Emilio Sosa López

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PALABRAS PRELIMINARES

La poesía de Emilio Sosa López

Por Horacio Armani

Si la poesía sobrevive como género en nuestra cultura, la obra de Sosa López merece sitio perdurable, por su intensidad y su fe.

Cada vez estoy menos seguro sobre la posibilidad de que la poesía sobreviva como género en el acervo cultural argentino.

En esta época de medios de comunicación masivos, de información trivial, de política sin grandeza, de cultura superficial y pasajera, la poesía se va desvaneciendo y rara vez visita las aulas, las editoriales, las librerías. Nada la reemplaza, porque es irreemplazable: simplemente, ha perdido vigencia. Es curioso este destino, si pensamos que entre 1940 y 1970 nuestra historia literaria puede presentar el más elevado número de cultores de la poesía que nunca haya tenido. Sin embargo, muy pocos nombres han sobrevivido. La muerte hunde al creador en un cono de sombra del que no se sabe si algún día se liberará.

No sólo a los poetas les ha ocurrido este eclipse. También los novelistas lo padecen y sería fácil citar por lo menos a una veintena de narradores cuyas obras moran en el olvido. El adiós a la buena literatura planea desde hace tiempo sobre nosotros. Pero si no fuera así, si por fortuna me equivocara, espero que la obra de Emilio Sosa López tenga un sitio perdurable entre la de sus pares por su vocación, por su intensidad, por la continua fe que puso en el arte de la escritura.

Nacido en Córdoba en 1921, Sosa López cultivó desde muy joven la poesía, el ensayo, la filosofía y la narrativa. Sus libros aparecieron en Córdoba, México, Buenos Aires y España. Los títulos configuran por sí solos una radiografía intelectual cuya densidad es en sí misma un triunfo; triunfo del espíritu, del ahondamiento interior, del ser como realización plena a través de la búsqueda de las verdades vitales.

Una simple enumeración de esas obras podría trazarnos la biografía espiritual de su autor: al campo de la filosofía pertenecen El hombre interior (1962). El ser del fundamento (1968), Mito y realidad (1965), Fronteras de lo real (1970), La ideación de la historia (1971), y Ser y pensar (1982). Son ensayos: Poesía y mística (1954), Vida y literatura (1959), La novela y el hombre (1968), Los ideales literarios modernos (1968), Literatura e información (1972), El conocimiento poético (1974), El espíritu de las letras y La razón ardiente (ambos en prensa).

En poesía publicó: Sentimiento de la criatura (1950), Los encantamientos (1954), La fábula (1957), Por amor de la fiebre (1962), Isla cercada (1969), Máscaras (1972), la recopilación Encantamientos (1983), Cielo sin nadie (1985), La hidra (1990), Una playa sembrada de maderos (1989-1991), obra ésta que recogió en la tercera edición de Encantamientos (1991) y Últimos poemas ( en prensa).

La narrativa se integra con Mundo de dobles (1972), El visionario (1978), Los sueños de Medusa (1981). Otra edición de Mundo de dobles publicada en 1989 contiene siete novelas: El dios momentáneo, El visionario, Orfeo, La subversión, Gorgo, Porras y La contradicción. Se halla en prensa Cuentos para una época incrédula.

Obra tan vasta requerirá el análisis de críticos diversos. En cuanto a mí, sólo me referiré en forma general a la poesía, que mereció el constante cuidado del creador, al punto de reunirla en el volumen Encantamientos, en el cual dejó fijada la unidad de su obra, desechando poemas y procurando establecerla en un sólido corpus. De allí que las partes en que ha dividido su recopilación no corresponden exactamente a los títulos de sus libros.

Poeta culto para lectores cultos, intelectual sin desdeñar el lirismo, Sosa López no pierde de vista la participación del lector y en su meditación del ser se abren remansos de acendrado lirismo. La primera sección del libro se titula “Limbos” y abarca la producción entre 1946 y 1957. El comienzo define el acento neorromántico que campeaba en la época: el verso, de aliento amplio, trae ecos de Cernuda y Neruda, pero bien pronto esa influencia desaparecerá para asumir el tono personal que adquirió su obra posterior.

El poema “Sentimiento de la criatura”, que dio su título al libro publicado en 1950, exhibe un hondo misticismo existencial que forma el basamento de la poética de Sosa López, misticismo que irá desapareciendo para tornarse una crítica mirada, un análisis metafísico de la incógnita del ser.

La siguiente sección, título teresiano (“Por amor de la fiebre”) se extiende de 1958 a 1961. En ella continúa ese misticismo cuestionador, pero el tono se ahonda, “Morimos de ti mismo en la gran muerte / que te absorbe”, expresa en un poema elevado desde la pequeñez humana a la grandeza del Creador. Pero se inicia ya una nueva etapa; el contacto con la civilización que preanuncia el futuro probable de la humanidad introduce en su poesía un tono de escepticismo y cuestionamiento que no cesará en adelante, aunque su fe en los valores espirituales no decrezca. “Isla cercada” (1966-1970) es el resultado de una estancia en Nueva York. Mundo de contrastes que lo sume en el más profundo círculo y lo azora y aproxima a la evidencia: “El hombre es una isla cercada por Dios”.

