Carlos Juárez Aldazábal

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PALABRAS PRELIMINARES

      Escribí Por qué queremos ser Quevedo y La soberbia del monje entre 1993 y 1996. Ambos poemarios nacieron con la pretensión de ser los cimientos de una obra. El esbozo de una respuesta a la pregunta del por qué de este oficio, junto con un recetario personal de poéticas, fue la excusa para unificar vivencias inconfesables con lecturas olvidadas en el tejido de los versos.

      En cierta época llegué a pensar que no se puede crear obras de arte sin padecer algún tipo de dolor existencial. Esta creencia radical hoy está más atemperada, aunque en principio sigue operando en mis intentos literarios. En verdad, tenía la sensación de que sólo se escribe desde las pérdidas, desde las carencias, completando con el lenguaje los vacíos que la realidad va remarcando. Una escritura traumática, irremediablemente pesimista. La necesidad de releer los poemas para preparar este libro me hizo reconsiderar mi "teoría del trauma" al advertir salpicones de optimismo que deshacían la hipótesis. Como complemento, la palabra "aura", utilizada alguna vez por Walter Benjamin para dar cuenta de esa "manifestación irrepetible de una lejanía" que develan algunas obras de arte, me sirvió para redondear mi reflexión.

      Hoy estoy casi seguro de que el arte tiene esos dos elementos, lo traumático y lo aurático: escribir poemas para evocar la magia de ciertos personajes, momentos y sitios, hechizos irrepetibles que uno desearía habitar para siempre, y denunciar, al mismo tiempo, la terrible experiencia de la vida.

      Es lo que traté de hacer en estos poemarios.

Buenos Aires, octubre de 1999

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Carlos Juárez Aldazábal

POEMAS
La soberbia del monje

Nada se logra sin petulancia
Nietzsche

Hay que escurrir las sábanas creídas
Juan Gelman

Sob Erbia

Ella tiene un amante en Berlín
para mostrarles a sus amigas
las estampillas que le llegan
(hay una con el bigote de Hitler
                que es muy curiosa.)
Lee el francés, entiende el checo
y ha realizado traducciones
de poetas clásicos a su lengua materna
para contribuir con la civilización
                          de los idiotas.
Su padre era irlandés, por eso,
                         aunque no se escuche demasiado,
ella posee una colección completa
                        de música británica,
y esto debido a que los Erbia
fueron druidas enigmáticos
emparentados con la Reina.

Ella tiene un monje
que con sangre ha afirmado que la ama
(cierta vez recibió una carta
que decía "Sob te quiero", con una firma enorme,
y al figurarse a un cura masturbándose con su foto
se entretuvo con la risa por un buen rato.)

Las amigas de Sob
se divierten mucho con estos cuentos.
El monje, Sob Erbia y la muerte

La tercera vez que Sob tentó al monje
fue durante un diluvio de ángeles
en el gris de un parque rioplatense:
           -Nos toca a nosotros -murmuró el del hábito.
           -¿Qué cosa?
           -Convertirnos en víctimas de la abstracción
            horrorosa que muerde el corazón de los amantes.

La primera vez que el monje
eyaculó en Sob Erbia
fue cuando en Berlín
salieron los cañones a las calles:
           -¿Viste que no era tan terrible?
           -¿Qué cosa? -respondió el sin rostro.
           -Convertirnos en dioses, aplastar a las hormigas
            que mutilaron los cuerpos.

La última vez que la hembra
comprobó las virtudes de los santos
fue durante un censo de adivinos
lanzado por un tribunal de inquisidores:
           -Sabés que no puedo -profetizó la dama.
           -¿Qué cosa?
           -Salvarte de la mediocridad que crece en las postales
            que envían los ausentes a los vivos.

La semana en que la muerte 
se interpuso entre ellos
el silencio se llenó
con la neblina candente de las lágrimas.
Antes de retornar a Berlín,
                           en un convento de Salta,
el monje blasfemó sus votos de obediencia
guardando en el dolor 
la dulce iniquidad de su Sob Erbia sepultada.
El calvario del monje

Es un rosario largo.
Parece que las cuentas le devuelven alas
cada vez que acorta los minutos.
La túnica se prende entre la leña,
se enciende con los dedos, se incinera,
y el monje teje el rito.
El monje es muy humilde, dicen.
Lo han visto conversando
con campesinos pobres
                       (villeros de los burgos
                        que cosen en las fábricas
                        pedazos de escritura)
para ofrecerles su oficio de copista,
lo han visto consolando a putas belicosas
con fértiles caricias en las tetas,
como si en el milagro de consumir la túnica
pudieran ocultarse los secretos.
El monje ha renunciado a la insolencia,
a la castidad innoble de la aurora;
sus nalgas pudorosas han sido destrozadas
por lobos travestidos en sirvientas
que llevan en el lomo estampas de Francisco,
amansador de bestias en Umbría.
El monje se ha inmolado.
Hay gotas de inocencia pegadas a su nombre,
señales de bondad aniquilada,
intentos de estallar en prédicas eternas,
en llantos incesantes,
temblores por aquellos que han caído
en la hermandad de las palabras
(son los retratos de su entrega,
de su vagar tranquilo en el convento
donde el mundo lo abrazaba.)
Se sospecha que en las entrañas del monje
opera una cigarra que envía desde Lesbos las ofrendas,
telares complicados cubiertos de doncellas
que se acurrucan rezando en la memoria del muerto.
Se sospecha que el monje era un poeta
pero nadie se atreve a comprobarlo,
aunque se sabe de su entrega
en los altares humildes del vacío
(el dolor que lo consume enciende un fuego fatuo como imitando a Moscú o a Palestina. Cada vez que se mira una estrella se presiente el amor del que ha empuñado una tristeza contra sí mismo.)

El retorno

Amamos el hueco,
no la inconsistencia de la carne.

Decir que un monje reza
equivaldría a decir:
                     en los cementerios
                     las ganancias son rosas

                             o
                     todas las rosas
                     son pestañas de viento

                             o
                     amamos los cuerpos
                     cuando se deshojan
                     bajo las rosas del sepulcro

                             o
                     me amarías si estuviera muerto

                             o
                     te amaría...

Pero no es un capricho
decir que un monje reza.
Decir al monje es decirnos,
retornar al poema que se esconde
            en la negritud del origen, desenterrar al poeta.
            Desenterrarnos.

Ya sé,
      ¡es tan penoso volver
      cuando el desamor es un cuerpo atenazado!
Igual no es un capricho decir que un monje reza.
Por lo menos lo digo, permito que regrese.
Lástima que amemos el hueco
y no la inconsistencia de la carne.
Lástima.
¡Sería tan bueno
decir un monje alegre!
La tristeza huele
                  a pan, a torta frita, a mate, a monje,
                  a poeta escribiéndose en la túnica,
                  a cuerpo entero.
La tristeza duele.

La inclusión de Carlos Juárez Aldazábal en
Poéticas es una atención de

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