Lêdo Ivo

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PALABRAS PRELIMINARES

Todo son caminos

Jóvenes poetas y prosistas me buscan o me escriben, pidiéndome consejos y alterándome con su aleteo de pájaros jóvenes, aún presos en los nidos. Me reconozco en esas voces ansiosas que creen en mi experiencia, y vuelvo a respirar los días distantes en que buscaba, en la camaradería y orientación de algunas figuras prestigiosas, el camino que en verdad sólo a mí a solas competía descubrir, lejos de impertinencias, y que me ha conducido a esta charanga que precede al polvo.

El camino de cada uno de nosotros es diferente, y aquél a quien buscamos, conminándolo con la pregunta decisiva, sólo puede indicar su propio camino. ¿Qué decir a esos jóvenes desconocidos y ardorosos que, en sus versos enrevesados y en sus prosas todavía soñolientas, esconden el misterio de vidas ávidas y esperanzas desmesuradas? Tal vez el mejor consejo sea éste: No pregunten nada a nadie. Sean como el turista que, perdido en una gran ciudad, acierta por azar, luego de incalculables idas y venidas el camino del hotel. Lo que no encontramos solos, es indigno de nuestra búsqueda. Sean diferentes. Hagan de la transgresión íntima un emblema personal, como esos colegiales impenitentes que, despreciados y compadecidos por sus compañeros porque son los últimos de la clase, guardan sin embargo en sus corazones un tesoro envidiable, una riqueza que durará la vida entera, algo irrestituible como el rumor de la lluvia caída en la infancia.

¿Qué consejos dar a los jóvenes poetas que, en el simple hecho de buscarme y colmarme con el honor exagerado de ser el juez de sus destinos, parecen reconocer en mí la evidencia de un camino resuelto y un destino cumplido y, con sus aires matinales, se convierten en los emisarios de mi atardecer?

"Ecartez tout systeme, écoutez votre vie profonde, vos secrets" (*), este consejo del Barrés glorioso al joven Mauriac principiante, y en el cual vibra toda la sabiduría goethiana, es el más bello que una inteligencia plena y madura puede dar a un aprendiz. Realmente, quien no presta atención a su vida profunda y sus secretos, y se deja oprimir por teorías y sistemas, nada es, artísticamente. La creación poética se inicia en la frontera misteriosa donde las teorías terminan, y desarrolla una vez más la batalla sin fin entre el hombre y el lenguaje, esa cosecha de amor e impostura, cólera e insolencia, nostalgia y esplendor.

Que el joven poeta, que ahora me escribe, aprenda a interrogarse a sí mismo, aprenda a errar hoy, para poder acertar mañana. Llegará un día en que, aplicado a un consejo ahora oído, habrá de añorar los caminos abandonados, como los viajeros acometidos por la nostalgia de los paisajes que se hurtaron a su mirada curiosa. Cuando llegamos al centro de la vida, que es el centro de nosotros mismos, y comenzamos a dudar de nuestras respuestas y a fijar en nuestro trayecto una mirada reflexiva, los consejos recibidos sufren una nueva apreciación. Entonces, responsabilizamos a los consejeros y maestros de antiguamente de nuestros desaciertos y extravíos. Comprobamos que casi nunca nos preciaban, limitándose a descender sobre nosotros una mirada generalizadora, que escamoteaba nuestra singularidad personal, como un etnólogo ante una tribu. Procuraban, esos guías solicitados, distribuir a diestro y siniestro el mismo consejo, la misma verdad absoluta, medicina infalible y triunfante presta a calmar todas las fiebres, como si no fuésemos cada uno diferente de los demás.

En mi caso personal, he tenido la fortuna de ser, en mi aparición, reconocido inmediatamente. Todavía, cuando una conveniencia editorial o una interpelación crítica me obligan a revolver viejos y casi pulverizados recortes de periódico, observo que muchos de los vítores no venían desprovistos del empeño en evitar que yo trillase demasiado camino, y este era, precisamente, el camino de mi singularidad, la vía en que mis pasos en certeros habrían de hallar la confirmación de mi diversidad. Más de una mirada experimentada y profesoral no veía con buen ojo la flor que yo traía en la mano, prefería que ésta llegase vacía, o sosteniendo aquella rosa conocida de todos, y por todos aspirada.

