Jorge Ariel Madrazo

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PALABRAS PRELIMINARES

Qué siento ante la poesía

Siento la poesía -y la misma experiencia poética en la que se sustenta- como un elemento orgánico: un cuerpo vivo que respira, transpira, nace de sus propias entrañas, jadea. Esto es: no una mera representación o "adorno" de una realidad preexistente, sino otra realidad viva que se une a aquella. Lo que el poema dice, no existía en parte alguna antes de ese poema concreto. Como señaló el poeta Wallace Stevens: "el poema no piensa en el antes del poema, sino en el durante y el después del poema".

Poema, acaso, como intuición de una verdad íntima; dotado de la gracia de la necesidad. Y así lo siento- como una vía que ayude a abrirse a todo lo No-Yo, a la otredad, a nuevos y fecundos D desconocimientos; para superar, así sea en un segundo epifánico, la falsa retórica de los decires y nombres abstractos, convencionales, epidérmicos.

Si "toda lengua es fascista", según Roland Barthes, pues oprime y condiciona tanto el sentir como la significación, el poema acaso sea en su maravillosa ambigüedad- el balbuceo de lo indecible, el atisbo de una soñada lengua en libertad. 

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Libros publicados

  • Orden del Día (1966)
  • La Tierrita (plaqueta, 1974)
  • Espejos y Destierros (Caracas - Buenos Aires, 1982)
  • Blues de Muertevida (1984)
  • Cuerpo Textual (1987, 2° Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires
  • Cantiga del Otro (1992, premio-publicación Ediciones del Dock)
  • Piedra de amolar (1995)
  • Mientras él duenne, en coautoría con el artista plástico Juan López Taetzel (Ediciones Lar, 1997)
  • Testimonios de fin de milenio
  • Conversaciones con Elizabeth Azcona Cranwell (Ed. Vinciguerra, 1998).

Narrativa

  • Ventana con Ornella (1992).
  • La mujer equivocada y Divagario (inédito)

Ensayos

  • Breve historia del Bolero (Caracas, 1980)
  • Grandes poetas olvidados.

Premios y distinciones

Para amar a una deidad obtuvo el Premio Fundación Inca 1995.

Traducciones

Ha traducido a autores ingleses y norteamericanos -entre ellos, inéditos de Allen Ginsberg, para el Centro Editor de América Latina-, y realizado versiones de poetas de la ex Yugoslavia. Organizó y condujo los ciclos "Poetas y Narradores" (1986 a 1995). Poemas suyos han sido vertidos al inglés, italiano y serbio-croata.

Colaboraciones

Colabora en publicaciones del país y de Brasil, Colombia, Cuba, los Estados Unidos, España, México y Venezuela. Fue invitado fuera del país a los encuentros de poesía de Struga y Bieljo Polje (ex Yugoslavia), de Medellín y Bogotá (Colombia, 1993 y 1995), al Seminario Internacional Ideamérica'95 (La Habana), al Congreso "The Powers of Poetry" (Universidad de Eugene, Oregon, octubre de 1996) y a la VI Feria Internacional de Poesía de Bento Gonçalves (Rio Grande do Sul. Brasil) en octubre de 1998.

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Jorge Ariel Madrazo

POEMAS

						
¿Si esto que usted bautiza vida 

fuera apenas confusión 

                indiscernible 

de fragmentos
                                                            partículas secretas? 
¿Y su vertiginoso, anónimo rotar no 

suscite jamás 

la sinfonía de las esferas? Vea usted 

un ejemplo -o maqueta pascaliana-: 

he aquí 

diez manzanas, dos lápices, 

quizás.

De pronto, y con no prevista brusquedad, 

por azar, o en razón 

del fuerte sol, 

desbordan el planeta 

mosquitas no identificadas, gusanos 

triscando 

la verde, amarga hoja 

(dulce, empero, a la 

                maltrecha ánima). 

Y al lado de gusanos 

y de la verde hoja y lápices 

sin punta 

-o están las puntas mochas: preciso 

sería recrearlas, como a una sensación 

en incomún relieve- 

con celo y 

extrema reticencia 

vuelan una 

estela de abejas, 

damas que fornican con 

sus dálmatas, policías febriles 

por bien delinquir. 

