José Hierro

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PALABRAS PRELIMINARES

El soplo mágico y ajeno (notas en homenaje a José Hierro)

por Jorge Riechmann

"Llaves de luz y de sombra forjaba,
para entrar donde estaba el secreto, llorando o cantando.
(...)
Hierro contra hierro,
a rítmicos golpes de hierro se fueron borrando."

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       ¿Pero qué necesidad tiene José Hierro de otro homenaje más? Cabalmente está donde debe estar (se diría que siempre supo estar donde debía), cabalmente. Ha obtenido en vida todo el reconocimiento público posible para un poeta y nada de ello se le ha subido a la cabeza. Tiene una conciencia tan lúcida de sus propias limitaciones —después del premio Cervantes, igual que cuando hace un cuarto de siglo escribía aquella breve introducción a su poesía reunida, Cuanto sé de mí— que, desde hace muchos años, no cabe sino asombrarse de la sabiduría socarrona que acompaña a su enorme talento poético.

       ¿Un manchego de Santander, un madrileño de Titulcia, un peatón en Nueva York precisa homenajes? ¿Alguien que, demostrablemente, nunca ha sido "traidor a {su} única patria que es la poesía"? ¿Alguien que, fehacientemente, ha sido capaz de llamar "a las cosas/ por su nombre, aunque el nombre/ rompa el hechizo" a lo largo de toda una vida de hombre, de poeta? ¡Pero si da risa! Y hasta resulta sospechoso. A lo peor éste es uno de esos vergonzosos casos en que algún aprovechado toma fingiendo que entrega; un episodio de carterismo o estafa, semejante a cuando alguien que ofrece en apariencia un tributo está buscando en realidad apropiarse de los carismas del homenajeado.

       Ofrecer una candela para quedarse con la luz de un astro es, en definitiva, miserable. Para desvanecer esa sospecha sólo puedo intentar acercarme a José Hierro con la humildad de la lectura, como un lector más, como bebedor de su agua limpia —"Bendito sea Dios que inventó el agua, / el agua sobre todo"—, después de suficiente despojamiento y ascesis —ojalá suficiente— para disipar la anodina fumarola del reconocimiento social y sumergirnos, si es posible, en el agua profunda de la poesía.

       Pero por otro lado sólo puedo acercarme a Hierro como poeta aprendiz, como artesano que examina la caja de herramientas de su maestro, palpa las bellas formas determinadas por la tarea, encomia las técnicas e invenciones que más útiles le resultaron. El propio Hierro le comentaba a Vicente Molina Foix, en una entrevista de 1998, que "en esto de la literatura pasa como con las mujeres; los mejores críticos son los poetas, del mismo modo que quien más sabe de ellas es el mujeriego. Si uno pudiese hablar con Casanova o con Don Juan, y enterarse de lo importante: “¿Cómo fue? ¿Estaba buena la chavala?” Porque si le preguntas al ginecológo te explicará que las trompas estaban un poco inclinadas, o que tenía una inflamación en la piel... A los críticos no les importa si la poesía está buena o no. (...) Les falta la pasión, y tampoco saben odiar bien, como Juan Ramón o Cernuda en sus críticas". No sé si los mejores críticos son los poetas; sé que no puedo acercarme a esta sierra de hermosas cumbres que es la poesía de Hierro más que como caminante, vale decir como lector y poeta (pero no como crítico docto y desapasionado).

2

       Me parece ingenua y desacertada la idea romántica del poema como autoexpresión. Pues creo que el movimiento del poema no es

dentro --> fuera
sino en todo caso
fuera --> dentro --> fuera

       Y tampoco esto sirve, porque en realidad el movimiento se itera indefinidamente:

... --> fuera --> dentro --> fuera --> dentro --> fuera -->...