En la década de los 40, había una palabra tan habitual en la boca de los críticos como la propia saliva: despojamiento. Los jóvenes poetas eran conminados a despojarse. La ciudad de las letras amenazaba con no abrir sus puertas a los que osasen entonar algún canto considerado excesivo. ¡Cuántos pavos reales, entonces, no se doblegaron a esa imposición del terror literario, autodesplumándose y mudándose en gallinas grotescas! ¡Cuántas fuentes no se transformaron en grifos homeopáticos!

Presumo tener el derecho de proclamar que no me doblegué a las advertencias y dictámenes de los folletines y suplementos literarios. Continué siguiendo mi camino, aun en los años en que el simple hecho de surcar ciertas rutas constituía una condenación al silencio, una incitación al escarnio e incluso el levantarse, en el costado de mi navío, de cualquier ola inmunda.

En la comedia de la vida, acostumbran a ser aplaudidos los figurantes que se prestan a todos los papeles, a todo aceptan y animan, envaneciéndose de dar asilo a todas las verdades y mentiras. A esas criaturas porosas como el barro, creo preferir aquellos que resisten en sus dudas como la piedra y el hierro. Esto significa que no entiendo que sea infinita mi capacidad de aceptar y comprender, convivir y tolerar. En un mundo en que palabras como diálogo y comprensión viven huidas en las comisuras de tantos labios automáticos, no soy insensible a las virtudes de la incomprensión y de ese calumniado monólogo que, dentro de nosotros, es nuestro diálogo íntimo de hombre a hombre. (Y mentiría si no dijese, aquí, mi convicción de que hay diálogos imposibles: entre el pobre y el rico, el flaco y el fuerte, el casto y el libertino, el creyente y el ateo).

Así, en la antología de jóvenes poetas donde todos son desoladoramente iguales, hasta en el plagio de la imagen descabellada, busco a aquél que es desigual. En la hilera de los que todo aceptan y comprenden, busco la mano dispuestas a levantar el estandarte de la incomprensión o de una nueva y resplandeciente insolencia. En el rebaño de los ortodoxos, mi mirada se obstina en localizar al heterodoxo indeseable. Sé que se esconde siempre, dentro del universo de las rutinas y los aciertos, y que brilla como una estrella, la transgresión que redime, luz de semáforo que, en la oscuridad, está el servicio de la vida y de la esperanza del hombre.

(*)En francés en el original: "Rechaza todo sistema, presta atención a tu vida profunda, a tus secretos" (N. del T.)

 (Traducción del portugués por Amador Palacios).

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Lêdo Ivo nació el 18 de febrero de 1924 en Maceió, estado de Alagoas, en el nordeste brasileño. De aquí marchó a Recife para, posteriormente, instalarse definitivamente en Río de Janeiro, donde reside desde 1943. Estudió para abogado, profesión que nunca ha ejercido, decantándose, sin embargo, por una viva carrera periodística. Desde que en 1944 publicó su primer libro de poemas, As Imaginações, su copiosa obra se ha desarrollado en la poesía, el ensayo y la novela, siendo la más importan te Ninho de cobras (1973).

Lêdo Ivo es uno de los máximos exponentes de la llamada Generación del 45 brasileña, fundando, en compañía, como tribuna de la mencionada generación, la revista Orfeu en 1947.

La poesía de Lêdo Ivo es sencillamente grandiosa, porque todo lo toca, lo canta, lo transgrede, con la cotidianidad del genio. Sus poemas tienen el timbre, el tono de los elegidos, la sabiduría de lo que parte inteligente e intuitivamente de lo próximo, lo local, para alcanzar con destreza, en vuelo imperceptible, lo universal, lo original (es decir, el origen, la verdad que no se cuestiona, el alma verdadera de la poesía). En la poesía de Lêdo Ivo, el contenido y la forma se comunican en constante movimiento y su efecto, su resultado, es la emoción causada en el lector, emoción única y, a la vez, detrás de cada lectura, siempre diferente.

Su libro de memorias Confissões de um poeta (1979), del cual el texto que antecede es su penúltimo capitulo, constituye, además de la prodigiosa descripción del mundo alucinante que atesora nuestro autor, y amén de una poética sorprendente, un auténtico patrimonio de las generaciones venideras, y no sólo de aquellas que tienen como patria la lengua portuguesa.

(Traducción del portugués por Amador Palacios).