Cómo esperar, entonces, destelle el 

farol del otoño o intuya la 

luciérnaga el ritual 

pues hay esos 

estrépitos, voces, 

un billón de diálogos banales 

sin orden ni 

concierto 

(o así parece, a causa del corto 

 
entendimiento). Bullen, regurgitan 

en la noche. Usted, que esto oye 

-o imagina- enloquece 

sin más. Añada la constelación de 

Orión, el hombre en la 

vereda, parejas rompiendo entre 

aullidos (mas no quiero mentir: puede 

ella ofrendar en son de 

paz un dragón, un haz 

de gladiolos). 

Mientras: agítase una hoja 

llueve una gota 

llora un 

gato 

se pudre la mosca en 

el vaso 


Jamás acepte el aleph 

lo anónimo y 

plural 

sin discernimiento. 

Este instante (que ya 

pasó) es lo único que abriga 

eternidad: esta hoja, esta 

foto 

esta muchacha o luna 

llena tajeada por 

el viento 

 
sólo lo singular 

respira eternidad 

 
Ya no más el múltiplo mediocre: 

una cosa por vez, irreductible, 

para sentir al fin 

el mar. 
a Julio Llinás

						
Si en la sucesión de las fotos 

si en lo trivial -y confuso- 

te guiña cierto indicio 

y tu dedo inquisidor se detiene 

igual que en un film cuando 

habráse ido o dormido en su silla 

el operador, y a la vista del fotograma inmóvil, 

con regocijo al comienzo, con ira más 

luego -el operador se ha ido o dormido- 

a patalear 

el público comience pues 

se haya ido o dormido aquel operador, 

así, al caer las hojas del pesado álbum 

por años olvidado en la gaveta 

abierto el cofre del recuerdo 

(magma de imágenes 

manchadas):

esa muchacha cuyos ojos 

tiemblan. 

 

Moverás 

en el aire del verano la foto, 

indagarás su nombre de mujer 

hoy sepultado 

a cuatro palmos bajo el suelo. 

Puede la muchacha lucir un flequillo, 

corre ella por el prado y 

siéntase a mirarte; el café revuelve 

humeante. 

Al reir: la punta de la lengua. 

Los ojos, espiando al sesgo, dejan ver 

el borde de dorada 

pupila 

Ojos de ella para ser mirados, los miras 

sabiendo 

que hay aquí un feroz 

malentendido 

(pudiste haberla amado, tomar 

su mano a la luz del 

atardecer) 

 
Va ella y viene sobre su bicicleta: 

ágil rodilla, falda voladora. 

y mirar juntos el álbum de tapas de 

cartón 

pesadas como el tiempo. 

Mirar el mirar de la muchacha, frágil 

como el tiempo 

Mirar a ella que viene y va sobre 

la muerta bicicleta. 

Mirar el tiempo: 

su aguja de oscuro 

destejer. 
(a Luis Tedesco)

						
Si esta botella -o imagen de botella- 

que una mano prensil pareciera elevar 

ignora su esencia botella, desconoce 

                su destino 

(el vino, cierto es, no bebe vino) 

en antípoda rincón de la foto otras 

manos reiteran el 

ritual: alzan copas, brindis, café. 

Añada usted a tal escena chambergos 

roaring twenties, 

cigarrillo pendiente de dos 

dedos, inversos otros dedos 

ciñen el talle de cimbreante hembra: 

¿adónde hoy su sonrisa, collar 

aguamarino, 

terciopelo moldeando la cadera 

y el varón que la ojea, 

seda al cuello? 

¿Mercedes Simone tal vez? ¿Alberto 

Gómez será 

quien ríe con bufanda? 

Ha de hacer frío 

en esta foto, vean: varonil chaleco 

                    zorros 

sobre turgentes formas. ¿Un viejo fuma 

en pipa o es por pipa 

fumado? 

 
Sonríen ellos a la foto, al clic 

de absurdo ayer 

que –obstinado- querés tornar 

presente (oscurecidas, ya, 

las luces todas). 

Entre sillas de Viena y espejos art-decó, 

alegres de estar vivas
                                                sonríen a la foto 
las burdas calaveras. 
(a la pintora Stella Vergara)

						
Si se abalanzan todos con chambergos 

-cintas negras, anchas copas, bombín- 

mientras sus nervios, calando la gorra, 

trémulo aquel vigilante apacigua 

(gesto harto inútil ante tragedia tal 

como ésta que enluta a chicos y a grandes) 

torpe, trivial escena en que la parca 

de pronto de un cantante se enamora 

y lo abate sin darle ni preaviso 

y el campo entero es cardumen de sábanas 

debajo de las cuales yacen 

mueren 

mujeres y hombres secamente anónimos. 