       La poesía no es una caja de herramientas para la expresión de valiosos estados internos, sino en todo caso una inapreciable ayuda para la orientación en el "mundo grande y terrible" (Antonio Gramsci). No cesa su vaivén entre lo interno y lo externo, como aguja o lezna que, puntada tras puntada, atraviesa sin parar telas y lienzos y cueros, tendiendo hilos que aproximan a veces lo muy lejano. En una nueva prenda la mano del poeta junta metales disímiles, y a menudo pensamos que se trata de una disparatada extravagancia, y después terminamos apreciando que tan opuestos materiales estaban en realidad destinados a esta belleza nueva. Como las raíces, que son nexos entre la tierra y el cielo, las raíces conectivas, conjuntivas: "Mas de qué sirven nuestras vidas,/ si no enriquecen otras vidas./ Como de un bosque que se incendia,/ quedarían sólo los troncos./ Muertas y ocultas las raíces,/ que casan la piedra y la tierra..."

       En la poesía que más me interesa los problemas que se plantean no son de autoexpresión, sino en todo caso de indagación y manifestación. No seremos ni románticos, ni parnasianos. Si acaso simbolistas, simbolistas no de los del ajenjo en algún arrabal parisino, sino de los que pueden compartir una copa de chinchón seco con José Hierro. En efecto, él ha propuesto alguna vez una clasificación que se me antoja iluminadora: los poetas serían o parnasianos o simbolistas (entrevista con Enriqueta Antolín, 1993). El primero "se coloca delante de un templo griego y alaba su blancura, busca las metáforas más sutiles, las comparaciones más hermosas... Se sabe el poema de antemano”. En cambio "los de estirpe simbolista —entre los cuales me encuentro yo—", precisaba Hierro, "no se saben el poema. El uno, antes de empezar, ya sabe cómo va a acabar. El otro, no."

3

       De otro modo: lo que el poema dice lo sé cuando el poema lo ha dicho, no antes. No se trata de un saber preexistente. "Qué será lo que yo quería decir". "No sé lo que pienso". "Qué dicen las cosas." Hierro ha agrupado su poesía completa bajo el título de Cuanto sé de mí (y no, por ejemplo, Emociones reunidas): los poemas enseñan al poeta lo que éste no sabía sobre sí mismo, y sólo puede saberlo después de haberlos escrito. El poeta —señala Hierro—"escribe para entenderse a sí mismo, que es la única manera de que puedan entenderle los otros, ya que somos una porción de esos otros. De la misma manera que se acepta que sólo es universal y eterno el que es local y muy de su tiempo, ha de aceptarse que sólo puede hablarse a los demás cuando se habla para uno mismo."

       El lenguaje sabe sin duda más que el autor. El poeta habla muchas veces sin saber lo que dice (hasta que lo ha dicho). Pero habla para saberlo, y acaba sabiéndolo al final del poema. Las palabras saben lo que el poeta no sabe. "Uno palpa razones inexplicables, barajando palabras:/ Jamás una palabra es suya." Las palabras no son del poeta: éste es de las palabras. Tampoco la realidad a la que apuntan las palabras es suya: es un "hermano menor de lo que nombra", nunca su dueño. Ni las palabras, ni las cosas y los seres del mundo: el poeta, en rigor, crea desde una menesterosidad extrema.

4

       José Hierro está convencido de que la poesía "se abre desde dentro, cuando ella, y nada más que ella, quiere. El poeta ha de resignarse a acatar sus decisiones, porque la poesía ve más que el pobre pararrayos celeste": y hay que convenir en ello. Pero creo que no traicionaremos esta idea si afirmamos que, por otro lado, el faenar del poeta no es una actividad mediúmnica, de sonámbulo inspirado por no se sabe qué altas potencias, sino una tarea de investigación (indagación de la base y de la cima, proponía René Char). Ponemos así entre paréntesis la idea de inspiración. En todo caso se trataría de una buena respiración, con sus dos momentos necesarios: inspiración y espiración. Si el poeta sólo está inspirado, sin espirar nunca, acaba hinchado como un globo y al final revienta.

       El "soplo mágico y ajeno" no es alguna ocurrencia que nos insufle algún ángel (o daimon) desocupado y flatulento: se trata, literalmente, de la presencia del otro —y de lo otro— en nosotros mismos, presencia que nos es constitutiva (y aquí habría una larga reflexión por hacer sobre lenguaje e identidad humana: quedará para otra ocasión). Lo ha dicho muy hermosamente José Hierro: "Miramos, sentimos y somos/ algo que en nosotros no está:/ el soplo mágico y ajeno/ que los otros seres nos dan./ Cuando uno muere falta al otro/ su hermosa y oscura mitad".