Su verso se vuelve más prieto: en la siguiente etapa (“Círculos”), 1969-1970) esa búsqueda interior de un sentido y una trascendencia de la vida se ahonda, pero la siguiente sección (“Pasos”, 1970) abre un intermedio experimental que sorprende: juego de palabras, inventos verbales, sinsentidos que afortunadamente abandona en la sección inmediata: "Invisible trama” (1970-74).

Ahora temas diversos comienzan a poblar su poesía. Personajes imaginarios y reales le inspiran a Sosa López “situaciones poéticas” al modo de radiografías anímicas que reflejan un carácter, una trayectoria. La quinta parte de Encantamientos, “Corona de hiedra” (1975-1976) se inspira totalmente en temas griegos, materia en la que el profundo conocedor de la cultura clásica que fue Sosa López encuentra espacio para ahondar su discurso humanístico como si en ese viaje a las fuentes se cumpliera una fase determinada de su búsqueda intelectual.

Se inicia entonces una nueva etapa de su poesía. En “Diario de pintor” (1976-1977) el pensamiento poético se sintetiza, la meditación no elude alguna forma de escepticismo y el tono recuerda por momentos la desnudez del último Montale. En el poema “Tao” anhela desoir el sonido, “llegar a un pensamiento sin/ palabra, ir / al borrón de lo invisible”. En “Hojas secas” la caída de las hojas es como los recuerdos de viejos libros o de amigos muertos: “Ayer volvió a mi mente / alguien recientemente perdido./ Sonriendo se plantó ante mí./ Y con un signo de la mano /me invitó a andar con él./ Los dos nos fuimos / por un parque lejano, / entre hojas secas / él lleno de vida / y yo muerto”.

“Secuencia” (1978-1981) se inaugura con una serie de poemas de amor, amor sublime, amor en paz y profundo que puede llegar a la síntesis extrema para definir al ser amado: “Eres una forma acariciada del agua”.

Es imposible analizar en una nota la variedad de temas y la intensidad de esta poesía que va sucediéndose año tras año con la minuciosidad de quien construye con palabras el testimonio de su vida. “Habitas sombras” (1981-1982), “Poemas de Vermont” (1982), “Epifanías” (1983-1986), “La hidra” (1987-1988) y “Una playa sembrada de maderos” (1989-1991) culminan una obra poética que se desarrolla a través de 400 páginas sin desmayos, en ascenso continuo.

En sus últimos poemas el metro se alarga, por momentos se convierte en prosa poética. La reflexión continua sobre la vida y la muerte, y la sinrazón del transcurrir actual confiere a la voz del poeta un acento patético. “Lo que vemos es un espectáculo que no sucede en ninguna parte y sin embargo sustituye al mundo”, nos dice.

Ha condensado así, como en una fórmula, la rara experiencia de existir en esta época. El poeta se mueve ahora entre incertidumbres. La edad no aporta más sabiduría que la de saber, como el filósofo griego, que nada sabemos. “Es que nuestro mundo es muy extraño en su oculto terror”, dice el verso final de uno de los poemas que nos dejó inéditos. Y el último que publicó en LA GACETA condensa este sentimiento: “Ensimismado, valoras mejor la oscuridad. ¿Tan inmenso como la noche es el pensamiento? Tu pensamiento es el universo./ ¿O el universo es un error? ¿Quién lo creó? ¿Qué lo creó? / Asumes la locura de un filósofo y ambulas como un perro. / El mundo deja de ser tuyo. Sus hermosas ciudades se enroscan y retuercen como sierpes: son tus anillos, tus llamas.” Su misticismo se estremece: ha llegado al extremo de la duda.

Coherente con su obra, Sosa López culmina su poética en la desesperada indagación del conocimiento, choca contra ese muro invisible de toda metafísica. Hace un año, el 30 de mayo de 1992, nos abandonaba para continuar o terminar su búsqueda, para llegar a las regiones en que tal vez se puede saber. Y nosotros nos quedaremos preguntándonos, como él se lo preguntó alguna vez: “Pero ese ver, ¿es también ver en las tinieblas? ¿Qué luz se ve en ellas?”.

El sentimiento de la poesía es raro: se impone porque sí, se prolonga a través de los años, desde la infancia hasta la vejez, y se encarna en el creador como un sexto sentido íntimo e inevitable. Sosa López convivió con ese misterioso poder para el que estaba predestinado y buscó desentrañarlo, con mayor o menor fortuna, como todos.

