Juana de Ibarbourou

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DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació en 1892, en Melo, Cerro Largo, Uruguay. Siendo muy joven contrajo matrimonio con Lucas Ibarbourou, radicándose ambos en Montevideo. Alcanzó el éxito desde sus primeros poemarios, Las lenguas de diamante y El cántaro fresco, donde con sencillez y ternura canta al amor y la naturaleza. Luego publicaría más de 30 libros, la mayoría de los cuales fueron colecciones de poesía. Escribió también sus memorias y un libro para niños. Sus últimos libros de poemas, entre los cuales se encuentran Estampas de la Biblia y Perdida muestran un carácter más reflexivo. En Oro y Tormenta expone su punto de vista a la hora de enfrentarse a las enfermedades y la vejez. La llamaban Juana de América por su gran popularidad. En 1947 fue elegida miembro de la Academia Uruguaya de Letras. Murió en 1979.

Premios y distinciones

Entre otros

  • Premio Nacional de Literatura, 1959
.

Juana de Ibarbourou

POEMAS
El dulce milagro

						
¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
Mi amante besóme las manos, y en ellas,
¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el encanto
y de dicha alterno sonrisa con llanto,
y bajo el milagro de mi encantamiento
se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:
-¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
¡Dice que en las manos le han nacido rosas
y las va agitando como mariposas!

¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
un milagro de éstos y que sólo entiende,
que no nacen rosas más que en los rosales!
¡Y que no hay más trigo que el de los trigales!

Que requiere líneas y color y forma
y que sólo admite realidad por norma.
Que cuando uno dice: -voy con la dulzura,
de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me encierren,
que con siete llaves la puerta me cierren,
que junto a la puerta pongan un lebrel,
carcelero rudo, carcelero fiel.

Cantaré lo mismo: -Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
¡Y toda mi celda tendrá la fragancia,
de un inmenso ramo de rosas de Francia!
La hora

						
Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.

Después... ¡ah, yo sé
que ya nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves
que en la enredadera crecerá ciprés?
Como una sola flor desesperada

						
Lo quiero con la sangre, con el hueso,
con el ojo que mira y el aliento,
con la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y preso, 

y con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,
desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su beso. 

Mi vida es de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como una sola flor desesperada. 

Depende de él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
que solo en él respira levantada.
La pasajera

						
    Va la tarde subiendo hacia la noche,
Río opulento y cálido,
Con olor de duraznos y de rosas,
Con rumores de risas y de llantos,
Con el jadeo del miedo,
Con la espiral del canto.

   Navío empavesado que me lleva
A la elevada, misteriosa sombra,
Sin nadie que me ciña la cintura
Con poderosa mano protectora.

   Erguida estoy, sin voz y sin sonrisa,
Blanca en la inmensa soledad nocturna,
Con la brasa del verso en la garganta
Y en el pecho la sed de la aventura.

   Las últimas magnolias del verano
Son el claro escabel de mi fatiga.
La deshilada llama del crepúsculo
Aun se mantiene viva
En la secreta red de las arterias.
Voy al encuentro de las tres Marías.

   Ah qué triste, qué calma y valerosa
Esta mujer que asciende hasta la noche
Sin un temblor, y sola cual si fuese
La pasajera única e insomne.

   Sabe de los encuentros con fantasmas,
Con los ardidos filos del recuerdo
Y las angustias del dolor humano,
Rizadura del grito en el silencio.

   Ha de arribar a la mañana nueva
Desmadejada por el sufrimiento.
Como si hubiera estado en los crisoles
Donde se funde el clamor y el miedo.

   Y bajará llorando de la nave
Porque no pudo vislumbrar el cielo.
De La pasajera