Libros publicados

  • As Imaginações (poesia), Pongetti, Rio, 1944.
  • Ode e Elegia (poesia), Pongetti, Rio, 1945; 2a. edição, Orfeu, Rio, 1967.
  • As Alianças (romance), Livraria Agir Editora, Rio, 1947; 2a. edição, Editora Record, Rio, 1982.
  • Acontecimiento do Soneto (poesia), O Livro Inconsútil, Barcelona, 1948.
  • Ode ao Crepúsculo (poesia), Pongetti, Rio, 1948.
  • O Caminho sem Aventura (romance) Instituto Progresso Editorial, Sao Paulo, 1948; 2a. edição, Edições o Cruzeiro, Rio, 1958; 3 a edição, Editora Record, Rio, 1983.
  • Cantico (poesia), Livraria José Olympio Editora, Rio, 1951; 2a. edição, Orfeu, Rio, 1969.
  • Linguagem (poesia), Livraria José Olympio Editora, Rio, 1951; 2a. edição, Livros de Portugal, Rio, 1966.
  • Ode Equatorial (poesia), Edições Hipocampo, Niterói, 1951.
  • Acontecimiento do Soneto e Ode à Noite (poesia), Orfeu Rio, 1951; 2a. edição, Orfeu, Rio, 1965.
  • Licão de Mário de Andrade (ensaio), Servico de Documentação do Ministerio de Educação e Saúde, Rio, 1952.
  • O Preto no Branco (ensaio), Livraria São José, Rio, 1955.
  • Um Brasileiro em Paris e O Rei da Europa (poesia), Livraria José Olympio Editora, Rio, 1955; 2a. edição, Orfeu, Rio, 1968.
  • Uma Temporada no inferno e Iluminações, de Jean-Arthur Rimbaud (tradução), Editora Civilização Brasileira, Rio, 1957; 2a. edição, Livraria Francisco Alves, Rio, 1982.
  • A Cidade e os Dias (crônicas e historias), Edições O Cruzeiro, Rio, 1957; 2a. edição aumentada, intitulada Rio, a Cidade e os Dias, Edições Tempo Brasileiro, Rio, 1965.
  • Magias (poesia). Livraria Agir Editora, Rio, 1960.
  • Use a Passagem Subterrânea (contos), Difusâo Européia do Livro, Sao Paulo, 1961; 3a. ediçâo, Editora Record, Rio, 1984.
  • Paraísos de Papel (ensaio), Conselho Estadual de Cultura, São Paulo, 1961.
  • Uma lira dos Vinte anos (contendo As imaginações, Ode e Elegia, Acontecimiento do Soneto, Ode ao Crepúsculo e Ode à Noite), Livraria Sao José, Rio, 1962.
  • Ladrâo de Flor (ensaios), Elos, Rio, 1963.
  • O Universo Poético de Raul Pompéia (ensaio), Livraria Sâo José, Ric, 1963.
  • O Sobrinho do General (romance), Editora Civilizaçâo Brasileira, Rio, 1964; 2a. edição, Editora Record, Rio, 1981.
  • Estaçâo Central (poesia), Ediçôes Tempo Brasileiro, Rio, 1964; 2a. ediçâo, Orfeu, Rio, 1968.
  • Antología Poética, Editora Leitura, Rio, 1965.
  • O Flautim (antología de contos), Bloch Editores, Rio, 1966.
  • 50 Poemas Escolhidos pelo Autor, Ministério da Educaçâo e Cultura, Rio, 1966.
  • Poesia Observada (ensaios sobre a criaçâo poética), incluindo Emblemas, Paraisos de Papel, Convivências, O Preto no Branco e Liçâo de Mario de Andrade, Orfeu, Rio, 1967; 2a. ediçâo pela Livraria Duas Cidades, Sâo Paulo, 1978.
  • Modernismo e Modernidade (ensaios), Livraria Sâo José, Rio, 1972.
  • Finisterra (poesia), Livraria José Olympio Editora, Rio, 1972.
  • Ninho de Cobras (romance), Livraria José Olympio, Editora, Rio, 1973; 2a. ediçâo, Editora Record, Rio, 1980.
  • O Sinal Semafórico (poesia), incluindo desde As Imaginaçôes até Estaçâo Central, Livraria José Olympio Editora, Rio, 1974.
  • Alagoas (ensaio), Bloch Educaçâo, Rio, 1976.
  • Central Poética (poemas escolhidos), Editora Nova Aguilar, Rio, 1976.
  • Teoria e Celebraçâo (ensaios), Livraria Duas Cidades, Sâo Paulo, 1976.
  • O Navio Adormecido no Bosque (incluindo Ladrâo de Flor a A Cidade e os Dias), Livraria Duas Cidades, Sâo Paulo, 1977.
  • Confissôes de um Poeta (autobiografia), Difel, Sâo Paulo, 1979.
  • O Soldado Raso (poesia), Ediçôes Pirata, Recife, 1980.
  • A Noite Misteriosa (poesia), Editora Record, Rio, 1982.
  • A Ética da Aventura (ensaios), Livraria Francisco Alves, Rio, 1982.
  • Os melhores Poemas de Lêdo Ivo (poesia), Editora Global, Sâo Paulo, 1983.
  • A Morte do Brasil (romance), Editora Record, Rio, 1984.
  • O Menino da Noite (lit. infanto-juvenil), Companhia Editora Nacional, Sâo Paulo, 1984.
  • Calabar (poesia), Editora Record, Rio, 1985.
  • 100 Sonetos de Amor, (poesia), Editora José Olympio, Rio, 1986.

