Giacomo Leopardi

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PALABRAS PRELIMINARES

por Luis Martínez de Merlo

      El 29 de junio del presente año se cumplen los dos siglos del nacimiento de Giacomo Leopardi, hijo primogénito del conde Monaldo Leopardi, y de Adelaide, de la estirpe de los marqueses de Antici, en el palacio familiar de Recanati (un burgo de tercera en la costa adriática de las Marcas) en pleno desencadenamiento de la tormenta napoleónica sobre Italia.

      Mientras la chispa romántica se extiende por Europa, el niño Giacomo se abisma en la copiosa y rancia biblioteca paterna: a los once años lee a Homero, a los trece escribe su primera tragedia; a los catorce la segunda: Pompeyo en Egipto; a los quince un ensayo sobre Porfirio; a los diecisiete otro Sobre los errores populares de los antiguos; a los diecinueve inicia su cuaderno de apuntes, Zibaldone, que le acompañará hasta 1832; a los veinte compone los que recogerá como sus primeros cantos: "A Italia", y "Sobre el monumento a Dante". Al año siguiente, enfermo de la vista y del espíritu, intenta en vano fugarse de Recanati.

      Desde ese momento su vida se convierte en un círculo vicioso de huidas y regresos a su ciudad natal: Roma, Bolonia, Milán, Florencia son los hitos de este viaje doloroso, en el que va dejando atrás proyectos de trabajo irrealizados y amores imposibles: Teresa Carniani-Malvezi, o Fanny Targioni-Tozzetti; en 1830 deja Recanati por última vez; en 1831 aparece la primera edición de sus Canti –la segunda lo hará en 1835–; en 1833 se traslada a Nápoles. En esa ciudad muere el 14 de junio de 1837; poco antes había escrito a su padre:

      «Mis sufrimientos físicos diarios e incurables han llegado con la edad a tal punto que no pueden aumentar más: espero que, superada finalmente la pequeña resistencia que les opone mi cuerpo moribundo, me llevarán al eterno descanso que invoco a diario con toda mi alma, no por heroísmo sino por el rigor de las penas que sufro».

      La obra de Leopardi, tanto en verso como en prosa, es uno de los pilares de la Biblia del pesimismo. Su pensamiento, que parte de su propia experiencia de criatura doliente, pero que pronto pasa a convertirse en una requisitoria en nombre de todo el género humano, constituye una enmienda a la totalidad de la existencia, sin concesiones, sin paños calientes, sin resignación y sin lenitivos. Una voz que grita el desamparo del ser humano y la crueldad de una naturaleza naturans implacable, que le azuza desde su propio nacimiento hasta más allá de la muerte.

      En este lachrimarum valle, Leopardi se aferra, a pesar de todo, a sus tres clavos ardientes de salvación: el mito de una edad de oro, que él emparienta con Hölderlin; el recuerdo de los engaños juveniles, antes de la brutal irrupción de "la verdad"; y la evocación de una naturaleza naturata, de un paisaje brumoso y tibio, aromado y lunar, donde al anochecer, por los caminos, se escucha siempre perderse, o acercarse, la canción melancólica de un carretero.

      El desprecio que Leopardi siente por los falsos consuelos del pensamiento progresista, se combina, sin embargo, con una piedad infinita por esa huérfana, frágil, ciega y aguijoneada estirpe humana: la radical conciencia de la miseria de nuestro estado lleva al poeta a la compasión y a la solidaridad; se trata del grito de angustia y de protesta del hombre, ante un infinito sordo y amenazador. Leopardi sabe que este infinito acabará por aplastarnos, pero exige de nosotros aguardar con dignidad y lucidez el peso de esa bota implacable.

      La poesía de Leopardi nos es imprescindible, como los dicterios del Eclesiastés; en este año de centenarios más o menos provincianos y previsibles, no es malo homenajear a esta figura cercana y fraterna, que abre nuestros estrechos horizontes, airea nuestros espíritus, y nos proyecta ante más vastos escenarios.

