César Vallejo

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PALABRAS PRELIMINARES

César Vallejo: Un Poeta Universal (1892 - 1938)

¿Ud. cree señor Vallejo que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?

Estas palabras constituyen una de las muchas críticas que el ahora llamado Poeta Universal recibió en vida, y le pertenecen nada más y nada menos que a Clemente Palma, personalidad de las letras peruanas en la época en que Cesar Vallejo era un oscuro poeta provinciano, de aspecto enfermizo y ceño fruncido (el mismo que ostenta en la ya clásica fotografía que ilustra esta página), con motivo del envío (desde su natal Santiago de Chuco) del "Poema a mi amada":

Amada, esta noche tú te has sacrificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

No es de extrañar, pues, que el mismo Vallejo manifestara: Volveré al Perú sólo cuando quede piedra sobre piedra. Pese a ello, sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse tal como lo dispuso su amada Georgette (la misma con quien mantuvo una tormentosa relación marital en los últimos cuatro años de su vida) (1)

Sin embargo, la muerte nos regala milagros de vez en cuando; milagros como "Poemas humanos", "Trilce" o "España, aparta de mí este cáliz". Es que la escalada del "Cholo" por las escarpadas pendientes del dolor humano es una suerte de acrobacia suicida, de salto al abismo; y la ruptura formal acompaña el desgarro de un alma enferma de todo, del mundo y de sí misma.

(1) Velarde, Hernán. 1987. Georgette Vallejo en El Cronicante, Reportajes y Narraciones, Editora Nacional, Lima, Perú.

Vallejo en Europa

A fines de 1923, el "cholo" viajó a Francia, donde llevó la difícil existencia del intelectual con los bolsillos vacíos. Para poder sobrevivir tuvo que dedicarse al periodismo y su producción poética se redujo sustancialmente.

Entonces, luego de algunas otras relaciones (entre ellas Henriette, una hermosa costurera con "lenguaje de cocotte"), apareció Georgette, quien vivía frente a la oscura pensión de Vallejo en la Rue Molière. Ernesto More, íntimo amigo del poeta en París, (...) el que vivió con él compartiendo mendrugos (...) (9) fue testigo del luminoso amor del sudamericano pobre y la francesita venida a menos. Pero el romance no duró mucho luego del matrimonio (1934). Comenzó a transformarse rápidamente frente a las penurias económicas, agravadas poco después al decaer la salud del poeta. Por aquella época, la mujer que compartió los últimos cuatro años de ese hombre enfermo y atormentado llegó a confiarle a More: Yo siempre estoy sola, con Vallejo o sin Vallejo (10).

Se diría que Vallejo vivió tan cerca a la muerte que ésta pasó a ser -quien sabe en medio de la resaca de alguna madrugada parisina, cuando el dolor se junta con las ganas de abandonarlo todo, hasta la vida- su confidente. Tal vez fue ella quien le dictó este poema, inexplicablemente premonitorio:

Me moriré en París con aguacero
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París - y no me corro -
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño. (11)

Vallejo, tan humanamente cercano en su poesía y tan desaprensivo con los seres que lo amaron, murió el 15 de abril de 1938, en una lluviosa tarde parisina.

(9), (10) Velarde, Hernán. 1987. Georgette Vallejo en El Cronicante, Reportajes y Narraciones Editora Nacional, Lima, Perú.

(11) Abril, X. 1942. Piedra Negra sobre una Piedra Blanca de Poemas Humanos: Antología de César Vallejo, Buenos. Aires.

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César Vallejo

POEMAS
LOS HERALDOS NEGROS

						
Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! 
 
LOS DADOS ETERNOS

						
Para Manuel González Prada, 
esta emoción bravía y selecta, una de las
que, con más entusiasmo, 
me ha aplaudido el gran maestro.
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.
 
DESHOJACIÓN SAGRADA

						
Luna! Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!

Luna! Alocado corazón celeste
¿por qué bogas así, dentro de copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?

Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres tal vez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...
 
BORDAS DE HIELO

						
Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!

Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...
 
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

						
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos... 
 
EPÍSTOLA A LOS TRANSEÚNTES

						
Reanudo mi día de conejo 
mi noche de elefante en descanso. 

Y, entre mi, digo: 
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros 
éste es mi grato peso, 
que me buscará abajo para pájaro 
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeñones.

Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos, 
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario 
por el que vela el alma individual; éste ha de ser 
mi ombligo en que maté mis piojos natos, 
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda. 

En tanto, convulsiva, ásperamente 
convalece mi freno, 
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león; 
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo, 
convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios. 
 
LA RUEDA DEL HAMBRIENTO

						
Por entre mis propios dientes salgo humeando,
dando voces, pujando,
bajándome los pantalones...
Vaca mi estómago, Vaca mi yeyuno,
la miseria me saca por entre mis propios dientes,
cogido con un palito por el puño de la camisa.

