Francisco Brines

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PALABRAS PRELIMINARES

La poesía de Francisco Brines

por Harold Alvarado Tenorio

Cuando en 1974 se publicaron sus libros bajo la seña de Ensayos de una despedida, Francisco Brines sostuvo que la significación de ese título era doble: por un lado hacía referencia a la despedida de la vida y por el otro, a saber que el empobrecimiento ganado, sin pausa, desde la adolescencia hasta la madurez, la pérdida irremediable de la inmortalidad, es también una despedida del vivir, fosa de la inocencia: «dejamos de ser dioses y nos convertimos en culpables». Declaraciones que confirmaban las constantes de su obra: el tiempo como destrucción; el agradecimiento por haber visto la belleza del mundo; la satisfacción por el goce de las pasiones y la posibilidad de seguir viviendo.

Esos temas no aparecían, sin embargo, en Las brasas, su primer libro, donde casi todo es sensación. El olfato, la vista, el gusto, el tacto y el oído son usados para dar testimonio de un mundo natural, sin ofrecer símbolos de pensamiento o memoria. Abundan allí los seres que configuran el paisaje levantino de Elca: nardos, celindas, jazmines, limoneros, pinos, naranjos dando marco a cierta pesadumbre de mirar y sentir la vida.

Al otro lado de la cumbre, bajo 
los matorrales del romero quieto 
la montaña se quiebra. Allí anidan 
los mirlos en las cañas, las adelfas 
de solitario amor florecen, se oye 
la duradera vida del silencio. 
Se le llama Barranco de los Pájaros. 
Pensábamos llegar cuando la tarde 
se hace un pozo de sombra, la mirada 
se abre en la flor del ojo para, arriba, 
tocar un astro. Compañeros, pienso 
que no me detendré cuando me acerque 
al lugar de la tienda. Sin canciones, 
sin fuegos, no habrá trinos que oír, nada 
que comentar con alegría viva. 
Hay que olvidar el sitio, ser más fuerte 
que el destino ruin, y con la noche, 
vergonzoso en la sombra, penetrar 
en una vastedad escondida.(1)

Materia narrativa inexacta abandona la fórmula anterior, quizás porque el joven poeta había oído mejor las voces de protesta contra el estado de cosas y descubierto, como otros de sus compañeros de generación, Valente, por ejemplo, Gil de Biedma, bien seguro, los poemas de Konstantino Kavafis, que permitían, contra la trillada poesía social y «realista» hablar del presente desde la máscara de la historia. En estos asuntos narrativos (históricos) inexactos Brines sabe que Cernuda conocía a Kavafis, y usando el monólogo de aquel y el extrañamiento de éste, escribe dos poemas memorables: En la república de Platón y La muerte de Sócrates. Brines participaba así de las inquietudes políticas de sus coetáneos.

La muerte de Sócrates, que merece el comentario, es una reinvención del hecho histórico, que termina siendo una lectura contemporánea, del ajusticiamiento de otros tantos «inocentes», en la España franquista. A estos, como a Sócrates, los mata el miedo a perder privilegios y poder. Todos los Sócrates tienen que morir, pues la realización de utopías revolucionarias es un peligro que traerá, más muertes injustas, que la desaparición de un reformador político, amado de todos pero de todos temido. Sócrates, y el foro que lo condena, tienen razón, o, escépticamente, nadie la tiene.

Palabras a la oscuridad reune esas las dos maneras de ver, el mundo y la historia, con un acentuado dominio de la meditación. Las descripciones se corresponden con su salida al mundo exterior: el poeta viaja, se enamora, conoce ciudades, tiene variadas experiencias. Las dos primeras secciones hablan del paisaje del Levante para luego mirar los que ofrecen Delfos, Salzburgo, Ferrara, Oxford... indagando allí siempre sobre el sentido de estar vivo y el valor o ruina de esa constatación.