      De los 36 Cantos que componen el corpus leopardiano, he seleccionado aquí 21, la mayoría de los cuales son aquellos que no dejan de aparecer en ninguna selección que se precie; el resto, cinco o seis, vayan como tributo a la arbitrariedad, al azar, al gusto, o a la facilidad de traducción. Todos ellos se presentan traducidos en verso blanco, falta que no desdice mucho del estilo del poeta, pues ya muchos de los originales observan esta particularidad.

      Más que otra ninguna, la experiencia de la traducción de poesía, aparte de íntimas satisfacciones, no ha dejado de darme lecciones de humildad; pido por ello de antemano a los lectores que vayan al encuentro del alma de Leopardi a través del filtro de esta presente versión, disculpas por las deficiencias y obstáculos que encuentren en su camino; a mi favor cuento con el amor que he puesto en ellas, que algo dejará traslucir de su estremecimiento.

20 de marzo de 1998

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Giacomo Leopardi

POEMAS
A ITALIA

Veo, oh Patria, los muros, las arcadas 
y las columnas y los simulacros,
las torres yermas de nuestros abuelos, 
mas no veo la gloria,
ni el hierro ni el laurel que recubrían
a nuestros viejos padres. Ahora inerme, 
pecho y frente desnudos nos enseñas. 
¡Cuántas heridas, ay,
qué lividez, qué sangre! ¡Oh, mal te veo, 
bellísima mujer! Pregunto al mundo
y al cielo: respondedme;
¿quién a tal os redujo? y aún más grave 
es que oprimen sus brazos las cadenas;
tal que sin velo y sueltos los cabellos 
yace en tierra olvidada y sin consuelo,
y escondiendo su rostro
en las rodillas, llora.
Lloras, no sin motivo, Italia mía,
nacida a vencer pueblos,
en la fausta fortuna y en la infausta.

Si fueran tus dos ojos fuentes 
vivas, el llanto no podría
adecuarse a tu daño y tu deshonra;
pues que fuiste señora, y eres sierva.
¿Quién de ti escribe o habla,
que, recordando tu esplendor pasado,
no diga: "antes fue grande y no es ya aquella"? 
¿Por qué, por qué? ¿dónde la fuerza antigua? 
¿dónde el valor, las armas, la constancia?
¿quién desciñó tu acero?
¿quién te vendió? ¿qué astucia y qué fatigas, 
qué tan gran poderío despojarte
pudo del manto y la dorada toca?
¿cómo caíste o cuándo
de tanta altura a sitio tan mezquino?
¿nadie por ti luchó?
¿de entre los tuyos
ninguno te defiende? ¡Aquí las armas!: 
combatiré, sucumbiré yo solo.
Haz tú que sea fuego
mi sangre, oh cielo, a los ítalos pechos.

¿Tus hijos dónde están? Oigo el sonido 
de carros y armas, voces y timbales:
en regiones extrañas *
combaten hoy tus hijos.
Espera, Italia. Veo, o creo verlo,
un fluctuar de infantes y caballos,
y polvo y humo, y un brillar de espadas 
cual rayos en la niebla. ¿Te consuela 
eso? ¿o tu vista trémula no quieres 
volver al hecho incierto?
¿por qué lucha en tal campo
la ítala juventud? ¡Oh dioses, dioses: 
lucha por otra tierra el hierro ítalo. 
Miserable de aquel que en guerra muere, 
no por las patrias playas, por la pía 
mujer y amados hijos, sino ajeno 
enemigo de otros,
sin que pueda decir en su agonía:
"Fértil tierra natal,
la vida que me diste te devuelvo."

