Concepción Bertone

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PALABRAS PRELIMINARES

Mi sentir sobre la poesía

      Ahora, aún en esta etapa de mi vida, la poesía sigue siendo para mí ese espacio de libertad interior, íntimo e inexpresable como la gracia de haber nacido con esta vocación. Cuando comencé la escuela primaria ya sabía leer y escribir porque mi tía Catalina, la hermana menor de mi padre, era casi una niña cuando yo nací y jugaba conmigo “a la maestra”, como se suele decir familiarmente. Sin saberlo, ella me daba la herramienta que estimulaba mi pensamiento y mi asombro ante el mundo que podía pronunciarse, ser dicho, nombrado.

      Era y sigo siendo un ser solitario y contemplativo. Siempre siento que la gente ve lo exterior de mí y me resume en eso, que nadie me conoce ni quiere hacerlo, salvo Olga Orozco, en un instante que compartimos —que fue infinito—, y ante mi timidez ella escribió en un papel, que conservo como reliquia, una frase que me definía profundamente.

      Y también Marosa Di Giorgio, en su columna de Posdata, la revista uruguaya, donde escribió a modo de una reseña de Citas, una semblanza sobre mi libro y mi persona. Cuando ella generosamente me la envió a la dirección del taller que yo tenía en la librería de Armando Vites, con sus saludos manuscritos con un bolígrafo rojo en la tapa, me sorprendí ante la humildad y la grandeza de su gesto. Lloré cuando leí no sólo lo que decía de mi libro, sino lo que pensaba sobre mi interioridad. Sus palabras me hicieron reconciliar con mi esencia y con mi destinación en la escritura, con ese velado reproche a mi propio desinterés por la búsqueda de una independencia material a cambio de la espiritual, que quizás puedan ir juntas, pero que en mí nunca se dio plenamente.

      Ella debe haber comprado el libro, porque no se lo di por pudor. Sólo compartimos algunos momentos en uno de los ciclos del Ricardo Rojas, en Buenos Aires, ya que en lugar de quedarme a conversar en la sobremesa de las cenas, yo me iba a jugar al billar con los poetas que se escapaban a jugar al billar. Pero esas dos mujeres extraordinarias me miraron y me vieron. Esa mujer que ellas vieron y que yo soy, es la que escribe poemas desde la niñez, a sabiendas que es un camino arduo, que es un compromiso inquebrantable con la palabra, que esa palabra se vuelve más importante que una misma y por eso me da la libertad de encontrarme cada día con la felicidad de la anonimia, con ese sentimiento o estado de gratitud que me permite descalzarme y pisar la tierra firme de mi jardín, cuidarlo, regarlo, verlo florecer, morir a las estaciones que son su tiempo de dejar caer semillas, y de volver a retoñar, en esos ciclos de muerte y resurrección en los que nos emparentamos con la naturaleza. Y que fueron, son y serán el punto de apoyo de la mirada de todos los poetas. El fiel de la balanza de la mirada que pesa el sentido de la vida y de la poesía. Eso. Asombrarme cotidianamente con los colibríes que habitan en mis árboles y sentir la presencia de lo sagrado, que no está en el cielo sino a ras del piso, siempre entornando mi existencia desde que nací.

      Como también la realidad en su crudeza, la crueldad de este mundo masacrado por un puñado de seres finitos, ciegos de poder. Hombres breves, pequeños, dueños de todo menos de ellos mismos, jugando con el mundo y lo infinito. A la hora de escribir, eso prima para mí. Me ubica exactamente en el por qué escribo y desde dónde escribo. Entonces acontece, cuando acontece, el poema. Y lo agradezco como si me fuera dado, como se agradece un bien debido: la vista, el tacto, el oído, la capacidad de amar; lo que no se negocia ni renuncia: los seres amados, la poesía, la vida como debería ser. Y en esa lid, cuerpo a cuerpo, por esas cosas que no se negocian ni se renuncian, resisto.

