José Bergamín

Directorio Inicio
PALABRAS PRELIMINARES

Por Luis Cardoza y Aragón

Del libro Apolo y Coatlicue,

Ediciones La serpiente emplumada

México

1944

      José Bergamín, de quien con razón se espera obra digna de continuar toda una tradición del pensamiento español, hermana de la poesía contemporánea, nos ha dado ya en esta serie de ensayos de los Disparaderos, mucho de los esperado: obra muy cerca de esa poesía y muy lejos de ella al mismo tiempo, como en el propio don miguel de Unamuno, una presencia privativa eslabonada al claro misterio, único y resplandeciente, de la poesía mística española.

      Páginas cargadas de sugerencia, de agudezas y de algo que está más allá del ingenio: la audacia es parte esencial de la sutileza bergaminiana. En cada página encontramos muchísimas provocaciones de todas suertes, auténticas provocaciones. Un hombre que se compromete y se elude al mismo tiempo. Nos atrae y nos choca; nos atrae irritándonos. Pensamos en Ignacio de Loyola, en Maquiavelo (maravillosa "tortuga") y freudianamente pensamos en el propio Bergamín al leer sus comentarios agudos y crueles sobre Baltasar Gracián, heroico, satírico y discreto.

      Hay algo de esas inteligencias en la inteligencia del autor del Disparadero español. A cada momento le oímos hablar al leerle, le vemos sonreír lleno de malicia y exactitud. José Bergamín es cristiano, o mejor, es católico y puede estar en su colección El clavo ardiendo: talentos cargados de angustia y rebeldía. José Bergamín es diabólico. Digámoslo más claro: lo más valioso y lo verdaderamente característico en Bergamín es su diabolismo. Para apagarse la llama de fuego (el rabo ardiendo) se echa pólvora y agua bendita. Su combustión le despedaza como al “torito” de petardos y bengalas en la fiesta popular. Está cargado de explosivos sordos y eficaces, opacos y potentes. Es todo lo contrario a un fuego de artificio. Es su sangre la que se quema. “Dios es un disparate”, afirma este creyente. Y él mismo es otro, naturalmente, y todos los hombres. Un gran disparate es Dios, y en Él cree Bergamín disparatadamente.

      ¿No es el disparate una forma acelerada de la poesía, una vertiginosa síntesis? El diablo también es un disparate, un disparate enorme, maravilloso y hermosísimo, con todo el cuerpo llameante, hecho una antorcha, y no sólo el clavo...

      Un místico fue don Miguel, poeta místico, de los mayores que ha dado España. Místico, tal vez no cristiano propiamente, cristiano a su manera, que, en el fondo y en la superficie, es una de las más cristianas que darse pueda. Un santo laico, un santo anarquista y atrabiliario. Su incertidumbre, su devorante angustia, no se sosiega nunca. El mismo don Miguel nos hace la apología de su fe, firme y segura como la iluminación pauliniana, aunque siempre agónica, firme siempre en su agonía, pero jamás vencida, agonía que es prueba de su vitalidad. Muy siglo de oro y muy moderno, dando bandazos como un pez en el fondo de una barca, deslumbrado por el sol, muy de España en no importa qué tiempo y circunstancia. En el Siglo de Oro, la esencia de España se acendró, se aisló en cristales, y esa esencia, mística y mítica, nacida en la pasión misma por la realidad, desesperada y con un mundo tan propio y tan concreto en su afán que, muchas veces, no es el mundo mismo que pisamos, constituye la razón de ser de la poesía trascendente de ese gran pueblo.

      En José Bergamín de nuevo encontramos esa esencia, y no sólo sobre las huellas de don Miguel de Unamuno y sus antepasados espirituales, sino sobre sus propias huellas, en su camino propio. Sin estas diferencias (necesarias en todo ensayo sobre la obra de José Bergamín) no habría podido nunca interesarme en la medida en que le considero. La desesperación mística siempre sin apaciguamiento, aunque haya encontrado una estrella, la interrogación de siglos, esa interrogación española llena de ceniza y de llanto, de coraje y de sueño, no se amplifica en su voz, sino más bien me parece que en él encuentra una de sus respuestas.

