Juan Carlos Lázaro

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PALABRAS PRELIMINARES

Declaración sobre la poesía

      Hay dos temas o acontecimientos para los cuales nunca tendré explicación: el amor y la poesía. Aún así, las siento, las entiendo y las asumo como las dos fuerzas vitales de mi existencia. Tal vez no son dos temas o acontecimientos, sino uno solo que emerge cada día como dos formas de expresión de mi ser. Acaso mediante el amor se explicita mi cuerpo, mi ser físico, el hombre de los cinco sentidos, y mediante la poesía lo hacen mi espíritu, mi emoción, mis nervios. Por esto, quizás, amor y poesía aparecen en mi vida simultáneamente, desde la niñez, con las primeras manifestaciones de aquello que llaman conciencia. La poesía, pues, en mi caso, no es un ejercicio intelectual ni espiritual. Es mi forma de vida. De ahí que nunca me haya empeñado a fondo en colgarme en el pecho el rótulo de poeta y forjarme una carrera literaria. Hago poesía en la misma forma, con el mismo fuego y la misma necesidad con que hago el amor. Su registro en textos, sin embargo, no siempre consigue capturar la intensidad de aquella pasión. Amor y poesía alientan, aún ahora, mi tránsito por el mundo según el sol y la niebla de los días.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació en Lima-Perú en 1952. Es poeta, editor y periodista.

Libros publicados

  • Las palabras, 1977
  • Gris amanece la urbe del hambre, 1987
  • La casa y la hojarasca, 2001

Premios y distinciones

  • Accésit de publicación del premio internacional de poesía “Julio Tovar 2004”, Santa Fe de Tenerife, España, por su libro Migraciones y exilios.

Ediciones

Edita en Lima, Perú, las revistas Hechos & argumentos (política y cultura) y Sol & niebla (poesía).

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Juan Carlos Lázaro

POEMAS
Un pantalón y una camisa

Digan ustedes si existo
o si sólo soy un pantalón y una camisa,
alguien que desayuna y lee el periódico,
que se perturba por el mal tiempo,
y llora inclusive a veces
por cierta necesidad matinal.
Es un asunto de alta metafísica
el que hoy planteo a mis congéneres
porque ya, por tercera vez,
me he sorprendido a mí mismo
comiéndome algunos gladiolos,
amando la pata rota de mi mesa
y preguntándole a Dante
si vio moscas en el Infierno.
Y nadie, ni mi mujer ni mis vecinos,
se conmovió por tanta tragedia.
Digan ustedes si existo
porque también he visto brillar
un sol negro en pleno invierno,
florecer el Edén en las barriadas
más turbias de Lima,
y he escuchado a mi gato rumiar
una metáfora de mister Eliot.
Y nadie, dignísimos lectores,
ni la prensa ni la ciencia,
se asombró de tanto prodigio.
Es así como hoy desafío al mundo
a resolver este asunto de alta metafísica.
¿Existo? ¿Realmente existo?
Cierto es que tengo un rostro,
un nombre, un país, una biblioteca;
que viajo a las provincias en otoño;
que del espacio celeste
prefiero la luna y las estrellas.
Pero siendo como soy,
un hombre triste y sin atributos,
es legítimo que dude
de mi extraña existencia.
La condición humana

Mira esta rata aplastada en medio
de la carretera. Mira sus ojos que aún miran
con espanto el mundo desde donde la miramos.
Es una rata y es una tragedia.

En la morgue están los nuestros:
Humanos con el alma aplastada y la misma
mirada de espanto.

Ratas y hombres murieron anoche
en el más insignificante minuto del planeta,
mientras los sobrevivientes -indiferentes a todo-
bebíamos y tragábamos
en las ciudades y los subterráneos.

Mira esta rata. ¿Te da asco?
¡Su tragedia es algo tan humano!
Casi un nocturno

Los signos ilícitos de la noche
Saint-John Perse

He aquí una muchacha de tersa piel mestiza
que viene a hacer el amor con los árboles,
que enraíza sus pies en el Edén y cuyas gráciles manos
semejan el denso plumaje de los pájaros;
he aquí una muchacha cuyos minúsculos senos
huelen como odres de vino rojo y antiguo,
que se estremece en su lecho de paja
al paso del viento celeste del otoño,
que canta las más intensas romanzas de amor
en el atrio de piedra de las catedrales,
que traga ciruelas y otros frutos,
que lava su vientre hundido
en la orilla neblinosa de los ríos.
Los signos ilícitos de la noche
brillan como lunas llenas en sus ojos
y el rojo de sus labios arde
como un incendio en los bosques.