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Lêdo Ivo

POEMAS

LOS CARACOLES
            
Sólo para Dios se abren los caracoles
que encontramos inmóviles sobre la hierba
Nos postramos ante ellos y suplicamos:
¡Hablen! Confíennos ahora el gran misterio.
Explíquennos el secreto de esta jornada
y de este silencio que tanto nos perturba.
            
Sólo los caracoles conocen la causa primigenia
y saben el origen de todo, desde la gran explosión
que creó el universo y aún nos aturde.
Por más que preguntemos ellos nada nos dicen.
Pasan el día quietos en la hierba y ni siquiera nos contemplan.
									
SONETO DE AMOR
											
Dulce fuego de amor, cómo me quemas
y me haces arder entre nieves
como si yo fuera la pálida hoguera
encendida por el sol en la noche breve.
            
Dulce rival del fuego verdadero,
cuanto más embisto contra tus llamas,
ellas se esparcen más en mi cama
y, guerrero, por ti soy guerreado.
            
Más me quema tu frío, más intacto
respiro y te combato; y, fatigado
de la pelea en que me consumes, más descanso.
            
Oculto en las sábanas, fuego de estío,
escurres, alegre y manso como las aguas
el agua serena del amoroso río.
									
CLARIDAD
      
Toda mi claridad es noche oscura,
sol negro desviado por un muro 
blanco de cal, rayo que apaga el sol, 
luz que ofusca, siendo tiniebla y luz.
            
A las estrellas les reclamo que iluminen 
el papel blanco de mi largo día, 
el grafito que ensucie el blanco muro 
del sol que, siendo noche, me alumbra.
            
Cuanta más luz procuro, más oscuro 
me vuelvo en pleno día, y más me asombran 
las sombras que se juntan en el arrebol.
            
Recurro a la noche si quiero mostrar 
las fracturas expuestas de mi ser.
Y si quiero esconderme, busco el sol.
            
LOS CÓMPLICES
            
Cuando voy por estos campos 
un gavilán me acompaña, 
estridente compañía, 
sombra de sueño y de saña
            
Una frontera de sol 
nos mantiene separados: 
al gavilán cielo y nubes, 
a mí las piedras y los arboles.
            
Cada uno en su territorio, 
y la misma intención callada 
en el corazón predatorio.
            
¿A quién herir o matar?
Por mis campos van dos cómplices, 
ambos mal acompañados.
            
EL TROPIEZO
										
 De mañana de tarde 
al caer de la noche 
subiendo la colina 
tropiezo en Dios.
Nada le pregunto. 
Ninguna respuesta 
en la hora espacial 
que pasa en blanca luz 
e incómoda claridad. 
No voy para donde voy 
ni vengo de donde vengo 
cuando subo la colina 
y sin ningún cansancio 
alcanzo la pura altura 
de amor y galaxia
									
EL TRAPICHE
     
Quieres que guarde para ti el rocío.
            
