Lourdes Rensoli Laliga

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DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nacida en La Habana en 1952. Graduada de Filología Hispánica en la Universidad de la Habana, se especializó en Literatura medieval española y en Historia de la Filosofía. Trabajó como profesora de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la mencionada universidad durante 19 años, en los que dirigió el grupo de historia de la filosofía de dicho centro. Entre 1988 y 1998 ha residido en Alemania y España. Actualmente vive en los E.U.

Libros publicados

Filosofía

  • El principio del psiquismo en la filosofía de Leibniz (La Habana, 1983)
  • Historia de la filosofía e historia de la ciencia (2 vol. La Habana, 1984 y 85)
  • Historia de la Filosofía, 1ª parte (La Habana, 1987)
  • Quimera y realidad de la razón: el Racionalismo del siglo XVII (La Habana, 1987), (finalista del Premio de la Crítica en Cuba) en 1988).
  • El positivismo argentino (2 vol. La Habana, 1988)
  • Dimensión histórico-filosófica del problema del hombre (en colaboración con G. Portuondo. La Habana, 1989), edición cubana de la obra de G.W. Leibniz: * Nuevo tratado sobre el entendimiento humano (La Habana, 1988)
  • Antología de Historia de la filosofía (8 vol. La Habana, 1983-1989)
  • Paracelso, alquimista y filósofo (La Habana, 1990)
  • Über das Ideal des philosophischen Lebens bei Leibniz (Studia Leibnitiana. Hannover, 1992).
  • Artículo sobre Roswitha von Gandersheim para el Philosophinnenlexikon (Aachen, 1993)
  • Sus más de 50 trabajos filosóficos, publicados en Alemania, España, México, Colombia y Cuba, han sido recogidos en la Bibliografía Hispánica de Filosofía y en la Bibliografía Leibniziana (Hannover).

Poesía

  • Calenda del mes frío (La Habana, 1989)
  • Júpiter ante el pararrayos (La Habana, 1990).
  • Con pétalos de rosa en mi garganta (Teherán, 1995)

Ensayos

  • Lezama Lima: una cosmología poética (en colaboración con I. Fuentes. La Habana, 1990)

Premios y distinciones

  • En dos ocasiones obtuvo el premio nacional de la crítica literaria en Cuba con trabajos sobre la relación entre filosofía y poesía en J.W. von Goethe (1988) y José Lezama Lima (1991)

Traducciones

  • Del lecho de flores de la princesa Tchandrawati. Leyendas de la isla Mauricio (La Habana, 1987)

Conferencias

  • En España ha impartido conferencias en la Universidad Complutense de Madrid (facultades de filosofía y filología) y en otros centros.
  • En octubre de 1997 fue invitada por el Dept. of Arts. de la S.U.N.Y. University (Buffalo, E.U.), donde ofreció conferencias.

Membresías

  • Pertenece a la "Gottfried-Wilhelm-Leibniz-Gesellschaft" (Hannover) desde 1990, y desde 1991, a la Sociedad Española Leibniz.

Lecturas

  • Ha ofrecido lecturas públicas de sus poemas en España (1992, 1993, 1994, 1995, 1996 y 1997) en diferentes instituciones, y en Cuba (1989 y 1991).

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Lourdes Rensoli Laliga
lrensoli@yahoo.es

POEMAS

SATURNALIA

I - El siervo

         
En los oficios bajos reside mi venganza,
la concesión perenne me ha forjado,
pecaminoso halago vaga por las mansiones
cuando dispongo el día:
me divierto de incógnito.
Sus conciencias denotan el engaño,
sienten ese viscoso fluir de los deseos
de quien se cree dueño de las cosas
sin ocultar de mí sus intenciones.
Soy visto y no advertido.
Esta noche me esfumo.  Les quedará mi máscara
y el temblor de los vientos helados que me rondan.
								
II - El amo
         
Todo está confundido.
Lo que creímos orden se ha tornado contienda,
el íntimo acertijo de todo lo azaroso
escondido a la sombra de follajes triviales.
Desechado lo exótico, se anuncia con clarines
en toda su hermosura.
Majestad de lo turbio, de lo insignificante,
eterno y escondido,
peñascos que sostienen en secreto montañas,
mensajes de lo ignoto
presidirán el vuelco de todo lo posible.
Hoy se revelarán los acertijos:
helo aquí, descubierto, mineral venenoso
simulado entre sartas de piedras de colores.
Preguntadle: su blanca cabellera
doblega a los más fuertes,
en sus frágiles huesos
reside el poderío de la magia.
Reverenciad sus pies,
no nos niegue sus lentas, terribles profecías.
Columnas de irisados espejismos,
de duendes fatigados
ocultan el castigo de presenciar sin velos.
El anciano sonríe.
        
