Gabriela Mistral

Directorio Inicio
PALABRAS PRELIMINARES

LA APRENDIZ

Por Diana Bellesi

      Hay un lugar que no tiene adentro ni afuera. Una extrañeza encantada donde el tiempo suspende su lógica, la secuencia. Hay un entrar allí, un instante de gracia, cuando el yo retrocede, aunque acompaña, a la aprendiz. El régimen monocromo de las costumbres se fisura, y hay juego, hay sacro, un ritmo pulsional que arrebata convirtiéndose en sentido. Se es única, se es previa a toda diferencia que marca la entrada de las formas, de lo otro, de la infinita secuencia con que la vida se expresa.

      La aprendiz vuelve al cuerpo, de ella, la madre o la materia. Felicidad tan extrema e incontable. El yo, atrás, la acompaña. Y de inmediato regimenta, con lo que tiene a mano: el acumulado saber propio y ajeno; las citas, las lógicas de la novela familiar y comunitaria, las prohibiciones, los proyectos, las finas herramientas de un oficio adquirido a costa de la vida. El historiador asalta lo que puede, lo desconocido que le perturba, la vergüenza de lo que no abarca, el horror de lo irrepresentable, y trabaja, trabaja, con las facetadas figuras geométricas que le otorga la colmena. Jaula y resplandor se atan, constituyen objetos de conciencia, por ejemplo, poemas. El historiador y aprendiz, duelistas, compañeros, se deben, como la especie y el sujeto, entre sí. La aprendiz desea hechicería impresentable: —una cuna se mece, un latir de melodía interminable resonando en los rostros del vacío; actuar único y simultáneo—. El historiador desea, repetición de lo conocido, y en las fronteras audaces de su posibilidad, acceso metafísico.

      El drama empieza y produce elementos para dramas sucesivos. Se constituye la obra. Un universo ficcional apoyado en teleologías varias. Una construcción semántica que incluye la imagen pública, a veces sinceramente creída por el sujeto que la sustenta, con lapsus maravillosos que la desmienten, en la operatoria de la vida o de la propia obra.

      Hay una hija que se muere de amor. De deseo por fundirse en la madre, y de deseo también, por ser dueña de sí. ¿Cuándo, una hija, deja de serlo, en la peculiar formulación de nuestra cultura? Cuando llega a ser madre. Mujer a secas, persona adulta con elecciones múltiples y diferentes, no es una categoría perceptible con claridad en las sociedades que conozco.

      Así, la Mistral, producto de un tiempo todavía nuestro, se construye como madre universal, hija del dolor, de Dios, en su faz pública y también, en parte de su escritura. Atravesar a la maestra pacata, a esa madre asexuada que brinda la escuela y el monumento literario, es tarea que requiere paciencia de la pasión, cuando se ha encendido por el encuentro de la otra, connotada en ciertos temas, denotada por la violencia rítmica e imaginista de la hija, la amazona americana que escribe su cuerpo desplazándolo de los límites, canonizados, muertos hacia un hueco que quiebra la lengua castellana en múltiples colonias rebeldes. Esa voz, timón y tempestad de su cuerpo, adquiere la acción de una trituradora tensada por la necesidad, el deseo; o el balbucear sin sentido que repara; o la persecución de una madre poderosa y esquiva, que se devela por momentos casi en una igual, en otra que seduce y deja, librada a las fuerzas propias, la gracia y misterio de vivir. A Orfeo y Eurídice, paradigmática dupla de amantes se compara Mistral, cuando en "La Fuga", poema que abre Tala, persigue el rastro de su madre muerta: "pero siempre hay otro monte redondo / que circundar, para pagar el paso / al monte de tu gozo y de mi gozo ".

      Este cuerpo intentando volverse voz, nombrarse, darse cuenta de sí, en pugna con el orden que lo regimenta, me ha enamorado. Quizás, a su pesar. A pesar de la treta compleja y monumental que le permite, al yo, mantenerse presentable al consenso, birlarle algo del poder que detenta.

      A la maestrita que logra consulados, premios, espacio público y hasta el festejo de su centenario, cuando veo guiñándome el ojo, su diente afilado, me suscita una carcajada cómplice. Cuando el guiño o el drama no aparece, cuando madre e hija no se superponen desplazándose por intersticios capaces de demoler una estructura de silencio y de muerte, cuando la maniatada madre universal, didáctica —meramente reproductora—, ocupa en exceso la escena y fagocita a la otra, no hay alianza, como lectora permanezco indiferente.