Y esto torne a ocurrir cada junio 

(y un petimetre mirando a la cámara). 

Mas, si usted vuelve atrás la manivela 

la serranía límpiase de sangre, 

dejan de arrojar fuego los aviones 

y están a tiempo los protagonistas 

de eludir la artimaña del destino 

obviando así que radios y periódicos 

proclamen con adolorido énfasis 

lo que nadie ha aceptado todavía: 

Murió Carlos Gardel en Medellín. 

						
Si miras a tu alrededor 

el banal ajetreo de 

luces y de sombras 

de ángulos y tangentes 

que se funden 

en una turbia vibración 

sin sentido -o quizás 

el sentido, al fin, se refugie 

en el hervor de los minúsculos 

cuerpos que nutren tales 

formas- 

si el discurrir del cosmos 

al común entender desafíe 

cuando tu hija 

(a su vez, madre de hijos) 

exhume 

de algún mohoso archivo 

tu imagen, e interrogue: 

"¿por qué tuviste que morir?" 

si se indignen parientes 

y amigos 

porque los señales con el dedo 

o pretendas dictarles instrucciones 

aun después de hundirte 

bajo tierra 

aun después de arder 

como una tea, 

 

obstinado en regir tu propia muerte, 

rebelde al más básico urbanismo 

insoportable 

hasta en el 

ataúd 

						
Si a ésto llamas "ruidos de la noche" 

significa que la 

noche 

ánfora es, desfondando 

aguada de ruidos, 

lecho pequeño es 

para el fornicio de los ruidos 

Si no te aterran ruidos de la 

noche: no estás vivo 

o, quizás, sólo seas inocuo 

pretencioso 

ser, sin -aún- 

estar
(a Juan García Gayo)
1

						
                                             Una habitación, sus balcones 

                                                                     penden sobre la nada, 

                                                                     sus ropas roen el viento, 

                                                                     soplan ese aliento de decrepitud. Obstinado 

                                                                     candil titila allí su determinación 

                                                                     de claridad 
                                                                     y, sin embargo, diluvia el austral invierno     
                            
                                                                                    sobre infinitos seres sin 
techo: atraviesan ellos el sol de las 

seis; las vías muertas, las vidas 

corrompidas
          atraviesan 

          en un hongo o frustración infinitos 

          Y al fin, comprobarás: nada es claro, nada 

          es leal o recto en este puzzle de 

                          rumbos 

          entrecruzados 

          La opacidad es el semen natural 

          del ser inteligente y vertebrado (provisto de 

          lenguaje). Por ello, te atrevés a rogar: 

         balcones que dan a la nada, ropas 

         roídas por un viento expulsador del 

         ángel de la historia, 

         

         tráigannos algo donde asirnos, 

         una piedra de azufre donde asirnos, 

         una copa de llanto 

         donde asirnos
2

						
Y en la radiografía: tus pulmones: 

poliedros, florescencias, lechosas 

sombras esparcidas como gránulos, como 

cereal, como café en insaciada molición. Al 

irrumpir Aire en lo oscuro, descálzanse 

tus alveólos 

como quien entra en una mezquita: tu 

mezquina cárcel corporal. 

Y, tan blanco en lo oscuro, el eclipsado 

ónix -por así decirlo- el corazón, el 

otro yo que en la sombra acaece 

disolviendo bordes de fingida 

identidad, 

borrándote en absurdo contraluz, 

insinuando que tu entero 

humano 

devenir 

cabe en una 

radiografía 

insomne 
3

						
De aquel cuerpo o del otro 

del estruendo de los cuerpos. 

El chistido, el croar de los cuerpos te 

atristaría, como enharinándote 

tan remoto, su sólido humus, de los 

plateados papagayos de 

la abstracción. Tu alma, tu 

cuerpo 

inféctanse de universo 

si te elevás a ras de fango. ¿En qué ahuja 

de putriscible reloj 

adelanta éste tu cuerpo el minuto 

de morir 

distante al fin del sólito soliloquio, 

del vano quejidito menstrual? 