III - Genuflexión
   
La tormenta devasta la pradera,
las raíces monstruosas se fugan en bandada,
bestias enloquecidas braman, corren, aplastan
la hierba, 
los parajes otrora florecidos.
Genio de la venganza rinde culto a sus huestes
con un rito maléfico.
En el jardín del templo de los lares
danzan los celebrantes su muerte prematura
en asombrosa orgía,
adornados con tiaras de esmeralda.
Invocan la presencia
que lenta va marcando sus contornos
con pinceladas negras, cabezas que se hunden.
El viento, desatado, rompe setos de agua,
el tropel no distrae la cadencia,
se doblan las rodillas junto al túmulo
en torno al cual se juega la guerra primitiva.
Piedra de sortilegio, 
ónix fálico
desencadena el rayo.
            
IV - El rey de los locos
        
Todo quedó vacío.
Nada importan la música, las luces,
los colores fantásticos,
el común regocijo de esta noche,
nada cuenta el ensueño permitido.
            
Todo sangra,
de las paredes brotan negros coágulos.
El vientre del paisaje se consume,
sangran los inocentes madrigales,
los vitrales, pequeños vanidosos.
El carro va perdiendo su suspiro,
se vacía,
se carcome de bruma.
            
Cubierto con el manto, en su interior acecha
el mordaz asesino,
el bufón de la muerte
con su cadena de retoños pálidos
y frutas que semejan carne pútrida,
con un tropel de harapos y huesos
irreales, ridículos.
            
Los dientes se proyectan
y caen y se hunden en el suelo.
El sólo reconoce su condena
a presidir la procesión de manchas nada conmovedoras,
de torpes criaturas arrobadas
sin nada que distinga sus nombres ni sus rostros,
sin nada que provoque
una tarde de fiesta ensombrecida,
remedos de quien yace más allá de lo humano,
estela vagabunda, susurrante,
festín de los cebados que miran desde fuera,
carnaval de los locos con un rey sin historia,
incógnita medusa, 
sacro engaño.
            
V - El haba
        
Tarda fiesta de ayer, sin alegría,
con el aire cansado de aquel que largamente
ha aguardado un acaso
que arriba ya partida la esperanza,
y ocupa su lugar en el banquete
con la expresión debida, 
con la sonrisa exacta,
con la palabra justa para cada invitado
(¿quiénes son? ¿quién los manda? ¿a qué han venido?).
            
Y corre la gacela
con mil dardos, estrellas de seis puntas,
clavados al costado,
persiguiendo la muerte en la floresta.
Su postrer estertor sacude al celebrante,
los presentes se vuelven sorprendidos.
El les devuelve calma, neutralidad, pereza
con su pastel de reyes
mostrando como causa del temblor de su cuerpo
el haba, diminuta calavera
con una cruz gamada entre las órbitas.
            
VI - La fortuna
       
Yo soy el dios bifronte,
conozco los caminos que saludan
las ruedas de mi carro,
ante mí se deshacen la soberbia y la ira,
el amor se convierte en lenitivo.
Se desdoblan uniones al paso de mi hoz,
de mi clepsidra incógnita,
en piedad de fingir algún anhelo,
en juegos renovados para estirpes malditas
que se creen lavadas por su falta de culpa.
            
Soy el padre del sol y de la sombra,
de mi melancolía se origina la calma,
de ella la emoción suave y perversa,
de ella el holocausto,
de él el estallido.
Los pasos de mi danza restituyen
el barro primordial.
            
Yo genero el silencio,
yo clamo, acecho, salvo,
pronuncio la sentencia irrevocable,
al momento la burlo.
Mis dos caras disputan, se persiguen, se atacan,
quimera de mi esencia incomprensible.
            
Me escapo de los hombres,
otorgo a quien me porta el privilegio
de la acción incesante,
del combate perpetuo y orgulloso,
del marchar sin fatiga contra el real absurdo.
Humillo sus cabezas
y las ciño más tarde con coronas
que tornan inmortales su memoria y su cuerpo
no su razón, efímera ventura.
            