Mas cómo puedo guardar lo que se disuelve 
al sol, como el viento, el amor y la muerte? 
Cómo guardar los sueños que soñamos 
al paso que caminamos despiertos 
en lo oscuro y sin nadie a nuestro lado? 
Y los susurros de labios encantados 
en el otro lado del muro? Y la hierba que se 
esparce 
en la pista del aeropuerto? Y la mancha que 
aparece 
en la cáscara del mango maduro? 
Cómo guardar la brisa sibilante 
en el combés del navío? Y el vuelo del pájaro? 
Y la barca abandonada que atraviesa el río 
y para bajo la cubierta? 
Cómo y por qué guardar un arreo herrumbroso 
y la ceniza "de la hoguera" 
y la lluvia que llovía y el viento que venteaba? 
La nada guardaremos, nosotros que somos 
el depósito de todo, el baúl y el trapiche. 
El rocío; que es eterno, se evapora 
llegada su hora Y nuestros sueños 
nos guardan fielmente en sus sepulcros.
									
SER Y SABER
										
Veía el viento soplando 
y la noche descendiendo. 
Oía el grillo saltando 
en la hierba estremecida.
            
Pisé el agua 
más bella que la tierra. 
Veía la flor abrirse
como se abre la ostra.
            
El día y la noche se unieron 
para ungirme. 
La unión de luz y sombra 
abrazó mis sueños.
            
Veía la hormiga esconderse 
en la ranura de la piedra. 
Así se esconden los hombres 
entre las palabras.
            
La belleza del mundo me sustenta. 
Es el hermoso pan matinal 
que la mano más humilde coloca 
en la mesa que divide.
            
Jamás seré un extranjero. 
No temo ningún exilio. 
Cada palabra mia 
es una patria secreta.
            
Soy todo lo que es partición
el trueno la claridad 
los labios del mundo
todas las estrellas que desaparecen.
            
Sólo conozco el origen:
el agua negra que lame la tierra 
y los cangrejos que me acechan 
entre las raíces del mangle.
            
Sólo sé lo que no aprendí: 
el viento que sopla 
la lluvia que cae 
y el amor.
	(Traducción del poeta venezolano José Carlos de Nóbrega)
 									
SONETO DEL AMANECER
										
El día
sin mancha
que tizne
su albura
            
de cisne
Inmaculado
muro blanco 
blanco
            
de luz 
y cal 
en la pura
            
blancura 
de la mañana 
de sal
Traducción de Jorge Lobíllo 
 									
EL RATÓN DE LA SACRISTÍA
         
Un ratón moraba 
en una sacristía. 
Era un mal católico 
y todo lo roía. 
Sólo respetaba la 
Santa Eucaristía.
            
En un lugar sagrado
justo se escondía. 
Ni el mismo arzobispo 
verlo conseguía. 
De día dormía 
y a la noche roía.
            
Como el propio Dios 
él era invisible. 
A nadie en el mundo 
él se aparecía. 
Padre y sacristán 
siempre lo maldecían.
            
Ninguna ratonera 
ni la misma doctrina 
lograba agarrarlo. 
Huía a los venenos 
como si tuviese 
protección divina.
            
Mal caía la noche 
salía de la madriguera 
y todo lo roía. 
Ni siquiera evitaba 
el pechito santo 
de la Virgen María.
            
Huía a los peligros 
como como el Diablo a la Cruz. 
Qué hambre era la suya ! 
Ni siquiera evitaba 
el dedito del 
Niño Jesús.
            
En una madrugada
cuando él roía 
rico ornamento 
Dios se le apareció. 
Y a la muda censura 
él le respondió:
            
"Nosotros, los roedores, 
vuestro santo nombre 
invocamos siempre. 
Dios sea alabado 
que creó la tierra, 
los ratones y los hombres.
            
Fuiste vos, Señor ! 
Y quien crea un ratón 
crea su hambre, 
su muela del juicio. 
Para que vivamos 
roer es preciso".
            
En silencio Dios 
pesó el argumento 
y para evitar 
su ornamento 
y salvar a la Iglesia 
no titubeó.
            