      Una de sus respuestas, cautelosa por su ironía y su gracia, cautelosa y esquiva por su anhelo de ser exacta. Se diría que siempre se elude; mas creo percibir, como obsesión, lo contrario: necesidad de comprometerse, de ofrecer blanco o dar en el blanco. Enriquecido por la experiencia de su maestro Unamuno, frente a su angustia encendida, José Bergamín no se desespera sino que acalla su tumulto, lo gobierna con su fría inteligencia apasionada. Don Miguel es un gran incendio de fervor y de ansiedad: su corazón y cerebro son constante y claramente geniales. El fuego de Bergamín ilumina sin quemar, da luz helada, calcina por su frialdad misma.

      Una de sus respuestas, decíamos, que semejante interrogación no poseerá jamás respuesta satisfactoria, y menos definitiva. Y la respuesta de Bergamín –o lo que se me antoja tal- es, acaso, la recolección que logra de valiosos caminos dispersos, el haz de lanzas que anuda su voz, el cauce que da a un agua olvidada sobre viejos molinos. Pero la gran interrogación, ese diálogo de Don Quijote y Sancho, de Lope y Calderón, no se amplifica en él, sino que se orienta y se ilumina y se recoge con nuevo acento. Acento bergaminiano cuyas características deseo señalar a grandes rasgos. No ha desbordado aquellos amplios márgenes, como don Miguel de Unamuno: ha movido las corrientes, ha regado con ellas su propio huerto –cerrado para muchos, diría Soto de Rojas- y ha desentrañado de la poesía española y de sus propias entrañas, nueva luz en problemas fundamentales de hispanidad.

      Acaso por su inteligencia -¡tan inteligente!- le sentimos siempre recelando inteligentemente de la inteligencia de los demás y constitutivamente de la suya; le sentimos caminar con planta insegura a fuerza de seguridad y de dominio, lleno de complejidad y de ironía, de aparentes y reales contradicciones, porque cualquier materia que se ofrezca a su reflexión se torna en la complejidad misma, ya que le sirve de muro para el rebote de su propia cabeza. Por mi parte, son esa complejidad y esas contradicciones reales e imaginarias, lo que prefiero en José Bergamín, o como él diría, sus disparates. Sin embargo, muy mal lo conocen quienes le imaginan hombre frío, regido por su talento. Se le cree, con frecuencia, un intelectual arquetipo, esa especie de monstruo, con el deterioro consiguiente de gran parte de la condición humana; que una lucidez calculada, fría y metálica, como automática, dirige su pluma y sus resoluciones. Pero, es todo lo contrario. Es hombre de pasiones caprichosas, enredadas, llena de recovecos, como su prosa. Sí, exactamente: escribe con sus pasiones y siempre contra alguien, venciendo alguna resistencia, contradiciendo, oponiéndose a cosas reales o fantasmales que él se inventa. Cuando no arremete contra esto o aquello, le vemos dialogar consigo, dividirse, seguir con minuciosidad un hilo que va enredando o desenredando con fruición, restableciendo relaciones agudas y sinuosas con verdades inesperadas que, de pronto, nos sorprenden y nos dan ganas de ir contra ellas.

      En don Miguel de Unamuno asistimos a un proceso semejante. Nunca podemos decir que don Miguel tiene fe y nunca podemos decir que no la tiene. Carece de ella y la posee al mismo tiempo, no alternamente, sino simultáneamente. No es tortuoso, sino ondulante para ser fiel a sí mismo, apasionadamente creyente como bárbaro recién convertido, José Bergamín se reclina a veces en su catolicismo, es decir, en su diabolismo, resignado a una ineludible fatalidad. Soy católico como quien tiene Wassermann positivo, me dijo alguna vez. Sin duda, es el pecado lo que más le interesa en el catolicismo. El pecado, obra generosa del diablo, ha creado una extraordinaria poesía infinita, en la médula misma de la más valiosa creencia. Porque el pecado no es una catedral, un altar, una custodia, sino una maravilla aparte, interna como la angustia y el amor, de prodigiosa arquitectura imprescindible, fantástica y funcional. ¡Viene a ser la virtud misma, su quintaesencia! El amor; el maravilloso, divino amor carnal, en vez de ser abyecto se inunda de misterio y sombra dulcemente invencible y venenosa. Sólo ese dios, que mata a su propio hijo para salvarnos –sacrificio aún más cruel, infinitamente más cruel que el de Abraham-, podía, en la más tentadora de las formas, saturar la vida con levadura tan fecunda. Sin embargo, su propia iglesia olvida una de sus mayores glorias y la atribuye al eterno y admirable Enemigo. ¿Qué son las catedrales góticas al lado del “no fornicar” sembradas en el hombre, en la tierra definidora y potente de su niñez?