Una piedra en que sentarme
¿no habrá ahora para mi?
Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,
la madre del cordero, la causa, la raíz, 
¿ésa no habrá ahora para mi? 
¡Siquiera aquella otra, 
que ha pasado agachándose por mi alma!
Siquiera
la calcorreada o la mala (humilde océano)
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre
ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva, 
va a caer por sí misma, 
en profesión de entraña verdadera, 
¡ésa dádmela ahora para mí!

Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse
y después me iré...
Halló una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.
 
ESPAÑA, APARTA DE MI ESTE CÁLIZ

						
Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra, 
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo, 
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer! 
¡cómo va a castigar el año al mes! 
¡cómo van a quedarse en diez los dientes, 
en palote el diptongo, la medalla en llanto! 
¡Cómo va el corderillo a continuar 
atado por la pata al gran tintero! 
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto 
hasta la letra en que nació la pena! 

Niños, 
hijos de los guerreros, entre tanto, 
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo 
la energía entre el reino animal, 
las florecillas, los cometas y los hombres. 
¡Bajad la voz, que esta 
con su rigor, que es grande, sin saber 
qué hacer, y está en su mano 
la calavera hablando y habla y habla, 
la calavera, aquélla de la trenza, 
la calavera , aquélla de la vida! 

¡Bajad la voz, os digo; 
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto 
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún 
el de las sienes que andan con dos piedras! 
¡Bajad el aliento, y si 
el antebrazo baja, 
si las férulas suenan, si es la noche, 
si el cielo cabe en dos limbos terrestres, 
si hay ruido en el sonido de las puertas, 
si tardo, 
si no veis a nadie, si os asustan 
los lápices sin punta, si la madre 
España cae -digo, es un decir- 
salid, niños del mundo; id a buscarla!... 
 
HIMNO A LOS VOLUNTARIOS DE LA REPÚBLICA

						
Voluntario de España, miliciano 
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón, 
cuando marcha a matar con su agonía 
mundial, no sé verdaderamente 
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo, 
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo 
a mi pecho que acabe, al que bien, que venga, 
y quiero desgraciarme; 
descúbrome la frente impersonal hasta tocar 
el vaso de la sangre, me detengo, 
detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto 
con las que se honra el animal que me honra; 
refluyen mis instintos a sus sogas, 
humea ante mi tumba la alegría 
y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame, 
desde mi piedra en blanco, déjame, 
solo,
cuadrumano, más acá, mucho más lejos, 
al no caber entre mis manos tu largo rato extático, 
quiebro con tu rapidez de doble filo 
mi pequeñez en traje de grandeza! 

Un día diurno, claro, atento, fértil 
¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes, 
por el que iba la pólvora mordiéndose los codos! 
¡oh dura pena y más duros pedernales! 
!oh frenos los tascados por el pueblo! 
Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera 
y soberanamente pleno, circular, 
cerró su natalicio con manos electivas; 
arrastraban candado ya los déspotas 
y en el candado, sus bacterias muertas... 

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas
de dolores con rejas de esperanzas, 
de dolores de pueblos con esperanzas de hombres! 
¡Muerte y pasión de paz, las populares! 

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámosnos! 
Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los vientos 
y de llave las tumbas en tu pecho, 
tu frontal elevándose a primera potencia de martirio. 

El mundo exclama: "¡Cosas de españoles!" Y es verdad. 
Consideremos, 
durante una balanza, a quema ropa, 
a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto 
o a Cervantes, diciendo: "Mi reino es de este mundo, pero 
también del otro": ¡punta y filo en dos papeles! 
Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un espejo, 
a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano 
tuvo un sudor de nube el paso llano 
o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros 
o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía 
a Teresa, mujer que muere porque no muere 
o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa... 
(Todo acto o voz genial viene del pueblo 
y va hacia él, de frente o transmitidos 
por incesantes briznas, por el humo rosado 
de amargas contraseñas sin fortuna) 
Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura, 
agitada por una piedra inmóvil, 
se sacrifica, apártase, 
decae para arriba y por su llama incombustible sube, 
sube hasta los débiles, 
distribuyendo españas a los toros, 
toros a las palomas... 

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armonía 
acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente, 
tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana 
dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición, 
a tu enemigo! 

¡Liberador ceñido de grilletes, 
sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la extensión, 
vagarían acéfalos los clavos, 
antiguo, lento, colorado, el día, 
nuestros amados cascos, insepultos! 
¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre, 
con la inflexión social de tu meñique, 
con tu buey que se queda, con tu física, 
también con tu palabra atada a un palo 
y tu cielo arrendado 
y con la arcilla inserta en tu cansancio 
y la que estaba en tu uña, caminando! 
¡Constructores 
agrícolas, civiles y guerreros, 
de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito 
que vosotros haríais la luz, entornando 
con la muerte vuestros ojos; 
que, a la caída cruel de vuestras bocas, 
vendrá en siete bandejas la abundancia, todo 
en el mundo será de oro súbito 
y el oro, 
fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre, 
y el oro mismo será entonces de oro! 

