Jorge Teillier

Directorio Inicio
PALABRAS PRELIMINARES

Teillier íntimo

por Francisco Véjar

       Entre un lord inglés y un boxeador contra las cuerdas, como dijera Jorge Boccanera, era Jorge Teillier. Nacido en Lautaro el mismo día de la muerte de Carlos Gardel, y fecha, además, en que los mapuches celebran el año nuevo. Su lugar de origen fue la Frontera, el pequeño Far West, como le llamaba Pablo Neruda. Esa zona está entre el Bío-Bío y el Toltén. Territorio poblado por colonos (Lautaro fue fundada en 1881). La vegetación virgen había sido desplazada por avellanos, pinos y eucaliptus. El tipo de construcción era europea. Se hablaba tanto en castellano como en francés, inglés y mapuche.

       Un mundo que Teillier jamás olvidó. El universo poético al cual se adhirió siempre está transido de fantasmas, duendes, viejas cajas de música, estaciones de trenes y por supuesto, el sur real e imaginario que vivieron sus antepasados y cuyos sueños, ya muertos, lo acompañaban en el retorno a la provincia. ¿Influencias o afinidades? En algún momento: Mary Webb la novelista de Gales, vecina y folletinista de Dylan Thomas, Knut Hamsum, Selma Lagerlöf y Francis James. Los tiempos cambian pero yo no cambio, solía decir en otro lugar, cuyo nombre era El Molino del Ingenio, campo ubicado entre La Ligua y Cabildo (IV Región de nuestro territorio).

       Ahí se radicó, a lo menos en los últimos 10 años de su vida. En esos predios tenía una pequeña casa de madera que fuera de un molinero muerto. En su pieza, rodeada de una enorme y selecta biblioteca, había puesto en los muros: postales, el equipo de fútbol de Polonia (con un autógrafo del entrenador), el equipo de Francia (sin autógrafo), unos dibujos a pastel hechos por su nieto y una foto de su abuelo francés. A veces estaba gran parte del día en el escritorio leyendo a sus preferidos, Novalis y Hölderlin, ambos románticos alemanes. Cuando estaba en El Molino del Ingenio sus días se repartían entre los pueblos más cercanos. En una oportunidad nos pusimos chaquetas de cuero y sombreros y nos fuimos a recorrer los bares de Cabildo. Le decía a la gente que yo era una persona rica y que había comprado unos terrenos y que iba a organizar unos tijerales a los que invitaríamos a todo el mundo. Entonces nos regalaban whiskyes. En la Ligua en cambio, el bar preferido era el de Don Rocha. Curioso lugar, habitado por espejos y vieja clientela. Sobre una de esas mesas de roble Teillier escribió: "Estoy donde Don Rocha frente a un vaso de whisky. / Sí, nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños y trigales infinitos, de lunas azules y de un tiempo sin tiempo".

       Al describir el campo, donde habitaba, nos dice: "Estoy viviendo frente a un molino y una higuera, como René Char, el último de los grandes surrealistas, el lugar se llama El Molino del Ingenio y fue fundado por Gonzalo de los Ríos, capitán de Pedro de Valdivia, abuelo de la Quintrala, nuestra Marquesa de Sade chilena, que fuera dueña en el siglo XVII de estos dominios, situados hoy día entre La Ligua y Cabildo. La Ligua es un pueblo que vive de los dulces y los tejidos. Existe la mayor cantidad de automóviles per cápita del país, y también la mayor cantidad proporcional de diabéticos. Sólo he encontrado a dos poetas en muchos años. Cabildo es un pueblo de mineros y prostíbulos, con mucho carácter, las carnicerías se llaman "El suspiro", "El pequeñito" y "La caricia". Estoy viviendo frente a un molino, en una casa de madera -como el molino- que es ahora propiedad del Ejército".

       La casa de campo era silenciosa, conversábamos alrededor de dos grandes chimeneas hasta altas horas de la madrugada. Me leía ediciones hechas por él mismo. Recuerdo una en homenaje a René Char, otra en homenaje a Elvis Presley, que según Teillier pertenecía como él a un "Club de los corazones solitarios". Recuerdo poemas inéditos que leía con voz catarrosa, interrumpido apenas por el incesante ruido de una cascada. Lo recuerdo haciendo traducciones de Pink Floyd y observando ensimismado a su gato Pedro: "Sabio budista Zen / que mira la lluvia / porque sabe que la lluvia existe". Creo que era una persona atípica en cualquier lugar del mundo. En el prólogo al libro Muertes y maravillas, sostiene: "no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido, encerrado en una oscuridad sin puerta de escape, que vemos deambular por el mundo literario". Muchos de sus textos los escribía al reverso de sobres de cartas, en servilletas y hasta en carátulas de viejos discos. Desgraciadamente gran parte de esos textos se perdieron para siempre.