      Sin ese sibaritismo del pecado, Bergamín, hombre carnal de pasión y pasiones, no habría sido católico. Su catolicismo le permite mayores herejías que si hubiese sido sólo cristiano. Le ofrece menú más amplio para satisfacer su necesidad católica de perdición. O de salvación, que el problema del pecado no puede desligarse de la muerte. La muerte llega por el pecado, castigo y liberación. El muero porque no muero no es ansia de pecar incontenible. Y ansia de libertarse. El pecado conduce a dios, por su propio camino, como la virtud. Pecar es morir y la muerte es también pecado, y no sólo el haber nacido.

      El pecado y la muerte obran como elementos reveladores que fijan nuestra sombra en este mundo mortal y amargo en que nos sueña un dios que sueña. El pecado, considerado así cobra belleza sin igual, trascendencia impar y se aleja y se opone de frente a la cristiana noción o idea del pecado, tan cargada de infamia. Esta pasión de Bergamín es a veces amor y otras odio, siempre en manifestación extremada, porque su demonio, todo poderoso, es un dios sin hipocresía.

      El mundo de Bosco, de San Juan de la Cruz, mágicos prodigios en el gran teatro del mundo donde la vida es sueño, el de Goya, el de Picasso, es también el mundo de Bergamín –con sus ciudades laberínticas de cielos de lava, aéreas, subterráneas, submarinas-, profundamente asentado como el Escorial. Disparates de piedra y viento en donde la mística española se vigoriza con la intención contemporánea valiosa por lo que significa como mística: amor del pueblo y su destino, verdad de la sangre bajo el ansia del sueño, hasta constituir -¡qué bien!- algo así tal un mito.

      Su fervor por Picasso, con quien mi inteligencia o, si queréis, mi fantasía, puede crear –o percibir lo creado-, un paralelo con ciertas afinidades, me hace tangible su antigüedad y su modernidad, su ardiente raíz española. En ningún autor contemporáneo, aparte de don Miguel de Unamuno, y no por un rumbo paralelo sino más bien de cruce, de cruz y raya, puedo hallar intención semejante para vivir en esa y por esa tradición, por crearla y recrearla contradiciéndola muchas veces: en Picasso encuentro, en efecto, con claridad concertante, intención parecida, ya cumplida y llevada a su culminación.

      En varias notas he señalado algunos aspectos de lo que para mí es el rasgo fundamental del destino de Picasso: su raíz española, tan bellamente mostrada en la guerra contra su pueblo, y alguna vez espero desarrollar las sugerencias principales que nos propone y dispone este gran tema y pretexto. Se alza ante mí, como obsesión, el españolismo de Picasso; se yergue frente a mí a cada momento, para ayudarme a amar, a gozar mejor de su grandeza. No hace mucho, José Bergamín me decía que estaba por editar con Christián Zervos un volumen sobre el pintor de “Guernica”. Ignoro si el texto que llevará la obra fue escrita por Zervos o por el propio Bergamín; pero, ya que cuando uno escribe sobre poesía (pintura, música, danza...) engendra poesía, creo que este ensayo de Bergamín sobre Picasso –ensayo que tal vez no ha escrito, pero que debe escribir y escribirá- tiene mucho de la vida de su propio ingenio, de su pasión y su esperanza, en un plan no alcanzado por él, sublimado, podríamos decir, exaltado más bien, que esclarecerá la complejidad picassiana de la única manera razonable: sumando nueva complejidad.

      La audacia imaginativa, la creación disparatada de José Bergamín con su mundo tradicionalísimo de ideas y sentimientos, arreglados de nuevo según su voluntad, tiene semejanza con lo realizado por Picasso con sus sueños concretos. Y no es que yo busque parecidos: los encuentro con la misma sencillez con que percibo un pedazo de pan sobre la mesa. La presencia de una sensualidad avasalladora y la presencia de Don Quijote y Sancho; la fiel preocupación inabandonable por lo real, como en Velásquez (maestro de todo lo que se quiera, menos del siempre comentado “realismo” velazqueño); la pasión por la forma y su asunción, más allá de los símbolos (toros, guitarras...); su amor del cielo y de la carne, de la resurrección de la carne y su piedad por el estiércol, le forjó su estilo, como al pintor español.

