Gabriel Celaya

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PALABRAS PRELIMINARES

La poesía es un arma cargada de futuro

G.C.

      Gabriel Celaya, poeta español, cuya intensa y extensa labor literaria honra el horizonte de la cultura literaria hispanoamericana,  murió en Madrid el 18 de abril de 1991. Supo ser otro con los otros, de los otros, en otros. Se descubrió en los otros. Sabía que nunca se estaba solo; que los unos somos otros; que si todos somos uno, nadie es nadie. Todos somos el mismo. Puesto que un hombre solitario sería un dios, no un hombre.

      “Ser poeta —decía— no es vivir a toda sombra, intimista. Ser poeta es encontrar en otros la propia vida. No encerrarse; darse a todos; sin ser melancolía, y ser también mar y viento. Ser poeta no es decirse a sí mismo. Es asumir la pena de todo lo existente. Nuestra poesía no es nuestra. La hacen a través nuestro mil asistencias. Nuestra deuda —la deuda de todos y de cada uno— es tan inmensa que mueve a rubor. Trabajamos en equipo con cuantos nos precedieron y nos acompañan. Nadie es nadie. Busquemos nuestra salvación en la obra común. Carguemos con el fardo y echémonos animosamente a los caminos matinales que ilumina la esperanza.”
 
      Persuadido de la inoperancia del yo, de toda individualidad, más convencido estuvo de  la  verdadera, legítima e indiscutible “Poesía, Sociedad Anónima” que, según él, define, explica todo acto poético, creador.

Poesía, Sociedad Anónima

Como yo no soy yo, represento a cualquiera
y le presto mi voz a quien aún no la tenga;
o repito otras voces que siento como mías
aunque, hasta sin querer, siempre de otra manera.
Parezco personal, mas digo lo sabido
por otros hace siglos. O quizás, ayer mismo.
Ojalá me repitan sin recordar quien fui
como ahora yo repito a un anónimo amigo.
¡Oh futuro perfecto! No hay otra permanencia
que la de ser un eco corregido por otros
que no sabrán mi nombre, ni —espero— mi aventura.
Tampoco yo sé bien quién habla en mi conciencia.
Si algún día un muchacho nos plagia sin saberlo
y en él, lo ya sabido, vuelve a ser un invento,
estaremos en él, invisibles, reales,
como otros, ahora en mí, son corazón de un ave.
Es eso, y no los versos guardados en los libros,
lo que, venciendo el tiempo, sin forma durará
en la obra colectiva y anónima, aún en ciernes,
transformando y creando conciencia impersonal.

Itinerario poético

      A 13 años de su partida, de su luz, de su gloria, su bandera, su victoria, su poesía-bofetada, “respira a bocanadas una verdad profunda, que se le escucha como a un rasgón del alma por donde ésta hablara con su voz más hincada.” (Vicente Alexaindre).
 
      Y vino la palabra. Y la palabra fue. Tal vez de un tiempo móvil, volátil y espiralado, el que quizás nunca tuvo aurora. De no se sabe qué alba. O qué noche, qué incendio o llamarada. Ya se podrá saber qué antorcha la ha encendido. Y desde entonces anda con el hombre. Sabe de su llanto, su alegría. De su pena, su gloria y su desmayo.

      Sabe cada paso de los hombres, pero nada de su espera, de su intento, su inocencia. Con el hombre, la palabra va a la huerta, a la vereda, al mercado, a la alacena, al griterío. Con la mujer va al parto, amamanta, acuna y llora, reza y canta, cantilena, centinela, cantío y dulzura de cielos arrullados. La palabra siempre, siempre en rebeldía, bandera enarbolada en el balcón embravecido. La mujer, brava hembra de dichas y quebrantos, enhebrada en la esencia de la nostalgia, teje que teje cielos realmente nada celestiales. La vida se encabrita hasta llegar al nochero bravío de los cantos del sol oscurecido. Desde un principio fue la verba creadora de la ciela y de la tierra.
 
      Aliento, impulso, asomo, asombro. La que anima, infunde vida. Madre gaia que estás en todas las  instancias de la vida y de la muerte. La que combate el frío de la muerte. Da vida, resucita, alumbra. La que inspira y brinda sueño. Y en la trinchera, vigila y combate con el hombre. La que enciende la luz en las ventanas de la oscuridad. Todas las tinieblas se riegan de luz, todas las ventanas encienden sus  rayos de paz, de libertad y de ondas luminosas de la estela del sol de las pléyades que dan vueltas y vueltas hasta alcanzar la órbita inundada de más luz y más luz. La partera del renacimiento diario. La mujer, la vida, la dadora de  vida, la del niño resurrecto, la de la visión, la libertad, el canto; la señora, la hija, la nieta, hermana, la amiga, la abuela del multiverso. Emancipadora, combatiente, anima, se asoma al horizonte, resplandece, descifra enigma, enfado, encono, enredo, entuerto, mientras camina junto al hombre. 
 
