  soledad 
la rosa de los vientos
besa 

nada ha cambiado demasiado
el dolor siembra huracanes
dulce oboe
por una flor cambio mi pena
sin sosiego por ese oboe que no deja
de sonar

en soledad el oboe es dulce 
pero basta de oboes y huracanes
que deje de sonar la rosa de los vientos
el ángel soplando la trompeta
 
donde la rosa de los vientos
besa
pondré una de mis mejillas 
mi otra mitad en la mitad 
en soledad otra de mis caras
ramas sobre el cuerpo

aquí nada
ha cambiado demasiado
nada sucede sobre el sendero
ni  han venido a encender la hoguera
para que perfume la azucena blanca

donde la rosa de los vientos
besa 
suena un oboe pero no  veo 
ramas ni veo hojas sobre el cuerpo

veo un cuerpo en soledad
un ángel que sigue tocando la trompeta