Gustavo Caso Rosendi

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PALABRAS PRELIMINARES

Acerca de mi poética

      Quizá la clave para descifrar mi poética en general y, especialmente en este último trabajo, se encuentre en los versos de Sanos y salvos: “...¿O acaso hemos regresado /hemos salido del infierno o acaso /el amor anduvo haciendo el odio /para que nazca esta ternura de añorar / lo monstruoso?...”.

      Una cita mía recurrente es la imagen de Perseo cortando la cabeza de Gorgona, de cuya sangre derramada nace el caballo alado Pegaso, símbolo de la poesía, y de la que se deduce que hace falta valentía e inteligencia para combatir lo monstruoso. Del resultado de esta contienda nace, indefectiblemente, la belleza. He conocido la desazón, el miedo y el dolor en sus estados más puros, y de lo irreparable, de lo irrecuperable es de lo que se nutren mis poemas. Después de todo ¿qué es la poesía sino sentir que todo puede estar perdido y aún así, entre banderas en llamas, cantar, cantar entre los muertos que entonan la canción de la verdad, cantar ridícula y estoicamente la historia que nos toca?

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Esquel, Chubut, Argentina, el 3 de agosto de 1962. Reside en la ciudad de La Plata.

Libros publicados

  • elegía común, edición artesanal, La Plata, 1987
  • bufón fúnebre, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 1995

Antologías

  • el viento también recuerda, antología de ex combatientes de Malvinas, Ediciones Último Reino, La Plata, 1996
  • 8 Poetas Regionales, antología auspiciada por Edelap, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1997
  • Poesía 36 autores, antología de poetas de la ciudad, Ediciones de La Comuna, La Plata, 1999

Discos compactos

  • Poemas, grabado junto a Martín Raninqueo, en agosto del año 2000

Premios y distinciones

  • Faja de Honor 1985-1986 de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires por su obra inédita elegía común
  • Fue seleccionado por Joaquín Giannuzzi para la Bienal de Arte Joven, Buenos Aires 1989
  • Primer Premio Concurso Edelap de Poesía 1997
  • Premio ACCÉSIT 1997, rubro literatura
  • Ha sido declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de La Plata por su participación como soldado en la guerra de Malvinas.

Libros inéditos de poesía

  • lo más lejano, 1997
  • caminata, 2000
  • etcétera, 2001
  • Soldados, 2003-2004
.

Gustavo Caso Rosendi

POEMAS
Fotografía

A la izquierda tío Nodier, los pantalones por allá arriba
y una camisa que pudo haber sido azul. Desde su sombra
nace tía Isabel, con una mirada de pollera que cubre sus 
rodillas, pero también con algo de sarga Gath & Chaves 
cayéndole sobre los hombros.
En el centro mamá : casi niña. Detrás sueña Tía Coca el resto 
de portarretratos que pueblan hoy esta mesita. Adelante 
posa tío Kelo diciendo : “saca de nuevo esta fotografía, Sam, 
continúa enfocándonos por siempre”. Sentada en el extremo 
derecho mi prima Jacqueline, reclinada hacia el que mira, 
intentando crecer.
Un poco más acá, polera de banlon y zapatos gastados, 
tendría que estar quien les habla. Y sin embargo mi hijo se 
acomoda sobre esa figura, como si la infancia fuera un país 
sin tiempo. 
Los que ahora no están, en cambio, perduran en este
papel cansado, despojados de toda incertidumbre,
de toda fragilidad de tener que contemplarse.
Mi hijo me señala y se nombra. Un clic vuelve
a chisporrotear sobre la mañana de aquella terraza
en Buenos Aires. Y todos sonreímos.
De Diagonal, Plaqueta, 1998
City Bell

      El verano se vestía con los olores de los yuyos.

      De los cardos colgaba el atardecer como una guirnalda triste, mientras la rana del zanjón contaba sus renacuajos (era demasiado tarde, porque ya uno de sus ojos negros con cola se movía en el agua sucia de aquel frasco). Y le poníamos pastito y le poníamos arena y le poníamos una araña que habíamos encontrado en una margarita. Y la araña tejía su antiguo ardid en el agua como un viejo en el mar queriendo pescar un sueño inmenso. Tejía y remaba y volvía a tejer hasta que se ahogaba, mientras el renacuajo andaba por ahí, sin entender demasiado.

      La noche comenzaba a caer sobre nuestros hombros. Y en el campito las luciérnagas imitaban lo que había en el cielo. Se prendían y apagaban infinitas, entre la ruda, entre la brisa y el grillo, sacudiéndonos el pecho. Y sacábamos otro frasquito de la casa, para cazar las estrellas que teníamos a mano, para contemplar cómo caminaban por el vidrio, cómo se prendían y apagaban, tan lejanas y encerradas.

