Leopoldo María Panero

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PALABRAS PRELIMINARES

AUTOBIOGRAFÍA

       Desde hace tiempo tengo una mujer, llamada orujo, llamada cazalla. Los alcohólicos necesitamos compañía, pero la bebida nos deja solos. Solos con el amanecer, y con lo que yo he llamado en mis poemas "la jauría atroz de los recuerdos": recuerdos de interminables torpezas, de desastres, de gestos que sólo el alcohol nos hace ejecutar.

       Ahora bien, la locura es no sé si una muerte en vida o un renacimiento. En cualquiera de los casos es un proceso humano y no marciano. Y la psiquiatría es la consideración no humana de lo humano.

       Por el contrario, la literatura moderna es un texto sin nadie, un texto no-humano, pero un texto humano en su proceso de circulación social. Y escribir, ser otro hombre es todo lo que se puede —y ni siquiera eso— en un manicomio, donde se castiga hasta la menor irregularidad, hasta tener pajaritos en la celda, como el hombre de Alcatraz. La carrera moral del enfermo mental, como dijera Erving Goffman, es adelgazar hasta ser sólo un texto de antipsiquiatría y, hablando de paranoia, una maquinaria de tragar veneno.

       Oh viaje difícil, oh labor improbus, oh experiencia límite de aquel que ha cruzado ya el límite. Y así, hasta llegar a la muerte de verdad, como perfecta experiencia límite. Y, siendo Jesucristo, o tal vez sólo un loco como en Ordet, de Theodor Dreyer, resucitar y ser un resucitado, y volver de la nada sin nada de abrigo.

       Ah, el hombre al que nadie quiere, ah, el hombre sin nadie, el borracho en el límite del abismo. Ah, el hombre enemigo del hombre, el hombre que ya no es hombre, sino una equis en la ecuación. Ah, el temor más horrible, más horrible que un ángel es ser un hombre, alguien machacado por la vida, destruido por la letra: hubo aquí alguien que existió y se llamó "Panero".

       Ahora bien, en el tribunal o en la cárcel se puede interponer una suplica, apelar, no así en lo que Foucault llamara el Estado del no derecho, del no ciudadano, del no-hombre o peor, medio hombre: "No hay derecho", como reza un adagio popular, no hay derecho por cuanto no hay humanidad: no hay más que unos hombres reducidos al estado de bestias, en el confín de lo humano, en el límite de lo escrito: y es así que el alcohol, o como aquí lo llaman el alpiste de los pajaritos, es tan obsesivo en los manicomios, porque somos una suerte de medio hombres, un alcohol sobredeterminado, porque en él influye, lo mismo que en el sueño, la desesperación.

       La única revolución posible es la de la locura, si es verdad que, como dijera Rimbaud, hay que cambiar la vida, il faut changer la vie: hay que hacer salir a los muertos de los sepulcros: o, parafraseando a Spinoza, nadie sabe lo que puede la locura. (Spinoza: "Nadie sabe lo que puede el cuerpo")

       Yo soy sólo entre colillas, soy la ceniza del poema en el que no creo, soy la ceniza del verso y del poema, soy el que vive sin tener ya sentido, "celui qui vivrá n'ayant aucun sens", como dice una profecía de Nostradamus, un labio: soy la ceniza del quise ser apagado como una colilla sobre el cenicero, como dije en una entrevista que concedieran al hombre que ya no es Leopoldo María Panero.

       Y es así como firmo mis artículos, pero ya no creo en mí, como si debiera detestarme y ser sólo luz, la luz que nunca sufre, como decía Pedro Salinas. Y tanta cita para enmascarar un hombre que ya no es, que firma artículos con mi saliva, que se devana en el verso muerto, que ya no quiere ser otra vez, como con Francisco, el chulo del señorito, cuya carne comí el otro día; porque eras suave como el peligro, como el peligro de vivir de nuevo.

       Ni una suave emoción aflora en mi rostro, y mis gestos son matemáticos, me comporto como una máquina, como un hombre sin rostro, lamido suavemente por la luna del espejo, por el hombre que es probable que exista, probabilidad de Luis Rosales, probabilidad de los muertos, luna del espejo.

       Y así pasan los días engañando a la nada, engañando al hombre que no existe, y que camina sin piedad sobre la página, mientras arde el mar, y la niebla oculta mi sufrir, poemas del ingeniero, ceniza del sapo, bronce del cadáver.

       Luna rota en el cenicero, mi único ser, mi único espejo, verso rimando el horror de la vida. Un paquete de Camel frente al espejo, mi rostro en un paquete de Camel, oh Vulcano, oh Juliano el Apóstata (I), oh nada del ser que al ser invita, oh Gorgias el sofista, que olvidó el grito de las gaviotas, oh ángel carroñero, espejo único del cadáver, del cadáver sonrosado del idiota. Oh castillo del ser, cadáver que se inclina para mirarme, bajo el ser de la nada, bajo el gusano apolíneo, bajo el rostro del Anticristo: éstas son las últimas palabras de Dutch Shoultz.

       Tengo miedo de mí mismo, soy algo parecido a un verso de mi padre, ah terror del poema, terror del instante en que ya nada queda por escribir, y una mano sale de la tumba, señalando el camino, señalando el camino a nadie, ah boca del poema, humedad del verso, señor de la nada y de las formas, señor tenebroso del dolor.

Publicado inicialmente en Arquitrave

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

       Leopoldo María Panero (Madrid, 1948- ), poeta, narrador y ensayista, autor de una importante y desgarrada obra que para muchos le sitúa a la cabeza de los escritores de su generación. Su primer libro de poemas fue Por el camino de Swan (1968), al que siguió Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973), Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Dioscuros (1982), Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Piedra negra o del temblor y Heroína y otros poemas (ambos de 1992). En prosa ha publicado En lugar del hijo (1972) y Dos relatos y una perversión (1984)

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Leopoldo María Panero

POEMAS
La alucinación de una mano
o la esperanza póstuma y absurda en la caridad de la noche

						
Una mujer se acercó a mí y en sus ojos
vi todos mis amores derruidos
y me sombró que alguien amase aún el cadáver,
alguien como esa mujer cuyo susurro
repetía en la noche el eco de todos mis maores aplastados
y me asombró que alguien lamiese en las costras todavía
tercamente la substancia que fue oro,
aquello que el tiempo purificó en nada.
Y la vi como quien ve sin creerla
en el desierto la terrible sospecha del agua,
la amé sin atreverme a creerlo.
Y la ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
dulcemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.
 
Nu(n)ca

						
Vi cuatro mujeres luchando por los senos de un muerto,
vi cuatro mujeres luchando solas, más tarde,
por la posesión del soplo
y disputando con sus uñas feroces por el Abel Garmín que
abandonaba feliz aquellos huesos.
Hay cuatro mujeres que robaron mi fetidez sensible
y mi podredumbre en el cadáver que aún respiraba lentamente dejando
salir de allí mi alma con su pedo.
Y esos cuatro seres aguardan ahora el resto sanguinolento de mi espíritu
y habito para siempre en la carnicería de sus bocas
y día a día bajo del nido de sus nalgas
para saber entero en lo insensible del tiempo
cuál era el sentido que no aprendí del cielo
como cae debajo la palabra nunca.
 
Huyendo de la muerte

						
Huyendo de la muerte encontré el ciervo
de la locura
irreal para perseguirlo con mi desdicha
con mi desdicha concreta, presente
en donde lavan sus pies los dioses.

La inclusión de los poemas de Leopoldo María Panero en Poéticas es una atención de Harold Alvarado Tenorio http://www.gentecontalento.com/