Francisco Véjar

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PALABRAS PRELIMINARES

Entrevista a Francisco Véjar

Por Mario Meléndez

      —¿Cómo llegaste a la Poesía?

      —Es curioso, pero mi acercamiento con la poesía tiene relación con el Zen y por ende, con su concepción del arte. Es decir, prescindir de todo concepto para alcanzar la verdad. Lo diré de una manera más simple: nací en Viña del Mar en 1967, y hasta los 9 años tanto el mar como las vacaciones en el sur de Chile, hicieron que tuviera un enorme capital que quedó grabado en mi inconsciente y que más tarde se manifestó de manera poética. Entonces para mí, la experiencia, la relación con los elementos que a uno lo rodean y la vida misma, me llevan a lo que los japoneses llamaron Satori o iluminación súbita. Esto significó que a partir de los 14 años empezara a escribir poesía y más tarde, ingresara a talleres de poesía, a la Fundación Neruda y luego publicara mi primer libro, en el año 1988, titulado Fluvial.

      —¿De qué trata “Fluvial”?

      —Es un viaje al sur, con mi padre, donde el paisaje ocupa un lugar relevante. Fue escrito en 1987 y manifestaba un descontento con el presente que vivía entonces. Me refiero específicamente a lo que se vivía en el país. Por lo mismo, me fui hacia el pasado donde establecía un diálogo con mi padre, que había muerto 10 años antes. Ya lo decía Quevedo: “Retirado en la soledad de estos desiertos / con pocos pero doctos libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los muertos”. ¿Qué quiero decir con esto? Que la literatura me ha servido para establecer una libre plática con los muertos que uno ama.

      —¿La muerte es uno de los motivos de tu poesía?

      Creo que todo artista que se precie como tal, ha vivido siempre bajo el hechizo de dos motivos poéticos de primer orden: el amor y la muerte, como diría el traductor de Dylan Thomas, Esteban Pujals. Sin embargo, mi visión de la muerte no es la que refleja Dylan Thomas cuando le escribe a su padre que está agonizando y le dice: “No entres dócilmente a la noche callada / rabia, rabia contra la agonía de la luz”. En cambio en Bitácora del Emboscado, el libro que ahora presento, aborda la muerte, pero como una manera de integrarse a ella. Más bien aparece la caducidad y el esplendor del ámbito urbano y costero, que he vivido en estos últimos años. Bitácora del Emboscado intenta capturar esos instantes fugaces que no son fáciles de asir y eso tiene que ver con el gusto que tengo por ciertos poetas metafísicos como el poeta inglés John Donne o el chileno Eduardo Anguita.

      —Sin embargo, leyendo Bitácora del Emboscado encontramos también alusiones a la ciudad y al paisaje de la costa central de Chile. ¿Cómo lo haces para que confluyan dentro de tu obra ambos universos?

      —Primero que nada, soy un forastero en la ciudad, pues llegué a vivir a Santiago a los 10 años y la verdad es que nunca me he podido adaptar, ni tampoco lo he intentado. Por lo mismo, en muchos poemas, que dan cuenta del ámbito urbano, aparece el aspecto amable de la ciudad como el Parque Forestal, la plaza Ñuñoa, ciertas calles, etc., pero sin eximirme de la vorágine que dicho ámbito conlleva. El poema que abre el libro, titulado “Lo que olvidé decir antes de partir”, termina con los siguientes versos: “Hay algo subterráneo en Santiago, / rostros inimaginables, muchachas rapadas, ciegos; / seres que como nosotros creen alejarse por un instante / del frío, del miedo y de la muerte”. También están las heridas en las aceras, los derrumbes de casas, el vuelo de los mirlos en los parques e incluso el paso del camión de la basura por calle Miguel de Cervantes, donde vivo.

      —Es curioso, porque en tu poesía aparece también otro español que es Leopoldo María Panero. ¿Qué nos puedes decir de él?