Oh amados, venturosos y benditos 
antiguos tiempos, por los que corrían
a morir por la patria las escuadras;
y vosotros, honrados y gloriosos 
siempre, desfiladeros de Tesalia, 
donde Persia y el hado menos fuertes 
fueron que pocas almas generosas. 
Pienso que vuestros árboles y peñas
y vuestros montes y olas al viajero 
con su voz indistinta
narran cómo cubrieron esas playas 
las invictas hileras
de los cuerpos que a Grecia veneraban. 
Vil y feroz, entonces
huía Jerjes por el Helesponto,
de sus últimos vástagos vergüenza;
y al collado de Antela, en que muriendo 
se libró de morir la hueste santa, 
Simónides subía,
éter, marina y tierra contemplando.
y de llanto cubiertas las mejillas,
y vacilante el pie, y el pecho exhausto,
la lira sujetaba:
"Venturosos vosotros,
que a la enemiga lanza el pecho disteis 
por amor hacia las que os alumbraron; 
honor de Grecia, admiración del mundo.
En las armas y cuitas
¿cuán grande amor las mentes juveniles, 
cuán grande amor al hado amargo os trajo? 
¿Cómo tan dulce, oh hijos,
os pareció el final, pues que corristeis 
riendo al paso duro y lagrimoso ?
Cual si a una danza y no a la muerte fueseis, 
o a espléndido festín, todos vosotros:
y os aguardaba el Tártaro
oscuro, y la onda muerta;
sin hijos, sin esposa a vuestro lado 
cuando en la áspera orilla
sin un beso moristeis, y sin lágrimas.

Mas no sin de los persas pena horrenda 
y sempiterna angustia.
Como león en medio de los toros 
salta sobre una grupa y talle clava
la espalda con las garras,
ya muerde este costado, ya aquel muslo; 
así arreciaba entre las turbas persas
la ira y el valor del pecho griego.
Ved caballos supinos y jinetes;
trabada a los vencidos
la fuga, derribados carros, tiendas, 
y huir de los primeros, desgreñado
y pálido el mismísimo tirano;
ved teñidos, bañados
de la bárbara sangre a los heroicos 
griegos, daño infinito de los persas,
a los que van venciendo sus heridas, 
yacer uno sobre otro. Oh, viva, viva:
¡oh bienaventurados
mientras se hable o escriba en este mundo!

Antes, al mar cayendo, desprendidos
en lo hondo extintos chirriarán los astros, 
que la memoria y vuestro
amor pase o decrezca.
Altar es vuestra tumba; al que a sus hijos 
vendrán las madres a enseñar las bellas 
huellas de vuestra sangre. Vedme echado 
en el suelo, oh benditos,
y que beso estas peñas y esta gleba, 
que han de ser aclamados y alabados
de un polo al otro polo eternamente.
¡Ay! fuera yo enterrado con vosotros
y empapara mi sangre esta alma tierra. 
Que si es distinto el hado, y no permite 
que por Grecia mis ojos moribundos 
cierre, en guerra caído,
así la humilde fama
de vuestro vate para los futuros 
pueda, merced al cielo,
tanto durar cuanto la vuestra dure.

* Se refiere a la participación de italianos en la campaña napoleónica de Rusia.

A SÍ MISMO

Descansarás ya siempre, 
cansado corazón. Murió el engaño
que creyera inmortal. Murió. En nosotros 
de los dulces engaños, consumido 
siento el deseo, aún más que la esperanza. 
Reposa para siempre. Ya bastante
has latido. Ninguna cosa vale
tu pálpito, ni es digna de suspiros
la tierra. Es tedio sólo
y amargura la vida; y fango el mundo. 
Cálmate, desespera
la última vez. A nuestra estirpe el hado 
sólo el morir le dio. Desprecia ahora
a la naturaleza, y a ti mismo,
y a ese poder brutal
que, escondido, en el mal común impera, 
y la infinita vanidad de Todo.

Tomado de Cantos escogidos, Ediciones Hiperión S.L.
Madrid, 1998