Quien vive tiene hambre?
Roer es preciso?
Dios no lo hace por lo menos.
Para qué veneno?
Llevó al ratoncito
para el Paraíso.
 Traducción: Samuel Vásquez
 									
LOS POBRES EN LA ESTACIÓN DE AUTOBUSES
   
Los pobres viajan. En la estación de autobuses 
levantan los pescuezos como gansos para 
	mirar 
los letreros del autobús. Sus miradas 
son de quien teme perder alguna cosa: 
la maleta que guarda un radio de pilas y una 
	chaqueta 
que tiene el color del frío en un día sin 
	sueños, 
el sandwich de mortadela en el fondo de la 
	mochila, 
y el sol del suburbio y polvo más allá de los 
	viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el 
	traqueteo de los autobuses 
temen perder su propio viaje 
escondido en la neblina de los horarios. 
Los que dormitan en las bancas despiertan 
	asustados, 
aunque las pesadillas sean un privilegio 
de los que abastecen los oídos y el tedio de 
	los psicoanalistas 
en consultorios asépticos como el algodón 
	que tapa 
la nariz de los muertos.
            
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotescos son los pobres! ¡Y cómo
      molestan sus olores aun a la distancia!
No tienen la noción de lo conveniente, no
      saben portarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo
      irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído e hinchado un hilillo de leche
escurre hacia la pequeña boca habituada al
     lloriqueo.
En los andenes van y vienen, saltan y
     aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas impertinentes en las
     ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con
     aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la
     vida
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas
     extravagantes.
esos amarillos de aceite de dendé que lastiman
     la vista delicada
del viajero obligado a soportar tantos olores
     incómodos,
y esos rojos chillantes de feria y parque de
     diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del
     confort
aunque algunos de ellos tengan hasta televisión. 
Verdaderamente los pobres no saben ni morir. 
(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal 
	gusto) 
Y en cualquier lugar del mundo molestan, 
viajeros inoportunos que ocupan nuestros 
	lugares 
aun cuando vayamos sentados y ellos viajen 
	de pie.
  De "La noche misteriosa"
 Versión de Maricela Terán
									
LOS MURCIÉLAGOS
      
Los murciélagos se esconden tras las cornisas
del almacén. ¿Pero dónde se esconden los 
	hombres, 
que vuelan la vida entera en la oscuridad, 
chocando contra las paredes blancas del amor?
            
La casa de nuestro padre estaba llena de
	murciélagos
colgados, como luminarias, de las viejas vigas
que apuntalaban el tejado amenazado por las
	lluvias.
"Estos hijos nos chupan la sangre", suspiraba
	mi padre.
            
¿Qué hombre tirará la primera piedra a ese
	mamífero
que, como él, se nutre de la sangre de los
	otros animales
(¡hermano mío! ¡hermano mio!) y,
	comunitario, exige
el sudor de su semejante aun en la oscuridad?
            
En el halo de un seno joven como la noche 
se esconde el hombre; en el algodón de su
	almohada, en la luz del farol
el hombre guarda las doradas monedas de su
	amor.
Pero el murciélago, durmiendo como un
	péndulo, sólo guarda el día ofendido.
Al morir, nuestro padre nos dejó (a mis
     ocho hermanos y a mi)
su casa donde de noche llovía por las tejas
	rotas.
Pagamos la hipoteca y conservamos los
	murciélagos.
Y entre nuestras paredes se debaten: ciegos
	como nosotros.
  De "Finisterra"
 Versión de Maricela Terán
									
EL TURISTA
        
En el barco lleno de turistas 
que singla el puerto de Rotterdam 
encuentro a Dios 
y El finge no verme.
            
No me apremia viajar. 
Todos los viajes son inútiles. 
No nos llevan a ningún lugar 
ni nos revelan el otro lado del mundo.
            
Dios, el gran turista, va en el barco 
pero prefiere mirar los astilleros y los remolcadores. 
Tal vez los hombres lo tengan decepcionado 
con sus súplicas sucesivas.
            