 

¿Cuerpo el tuyo transterrado, 

cuerpo de quien escancia 

duelo y alma? 
4

						
Tu cuerpo, tus líquidos, tus grumos 

viscosamente únicos. Vapores de la tarde 

los derrotan con lunar lentitud. Tu cuerpo: 

la ermita donde arden árabes aceites, 

 

donde has anidado patas de caballo 

para galopar vastas praderas -y madre no te 

conoció- 

decidido a que tu voz, igual a infantil fantasía, 

tradujese la voz de otra especie, fuese 

extranjera lengua equina 

y así escapar 

a la vana pertenencia, la falacia 

de moverte en un mundo donde nadie 

aguarda por tu huella 

tu voz. 

 

Pero te abatieron sobre el lecho. 

Descaballado, humanísimo, desnudo. 

 

Hoy, tu caballo agoniza en la ventana. 

Y tu humana ficción habrá de desvelarte, por 

los siglos de los siglos 
5

						
Se desmenuza la ventana en humedades
                                                            otoñales desmenuzan la ventana la mañana 

                                                            húmedos maulliditos        
Decimonónica mujer se peina y peina tras el 

                            cristal 

(húmedo vidrio) Menesteres labora (caldillos) 

Acunan la humedad ya reseca esos óxidos que sepultan 

                            la infancia. 

Cómo es que tales nieves bufandas chubascos 

ah inmortal sonatina de la lluvia 

 

Y que me entierren en el revés de la ventana 

                           maulladora 

Que me entierren para más rato (digo) 

en verdeantes praderas ventanal adentro
                                                            donde vida compagina -como una moviola- 

                                                            húmedos pedacitos tórnase 

                                                                                                     cadáver. 
(a Rodolfo Godino)

						
A LOS SEIS AÑOS DE TU PERDIDA EDAD


presionaste, airoso, el picaporte. Ante

tu mano: la puerta de infructuosa

habitación (prohibida).

Dentro de ella podrás adivinar
                                                
                                               -quizás-
aquel perfil:

te impresionan su agobio, su

tristeza.

Han pasado tres o cuatro décadas.

Hoy, en torva pensión 

de caína vida -por qué no: en

Tacuarembó- y 

en el afuera: callejas 
de tierra reverberante al sol

-tres perros gimotean 

el tenaz acecho de tu espectro-

muy luego de cruzar a paso lerdo

el patio ensombrecido, y el viento en el

parral, y algún azul aljibe, sin saber

si abandonarte a la extinción o si

rastrear la hembra que permita olvido, 

has entrevisto nuevamente aquella

puerta
     
      de infancia
            
           (tan soñada). 

Contra el borde sombrío.

Adosada al dosel. 

Y tu mano impulse -otra vez- la falleba. Y

la puerta empiece, 

quizás,
          
           a ceder.

Dentro: descifres un escrito en

clave oculta (tan y tan tu cara de

perfil).

Revélase allí tu cáustico final.

Se cerrará la puerta sobre tu

cara última: te impresionan su

agobio su

tristeza.
(a Ketty Alejandrina Lis)
   
blancas cigueñas     aletean
                   anhelantes
diez mil millones de kilómetros (abren el
piquito      bébense
todo el aire)      aletean
las cigueñas desde austria
                           	al sahara
y agonizan de a miles       de a
                  decenas
            
y es por ello que los dulces austríacos
quienes a mozart arrojaran
			                           a la fosa común
                		 han ideado   -para las cigueñas-
reservas o santuarios de ecológica
			                             concentración
tras las alambradas junto a torvas
      	  casitas de hojaldre
            
allí: les tijeretean once plumas y ellas no
          consiguen ya volar
hasta pasados cuatro años cuando estén
          otra vez prontas al vía crucis
            
ah la blanca cigueña
               	        blanca
tan igualita  -salvo la ajorca de las
                   plumas- a
este bosnio cadavérico
pegado al alambre     acechando la cámara
     los rígidos terribles ojos fijos
en el campo de exterminio    a sólo pasos
de una casa de hojaldre
o torva tumba
donde muerte da a luz y humea
            