Soy el desconocido,
recojo las ofrendas cuando nadie me aguarda,
trunco las ceremonias que me invocan,
en su lugar genero pensamientos sacrílegos
que alimenten la angustia de los inmaculados
y cierren al amor las siete puertas
y duerman convertidos en semillas letales.
            
Yo otorgo la virtud, la creación, el canto
a quien mida conmigo su mísera armonía,
precio de su locura.
Mi corona destella con la luz primigenia
y todos me maldicen y me alaban 
sin sospechar que está también previsto.
            
Sé devorar las piedras, mas mis dientes de plomo
se fingen impotentes por amor a los justos
cuya gloria preparo con torturas y afanes
que despojen sus almas de vanidad y apego.
Ellos son avatares de mis manos
para estrechar al cosmos
contra mi corazón impenetrable,
cuyos latidos son revoluciones
de mi rueda infinita.
            
VII - Uno y lo mismo
       
Bosque mudo,
tallos petrificados,
duendes que invernan en su negra fronda,
legado de una estirpe consumida
cuya postrer batalla
detuviera el latir de la floresta
como eterna esperanza,
como aviso:
            
            "Renaceré en un día de nieve y de ventisca,
renaceré en el duro gemir de los volcanes,
mi paso por la tierra
no fue más que un vibrar del arco eterno.
Renaceré sin sol, en lo profundo
donde gélidas fuerzas pugnan por abatirme,
renaceré sin paz para los débiles
pero con el consuelo
de la leche lunar,
de las lanzas de plata
que puedan custodiar las negras bocas, 
pozos emponzoñados.
            
No traeré sonrisas sino trenos
para mi antigua vida.
Será dulce saber del origen del bosque,
de cómo los enanos tallaron sus contornos,
las aéreas raíces que amenazan.
Imitaron el canto de los pájaros
engañando a las bestias,
revelando el camino de los dioses
prestos a renovarse.
            
            
Renaceré en la cima donde luchan
los metales candentes con los hielos.
El vuelo de las aves anunciará mi nuevo despertar,
las vísceras abiertas contarán mi llegada,
será un día grandioso, de victoria,
de asombrosos misterios,
consolará de muertes,
de martirios feroces, prolongados.
            
Será un bálsamo azul,
una vieja promesa florecida
para el postrer guerrero, que aquí yace
bajo las piedras, solo,
tan solo como el trueno que engendrara a sus padres,
que diera a los ancestros las llaves de su mundo.
Descansa aquí, olvidado
hasta un día de gloria."
                                                                    
Esqueléticas ramas se entrecruzan,
descienden las tinieblas,
se cierran los caminos de las combinaciones.
El juego, aletargado, palpita en sus entrañas.
            
Epílogo: Cabra
       
Recordad que he vivido, que he alentado
y de buen grado o no, me he volcado en vosotros.
He recorrido todos los minutos
de vidas infinitas,
he amado los espinos, las sendas escarpadas,
he trepado hasta el monte, a refugiarme
en las más altas grutas
(y mi vista abarcaba vuestros valles,
vuestras viejas aldeas,
siempre allí, a buen recaudo).
Es hora de marchar, del salto último,
del salto hacia el abismo, hacia el torrente.
Cuando encontréis mis huesos,
recordad que he vivido, que he alentado,
recordad que he vivido.
            
Cifra

								
                          Llega siempre el instante de apartarnos
                          de amigos y enemigos,
                          no de partir, sino salir al paso
                          a una presencia muda, casi amable,
                          menospreciable a veces por modesta
                          a no ser esa gélida sonrisa
                          que despierta
                          un horror ancestral en nuestra sangre.

Hay que afrontarla solo: su mirada
no permite terceros. Nos recuerda
muchas veces los actos
de nacer y morir, los más culpables
que nunca disponemos (¿o el olvido
intenta redimirnos de certezas
imposibles de asir, o de un peligro
apenas concebible?) Estamos solos,
siempre lo hemos estado aunque intentemos
protegernos con música y rituales
ligados a la especie
como las estaciones y sus danzas,
como las ceremonias en los ríos y bosques,
que incansables repiten
hasta sugestionarnos
que el universo alcanza con nosotros
su mayor plenitud, que somos parte
de un sistema infinito, que el hechizo
mortal o fecundante, brota de nuestros labios.

