César Bisso

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PALABRAS PRELIMINARES

(Apuntes sobre la creación)

Elegir el río como un testimonio de la eternidad: un viaje sin final, un andar que no cesa.

También el poema es andar que no cesa. Todos los siglos de la humanidad están insertos en la palabra poética, en esa diosa blanca que transita las noches y los días entre milagros y holocaustos. 

El río es viaje sin final. No es vida que va a dar a la mar, que es el morir, como exalta la copla de Manrique. El río nunca muere. La muerte es límite. El río no tiene fronteras. Sí, orillas desde dónde mirar.

Pero no fronteras que interrumpan la mirada.

El sentir de Heráclito se apoya en otro sino: el permanente devenir. Andar del río es andar por dentro de uno mismo. La movilidad del universo tiene el ritmo de nuestra mirada. Desde allí el río se convierte en un viaje eterno. Todo pasa y nada permanece.

Para el río todo transcurre porque no hay regreso. De la escritura tampoco se regresa.

Desde la orilla, hacia adentro de sus aguas, el devenir de la magia, la belleza, la constelación de las palabras. Afuera, a espaldas del poema,la búsqueda de la verdad, el discernimiento entre el bien y el mal, los hombres y sus instituciones, el fervor por la moral y la justicia: esa religión que pocos profesan. Entonces, el regreso al río, donde todo es leve, donde nada es estable, donde ni siquiera se necesita juzgar.

Ah, los poetas que eligieron el andar de la poesía por el río. Juanele estará siempre ante su Gualeguay porque es la duración del silencio; Ungaretti nunca dejará de creer que los ríos fueron todas las épocas de la vida; Yeats volverá a buscarse a sí mismo en alguna imagen ribereña; Pedroni seguirá cantando al río esperanzador; García Lorca continuará tras el amor que desde el Guadalquivir se fue por el aire; Huidobro andará en busca del río que ya no vuelve; Alvaro Mutis proseguirá curando heridas de navegantes por otros ríos febriles y exuberantes; Francisco Madariaga estará siempre marcado por un dolor y un destino casi fluvial.

Volver a la vieja idea del río como centro de uno mismo. Porque el río no ofrece, no quita, no ordena. El río anda por dentro de sí, con la libertad de quien nada demanda. El poema también navega por dentro de su propio silencio. Y sólo se revela frente a lo inesperado.

El silencio no es rechazo del habla, dice Blanchot. Es cierto. El poema dimensiona otro tipo de silencio: allí donde se aprehende el mirar, el acontecer, el liberar, el reproducir. Un poeta nunca hará hablar al silencio, pero ningún poeta duda que el silencio es el gran poema que desea escribir.

La dicha es saber escuchar el silencio. La angustia es no poder escuchar ni siquiera a nosotros mismos.

Lugares, personajes, historias: excusas del creador. Sólo el lenguaje otorga identidad al poema.

El poema altera la esencia. El río, la existencia.

Ni esencia ni existencia. El poema enciende, ilumina, funde, quema.

Pero no es fuego que permanece siempre igual. No necesita preceder a nadie ni existir por nadie. Por eso se transforma en río y se expande, se multiplica. Para no ser espejo de sí mismo.

Es en la durabilidad del viaje cuando el río nos parece eterno. No podemos comprender su rumbo y su destino si nada cambia en nosotros mismos. Sólo cuando movilizamos lo más profundo del alma el poema comienza a tener sentido. Y advertimos que nos re-escribe. Nos traslada tan adentro de uno, como si necesitáramos llegar hasta el fondo más obscuro del río para descubrir que existe la luz.

Qué es mirar hacia dónde el río? Pregunta que responden, a través del poema, Ortíz, Ungaretti, Yeats, Pedroni, García Lorca, Huidobro, Mutis, Madariaga. Y tantos otros que construyeron una mirada. Y también aquellos, que jamás responderán, porque no supieron cómo mirar. Quien mira el río siempre estará esperando que el poema explote entre los ojos. Porque sabe que poéticamente sólo existe lo que ve en ese preciso instante.