      —Leopoldo María Panero es uno de los poetas vivos más importantes de Hispanoamérica. Es quien le ha quitado el velo a los tabúes que imperan en occidente: la locura, la homosexualidad, la droga, y la muerte. A esta última se la ha querido maquillar e incluso pasear, como un objeto más de consumo mediático. Me interesa Panero, porque es un autor que ha asimilado el verso inglés y la riquísima tradición de la poesía española. Mi homenaje lleva por nombre “Estación Leopoldo María Panero” y el dipsómano que aparece en el poema, bebiéndose el crepúsculo nevermore es Panero, pero también soy yo. En el fondo, es un diálogo que establezco con un poeta que viene de una tradición que ha tenido cierto influjo en mi obra. También podría decir que es un poeta del apartamiento, es decir, que no hace ninguna concesión, ni con el mercado, ni con las modas. En España no se le ha hecho justicia como se la merece. Y para terminar diré que no sólo disfruto su poesía sino también sus traducciones, como es el caso de la Matemática demente, de Lewis Carroll.

      —Pasando a otro tema. ¿Ves mucha competitividad en el medio literario?

      —Absolutamente. Es más, creo que hay toda una generación maquiavélica que le importa más el fin que los medios. Para esto se valen del plagio descarado, además, impostan la voz con un afán de parecer originales. Aquí cabe recordar a los franceses cuando dicen: “La ignorancia es atrevida”. De todo lo que está en la palestra no va a quedar nada, porque esto tiene absoluta concordancia con la farándula que es una especie de metástasis instalada en todos los medios de comunicación chilenos. Me quedo con lo que dijo Nicanor Parra en su casa de La Reina: “La originalidad no existe. Lo que existe es el collage. El poema no se sostiene sin el collage. Lo de la originalidad son puras patillas”. Y esto lo dice, quien para mí y para muchos, es el mejor poeta vivo de la lengua castellana.

      —¿Y cómo lo hace el poeta para escapar de lo que dijiste anteriormente?

      —Primero, hay que sustraerse de todo lo superfluo, mirar con cierta sospecha las modas literarias porque son el refugio de los tontos, y en síntesis, escribir a partir de la propia experiencia que se obtiene con la vida y la lectura. Voy a citar tres nombres de escritores que pagaron con su vida, su calidad de poetas: Teófilo Cid, Rolando Cárdenas y Jorge Teillier. Este último escribió: “Bajo una misma lámpara / unos escriben poemas / otros falsifican monedas.” Creo que eso grafica bien la respuesta.

      —¿Cómo nos podrías sintetizar en tres líneas lo que significa Bitácora del Emboscado y lo que estás haciendo ahora?

      Con Bitácora del Emboscado se cierra un ciclo que cubre desde 1998 hasta el 2004. Es una especie de work in progress, como diría James Joyce, donde siento que se han decantado ciertas influencias para dar paso a un mundo propio. Allí se mezcla el ámbito urbano con el paisaje de la costa y con constantes alusiones a la literatura, al jazz e incluso introduzco aproximaciones a poetas franceses como Jean Tardieu y Roger Giroux, entre otros. Incorporo dichas traducciones pues considero que es parte de todo el tejido textual del libro. Ahora bien, estoy escribiendo un libro cuyo título será Por el amor de morir. No se crea por esto que soy un devoto de la muerte, más bien la veo como un renacer.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Viña del Mar, Chile, en 1967. Poeta, antologador y critico literario. Se desempeña como docente en la Universidad del Desarrollo en Santiago de Chile.

Libros publicados

Poesía

  • Fluvial, 1988
  • Música para un álbum personal, 1992
  • Continuidad del viaje, 1994
  • A vuelo de poeta, 1996
  • Canciones imposibles, 1998
  • País insomnio, 2000
  • El emboscado, 2003

Ensayo

  • Georg Trakl. Homenaje desde Chile, en coautoría con Sven Olsson y Armando Roa Vial, 2002

Poemario inédito

  • Por el amor de morir

Antologías

Ha sido seleccionado en diversas antologías, tanto en Chile como en el extranjero.

Traducciones

Sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, catalán, portugués y croata.