En este libro, quien habla y recuerda tiene avidez por conocer y dar fe de la supuesta hermosura del mundo, terminando, no obstante, por comprobar que esa belleza no está en la realidad, que muda constante de rostro. La imposibilidad de identificación confirma su impotencia, contentándose con describir, rápidamente, lugares, o evocar situaciones. Dualidades que le llevan a saber que el tiempo pasa, somos fragilidad, los sueños derrotas, la muerte y la soledad vencen al hombre.

A medida que leemos en Palabras en la oscuridad la salvación aparece con el descubrimiento del amor. Un amor que es conocimiento y goce de la carne, mercenaria o «pura», principio y fin, felicidad y sufrimiento, vida, eternidad, ayer y hoy, de nuestro único e inolvidable mundo. Brines se emociona con la presencia, hecho y memoria, del cuerpo del otro. Como en Gil de Biedma, el erotismo es el fierro candente del sufrimiento y el tema donde logrará sus mejores poemas. En estos de Palabras en la oscuridad los recuerdos de intensos momentos le hacen inquirir por la naturaleza de los actos, por su triunfo o su fracaso, pero las evocaciones no traen la vida sino el dolor de las separaciones de la carne. Estoico y pesimista, el protagonista padece celebrando la belleza, perdida, de cuerpos una vez amados y, como un mendigo del mundo del placer, agradece los momentos en que alguien, dio felicidad.

Aún no  e Insistencias en Luzbel  continúan y ahondan las experiencias y claves de Palabras en la oscuridad. El tono elegíaco va desapareciendo para dar paso a una voz satírica desgarradora y no pocas veces hermética. La proximidad de la muerte, de desaparecer sin haber sabido de felicidad, es el pozo de las desdichas. El comercio con amores prostitutos dejan vacío y desilusión, y aun cuando se hable más que en ninguno de sus otros poemas, de juventud y deseo como única fuente de alegría, la conciencia de la nada es definitiva. Los encuentros son inútiles, todo es engaño, el ser amado, siempre y definitivamente anónimo. En estos libros el paisaje urbano de Madrid aparece como símbolo de la incomunicación, de la vida desértica, la nada.

¿Con quién haré el amor?, es, según Bousoño (2), «el poema de la privación absoluta, una especie de ascesis secularizada, que se nos antoja, precisamente por eso, terrible… Aquí el dolor del no tener, del fallar en lo único que nos es indispensable, aparece en estado de absoluta pureza».

En este vaso de ginebra bebo 
los tapiados minutos de la noche, 
la aridez de la música, y el ácido 
deseo de la carne. Sólo existe, 
donde el hielo se ausenta, cristalino 
licor y miedo de la soledad. 
Esta noche no habrá la mercenaria 
compañía, ni gestos de aparente 
calor en un tibio deseo. Lejos 
está mi casa hoy, llegaré a ella 
en la desierta luz de madrugada, 
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras 
he de yacer con el estéril cuerpo.

El otoño de las rosas es el punto más alto a que ha llegado su lenguaje. Los hombres, en su afán de vivir, —parece decir Brines—, sueñan, se enamoran, gozan, se duelen y sienten cómo la embriaguez pasa sobre cuerpos donde el tiempo va dejando huella, hasta arruinarlos. Quedan entonces los recuerdos, pero ellos también son borrados por la incuria del tiempo, «el otoño de las rosas». La meditación sobre el crepúsculo de toda vida y su relación con las pasiones es el asunto del volumen. El más elegíaco de todos sus libros. De nuevo las sombras familiares, el paisaje de Elca con su mar y su vieja casa blanca. Y otra vez las ausencias irreparables ocupan el ámbito de ecos y resonancias del ayer. Todo es noche ya, el amor ceniza, la vida un jardín agotado. El que habla se sabe para siempre huésped de sí mismo, ciego de sus propias visiones, cuerpo roto de otro cuerpo vital del ayer, ser desvanecido, fantasma de sí mismo.