      Las camisetas blancas habían enverdecido de revuelco y la pelota descansaba hacía ya mucho en algún lugar del alambrado. Y no sé por qué tengo de nuevo aquel frasco entre mis manos, con un poco de agua sucia y algo de arena y un pastito, ahora que es de noche y te espero, como queriendo atrapar una carcajada pequeña. Como queriéndote ver, Alegría, al fin otra vez por este barrio.

La poesía

Marcel Marceau juega con una rosa de aire
entre sus manos. Mientras la gente
percibe el perfume de este gesto
y el color y las espinas.

El poeta ha dibujado siempre palabras silenciosas
esperando encontrar alguna caverna
algún eco.

Una mujer a esta hora, ha parido
y pálida abraza el hueco de su panza.
Ella descansa y entre las sábanas, ya sin fuerzas,
amamanta al llanto para callarlo.
Hijo que tendrá siempre en la lengua algo de niebla.

Marcel aletea sus manos escapando
del que pueda pedir explicaciones.
El sabe que si habla la historia se derrumba.

La madre sigue allí en el sanatorio.
Mujer que parirá siempre.
Ha gritado sí, pero en el momento exacto
como una hoja en blanco o un escenario vacío.
El niño al salir de la cueva de todo
ha llorado
y ha soñado rupestre al universo como una cacería.

Marcel ahora hace señas. Encerrado
en un cubo invisible, no grita, ni llora, ni sangra.
Decir sin hablar es escribir, amar, intentar salir
hacia un lado u otro.
El Mimo, a pesar de su situación,
alumbra a la gente, al nuevo siglo
y las manos se le mueven marcando un espacio
y la risa del público que rompe aquel silencio
es tan cierta que parece una respuesta.
Una liberación.
Valores

Una piedra cualquiera es una piedra preciosa.

Una piedra gris, una piedra negra, un guijarro
pateado en el camino, una piedra marrón
entre las piedras. O una piedra chata arrojada
en algún charco. Una piedra musgosa.
Una piedra escondida entre los yuyos. 
Una conmovedora piedra.

Esto no quiere decir que la belleza sea el abandono
ni que la sensibilidad sea precisa,
pero sí que la perfección es cualquier piedra.

Un canto rodado cabe en una gomera
y lastima al pájaro, porque a nadie se le ocurriría
tirarle con un diamante. Una piedra injusta,
una piedra certera, una piedra rapaz,
una piedra fría que sobrevuela la mañana
manchada de rojo.

O tal vez una piedra que no pudo hacer impacto.
Una piedra cayendo del cielo.
Hasta que alguien la encuentra y se la mete en un bolsillo.

Una piedra que perdura en la campera.
El viento

Estamos remontando un barrilete
de palitos de tilo y pétalos de magnolia.
Tiene una extraña forma de colibrí y tiranosaurio.
Y está allí, queriéndose ir, sostenido por
el aletear molesto de las moscas 
y amarrado al hilo que nace de la mano.

Pero está allí, como un eclipse fetal.
A veces ocultando un poco al sol que pretende
enceguecernos. Y a veces picoteando un panadero
o tragándose una baba del diablo
o simplemente saludando.

Y pensamos: qué bueno que haya un monstruo
allí arriba que pueda protegernos del adiós.
Y el adiós, más tarde lo sabremos,
mientras el sol ahora rodea el perfil del barrilete,
el adiós es Dios sin él mismo.

Y esa es la cara que debería tener al menos
el viento en esta tarde.
Bar

Sentado en el rincón, vino en mano,
miro cuadros mal pintados, figuras del fútbol,
trofeos derrotados por el tiempo.
Alguien bebe a mi lado un Guillermo I.
Es siempre el mismo, lo sé, aunque nunca
nos hemos hablado, ni siquiera mirado,
los dos nos dirigimos siempre hacia algún punto
en común.
Paredes verde sucio, musgo triste.
La cabeza de un viejo se balancea al ritmo
del reloj de péndulo cuando funcionaba.
Una mano venuda mezcla barajas pegajosas.
La tarde cae también como esas mejillas aletargadas,
picadas vaya a saber por qué bicho de sueño muerto.
Paredes verdes cabalgadas por momias de alazanes
entre botellas de ginebra Llave y Cabrinis en canastita.
Pinerales. Caña Amarilla. Botellas cerradas
pero semivacías. Botellas bebidas por fantasmas.
Quizá La Verdad haya pasado por aquí. Tantas veces
la hemos invocado. Quizá en algún momento estuvo,
acodada y observando todo esto.
Hay otra fotografía: Eusebio Marcilla, el caballero del
camino. Su automóvil levanta una polvareda
que se junta con el humo de los cigarrillos.
Y todo se va evaporando con la tarde
y va ascendiendo hacia allí, hacia el cielo.
Al cielorraso grasiento que nos contempla desde arriba
como un ángel borracho, empedernidamente sabio.