Exigente, persecutor del nivel más alto, deja una obra sólida, intensa, que espera sin temor la valoración y la estima que merece y que no alcanzó a tener en su justa medida, quizás porque estuvo distante del centro en que se elaboran las famas y se crean las glorias efímeras.

Horacio Armani
Academia Argentina de Letras

LA GACETA,
San Miguel de Tucumán, Domingo 30 de mayo de 1993

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Emilio Sosa López

POEMAS
Ese primer golpe de címbalo del otoño

						
Llegará el otoño y uno volverá a pensar en una playa desierta 
donde apenas se oye el mar.
                                   La arena es siempre una abstracción 
y allí no rumorean las olas, salvo en la imaginación; 
las nieblas huyen hacia el horizonte
 y el espacio se vuelve mental con sólo tocarnos la frente. 
Desconcierta nuestra habitación que vaga por diversos países. 
Afuera las hojas amarillean y caen, y nadie sabe ya 
qué fecha es. Los ámbitos están llenos de ladridos

y hay muchos perros ateridos que ambulan desde siglos. 
Uno piensa que un viento helado los barrerá para siempre. Sabrán
de ese modo cuán lentamente se ingresa a un tiempo fantasmal, 
Las calles lindan al final, entre molduras calizas, 
con un desfiladero misterioso. Es el momento en que pensamos en
                                                                               [una playa
de la que está ausente el mar.
                                          La soledad agobia al sentirnos
lejos de alguien. Y es comprensible que nadie entienda el mundo
                                                               [en que vive.
Entonces me digo que todo se acerca a un irremediable

fin. De esto los perros son verdaderos filósofos. Lo anuncia 
el otoño que retorna con su viejo álbum de láminas gastadas. 
¿Quién lo dejó olvidado en un estante al mudarse? 
Quizá tu rostro se haya borrado como una tormenta lejana. 
¿O alguien aún aguarda por ti en una postal? 
¿Volveremos a reír sentados los dos en una taberna 
de Burlington, y hojas sin claridad que comenzaban a dorarse? 
La verdad era que no queríamos ver lo que había detrás. 
Tan familiar resultaba la luz como los automóviles que pasaban
por el camino; la brisa chirriaba bajo los neumáticos 
como una música apagada. Pero la memoria ha ido endureciendo 
los árboles como piedras. Mejor dicho, lo ha transparentado todo. 
Sólo queda al fondo una playa imaginaria
                                                 con nieblas de plomo
o planchas de cinc que se quiebran entre rayos. Un viento terrible
parece adentrarse en la espesura del cielo
sin que nos alcance su estruendo.
Con esas ráfagas que hieren, en medio de un follaje

de hierro, el día cobra un sorprendente poder sobre el mundo. 
Y no hay refugio adonde llevar tu muerte.
                                                 Ninguna escritura
podrá contener lo que por sí se destruye. Los rastros que quedan
son de otra realidad que apenas puedes entrever.
La arena misma no soporta trazos, es materia de sueños.
Por ello la carta que ahora quisiera escribirte tiene la desolación
de los médanos. Y el día es tan azul como blanco
y gris el mar contra lo negro que nos desdibuja.

Así es como se borra tu recuerdo dentro de mí, pues escribir es
                                                        [como caminar
en una playa floja, remontando el rumor de olas y voces
                                                        [entremezcladas
y vientos que aúllan más allá de toda distancia.
Pero eso es el silencio —que nunca se lo puede oír del todo.
Y ahora que hablo de sueños pienso en calles que no se sienten
                                                          [al andar,
paredes o umbrales inconsistentes como el humo, 
o sillas que parecen no tener ningún peso. No obstante 
el mismo sol brilla en las ventanas. De repente tu rostro
se vuelve hacia lo oscuro para no mirar.

Es que nuestro mundo es muy extraño en su oculto terror.
Septiembre 1 de 1991
 
Elegía por la muerte de un poeta

						
Idear un rostro fue una empresa de ondas y torbellinos. 
Herían como cuernos de luz, muy semejante a la música. 
Imágenes del comienzo en torno a una mariposa que revolotea: 
ojo del niño, ojo profundo del agua que ve su propia mano. 
Tú estabas allí, en aquella comarca de la muerte naciente 
cuando hasta las piedras cantaban resonando en los ecos. 
Luego el mundo se volvió tan viejo que nadie recuerda 
a qué día me refiero, de azules fragmentos en su irradiación. 
El hombre ya traía esa estría que ciega desde las tinieblas, 
irisado él mismo desde su centro paradisíaco. 
Mas al girar la cabeza vio que su propia sombra generaba 
la noche. Así entró astutamente dentro de sí.
—Que es como decir dentro de mí, tal un ángel de cristal, 
cristal su voz, su espada, la memoria que todo lo borra 
en su transparencia. Yo ofrezco pues mi mano de cristal. 
Nadie la ve. Amenazo con mi espada y pasan sin verme. 
Soy abismal volviendo de mis sueños que nadie recuerda. 
¿Qué era ser hombre aquel primer día del Paraíso? 
¿Un hermoso animal de nudos luminosos para la noche 
o una sombra en medio del resplandor de un sol fijo? 
Las olas devolverán sin duda lo que perdí en los demás, 
esa gran hendidura de lo que quedará girando a solas.