      Pienso que el mundo de las ideas ofrece más complejidad que el mundo de las formas. Las formas son siempre más claras y precisas, aunque para un pintor como Pablo Picasso no son ideas sólo, sino sueños también, algo mucho más allá de sus límites, de sus volúmenes manifiestos, es decir, su muerte y resurrección, imágenes de un mundo anunciado (un mundo mesiánico es el de Picasso), el que encontrará el mesías a su retorno, cuando caigan las puertas del limbo y las puertas del infierno. Con inteligencia del corazón y la cabeza (con ella sólo podemos llegar a lo que se nos antoje, y lo que ella hace es lo verdadero), descubriríamos nuevos misterios en el cubismo (no queremos explicaciones), y en toda la obra de Picasso (él nunca fue cubista), considerándolo como expresión barroca, desde su nítido origen hasta su desvanecimiento: de sus geométricas, duras formas minerales, hasta sus arabescos vegetales y la blanda, intestinal tristeza animal del surrealismo con sus monstruos de vidrio y humo. Hemos llegado al barroco, o, más bien, a cierto concepto del barroco. Y ahora volvamos a nuestra somera indagación estilística.

      Conversando con José Bergamín, leyéndole, nos damos cuenta de que su estilo es exactamente su forma de pensar y de sentir. Se puede gustar o no de su estilo, pero no se le puede negar. Es, sin duda, uno de los pocos auténticos estilos de la prosa contemporánea española. Habla y escribe como piensa. Su pensamiento crea la forma del vaso que le recibe; se acoplan con suavidad y precisión. Las “irregularidades” de la forma (irregularidades en otro) coinciden con clara exactitud recíproca con la “irregularidades” del pensamiento. A veces establece un sistema de desintegraciones, de maceraciones, como anticipado goce de la inmensa voluptuosidad de la descomposición. Sus meandros, su minucioso laberinto en el cual muchas veces se avanza para retroceder y se retrocede para avanzar, y se gira en torno a una solución sin alcanzarla, con el objeto de volver al principio del laberinto, es su inteligencia misma discurriendo como plata líquida, su sangre misma por las venas y las venas y las arterias de su extraño y complejo mundo españolísimo.

      Escribir con sangre, con la propia sangre. En razón de su función con su pensamiento, con su vida (repitámoslo: el estilo es el hombre), es un estilo, y no una manera. Su estilo es un espejo en el cual, si nos aproximamos, la imagen cobra cuerpo y el cuerpo se anima y se sale del marco.

.

José Bergamín

POEMAS
A UNAMUNO (1926-1966)

la mar, de la que soy
cada vez, más íntimo amigo
M.de Unamuno
A esta soledad a solas
(acantilado en que rompen
los sueños como las olas)
he vuelto para soñar,
como Unamuno soñaba:
la "íntima amistad del mar".
 
Soledad de soledades
de la mar, siembra en el viento
de futuras tempestades.
De los vientos que sembraba
nunca pudo cosechar
la tempestad que esperaba.
 
Y esta mar brava o en calma
acompañó el solitario
diálogo con su alma.
 
Como si la mar no fuera
más que el soliloqueante
soñar de su vida entera.
 
Mar cántabra unamuniana,
vuelvo a ti para encontrar
su íntima amistad lejana.
 
Para volverla a soñar.
AL VOLVER

Aquí nació mi vida a la esperanza
y aquí esperé también que moriría;
ahora que vuelvo aquí, parecería
que el tiempo me persigue y no me alcanza.
 
Detiene otoño el paso a la mudanza
que en la luz, en el aire se extasía;
los árboles son llamas, su alegría
enciende ya mi bienaventuranza.
 
Todo pasó. Todo quedó lo mismo:
como si en este otoño floreciera,
ardiendo en el fulgor de su espejismo,
 
última para mí, la primavera;
abismo del no ser al ser abismo,
la eternidad del tiempo prisionera.
Hensaye, 18, julio, 1966

Publicado inicialmente en Quevedo al Día n°66