       En la ciudad de Santiago frecuentaba el bar de la Unión Chica. Durante años ese lugar se transformó en punto de encuentro de numerosos poetas que buscaban refugio en el interior de sus puertas. Le gustaba La Unión Chica, porque era uno de los pocos bares que había sobrevivido a los años de la dictadura militar en nuestro país. De esa experiencia nació la antología Nueva York 11 que reunía a los asistentes a las tertulias literarias de ese bar. "Somos privilegiados -decía-. Son veinte para las seis de la tarde y estamos aquí en un bar conversando hace tres horas. Sin prisa, sin necesitar nada más que un pequeño estímulo intelectual. No va a haber otros como nosotros en unos años más en Chile (...). Esto es una "aristocracia". Además de estos testimonios quedó un legajo de actas, con poemas, cartas, dibujos y solicitudes de ingreso de nuevos asistentes a las tertulias. Otro de los sitios visitados en Santiago, era "El refugio López Velarde" en la Sociedad de Escritores de Chile, ahí lo conocí junto a Poli Délano. Esa noche nos bebimos varias botellas de vino y se habló del escritor británico, Malcolm Lowry, en Bajo el Volcán. En el "Refugio López Velarde", se juntaba con Rolando Cárdenas, Armando Rubio, Yolanda Lagos Garay y otros poetas.

       En una de sus cartas hace alusión al conocimiento enciclopédico que tenía acerca del deporte y además habla de la ciudades que echa de menos: "No es raro echar de menos Madrid, Calafell, el Escorial. Aquí me consuelo leyendo revistas deportivas (1945: Argentina Campeón de S.A. De la Matta, Mendez, Pedernera, Labruna y Loustau en la delantera). Escribo algunos poemas como quien lanza botellas al mar. ¿Seremos los últimos sobrevivientes que recojan las palabras de la tribu de Eddy, Miloca, Dylan, René Guy Cadou, Rojas Giménez (¡Vivan las arbitrarias mescolanzas!), Cendrars, los tripulantes de Stevenson. Aquí estoy con los niños de Dickens sometido a los padrastros que aman sólo la prosa. Bueno, un abrazo a ti y a los muchachos. No seas grasa y escríbeme. Y no silbes demasiado por las calles". (Santiago del Penúltimo Extremo, 29-VI-1976 (San Pedro y San Pablo. Temperatura máxima 14 grados. Mínima; 2, 5 bajo cero a las 2.30 AM).

       Su opción de vida se adhería a la de poetas como: Serguei Esenin y Dylan Thomas. En ese sentido era incorregible. El poema que mejor refleja esa situación es Pequeña confesión: "Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones. / Me amaron las doncellas y preferí a las putas. / tal vez nunca debiera haber dejado / El país de techos de zinc y cercos de madera. / En medio del camino de la vida / Vago por las afueras del pueblo / Y ni siquiera aquí se oyen las carretas / Cuya música he amado desde niño. / Desperté con ganas de hacer un testamento / -ese deseo que le viene a todo el mundo- / Pero preferí mirar una pistola / La única amiga que no nos abandona. / Todo lo que se diga de mí es verdadero / Y la verdad es que no me importa mucho. / Me importa soñar con caminos de barro / Y gastar mis codos en todos los mesones. / "Es mejor morir de vino que de tedio" / Sin pensar que puedan haber nuevas cosechas. / Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano / Cuando se gastan los codos en todos los mesones. / Tal vez nunca debí salir del pueblo / Donde cualquiera puede ser mi amigo. / Donde crecen mis iniciales grabadas / En el árbol de la tumba de mi hermana" ("Para un pueblo fantasma", 1978).

       Fue por excelencia el guardián del mito hasta que lleguen tiempos mejores. Fiel a sí mismo hasta el último día de su existencia -afirma- : "Mi mundo poético era el mismo donde ahora suelo habitar, y que tal vez deba destruir para que se conserve: aquel atravesado, por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan, según decía una vieja tía; aquel mundo poblado por espejos que no reflejan nuestra imagen sino la del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro, aquel donde tocan las campanas de la parroquia y donde aún se narran historias sobre la fundación del pueblo. La poesía es para mí una manera de ser y actuar, aún cuando tampoco pueda desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para este objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo. Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte".

