Kakuan
KUO-AN SHIH-YUAN

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PALABRAS PRELIMINARES

Acerca de Los 10 Toros

Prólogo

por Nyogen Senzaki y Paul Reps

      La iluminación que busca el Zen, y por la que el Zen existe, viene del sí mismo.

      En la conciencia no existe el instante sino la continuidad. Pero el hombre físico camina en el tiempo arrastrando los pies, como por el lodo, ignorando su verdadera naturaleza.

      El Zen permite comprometerse con uno mismo y reconocer los pasos sucesivos de la conciencia que conducen, de manera progresiva, al instante de la iluminación.

      De esto trata Los 10 Toros. En siglo XII el maestro chino Kakuan dibujó los cuadros de los diez toros basándose en los anteriores toros taoistas, y escribió los comentarios en prosa y verso. Su versión era puro Zen, yendo más allá de las anteriores. Desde siempre ha sido una fuente constante de inspiración para estudiosos y, a través de los siglos, se han hecho muchas ilustraciones de los toros de Kakuan.

      Todo cuanto se sabe sobre él es que era discípulo de Daizui Genjô (1065-1135). Sus fechas de nacimiento y muerte así como cualquier otra información no son confiables.

      En los dibujos originales de Los 10 Toros se observa un pequeño niño y un buey. Este último es el símbolo del uno mismo esencial que se busca. El pequeño niño también representa al uno mismo, pero del mundo fenoménico, que desea alcanzar al uno mismo esencial —no con conceptos ni pensamientos—, sino su real sí mismo.

      En el mundo de la materia, este pequeño niño está buscando siempre algo. Desea dinero, salud, y fama. Pero la vida es mucho más que todo eso. Cuando se comprende esta verdad, el sí mismo trata de encontrarse, sea a través de la fe o la filosofía, y se esfuerza para crecer y hacer tantos progresos como sea posible.

      Las ilustraciones que comúnmente se reproducen son las versiones modernas de Kyoto tomadas de notas del artista Tomikichiro Tokuriki, descendiente de una larga línea de artistas y propietarios de la casa de té Daruma-do (Daruma es el nombre japonés para Bodhidharma, el primer patriarca Zen). Los grabados son tan deliciosos, sugerentes y al mismo tiempo significativos como deben haber sido los cuadros originales de Kakuan.

      El toro es el principio eterno de vida, verdad en la acción. Los diez toros representan la secuencia de pasos en la realización de la verdadera naturaleza de uno mismo.

      Esta sucesión es tan potente hoy como lo era cuando Kakuan (1100-1200) la desarrolló a partir de trabajos anteriores e hizo sus cuadros de toros. En occidente desarrollamos un trabajo similar ocho siglos después para conservar el vigor de este proceso ilustrado por el toro, tal como en Kyoto hizo Tokuriki ocho siglos antes.

La comprensión del principio creativo trasciende cualquier tiempo o lugar.

      Los 10 Toros son más que poesía, más que cuadros. Es una revelación espiritual que se va manifestando a través de la experiencia humana. Pueda el lector, como el patriarca chino, descubrir las huellas de su potencial interno y, llevando su báculo y el odre de vino de su deseo más profundo, frecuentar el mercado y facilitar la iluminación a otros.

HISTORIAS ZEN

TU LUZ PUEDE APAGARSE

      Un estudiante llegó al Zen como discípulo de Gasan. Cuando unos años más tarde se preparaba a partir, Gasan le advirtió: «Estudiar la verdad por medio de la especulación es útil como un modo de recolectar material para la predicación. Pero recuerda que, salvo que medites constantemente, tu luz de la verdad puede apagarse».

EL QUE DA DEBE SER EL AGRADECIDO

      Durante el tiempo que Seisetsu fue el maestro de Engaku en Kamakura siempre pidió salas mayores, pues aquellas en las que enseñaba estaban abarrotadas. Umeza Seibei, un comerciante de Edo, decidió donar quinientas piezas de oro llamadas ryo para la construcción de una escuela más cómoda. Llevó ese dinero al maestro. Seisetsu dijo: «De acuerdo. Lo tomaré». Umezu dio a Seisetsu el saco de oro, pero no estaba satisfecho con la actitud del maestro. Una persona podría vivir un año entero con sólo tres ryo, y al comerciante ni siquiera le habían dado las gracias por quinientos. «En ese saco hay quinientos ryo», reiteró Umeza. «Ya me lo habías dicho antes», contestó Seisetsu.

      El Emperador observó lo usadas que estaban las ropas de Yamaoka y le dio dinero para que se comprara otras. Pero cuando éste regresó llevaba el mismo traje viejo. «¿Qué ha sido de tu traje nuevo, Yamaoka?», preguntó el emperador. «Di ropas a los niños de Su Majestad».

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