salobre pánico
sobre
            
Sarajevo
    
   
Tota joi deu humeliar
E tot'autr'amors obezir (...)
A mos obs la vueill retenir,
Per lo cord dedins refrescar... 
Guillermo de Aquitania
¿Te ame una deidad 
de pie sobre las uvas? 
¿La preñen tus fémures dinásticos? 
¿Arda Ella en deseos por tu 
	    mortal gusano? 
¿Y en náuseas por Adonis? 
¿ Quieres guardarla para ti solo 
y el corazón por dentro refrescar? 
Nada de mágicos conjuros   ni 
empollar fantasías como pájaros    ni 
-mucho menos-     reptar el Partenón 
en trance de delirio a 
	cuatro patas: 
Ella -la diosa- a quien 
todo gozo se debe humillar 
es sirvientita y se llama Rosalía en esta 
		   baja tierra 
y aunque su novio (lacayo del tal Zeus) 
te ha amenazado a sangre
y sevillana
las sábanas de amor de Rosalía
   habrás de
	        visitar
en esta noche misma. Asi se pudran
	        tus huesos allí.
Y no temerle al rayo       ni a nada.
A nada en este suelo de corteza
		                       atroz.
A la sirvientita y diosa amarás
hasta que (entre jadeos) Ella
        	la Deidad
mande al demonio el Olimpo y sus
			                                     huestes
mande al demonio mismo
	su divina arcilla
para adorarte al fin
-olvidada
	             de todo-
con tal prosaica
   olímpica
      lujuria
   
IV
   
Si por raro artilugio
o azar
me travistiera yo
en esos muslos tuyos:
rectas columnas
pasionales
entremojadas
al chorrear
       púdicos púbicos
diluvios
carbón del tu sol
            
Si mi ficticio "yo" temblara
       o temblase
en el clitogemir de
esos tus muslos ateridos
Si mi ojo-hombre así sobara
mis azorados muslos
	               mujer si
copulara (obstinado
remoto)
con mi con mi ella-yo
	               	conmigo
la mimisma
Interminablemente.
   
   
Ruégale Ella: besa mis velos
amor me besares (sus resedas)
sutura suscitadora de abandono o
  sinrazón
Le dice él: he de besar
tus simétricos sintagmas
levantisco          tus postreras
  estribaciones
           húmedas
(deleitosas catáforas
hundiéndose en el mar)
            
Ella: sus
rojísimos quiasmos
pezonados
cuando aquellos felinos del
             	    "cómo cómo estás"
eleven filológicas turgencias
y acariciaren dedos (de él) saliva
de femenino labio
-pasional metonimia
	  penetraciones en tropel-
            
Ruégale Ella luego y se enciende
Olas ruedan sobre sus hombros
Sobre aquél su hombre transterrado
Dícele Ella plegaria intima
"te amo" dice     	y vuela sobre
todos los tejados
del mundo.
     
    
Imagine un ratón australiano, furia infinita
   de ésa su cópula, frenético jadeo coital (horas y horas roba
   virginidades a cuanta rata atine) imagine su
              		espasmo último, muerto de tal amor, patitas hacia
   arriba, desollado por avispas o -¿mejor?-
   sea la bordada la bordó deidad
   coralina, la que espermatiza océanos desde el trópico al
   polo  y óvulos y esperma por millones lanza -multicolores
   sputniks- y: llévalos de aquiallá el huracán marino (hasta
   que un par de ellos -por milagro- logra instaurar los ópalos
   de la fecundación)
   Muy diverso a ese equidna todo púas, pueril globo lunar
								                                                                    cuyo
    pico un buril será (seductor): mamífero ovíparo,
							                                                            equidna-bebé
    que del huevo insurge traslúcido, baboseando materno
    pezón: adúltase allí el terco, rosáceo mamador:
    nada similar en poético ardor a la mosca tsé-tsé cuando
    gusana (jamás crisálida, pues su progenitora, exhausta,
    trasvásale al nacer litros de sangre sorbidos al
                                        	                   		       buey
    por lo cual: nace ya mosca, sin más, horripilosa
	        drácula del Africa)
    ¿y qué decir de la madre camaleona, verde de ancestral
					                                            hastío,
    forzando los goteantes hijos desde el vientre, sobre
    hojas-cuencos plenas de rocío, para masnunca saber
    después de ellos? Y
    ni hablar de la insensata ñú: eso de alumbrar al
    vástago de pie, útero en lo alto, y
    tropiézase él sin acertar un paso hasta que
    finalmente repte a gatas, diagonal, expuesto
    al depredador que antójele cebarse.
    Las jibias, en cambio (las de Montale) adhieren
    una a otra, vibrátiles ventosas, y surcan sus espermios la
    íntima frontera.
    Líricamente ámanse, procrean.
         
    Así los animales
           su sabio frenesí
    Sólo el humano ama
    y el planeta le estalla en la cabeza.