       Otra de las formas didácticas de enfrentar su trabajo poético, era la de hacer nuevas versiones de obras de otros poetas. Dylan Thomas hizo algo similar al ensayar infinitas imitaciones de autores afines a su universo. Recordemos que el poeta norteamericano Robert Lowell, publicó un libro de poemas titulado: "Imitation", y según algunos críticos es su mejor poemario. Jorge Teillier, no estuvo ajeno a ideas semejantes. Un ejemplo sería la versión que hace a partir de un poema de Czeslaw Milosz, llamado: Canción del fin del mundo. "El día del fin del mundo / La abeja ronda sobre los geranios, / El pescador teje una red luminosa, / En el mar juegan los alegres delfines, / Los tiernos gorriones saltan en el alero / Y luce dorada la piel de la serpiente, / Como debe ser". Teillier después de leer este de texto de Milosz, escribe su poema: Fin del mundo. "El día del fin del mundo / será limpio y ordenado / como el cuaderno / del mejor alumno del curso. / El borracho del pueblo / dormirá en una zanja, / el tren expreso pasará / sin detenerse en la estación / y la banda del regimiento / ensayará infinitamente / la marcha que toca hace veinte años en la plaza. / Sólo que algunos niños / dejarán sus volantines enredados / en los alambres telefónicos / para volver llorando a sus casas / sin saber qué decir a sus madres, / y yo grabaré mis iniciales / en la corteza de un tilo / sabiendo que eso no sirve para nada. / Los amigos jugarán fútbol / en el potrero de las afueras. / Los evangélicos saldrán a cantar a las esquinas. / La anciana loca paseará con quitasol. / Y yo diré para mí mismo: "El mundo no puede terminar. / porque las palomas y los gorriones / siguen peleando por la avena en el patio". (Poemas del país de nunca jamás, 1963).

       Además de los trabajos antes señalados, escribía a lo menos diez versiones de cada uno de sus poemas. En varias oportunidades, encontré versos suyos al reverso de ediciones, como: Alicia en el país de las maravillas. Ahí se leía de su puño y letra: "Nieva / y todos en la ciudad / quisieran cambiar de nombre". "Si el mismo camino que sube / es el que baja / lo mejor es mirarlo desde esta ventana". (Le Monde) "Nada que agregar / a la siesta de la silla de paja / junto a la piedra redonda".

       Era un solitario como Rilke. Esperaba ver de nuevo un ovni, como el que vio al mediodía del mes de enero de 1958. Jugaba ajedrez y apostaba con muy mala suerte a los juegos de azar. Le hubiese gustado estar con Baudelaire, si hubiese dado muerte a su padrastro, el General Aupick, también haber hecho un viaje en velero hacia Chiloé (isla del sur de Chile), y uno en el ferrocarril de Temuco a Carahue, la Ciudad que fue. En el prólogo del libro de Teillier Para un pueblo fantasma (1978), Lafourcade, describe la atmósfera que rodeaba la casa natal del poeta: "Jorge Teillier jugaba al extranjero. No había dudas. -Aquí estuvo el molino -me decía, señalándome unas ruinas- ¡fue el mejor incendio del pueblo, en muchos años....! Jugaba al extranjero cuando todos le iban reconociendo y el: ¡Hola Jorge! se multiplicaba. Lautaro, unos tilos, unos olmos, la plaza, el Kiosco de la banda del regimiento, la novia, el camino circular de las novias, el círculo de tiza de las amadas. Como si acabara de mandarla a hacer, allí estaba otra, la niña blanca, de rasgos aymaraes, y ojos febriles, y boca de pez con sabor a manzanas ácidas.”

       Frío, humedad. El salón de la casa tenía su chimenea apagada. Allí hubo bautizos, santos, cumpleaños, despedidas, llegadas, horas de alegría, los hijos en el colegio, horas de inquietud, alguien enfermo, alguien que no había ido, alguien que no escribía, es Jorge, mamá, que juega a irse, él lo leyó en alguna parte, leyó que no era de este mundo, y, mucho menos de Lautaro. La idea le atrajo y comenzó a desaparecer. Juego peligroso, el de los niños terribles de Cocteau, y mucho antes, ya descrito por “el niño poeta de Charleville”. Yo acompañé a Teillier al pueblo de Lautaro. Corría el invierno de 1994. Estábamos en Temuco, en un encuentro de escritores Chileno-Mapuche. Un día temprano, pasamos al bar del tren y nos desayunamos dos whiskyes dobles. Después de escuchar varias canciones en el Wurlitzer e incluso de apostar a un tema con las manos atrás y decir: "la máquina no nos vencerá", partimos a la ciudad sagrada. El almuerzo fue en el Hotel de France. Luego la inevitable visita al cementerio donde yace su hermana: "Vivo en la apariencia de un mundo / Tú no sabes ni puedes saberlo / Tú no puedes conocer a mi hermana. / Yo mismo apenas la conozco / Porque murió antes de que yo naciera / Y esa llaga adelantó mi llegada. / Por eso crecí antes de lo debido / Y la primavera es una rápida hojarasca / Y el verano un congelado reloj de arena. / Ya sólo puedo yacer en el lecho de mi hermana muerta. / El vacío de mi hermana me sigue cada día. / Cuando yo muera habré muerto antes de su muerte": ("Hermana" del libro de poemas Cartas para reinas de otras primaveras, 1985).