      Siempre madre, siempre  verba del viento, del carrillón que suena en sus entrañas hasta dejarla exhausta, del hijo que late hasta vivir en un azul de  tiempo inexplorado. Encrespada la violencia, en oleada siniestra, vence, sobrevive. Cuando la muerte acecha, acurrucada, la palabra afronta el sueño, horada el muro, lanza el grito, salta, auxilia, corre, va, revela, adivina, cavila, tienta, intenta, arriesga, profundiza, infine, se devuelve, convoca, increpa, aviva.
 
      Y la palabra levantó su voz y clamó herida, se arrodilló ante lo eterno,  bebió la copa de lo efímero y el hombre, necio, de mentiras se embriagó. La palabra asedió los campos y sembró promesas en la arena del desierto, cavó tumbas y arremetió contra los muertos, fantasmas indiferentes que se  pasean por las calles malditas y les dejó en la boca la huella del beso. La palabra se calló y lloró ante la lengua infame de los días, quiso redimir los labios al tiempo; bohemia, viajó desnuda ante la incredulidad del  silencio, se hizo sombra y viento enfurecido con milenarias historias desde el principio hasta el fin de las edades y los días.
 
      Pero también la palabra se vuelve honda y disparo, grieta y sepultura, muro y barrera, pozo hondo y oscuro que dibuja distancias y linderos. Un día, sin saberlo, se quebró en tantos pedazos como hombres aventó a la tierra. Diáspora, desprendimiento, fractura y lejanía. Hay que ir por ella, para reconstruir las sonoridades infinitas de su vuelo, trazando elipses de amor sobre los cielos de la vida de los hombres.
 
      Muy honda, la palabra anduvo y anda. Lugar común para llegar al hombre. Al pie del hombre siempre. Se desgarró en relámpagos, en fogonazos. Alzó su llama hacia las estrellas. Palabra en mano, el hombre junto al muro. Callada espesa sombra tardecida. Del lado acá del canto. Del lado allá del vuelo. Del lado acá del tiempo.

Mery Sananes,
Jazmín Sambrano,
Nidya Garzón,
Pablo Mora
Domingo, 18 de abril de 2004

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Poeta español nacido en Hernani, Guipúzcoa, España, en 1911. Se trasladó a Madrid para estudiar la carrera de ingeniero industrial; allí se vinculó a la Residencia de Estudiantes y el contacto con los alumnos de la misma estimuló su interés por la poesía.

      Durante mucho tiempo Celaya compaginó sus tareas de ingeniero en una empresa familiar en Guipúzcoa y escritor, hasta que en 1956 se instaló definitivamente en Madrid para dedicarse por completo a la poesía. Su primer libro, Marea de silencio (1935), reflejaba influencias surrealistas. Con Amparo Gastón, Amparitxu, su fiel compañera de toda la vida, fundó la “Colección Norte” de poesía en 1947. En los años cincuenta se incorporó de lleno a la poesía social. A muchos de sus poemas, cantantes populares, les han puesto música. Murió en Madrid, en 1991, y sus cenizas fueron esparcidas en su Hernani natal.

Libros publicados

Entre otros:

  • Las cartas boca arriba, 1951
  • Cantos íberos, 1955
  • Canto en lo mío, 1968
  • Poesías completas, 1969

Textos

  • Canción
  • La poesía es un arma cargada de futuro

Premios y distinciones

Entre otras:

  • Premio Nacional de las Letras Españolas, 1986

Como traductor

Fue traductor de Rilke, William Blake, Rimbaud y Paul Eluard.

Publicado inicialmente en
Poesía, Sociedad Anónima

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Gabriel Celaya

POEMAS
Canción

Agua helada y dura,
luna de enero,
tu madreperla
es el silencio.
          En la noche rasa
y el desamparo
-pizarra limpia-,
yo escribo claro.
          En el espejo ciego
me paro a ver
el dolor reflejado,
la verdad al revés.
          Tanto he sufrido y tanto
he ido olvidando,
que cuando escribo
no sé a quién le hablo.
           Para saber si existo
canto y no sé
si lo que soy ya fui
o si seré.
La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas, 

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades: 

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo. 

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo. 

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica. 

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quienes somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo. 

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse. 

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho. 

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros. 

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho. 

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. 

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.