      La Gabriela Mistral que me ha enamorado es madre y es amante, que se dice, se escucha, nombra el mundo de las formas que nos separa, "porque mi cuerpo es uno, el que me diste / y tú eres un agua de mil ojos". La Mistral, pura ofrenda en la pradera del sueño. Allí, la extraordinaria hechicera ordena: "sube al monte / y me cortas las flores blancas / como nieves, duras y tiernas". Sube, ha dicho, porque "yo nunca dejo la pradera". La aprendiz no pregunta por qué no la deja. ¿No puede, o no quiere la hechicera? Demanda la gloria del mundo mediante el actuar de su aprendiz. Sólo puede cumplir con su destino, disolverse, si la otra ocupa su lugar, a través del pavoroso insight de la muerte —Muerte que "ya nunca más se moriría" dice el romance, no en vano este poema forma parte de la secuencia Historias de loca. En esta sección de Tala, Gabriela Mistral, que borra el nombre de su padre y se da nacimiento como poeta de un rito completo: "Soy vieja; / amé los héroes / y nunca vi su cara, dice "La Cabalgata"—, otorga aliento épico al lirismo más puro. "La aventura, quise llamarla, mi aventura con la poesía", anota a pie de página, ¿ingenua o resguardándose, de tal violencia amorosa, la Mistral? Hablo del poema "La Flor del Aire".

      Los matices de la pasión estallan en este sueño de versos endecasílabos, homenajean al cantar de los cantares, a fray Luis, a Juana Inés, al ardor de los místicos y a la belleza violenta del paisaje americano. Cubriéndola frenética de las flores que en cada ascenso recogía y buscaba. Pero nada basta. En el exceso del goce, "loca de oro", la hechicera exige, aquellas de color del sueño, las que "no estaban en las ramas". Exige, la pasión inútil, el encontrar sin buscar; el hallar, para nada. Exige a la aprendiz ser la reina, mientras ella, sonámbula, se disuelve y deja la pradera. "Te has cedido al paisaje cardenoso", advierte en "La Fuga". Mistral se escinde, hija y madre —lo que no es femenino, o niño, es estatua o estética—, y se integra en el drama de la imposible unión. Ahora, ella y su lectora van juntas, con rostro propio, mientras la reina, "delante va sin cara".

De Una palabra cómplice. Encuentro con Gabriela Mistral.
Raquel Olea y Soledad Fariña, editoras. Santiago, 1990.
Corporación de Desarrollo de la Mujer La Morada,
Editorial Cuarto Propio, Isis Internacional.

Publicado inicialmente en Univeridad de Chile

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Lucila Godoy Alcayaga, nombre real de Gabriela Mistral, nació el 7 de abril de 1889 en la ciudad de Vicuña, Chile, en la cuarta región. Sus padres fueron Juan Jerónimo Godoy y Petronila Alcayaga.

      Su carrera docente comenzó con una ayudantía en la Escuela de La Compañia y, con los años, alcanzó diversos y altos cargos. En 1924 realiza su primer viaje a Europa y Estados Unidos.

      De sus versos surge un apasionado amor femenino: el de madre y el de la naturaleza de las tierras latinoamericanas. Los temas que sobresalen en su obra son la vida campesina, la religiosidad, la muerte y en especial el mundo de los niños.

      Luego de una larga enfermedad murió el 10 de enero de 1957 en el Hospital General de Hempstead, en Nueva York. Sus restos, ya en su tierra natal, recibieron el homenaje del pueblo chileno decretándose tres días de duelo nacional. Los funerales, efectuados el 21 de enero, constituyeron una apoteosis. Se le rindieron homenajes en todo el continente y en la mayoría de los países del mundo.

Libros publicados

  • Desolación, 1922
  • Ternura, 1924
  • Lecturas de mujeres y niños, 1924
  • Nubes Blancas, obra en prosa, 1929
  • Breve descripción de Chile, 1934
  • Tala, Sur, Buenos Aires, 1938. Gabiela Mistral lo consideró su mejor libro. Los derechos de esta obra fueron donados a los niños, víctimas de la Guerra Civil Española.
  • Poema de las madres, 1950
  • Lagar, editada en prosa y verso, 1954
  • Epistolario, 1960
  • Obras selectas de Gabriela Mistral, 1958 (póstumo)
  • Recados contando Chile, 1958 (póstumo)
  • Poema de Chile, Editorial Pomaire, 1966 (póstumo)

Antologías

Entre otras:

  • Literatura Coquimbana, 1908
  • Las mejores poesías, Editorial Cervantes, Barcelona, España