Son piadosas
mentiras de la especie, cuyos miembros resaltan
al recorrer temblando esas moradas
de inaccesible origen. Pero algo
queda sin explicar, en un alerta
que nos conecta al pulso de un pasado
presente en cada intento
de apresar un enigma y convertirlo
en fin, en esperanza,
algo que nos carcome los sentidos
al volverse pregunta:
¿Quién nos aguarda entonces a la vuelta
de cada amanecer, de cada espina?
¿quién nos aguarda entonces a la vuelta
de todos los silencios?
y por último,
¿quién nos acompañaba hasta hace apenas
un instante?
¿por qué no recordamos ya su nombre, 
ni siquiera su rostro?
Identidad y límites

							
A mi bisabuelo, el desconocido
¿Quién soy? ¿qué lengua hablo? ¿a dónde marchan
mis pasos extraviados? Mil espejos
han devuelto mi rostro.
Durante largos siglos invisibles
reuní en mis pupilas el misterio del mundo,
esa oculta emoción que me guiaba.
Hoy temo
encontrar demasiadas evidencias
de un pasado que rompa mi ser en incontables
fragmentos casi vivos, como gritos
de perdidas gargantas, con memoria
y plenitud petrificada y pálida.

¿Algún día estos nuevos, acechantes retoños
del corazón dormido
encontrarán su tierra fértil
y tras reconocerla, continuarán su viaje
hacia el nunca-jamás?
                    (No, no lo esperes,
no podrás alcanzarlos,
no lograrás siquiera estar presente, en la quimera).

Noche, bendita noche,
protégeme del torvo
designio de los tiempos, sé mi enigma
y ayúdame a vivir
sin descifrar tus signos ni desafiar
el anhelante cerco de esta niebla
que transforma mis rasgos con cada campanada
del carillón eterno.
Hildegard von Bingen

						
Las luces del crepúsculo bañan el monasterio,
sus tintes apagados envían un aviso
a la dama, mecida por el orbe interior,
acariciada por rabeles, tímpanos,
zampoñas jubilosas.

Traza su mano bellos caracteres
que fijan para siempre sus visiones:
la perenne contienda de vicios y virtudes,
las dos naturalezas, el Maligno.

Doncellas de vestidos impolutos, blanquísimos,
recuerdan lo fugaz de la existencia,
los caminos cerrados en sí mismos, burlones,
la verdad revelada —laberíntica
suma de incertidumbres.

La dama no dormita,
la alegría del ensueño dirige
sus manos afanosas. A lo lejos,
siluetas de labriegos y burgueses
huyen de las tinieblas provenientes del bosque.

A la luz de una antorcha ora la dama:
le pertenece todo, todo el tiempo.
La noche es ilusoria, no le teme,
no hay que tentar al Falso con miedos y desmayos.

El beso de la noche en sus pupilas
se transmite a las manos diligentes:
consejos y leyendas
para cuantos jamás comprenderían
a la dama, flotante en la capilla
entre brumas de incienso
sin planos temporales les dedica sus páginas).

Ella vuela hacia el páramo desierto,
su toca se distingue en la negrura.
Las chozas apartadas han cerrado sus puertas
por temor a la imagen vagabunda
y a cualquier otra ánima.

Ella danza sin que sus pies se apoyen
en las rocas desnudas,
fuegos fatuos la cercan,
suplican sus plegarias. Ella traza
la cruz sobre la tierra poblada de espejismos.

Irreales criaturas la escoltan
en un rayo de luna hasta su celda.
La dama, de rodillas, sonríe mientras fuera
continúa la danza.
GUEMATRIA

						
Cuánto andar, cuánta música olvidada 
al recorrer la tierra, con ayuda 
sólo de las palabras, cuyos signos 
se intercambian, se mezclan y agazapan 
en todas las acciones, 

Se entrelazan en ritmos dentro de cada cuerpo 
y atraen a sus hermanos, en los mares, 
en el caos que resta, silbante en la memoria, 
previo al orden primero. 

O en las casas 

en las que el pan esparce su aroma bienhechor, 
y danzan sin tocarse, unidos para siempre en lo recóndito. 

Cada amor que despierta es el primero; 
cada destierro, el último. 

Un numen, intermedio entre el alma y el ángel, 
ha sembrado la risa, ha impregnado 
de aromas y armonías el desierto. 

Y se esfuma, 
reaparece de pronto junto al lago, 
se refugia en el sueño 
y al retornar, se asombra ante las lágrimas 
convertidas en letras: fuego blanco 
posado en cada rama, en cada fruto, 
en el tronco común que se aventura 
por simas invisibles. 

Cada amor que despierta es el primero; 
cada destierro, el último. 

y el numen se ha dormido 
en los líquidos pétalos del Aleph.
27. VII. 2003