      Es decir, amo sin una media tinta y escribo de la misma manera que amo.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Libros publicados

  • De la piel hacia adentro, Edición del autor, Rosario, 1973
  • El vuelo inmóvil, Ediciones La Cachimba, Rosario, 1983
  • Citas, Ediciones Bajo la luna, Buenos Aires-Rosario, 1993
  • Aria Da Capo, Ediciones del Dock y Revista La Guacha, Buenos Aires, 2006

Otros poemas:

  • Elegía para Juan Manuel Inchauspe”, Mención de Honor Fondo Nacional de Las Artes, 2006
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Concepción Bertone

POEMAS
Elegía para Juan Manuel Inchauspe

Leva en la mirada oscura, navega
el pensamiento en la arruga del ceño, ceñida
como una vela al viento
la cabeza de Juan
en el perfil izquierdo de su cara.
La cabeza apoyada
sobre la mano derecha que rodea el mentón, el candado
del pelo de la barba, la herida
de la boca encerrada bajo el bigote. Alta.
La mano alada eleva la cabeza, la alza
por encima del cuello,
del cogote —como él decía—
sin perder la elegancia, en la elegía
de una vieja conversación: cerveza santafesina
en la mesa de la amistad tranquila, la mesa clara
de Saer y de Juan, en otra foto.

Pero en ésta leva una luz. La luz
de una expresión infusa en los sesos, del peso
inexpresado de eso en la mirada. No
el reflejo de un foco, ni el haz
que se astilla contra un cristal, detrás,
contra su nuca. No.

Una luz en la pupila, un punto iluminado, un asunto
rodeado de pura luz en la oscuridad de sus ojos. Algo
como el alma que no sabemos, el fuego que no inventamos,
el veneno vencido con el mismo veneno. Eso.

Misterio escayolado que en los huesos queda
y fulge en la osamenta su “furiosa estrella: Arturo,
el Centauro, la Osa....” nombres de fuego
dictados a otros hombres, dijo Juan. Acordado,
fiel
al eco de su voz, dijo: “Combate” y
“Trabajo”. Las palabras, de pronto, anclan
en su cabeza
donde la araña trama
la tela tensa del poema: “Que sea
la frialdad de los otros
lo que ha venido aquí
envolviendo mi cabeza,
empujándome.
¿Qué importa?”

¿Qué importa ahora
la cabeza de Juan, el medio cuerpo
en blanco y negro, el botón de la camisa,
la sortija de un mechón de cabello
apretado a la sien. Un recuerdo de él
en los diarios...?

(No vivió para eso sino para los besos, los labios
que fueron sueños, sudarios, mortaja fluvial de los sueños,
epitafios de tantos, Tuñón) :

“Todo arde”
Mi cuerpo solo en el desierto del colchón
donde siento que la muerte me abraza
más amorosamente que la vida. Para decir
estuve, estuve en tal pasión,
en tal recodo... 

También, Juanele, el Juan
-para los íntimos- en esa fotografía
tomada por Courtalón,
sobre mi escritorio, me abrazaba
en su guía
como el faro que atrae a la tormenta,
y la ilumina, la enfrenta claramente
a los ojos. Esa luz. Y el despojo
de todo eso. La poesía, la vida. Aquello
de la creación que Saer definía como un complot: el lugar
donde se está montando una bomba....   Una bomba
montada en el corazón de una esquina
en la que Juan José te cuenta:
para escribir El limonero real tardé nueve años
y a Cicatrices lo escribí en veinticinco noches... Esa luz
que no luce, que vela la rebelión, la pelea
velada del cuerpo. El apareo
de ese goce que nace del roce fugaz, de la “rosa real
de lo narrado”. Como
cruzar a nado el vientre del Paraná
partido en dos por un trueno. Por
el filo calado del lamparón.
Y el ruido en el que se quema el río, es música....

(Esa luz, esa acústica. Un sonido abandonado al oído.
En el caracol del oído donde suena esa música. Esa
que no llegaba nunca y cuando llegaba
era seda acordada, cuerdas de un laúd magnífico. El oficio
y el arte, Juan)

Ahora,
roza la eslora de tu cara el fluir. Aflora
igual que el ahogado a otra orilla, el recuerdo:
y vive allí,
no en la mano amputada de aquel amor,
no en el abrazo de tu palabra camarada, sino
en el muñón enamorado de esa palabra.
                                                          Aquello
embelesado en la luz, atravesado por la luz
que leva en tu mirada, que navega
en esa luz primera y última: llama del ser
que fue de luz, ultimado
por ser de luz. Ahora

Se incendia
en la fugacidad de otra tarde, todo. “Todo
arde”, Juan. Porque esta hora
de decepción, que alimenta la rosa del porvenir
se pierde. No se besa. Se muerde
el amor. Se devora, se hurta, se harta. Se atiza
para morir de su fuego. Como el árbol del alcanfor, Juan.

Su llama no deja ceniza.

Noviembre 2005