Publicaciones

  • Revista italiana “Poesia” nº 202, Febrero, 2006, dirigida por Nicola Crocetti, donde se tradujeron 22 de sus poemas, precedidos de un estudio de Cristina Sparagana.

  • “Coyote” (Brasil), con traducciones de la poeta, ensayista y traductora brasileña Cristiane Grando.

Como editor

Editó Antología de la joven poesía chilena, 1999

Como seleccionador

Seleccionó textos de Hotel Nube, En el mudo corazón del bosque y Lo soñé o fue verdad del poeta Jorge Teillier.

Seleccionó textos, notas y prologó la antología Imágenes Quebradas del poeta Armando Uribe Arce, 1998

Como coordinador

Coordinó el libro El Molino y la Higuera

Otras actividades

  • -Dirige el taller Bellet 255
    -Columnista del diario “El Mercurio”, de Santiago de Chile
    -Colabora con la revista “Clarín” de España.
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Francisco Véjar

POEMAS
Estación Leopoldo María Panero

Estación Leopoldo María Panero
todo lo que escribo y diviso
se va al fondo de la sangre.
Fumo para mirar la vida que pasa
mientras el cenicero acumula
voces e ideas de locos rematados.

El dipsómano baja urgente en la estación
a beberse un Nevermore.

Nuestra suerte sigue en manos de los ciegos
y lo que escribimos tal vez sea leído por parejas del 2050
en el follaje de un bosque agitado por el viento.
Hay luces harapientas, tumbas sin sosiego,
niebla sobre el césped de la calle Miguel de Cervantes.

El dipsómano sale urgente de la estación
a beberse el crepúsculo Nevermore.

Aquí dejamos latas de cervezas,
colillas que se acumulan en ceniceros,
cenizas que se acumulan en cementerios.

Observamos el funcionamiento del camión de la basura
mientras el dipsómano vuelve urgente a la estación
a beberse el crepúsculo Nevermore.

Es tan bella la ruina, tan profunda
que ni siquiera el tiempo puede hacernos morir.
Niebla en la calle Miguel de Cervantes,
niebla en la estación Leopoldo María Panero.
Puesta de sol

Somos monedas arrojadas bajo puentes, no fuentes,
y los matices de esta puesta de sol lo dirían a gritos
o los pájaros que veo volar trinarían esa verdad,
o esta misma calle con su millar de luces húmedas;
máscaras y rostros que uno no alcanza a descifrar.
Nuestro lenguaje sigue siendo el viento
que barre papeles, hojas secas y promesas.
La ciudad es un delta de inquietantes arterias
donde también fluye lo que nos hace vivir,
como la savia mantiene vivo a los árboles nudosos.
Puesta de sol, cavilaciones, la hora tuya
en este juego de naipes con los libros y las fotos.
Escrito encontrado en una mesa del restaurante Miramar (Quintay)

Si el abismo no nos llamara con su silencio
no podríamos leer a Trakl, ni permanecer horas
mirando estas lápidas anónimas que golpea la tempestad
como el grito del ave que acompaña a los muertos.
Líneas de Sebastián en sueños al fin de una playa
de arenas movedizas como náufragos. Nuestro tiempo
debería ser infinito como las arenas de esa playa.
Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia
es innecesaria porque perecemos. Y en la costa -como se sabe- sigue
el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos
sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,
caminamos para abrir tantas puertas;
puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,
-mudanza interior de la cual queremos desprendernos-
donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.
Los amigos ya no son originales ante la muerte

La muerte es la ceniza del poema
La muerte anda en todas partes
La muerte es huésped predilecta
La muerte es anáfora y puñal
La muerte garabatea páginas a diario
(y desordena los cuartos de hoteles
que abandonamos al amanecer).

La muerte se impacienta
y somos sus fieles cautivos.
Nos aguarda en la ciudad
con gentíos sombríos
que se buscan entre la muchedumbre
y comentan los juegos de azar
cerca de puentes y avenidas.

Por eso, lo nuestro es guarecernos en la noche
para llegar a la eterna conclusión:
los amigos ya no son originales ante la muerte.