¡Se amarán todos los hombres 
y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes 
y beberán en nombre 
de vuestras gargantas infaustas! 
Descansarán andando al pie de esta carrera, 
sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos 
serán y al son 
de vuestro atroz retorno, florecido, innato, 
ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas y cantadas! 

¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende 
sin vías a su cuerpo 
y al que baja hasta la forma de su alma! 
¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán! 
¡Verán, ya de regreso, los ciegos 
y palpitando escucharán los sordos! 
¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios! 
¡Serán dados los besos que no pudisteis dar! 
¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga 
traerá pedacitos de pan al elefante encadenado 
a su brutal delicadeza; volverán 
los niños abortados a nacer perfectos, espaciales 
y trabajarán todos los hombres, 
engendrarán todos los hombres, 
comprenderán todos los hombres! 

¡Obrero, salvador, redentor nuestro, 
perdónanos, hermano, nuestras deudas! 
Como dice un tambor al redoblar, en sus adagios: 
qué jamás tan efímero, tu espalda! 
qué siempre tan cambiante, tu perfil! 

¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla 
un león abisinio va cojeando! 
¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho universal! 
¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente 
y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del alba! 
¡Soldado conocido, cuyo nombre 
desfila en el sonido de un abrazo! 
¡Combatiente que la tierra criara, armándote 
de polvo, 
calzándote de imanes positivos, 
vigentes tus creencias personales, 
distinto de carácter, íntima tu férula, 
el cutis inmediato, 
andándote tu idioma por los hombros 
y el alma coronada de guijarros! 
¡Voluntario fajado de tu zona fría, 
templada o tórrida, 
héroes a la redonda, 
víctima en columna de vencedores: 
en España, en Madrid, están llamando 
a matar, voluntarios de la vida! 

¡Porque en España matan, otros matan 
al niño, a su juguete que se para, 
a la madre Rosenda esplendorosa, 
al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo 
y al perro que dormía en la escalera. 
Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares, 
a su indefensa página primera! 
Matan el caso exacto de la estatua, 
al sabio, a su bastón, a su colega, 
al barbero de al lado -me cortó posiblemente, 
pero buen hombre y, luego, infortunado; 
al mendigo que ayer cantaba enfrente, 
a la enfermera que hoy pasó llorando, 
al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus rodillas... 

¡Voluntarios, 
por la vida, por los buenos, matad 
a la muerte, matad a los malos! 
¡Hacedlo por la libertad de todos, 
del explotado, del explotador, 
por la paz indolora -la sospecho 
cuando duermo al pie de mi frente 
y más cuando circulo dando voces- 
y hacedlo, voy diciendo, 
por el analfabeto a quien escribo, 
por el genio descalzo y su cordero, 
por los camaradas caídos, 
sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino! 

Para que vosotros, 
voluntarios de España y del mundo, vinierais,
soñé que era yo bueno, y era para ver
vuestra sangre, voluntarios... 
De esto hace mucho pecho, muchas ansias,
muchos camellos en edad de orar. 
Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo, 
os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente 
y, a dos pasos, a uno, 
la dirección del agua que corre a ver su límite antes que arda. 
 
TRILCE

						
Hay un lugar que yo me sé 
en este mundo, nada menos, 
adonde nunca llegaremos. 

Donde, aún sin nuestro pie 
llegase a dar por un instante 
será, en verdad, como no estarse. 

Es ese un sitio que se ve 
a cada rato en esta vida, 
andando, andando de uno en fila. 

Más acá de mí mismo y de 
mi par de yemas, lo he entrevisto 
siempre lejos de los destinos. 

Ya podéis iros a pie 
o a puro sentimiento en pelo, 
que a él no arriban ni los sellos. 

El horizonte color té 
se muere por colonizarle 
para su gran Cualquieraparte. 

Mas el lugar que yo me sé, 
en este mundo, nada menos, 
hombreado va con los reversos. 

-Cerrad aquella puerta que 
está entreabierta en las entrañas 
de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana. 

-No se puede cerrar. No se 
puede llegar nunca a aquel sitio 
-do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé. 
 
I

						
Quién hace tanta bulla, y ni deja 
testar las islas que van quedando. 

Un poco más de consideración 
en cuanto será tarde, temprano 
y se aquilatará mejor 
el guano, la simple calabrina tesórea 
que brinda sin querer, 
en el insular corazón, 
salobre alcatraz, a cada hialóidea 
grupada.
 

Un poco más de consideración, 
y el mantillo líquido, seis de la tarde 
DE LOS MAS SOBERBIOS BEMOLES 

Y la península párase
por la espalda, abozaleada, impertérrita 
en la línea mortal del equilibrio.
 
II

						
Tiempo Tiempo. 

Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica 
tiempo tiempo tiempo tiempo. 

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aun de ser.
Piensa el presente guárdame para 
mañana mañana mañana mañana.

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto eriza nos?
Se llama Lomismo que padece 
nombre nombre nombre nombre.
 
ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA, POLÍTICA…

						
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remedar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser un poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah, querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle púbica,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.  

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia    
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador -cosa terrible-
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.