       Y ha explicado, desde el interior mismo de algún poema, cómo es la palabra del otro —en el caso concreto de “Tarde de invierno”, las palabras suspirantes oídas por azar de una "anciana vestida de negro, llena de muertos la mirada"—, entrañada desde siempre dentro de la palabra que nos constituye como hablantes individuales, la que pone en marcha la reflexión, ensoñación o divagación alucinatoria que finalmente cuajará en poema. Poco importa, en estos casos, que se trate de palabras efectivamente proferidas por otro en alguna ocasión concreta, o de palabras presentes de pronto en la conciencia del poeta, y que se le dan como ajenas. Hierro también ha explicado cómo "en mi vida y en mis vivencias, pero sobre todo en la misma elaboración de mi poesía, (...) parto muchas veces de frases no lógicas, que me surgen de repente en el papel o en la cabeza. Y se trata, entonces, de explicármelas, de comprenderlas y comprenderme, de buscar los caminos y las relaciones" (entrevista con Rosa Mª Pereda, 1974).

5

       Mirada crítica: mirada bífida. Ojos partidos en dos, semejantes a los de la serpiente; o facetados como los de ciertos insectos. Por una parte vemos la superficie familiar y confortable de las cosas, el mundo bien conocido dentro del cual nos hallamos —o así queremos creerlo— en casa. Pero simultáneamente, junto a ello, vemos a veces los nexos causales y los vínculos de sentido que ligan esas cosas con todas las demás. Las cosas se nos transforman entonces en tejidos —textos—, redes (por ejemplo de relaciones sociales), y entonces vemos a veces que lo que parecía placidez e inocencia puede estar unido intrínsecamente a lo abominable.

       El paradigma de esta mirada bífida se halla en el análisis clásico de Marx: bajo la superficie de los procesos de trabajo, el pensador de Tréveris desnudó los mecanismos de la explotación capitalista. Pero también un poeta como José Hierro, en el que la potencia visionaria se aúna con un profundo sentimiento del tiempo humano, se ha ejercitado en estos desvelamientos: "A estas aguas les dieron su color/ el óxido y la sangre./ La ría de Bilbao (léase el testimonio/ de don José del Río Sáinz,/ ‘Pick’, poeta del mar)/ es dinamismo y es prosperidad,/ humo, estrépito, hierro. (Y también muerte,/ sudor y sufrimiento.)"

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       Nunca se ha sabido de ninguna letra minúscula que asesinase a nadie. En cambio, las Mayúsculas ostentan un aterrador historial de sangre y crimen. Hierro es, por fortuna, un poeta de minúsculas, de las imprescindibles y anti-ideológicas y cercanas minúsculas. "¡A mí vais a decirme/ que no es la luz que emana de los cuerpos/ el origen del mediodía!". Esta desafiante cosmogonía, nunca más alta que la estatura de un ser humano, es la que nos propone José Hierro: doy fe de su habitabilidad.

       En los 500 ejemplares de tirada del libro de poesía –frente a los 50.000 de la revista de kiosco—se encuentra no la confesión de impotencia, sino la promesa de libertad.

       ¿Los ángeles usan walkman? Nos quedaremos "zurciendo una bufanda/ a la sombra de una lenteja", cerca de Pepe Hierro mientras él nos lo consienta.

7

       Una de las lecciones fundamentales de Hierro es sin duda la espera. No forzar, no tener prisa, no escribir si no hay necesidad real de hacerlo. Veintisiete años entre el Libro de las alucinaciones y la publicación de Agenda; quince años (1975-1990) para la composición de éste último. "Los poemas no hay que ir a buscarlos, sino esperar a que lleguen, a que se haga absolutamente imprescindible escribirlos. La poesía requiere honestidad y calma" (entrevista con Benjamín Prado en 1999).

       Olvido García Valdés cuenta que oyó al poeta sirio Nazih Abu Afash indicar haber creído "que la poesía me permitiría decir lo que tenía que decir sin que la muerte se enterara".