El cielo está lleno de imprecaciones. 
Envidio a las gaviotas 
que picotean el agua cenicienta 
-las gaviotas que no necesitan de Dios.
 Traducción de Samuel Vásquez
									
ASILO SANTA LEOPOLDINA
										
Todos los días vuelvo a Maceió.
Llego en los barcos desaparecidos, en los
    trenes sedientos, en los aviones que sólo
    aterrizan al anochecer.
En los quioscos de las plazas blancas pasean
    cangrejos.
Entre las piedras de las calles escurren ríos
    de azúcar
fluyendo dulcemente de los sacos
    almacenados en los trapiches
y aclaran la sangre coagulada de los asesinados.
Así, cuando desembarco tomo el camino del
      hospicio.
En la ciudad en que mis antepasados reposan
      en cementerios marinos
sólo los locos de mi infancia continúan vivos
      y me esperan.
Todos me reconocen y me saludan con
      gruñidos
y gestos obscenos o escandalosos.
Cerca, en el cuartel, la cometa que toca
separa la puesta de sol de }a noche estrellada.
Los lánguidos locos danzan y cantan en la
    escalinata.
¡Aleluya! ¡Aleluya! Más allá de la piedad 
el orden del mundo fulge como una espada. 
Y el viento del mar océano llena mis ojos 
	de lágrimas.
 De "La noche misteriosa"
 Versión de Maricela Terán
									
EL PORTÓN
       
El portón permanece abierto todo el día, 
pero en la noche yo mismo voy a cerrarlo. 
No espero ningún visitante nocturno 
a no ser el ladrón que salta el muro de los 
	sueños. 
La noche es tan silenciosa que me hace 
	escuchar 
el nacimiento de los manantiales en los 
	bosques. 
Mi cama blanca como la Vía Láctea 
es breve para mí en la noche negra. 
Ocupo todo el espacio del mundo: mi mano 
	desatenta 
derriba una estrella y ahuyenta un murciélago.
El latir de mi corazón intriga a los búhos 
que, en las ramas de los cedros, rumian el 
	enigma 
del día y de la noche paridos por las aguas. 
En mi sueño de piedra quedo inmóvil y viajo. 
Soy el viento que palpa las alcachofas 
y enmohece los arreos colgados en el establo. 
Soy la hormiga que, guiada por las 
	constelaciones, 
respira los perfumes de la tierra y del océano. 
            
Un hombre que sueña es todo lo que no es: 
el mar que los navíos dañaron, 
el silbido negro del tren entre hogueras, 
la mancha que oscurece el tambor de 
	querosén. 
Si antes de dormir cierro mi portón 
éste se abre en el sueño. Y quien no vino de 
	día 
pisando las hojas secas de los eucaliptos 
viene de noche y conoce el camino, igual 
	que los muertos
que aún no han venido, pero que saben
	dónde estoy,
cubierto por una mortaja, como todos los que
	sueñan
y se agitan en la oscuridad, y gritan las palabras
que huyeron del diccionario y fueron a
	respirar el aire de la noche que huele
	a jazmín
y al dulce estiércol fermentado.
Los visitantes indeseables atraviesan las
	puertas atrancadas
y las persianas que filtran el paso de la brisa,
y me rodean.
¡Oh misterio del mundo! Ningún candado
	cierra el portón de la noche.
            
Fue en vano pensar, que al anochecer
	dormiría solo
protegido por el alambrado espinoso que
	cerca mis tierras
y por mis perros que sueñan con los ojos
	abiertos.
En la noche, una simple brisa destruye los
	muros de los hombres.
Aunque mi portón va a amanecer cerrado,
sé que alguien lo abrió en el silencio de la
	noche,
y asistió en la oscuridad a mi sueño inquieto.
 De "La noche misteriosa"
 Versión de Maricela Terán
									
NUESTRA SEÑORA DE LA CORRIENTE
										
Sólo Dios y los murciélagos habitan
la iglesia de Nuestra Señora de la Corriente. 
El espíritu invisible recorre los altares 
roídos y el viento de Penedo 
ciega lentamente los ojos de los santos 
que turistas y anticuarios no consiguieron robar. 
Dios es barroco. Dios es como los murciélagos: 
volando en la noche entre los espacios estrellados 
procura chupar la sangre de los hombres 
que ennegrecen el día con sus pecados.
            
En la nave de la iglesia, que el río a veces inunda, 
los murciélagos esconden el cielo alegórico 
eternamente negado a los pecadores. 
¡El negro cielo de los hombres! Bajo el 
	entarimado destruido, 
los ratones se inclinan ante la presencia 
	eucarística. 
Y Nuestra Señora de la Corriente, patrona de 
	ratones y murciélagos, 
entre flores de papel y malolientes velas, 
reparte la soledad divina. 
¡Oh madre de los hombres que como mi 
	propia madre, sonríes 
radiante en tu abandono, ruega por mí!
 De "Finisterra"
 Versión de Maricela Terán