No hay territorio imposible para el río. La irrevocabilidad de su rumbo permite aspirar a los sueños más absurdos. ¿Acaso los reyes feudales no pretendían medir las tierras conquistadas por todo el largo de las márgenes? Ambición y río se parecen: son incesantes y eternos.

Muy a pesar de la incorregible historia de los hombres, el río va.

El viaje es eterno. Ni vértigo ni quietud. Sólo imprevisibilidad. Si el rumbo tiene certeza deja de ser río.

Más lentamente el andar del poema. Para él nunca es demasiado tarde.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

César Bisso nació en Santa Fe, en 1952. Actualmente se encuentra  radicado en Buenos Aires. Es sociólogo, periodista y docente  universitario.

Libros publicados

  • Poemas y cuentos del taller, coautor, Editorial Colmegna, Santa Fe, 1975
  • La agonía del silencio, Editorial Colmegna, Santa Fe, 1976
  • El límite de los días, Editorial Lux, Santa Fe, 1986
  • El otro río, Editorial Calle Abajo, Buenos Aires, 1990
  • A pesar de nosotros (Editorial Correo Latino, Buenos Aires, 1991
  • Contramuros, Libros de Tierra Firme, 1995
  • Isla adentro Ediciones Culturales Santafesinas, 1999

Inédito

  • Lluvias.

Antologías y colaboraciones

Ha participado en numerosas antologías y en suplementos y  revistas culturales del país y del extranjero.

Premios y distinciones

Obtuvo premios y menciones en diversos certámenes de  poesía.

Premio Trienal de Poesía José Pedroni, 1994/97, por Isla adentro, otorgado por la Provincia de Santa Fe

.

César Bisso
cbisso@uolsinectis.com.ar

POEMAS
La salvación
a Raúl Gustavo Aguirre
Me tranquiliza 
el obstinado esfuerzo 
de recoger la poesía 
y el amor 
entre los escombros 
de la vida 
y salvarme 
cuando las negras esferas 
de mis ojos
se derrumben.

							
(De La Agonía del Silencio, 1976)
   
Aquellas tardes
a mi madre
Dejamos de ser testigos de aquellas tardes 
cuando la tierra nos sorprendió en comunión 
de surcos y fragancias. Cuando la impuridad 
del arado consumió la diáspora de los trigales.
Dejamos mucho más que un recuerdo. 
Dejamos la tibieza de la leche 
filtrándose por la garganta 
en cada ceremonia que el alba bendecía. 
Y los flexibles pinos del camino y la liebre rauda. 
Las cañadas ardientes de perdigones. La voz 
del viento. Y la lámpara del cielo irrumpiendo 
en la noche cuando el campo se desvanecía.
Dejamos todo lo que amamos. Oh, suave exhalación 
de girasoles en crepúsculos primaverales 
cuando alcanzabas el horizonte 
a través del vuelo de las calandrias.
Por entonces la tierra fue nuestro universo. 
La sentimos vibrar junto a la lluvia mansa.
Dejamos los primeros despojos Acaso has olvidado 
hermana sollozante 
el cortejo de muebles vetustos hacia el pueblo? 
O tampoco recuerdas la última mirada a los naranjos?
Dejamos nuestros sueños. Congojas de la memoria. 
La miscelánea audiencia de los pájaros en el bañado. 
El grávido pan. Y el sol del viejo día y la nueva tierra.

									
                 (De El límite de los días, 1986)
   
Los girasoles
    
Con frecuencia miraba atentamente. 
Nada parecía tan estremecedor 
que aquellas órbitas amarillas 
extraviadas en los muros del crepúsculo. 
Nada se parecía tanto a un sueño 
y sin embargo 
el majestuoso silencio del campo 
sorprendió al niño desamparado.
Entonces tuve miedo 
y regresé llorando a los brazos de mi madre.

									
(De El límite de los días, 1986)
   
Amanece
  
El origen del día 
no es obra del sol.
Lo construye el sueño 
del labrador 
cuando sale en busca 
de la tierra encendida.