Un pájaro sin voz, sin luz, está cantando 
su canto perdurable. 
Pues no tuvo principio, no tendrá acabamiento. 
Atiendo en mí su tránsito. 
Me golpean sus alas desde su inexistencia 
y es, por ello, que nada significo. 
Y llega, sorda y fría, la ausente luz final, 
la hueca luz final de su negro aletazo.

Francisco Brines y HAT en New York, 1984

(1) El barranco de los pájaros, VI.
(2) Prólogo a Ensayos de una despedida, Barcelona, 1974

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Poeta español nacido en Oliva, Valencia en 1932. Estudió Derecho en Deusto, Valencia y Salamanca y cursó estudios de Filosofía y Letras en Madrid. Es uno de los poetas actuales de más hondo acento elegíaco. Pertenece a la segunda generación de la postguerra, y junto a Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, entre otros, conformó el «Grupo de los años 50». Ha sido lector de Literatura Española en la Universidad de Cambridge y profesor de español en la Universidad de Oxford. En el año 2001 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, para reemplazar la silla vacante tras el fallecimiento del dramaturgo Antonio Buero.

Libros publicados

Entre otros:

  • Las brasas, 1959,
  • Palabras a la oscuridad, 1967
  • El otoño de las rosas, 1987
  • La última costa, 1998

Premios y distinciones

  • Adonais de poesía, 1959
  • Premio Nacional de la Crítica, 1967
  • Premio de las Letras Valencianas, 1967
  • Premio Nacional de Literatura, 1987
  • Premio Fastenrath, 1998
  • Premio Nacional de las Letras Española, 1999
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Francisco Brines

POEMAS
EL DOLOR

						
La niña,
con los ojos dichosos,
iba -rodeada
de luz, su sombra por las viñas-
a la mar.
Le cantaban los labios,
su corazón pequeño le batía.
Los aires de las olas
volaban su cabello.

Un hombre, tras las dunas,
sentado estaba,
al acecho del mar.
Reconocía la miseria humana
en el gemido de las olas,
la condición reclusa de los vivos
aullando de dolor,
de soledad, ante un destino ciego.
Absorto las veía
llegar del horizonte, eran
el profundo cansancio del tiempo.

Oyó, sobre la arena,
el rumor de unos pies
detenidos.
Ladeó la cabeza, pesadamente
volvió los ojos:
la sombría visión que imaginara
viró con él, todavía prendida,
con esfuerzo.
y el joven vio que el rostro
de la niña
envejecía misteriosamente.

Con ojos abrasados
miró hacia el mar: las aguas
eran fragor, ruina.
Y humillado vio un cielo
que, sin aves, estallaba de luz.
Dentro le dolía una sombra
muy vasta y fría.
Sintió en la frente un fuego:
con tristeza se supo
de un linaje de esclavos.
OSCURECIENDO EL BOSQUE

						
Toda esta hermosa tarde, de poca luz,
caída sobre los grises bosques de Inglaterra,
es tiempo.
Tiempo que está muriendo
dentro de mis tranquilos ojos,
mezclándose en el tiempo que se extingue.
Es en la vida todo
transcurrir natural hacia la muerte,
y el gratuito don que es ser, y respirar,
respira y es hacia la nada angosta.
Con sosegados ojos miro el bosque,
con tal gracia latiendo
que me parece un soplo de su espíritu
esa dicha invisible que a mi pecho ha venido.
Cual se cumple en el hombre
también se ha de cumplir la vida de la tierra;
la débil vecindad que es realidad ahora,
distancia tenebrosa será luego,
toda será negrura.
Miro, con estos ojos vivos, la oscuridad del bosque.
y una dicha más honda llega al pecho
cuando, a la soledad que me enfriaba,
vienen borrados rostros, vacilantes
contornos de unos seres
que con amor me miran, compañía demandan,
me ofrecen, calurosos, su ceniza.
Cercado de tinieblas, yo he tocado mi cuerpo
y era apenas rescoldo de calor,
también casi ceniza.
y sentido después que mi figura se borraba.
Mirad con cuánto gozo os digo
que es hermoso vivir.