       La frase nos sacude, nos zarandea, percibimos que ahí hay verdad. Una seca y ósea verdad. Pero también pensamos: si interrogáramos al respecto a otro poeta, a José Hierro por ejemplo, o a Antonio Gamoneda, ¿no obtendríamos una respuesta diferente acerca de la relación del poeta con la muerte?

       Probablemente los dos elementos clave en la confesión del poeta sirio son la necesidad del decir ("decir lo que tenía que decir"), así como el emplazamiento del decir frente a la muerte (para que ésta no se entere; o para dormir cerca de ella; o para injuriarla y quebrantarle los miembros; o para alimentarla con frutos; o para apacentar a sus animales; o para negociar sus mercaderías: aquí la situación de cada poeta será diferente), que es tanto como decir: un decir que tiene en cuenta la verdad.

       Una definición posible: poesía es lo que ha de ser dicho. "No podemos pedirle al poeta que haga un tipo determinado de poesía, pero sí que sienta la necesidad de escribir", ha declarado el maestro José Hierro (entrevista con Jesús García Calero, 1998). Al mismo tiempo —y de nuevo le tomo la palabra a Hierro, en una definición que ha repetido muchas veces— la poesía es intentar decir lo que no puede decirse. Lo que ha de ser dicho y no puede decirse: esta casa enigmática es lo suficientemente espaciosa para que en ella habite la poesía, por lo menos durante largas temporadas.

8

       El poeta no es confitero, boticario o perfumista. Los poemas no son vida en píldoras. (Hay más vida en el perrillo persiguiendo la deseada pelota roja de la que nunca seríamos capaces de embutir en muchos libros de versos. "Cuántas amistades se pierden por no tener branquias", se dolía Henri Michaux...). No, lo importante de la poesía está en otra parte, marcha por otros caminos. No las quintaesencias de nada, destiladas en quién sabe qué misteriosas alquitaras. No los "nuevos textos sagrados" escandidos desde cuán espinosas e inverosímiles zarzas ardientes. Sino un rumor dulce y flexible que acompaña, que interroga, que acaricia, que promete, que descree, que se cuela en las junturas, que se diluye en los manantiales, que alivia las inflamadas cicatrices, que ciertamente nombra las "cosas vivas, transitorias" con nombrar perecedero, pero nunca en tono de voz más alto que el que cuadraría en una conversación entre amigos discretos.

9

       ¿Por qué escribir? Hay dos niveles para responder a esta pregunta. El primero resulta obvio: para que me lean, para que me quieran, para orientarme en "el mundo grande y terrible", etc. Todo eso es cierto. Pero si la pregunta se reitera, y si va en serio, hay que contestar: no lo sé. Si lo supiera, probablemente no necesitaría escribir. "Si el pájaro supiese por qué canta, se callaría", pensaba el gran poeta sueco Artur Lundkvist.

10

       Para qué escribir poesía. Me vienen a la cabeza los versos inolvidables de Barry Callaghan: and love is like a silent prayer/ sung by the living/ for the dead. Rememoro igualmente los de José Hierro: "Vivimos y morimos muertes y vidas de otros./ Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos./ Su hondo grito nos pide que muramos un poco,/ como murieron todos ellos,/ que vivamos deprisa, quemando locamente/ la vida que ellos no vivieron." Los poemas: a veces se diría que no son sino canciones para los muertos y conjuros para los no nacidos. Tan inactuales como eso: ¿quién pretendería una eficacia inmediata, mensurable, previsible? Tan solitarios como eso. Pero necesarios, desde luego, tan necesarios. Preguntadles si no a los muertos. Pedid opinión a quienes nacerán.

"Son líneas sin sentido
éstas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea música
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto."

Publicado originalmente en Banda Hispânica

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José Hierro

POEMAS
Cae el sol

						
Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño 
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.
Hablo con la humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor- 
don gratuito, porque nada merecí.

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres, 
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos 
-mínimos, gigantescos, qué más da: 
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme; 
grande puede llamarse a una cereza
("hoy se caen solas las cerezas",
me dijeron un día, y yo sé por qué fue), 
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor.

Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida. 
(Perdóname si considero importante mi vida: 
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos, 
colgado en el vacío,
sin esperanza.)

Pero se me ha borrado 
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).
Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos, 
que conducen a ella. 
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.

Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.