Y ahora vengo a saber que tus pasos se perdieron y que tu
                                                               [cabello
fue luz y resguardo tus manos y rugoso el tronco 
donde exhaló tu respiración. Hombre, llama perdida, 
aún vivo pero siempre con una inmensa muerte a cuestas, 
muerto en pie como ese molde de aire que todavía aguarda 
en tu ciudad fantasmal. Tu calle nadie la inventó 
pero estaba en el sueño como una forma de la eternidad.
O tu casa, algo que el sueño inventó y allí se fijó. 
¿Qué murió entonces contigo? Y quien murió, ése fue el gran
                                                        [desconocido 
que todos amábamos. Ideábamos su rostro en tu rostro, 
su misterio en tu modo de callar. Una antigua arboleda 
parecía agitarse en el fondo de tu misma ansiedad.

Pero toda partida es rápida y apresura el tiempo de nuestras vidas. 
Sólo queda el rumor de lejanos jinetes, leyendas que se han urdido 
en valles nunca vistos, ríos que anudan lo profundo 
a las altas lluvias, rumores de vientos que en su origen
fueron mansos, brisas del paraíso perdido con sus flores 
como diosecillos. Oh, sí, un tiempo anterior donde el hombre 
era todavía un dulce animal o un ángel desnudo, absorto, 
mirando la belleza a su alrededor con la sagrada tristeza 
de quienes fueron forjados antes de ser ellos mismos.
Diciembre 12 de 1991
 
Tránseat

					
Vivir es sobrevivir en el tiempo y, además, tener un cuerpo y un yo —o varios 
yoes si andas loco. Así caminas embriagado de ti. Doblas por una esquina 
que se abre a la fatalidad. De igual manera lo monstruoso aguarda en 
cualquier rincón. Esto nos recuerda que tenemos un rostro que se deshace 
como cera frente a llamas imprevistas. Pero ya no puedes volverte atrás.

Tus pasos te llevan en dirección contraria a donde quieres ir. He aquí la 
encrucijada que te hace ver el mundo de un modo distinto, incluso como una 
absurda invención. Y pulsas en tus manos unas manos ajenas que te 
arrebatan todo.

Quizá comprendas entonces que nada de lo vivido te pertenece. Lo tuyo es 
sólo ataduras o desperdicios del tiempo. Y el tiempo un velo que te impide ver. 
Y buscas ampararte en un mundo hecho de escondrijos y asechanzas: la luz 
es todo nudos, sedosa malla el aire, prisión el yo.

Tu yo es la prisión de tu carne; tu carne, materia de sueño, tan próxima a la 
prisa del agua... ¿Guardas memoria acaso de sus oleajes? Tu memoria 
espejea como un charco y a veces deslumbra bajo el sol. Lo extraño es que el 
sol te induzca a lo oscuro, como un libro de creencias.

La verdad es que tus ojos verían mejor en las tinieblas pues ¿qué es lo que 
quisieras ver? ¿Algún indicio del Paraíso? La luz únicamente deja ver lo que 
el hombre ha elaborado en su destierro. La historia es nuestro exilio, una falsa 
riqueza. La luz misma empobrece toda ostentación.

Acumulas residuos y cenizas. 0 ruinas que admiras por su soledad. La idea de 
la riqueza no atañe al día. Alude al poder: poder de los dioses, poder del 
Demonio, poder del mundo, poder de la ciencia y el progreso. Y olvidas que el 
único poder es estar vivo. Y vivir es morir. ¿Cómo puedes apaciguar este trance?

Y empiezas a perseguir fantasmas en tu desasosiego, a dominar la vida de los 
demás, sus bienes propios. Una confianza que se funda en la certeza de tu i
nfierno. Te desvives en puros desarreglos. Mientras tanto tu rostro se 
carcome, tus miembros se endurecen como piedra, tus ojos tiñosos miran de 
reojo.

Ensimismado, valoras mejor la oscuridad. ¿Tan inmenso como la noche es el 
pensamiento? Tu pensamiento es el universo. —¿O el universo es un error? 
¿Quiénlo creó? ¿Qué lo creó? Asumes la locura de un filósofo y ambulas 
como un perro. El mundo deja de ser tuyo. Sus hermosas ciudades se 
enroscan y retuercen como sierpes: son tus anillos, tus llamas.
Abril 18 de 1992