Premios y distinciones

  • Obtuvo la más alta distinción en los Juegos Florales celebrados en Santiago, (flor natural, medalla de oro y corona de laurel) con “Los Sonetos de la Muerte”, 1912
  • En 1926 se la nombró Secretaria de una de las secciones americanas de la Liga de las Naciones
  • Residió un breve tiempo en Chile, donde se le rindieron numerosos homenajes.
  • México erigió una estatua en su honor
  • Premio Nobel de Literatura, 1945.
  • Doctor Honoris Causa del Mills College, Oakland, California, 1947
  • Premio Sierra de las Américas, otorgado en Washington por The Academy of American Franciscan History
  • Premio Nacional de Literatura, 1951

Colaboraciones

  • En sus años de adolescencia colaboró con el periodico "Coquimbo", de la ciudad de La Serena, bajo los seudónimos de "Alguien","Soledad" y "Alma"
  • Escribe para los periodicos "La Voz de Elqui" y "La Reforma"

Membresías

Perteneció a la Logia Teosófila "Destellos"

Otras actividades

  • En 1922 viajó a México invitada por el gobierno de ese país para colaborar en los planes de la Reforma Educacional y en la organización y fundación de Bibliotecas Populares.
  • Ocupó la Secretaría del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Las Naciones, en Ginebra.
  • Asistió, en representación de la Asociación de Profesores de Chile, al Congreso de Educadores, celebrado en Locarno, Suiza.
  • Concurrió al Congreso de la Federación Internacional Universitaria de Madrid, como delegada de Chile y Ecuador.
  • Fue designada por el Consejo de la Liga de las Naciones para ocupar un alto cargo en el Consejo Administrativo del Instituto Cinematográfico Educativo, creado en Roma.
  • En Estados Unidos la invitaron a dictar cursos y conferencias en establecimientos de Segunda Enseñanza.
  • Dictó una cátedra de literatura hispanoamericana en la Universidad de Puerto Rico.
  • Pronunció conferencias en La Habana, Cuba, y Panamá.
  • En 1932 inició su carrera consular nombrándosela Cónsul Particular de Libre Elección. Comenzó sus labores en Génova, pero no ejerció sus funciones al declarar su posición antifacista. Luego trabajó en Madrid, Lisboa, Oporto y Guatemala.
  • En 1940 fue designada Cónsul en Niteroi, Brasil y, más tarde, Cónsul General de Chile en Brasil.
  • Cónsul de Chile en Los Angeles y luego en Santa Bárbara.
  • Cónsul en Veracruz, México.
  • Cónsul de Chile en Nápoles.
  • Cónsul de Chile en Nueva York.
.

Gabriela Mistral

POEMAS
RUTH

                  I
    Ruth moabita a espigar va a las eras,
aunque no tiene ni un campo mezquino.
Piensa que es Dios dueño de las praderas
y que ella espiga en un predio divino.

    El sol caldeo su espalda acuchilla,
baña terrible su dorso inclinado;
arde de fiebre su leve mejilla,
y la fatiga le rinde el costado.

    Booz se ha sentado en la parva abundosa.
El trigal es una onda infinita,
desde la sierra hasta donde él reposa,

    que la abundancia ha cegado el camino...
¡Y en la onda de oro la Ruth moabita
viene, espigando, a encontrar su destino!
                  II
    Booz miro a Ruth, y a los recolectores.
Dijo: "Dejad que recoja confiada"...
Y sonrieron los espigadores,
viendo del viejo la absorta mirada...

    Eran sus barbas dos sendas de flores,
su ojo dulzura, reposo el semblante;
su voz pasaba de alcor en alcores,
pero podía dormir a un infante...

    Ruth lo miró de la planta a la frente,
y fue sus ojos saciados bajando,
como el que bebe en inmensa corriente...

    Al regresar a la aldea, los mozos
que ella encontró la miraron temblando.
Pero en su sueño Booz fue su esposo...
                  III
    Y aquella noche el patriarca en la era
viendo los astros que laten de anhelo,
recordó aquello que a Abraham prometiera
Jehová: más hijos que estrellas dio el cielo.

    Y suspiró por su lecho baldío,
rezó llorando, e hizo sitio en la almohada
para la que, como baja el rocío,
hacia él vendría en la noche callada.

    Ruth vio en los astros los ojos con llanto
de Booz llamándola, y estremecida,
dejó su lecho, y se fue por el campo...

    Dormía el justo, hecho paz y belleza,
Ruth, más callada que espiga vencida,
puso en el pecho de Booz su cabeza.

De Desolación