       Poco antes que muriera, en 1996 trabajábamos en su libro de poemas que se llamó: “En el mudo corazón del bosque”. Además preparaba la Antología de poesía universal, traducida por poetas chilenos. Su vida, como siempre, fluctuaba entre la ciudad y el campo. Lo vi a una semana de su muerte. Pensaba viajar a la feria del libro de Buenos Aires. Con Krupskaia (mi mujer), lo acompañamos a elegir una maleta para el viaje. Nos despedimos en el metro de Santiago. Supe que a pocos días de partir para siempre, fue a visitar a la que fuera su segunda esposa, Beatriz Ortiz de Zárate. Llevó Champagne como en los viejos tiempos. Recuerdo que una vez me dijo: "No fue el helado viento / quien marchitó las ramas. / Quien marchitó las ramas / fui yo, que les conté mis sueños". No nos vimos nunca más.

Sobre Francisco Véjar

       El presente trabajo de Francisco Véjar incluye un texto inédito de Jorge Teillier (1935-1996) junto a algunas notas donde se muestran aspectos desconocidos e inéditos de Teillier, con el que Véjar mantuvo estrechos vínculos durante los últimos años del poeta, quien, como se sabe, es considerado una de las figuras destacadas de la generación del 50 junto a poetas de la talla de Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky. Su influencia se hace sentir no sólo en Latinoamérica sino también en Estados Unidos donde han hecho numerosas tesis sobre su obra. Recientemente ha sido publicado en Argentina en una colección dirigida por el poeta Jorge Boccanera. Libros como "los Dominios Perdidos" publicada por el Fondo de Cultura Económica de México ha tenido una repercusión tan grande en México, que autores como Carlos Fuentes han dicho que a quien se debe leer y descubrir hoy en hispanoamérica es a Jorge Teillier, uno de los poetas más genuinos de Chile.

Tomado de Revista de Libros, Empresa El Mercurio S.A.P., Santiago de Chile, 5 de Marzo de 2000

Publicado inicialmente en Banda Hispânica

.

Jorge Teillier
(1935-1996)

POEMAS
Caminatas

					
(Poema inédito de Jorge Teillier,
escrito durante el régimen militar que rigió Chile por 17 años).
Así caminaban el Padre y el Hijo
en los atardeceres de provincia.
Tenían mucho que decirse, pero nada que hablar
en esos atardeceres de provincia.
De la casa natal al cementerio
donde yacían amigos y parientes
era en las vacaciones del hijo
el Padre miraba sus buenas notas.
¿De qué hablaban? Me gustaría recordarlo.
Sólo me acuerdo de que los vi al anochecer
entrando a un clandestino
donde jugaban a la escoba y tomaban cerveza.
Hablaban sin palabras. Su pasos eran sílabas
que rimaban un afán de saberse ellos mismos.
El nunca dijo que lo admiraba
y él nunca lo mostró con orgullo.
Pero estuvieron juntos todas esas vacaciones
y yo acompañé sus lentos y solitarios pasos
desde la casa del Lar hasta el cementerio
y el ritual de cerveza en los clandestinos.
Nunca más los veré juntos. Estoy condenado a muerte
y ellos al exilio. ¿Qué puedo hacer si no
decir que todas las tardes vi caminar a un
Padre con su Hijo?
Andenes

						
Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar el viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario.El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.
Retrato de mi padre, militante comunista

						
En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita "Viva la Reforma Agraria"
o canta "La Internacional"
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo -su héroe de infancia-
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte.

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.
El poeta de este mundo

					
A René-Guy Cadou (1920-1951)
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente,
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía.
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Maulnés
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasserie Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.

En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.

Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco, 
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.

Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
"He visto morir a un príncipe"
dijo uno de tus amigos.

Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
y pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta.

Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
Cuando todos se vayan

						
Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.