									
(De El otro río, 1990)
   
Borges
    
Usted 
umbroso viajero 
se probó el amor 
en traje usado 
y frente al espejo 
que lo miraba 
vislumbró 
una mujer de nieve.
 No sorprendido 
de sus hábitos 
inventó el destino 
y agregó un poema 
sobre la complicidad 
y el vocablo celta 
que significa siempre 
y la lectura de Chesterton 
para calmar el lenguaje.
Un bastón sin manos. 
Y el sereno regocijo 
de esperar 
esa rara tontería: 
la muerte.

									
          (De A pesar de nosotros, 1991)
   
Mirares

						
Crepúsculo en fuga sobre el río. 
Mi mirar sólo advierte tu mirar 
y nos quedamos en silencio 
mientras el horizonte se azula 
en busca de otro cielo. 
 
 
 
 
 
Dos pájaros de vuelo breve 
encienden el amor 
bajo la brisa de enero.
 
La noche junto a mi madre

						
Y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte. 
Francisco de Quevedo
Qué decir en este sitio sin fronteras 
sin relojes que atrasen tu hora 
y mi dolor, oh hacedora de vida. 
Qué recordar de ti y por ti 
entre pálidas rosas de invierno. 

Un río de silencio habita la noche. 
La canoa sin remos se demora 
en busca de amores que no regresan. 

Eternos navegan el poema y la muerte.
 
Infancia

						
¿quién arrojó con furia aquella piedra contra el destino? 
¿quién encendió el fuego de la angustia y el asombro? 
¿quién asomó el pálido rostro por la ventana del espanto? 
¿quién escuchó al viento tocar el río con dedos afilados? 
¿quién grabó su nombre en el vórtice de la lluvia? 
¿quién interrumpió la vigilia de naipes a nuestras madres? 
¿quién habitó los sueños de nuestros padres solitarios? 
¿quién conoció el nunca, quién descubrió el después? 
¿quién dolió por mi hermana ausente? 
¿quién guardó el sol en los bolsillos, la noche en una lágrima? 
¿quién aprendió a ceder, quién a no rendirse? 
¿quién se animó a decir adiós, quién a morir antes? 
¿quién se arrepintió de ver, quién a construir ilusiones? 
¿quién esperó en vano el aliento de la justicia? 
¿quién creyó que hay olvido, quién distrajo a la memoria? 
¿quién no quiso amar, quién no pudo amar?  
¿quién vomitó silencio, quién lavó las manos en el barro? 
¿quién cruzó el puente bajo una sombra de pájaros? 
¿quién dijo “basta de ser niño” y derrumbó la inocencia? 
¿quién de nosotros aún conserva la misteriosa piedra? 
 
Lunas

						
Jamás soñé una noche sin luna. 
Bajo su luz todo es posible. 
El amor tiene brillo de cuerpos desnudos. 
Los pueblos encienden misterios insondables. 
Las luciérnagas vuelan más alto. 
Los ojos del niño titilan sin temor. 
Una noche de plenilunio es pura alegría. 
Es sentir la eternidad entre las manos. 
Si no hubiera luna los pueblos se apagarían. 
La mirada del niño sólo ofrecería miedo. 
Las luciérnagas no dibujarían parábolas. 
Enamorarse sería partir el pan de las bestias. 
En mi país hubo noches sin luna. 
El terror anidaba en las manos del niño. 
Fue galope asesino en cada luciérnaga. 
Aniquiló plazas y calles tan misteriosamente. 
Derrotó los cuerpos que alumbraron el amor. 
Esta noche mi hija pregunta porqué no hay luna. 
Comienza a titilar el miedo de aquel niño. 
Una luciérnaga atraviesa lo que aún queda de alma. 
Tanto desamparo derrumba el último caserío. 
Y el viejo amor vuelve a padecer la enfermedad del fin. 
 
El espejo roto

						
De mirar una mujer desnuda 
un hombre esperanzado 
un perro ladrando el relámpago. 
De mirar sólo tus ojos 
no el violador de la noche 
el bárbaro asesino 
las hienas que desearon la tormenta, 
mi país no sería un espejo roto 
abandonado en el mísero rincón 
donde guardo estos años en desuso. 
 

La inclusión de los poemas Mirares, La noche junto a mi madre, Infancia, Lunas, y El espejo roto de César Bisso en Poéticas es una atención de Julio Carabelli arbecon@hotmail.com