Luis Cernuda

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DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació el 21 de septiembre de 1902 en Sevilla, España. Hijo de un militar, se educó en un ambiente de principios rígidos e intransigentes. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla. En los años 1920 se trasladó a la ciudad de Madrid, donde entró en contacto con los ambientes literarios de lo que luego se llamará la Generación del 27. Recibió influencias de autores románticos como Keats, Hölderling y Bécquer, además de los poetas clásicos. Durante un año trabajó como lector de español en la Universidad de Toulouse. Cuando se proclamó la República se mostró dispuesto a colaborar la búsqueda de una España tolerante, liberal y culta. Durante la Guerra Civil participó en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, y en 1938 fue a dar unas conferencias a Inglaterra, de donde ya no regresó a España, iniciando su exilio. Pasó por Inglaterra, Escocia y, desde 1952, México, país en el que murió el 5 de noviembre de 1963.

Libros publicados

Entre otros

  • Perfil del aire
  • Donde habite el olvido
  • La realidad y el deseo
  • Las nubes
  • Con las horas contadas
  • Desolación de la Quimera
.

Luis Cernuda

POEMAS
Quisiera estar solo en el sur

						
Quizá mis lentos ojos no verán más el sur 
de ligeros paisajes dormidos en el aire, 
con cuerpos a la sombra de ramas como flores 
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta, 
y esa voz no se extingue como pájaro muerto; 
hacia el mar encamina sus deseos amargos 
abriendo un eco débil que vive lentamente. 

En el sur tan distante quiero estar confundido. 
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; 
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. 
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
Te quiero

						
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso; 

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes; 

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas; 

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino; 

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras. 

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
Peregrino

						
¿Volver? Vuelva el que tenga, 
Tras largos años, tras un largo viaje, 
Cansancio del camino y la codicia 
De su tierra, su casa, sus amigos, 
Del amor que al regreso fiel le espere. 

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas, 
Sino seguir libre adelante, 
Disponible por siempre, mozo o viejo, 
Sin hijo que te busque, como Ulises, 
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. 

Sigue, sigue adelante y no regreses, 
Fiel hasta el fin del camino y tu vida, 
No eches de menos un destino más fácil, 
Tus pies sobre la tierra antes no hollada, 
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
Estoy cansado

						
Estar cansado tiene plumas, 
tiene plumas graciosas como un loro, 
plumas que desde luego nunca vuelan, 
mas balbucean igual que loro. 
Estoy cansado de las casas, 
prontamente en ruinas sin un gesto; 
estoy cansado de las cosas, 
con un latir de seda vueltas luego de espaldas. 

Estoy cansado de estar vivo, 
aunque más cansado sería el estar muerto; 
estoy cansado del estar cansado 

entre plumas ligeras sagazmente, 
plumas del loro aquel tan familiar o triste, 
el loro aquel del siempre estar cansado.
Telarañas cuelgan de la razón

						
Telarañas cuelgan de la razón
En un paisaje de ceniza absorta;
Ha pasado el huracán de amor,
Ya ningún pájaro queda. 

Tampoco ninguna hoja,
Todas van lejos, como gotas de agua
De un mar cuando se seca,
Cuando no hay ya lágrimas bastantes,
Porque alguien, cruel como un día de sol en primavera,
Con su sola presencia ha dividido en dos un cuerpo. 

Ahora hace falta recoger los trozos de prudencia,
Aunque siempre nos falte alguno;
Recoger la vida vacía
Y caminar esperando que lentamente se llene,
Si es posible, otra vez, como antes,
De sueños desconocidos y deseos invisibles. 

Tú nada sabes de ello,
Tú estás allá, cruel como el día;
El día, esa luz que abraza estrechamente un triste muro,
Un muro, ¿no comprendes?,
Un muro frente al cuál estoy sólo.
Un español habla de su tierra

						
Las playas, parameras 
Al rubio sol durmiendo, 
Los oteros, las vegas 
En paz, a solas, lejos; 
Los castillos, ermitas, 
Cortijos y conventos, 
La vida con la historia, 
Tan dulces al recuerdo, 
Ellos, los vencedores 
Caínes sempiternos, 
De todo me arrancaron. 
Me dejan el destierro. 
Una mano divina 
Tu tierra alzó en mi cuerpo 
Y allí la voz dispuso 
Que hablase tu silencio. 
Contigo solo estaba, 
En ti sola creyendo; 
Pensar tu nombre ahora 
Envenena mis sueños. 
Amargos son los días 
De la vida, viviendo 
Sólo una larga espera 
A fuerza de recuerdos. 
Un día, tú ya libre 
De la mentira de ellos, 
Me buscarás. Entonces 
¿Qué ha de decir un muerto?
Los fantasmas del deseo

					
A Bernabé Fernández-Canivell
Yo no te conocía, tierra;
con los ojos inertes, la mano aleteante,
lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,
aunque, alentar juvenil, sintiera a veces
un tumulto sediento de postrarse,
como huracán henchido aquí en el pecho;
ignorándote, tierra mía,
ignorando tu alentar, huracán o tumulto,
idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy
a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir. 

Bien sé ahora que tú eres
quien me dicta esta forma y este ansia;
sé al fin que el mar esbelto,
la enamorada luz, los niños sonrientes,
no son sino tú misma;
que los vivos, los muertos,
el placer y la pena,
la soledad, la amistad,
la miseria, el poderoso estúpido,
el hombre enamorado, el canalla,
son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;
mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,
para llevar tu afán que nada satisface. 

El amor no tiene esta o aquella forma,
no puede detenerse en criatura alguna;
todas son por igual viles y soñadoras.
Placer que nunca muere
beso que nunca muere,
sólo en ti misma encuentro, tierra mía.
Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,
rizosos o lánguidos como una primavera,
sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos
que tanto he amado inútilmente,
no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,
en la tierra que aguarda, aguarda siempre
con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos. 

Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes
este mundo divino que ahora es mío,
mío como lo soy yo mismo,
como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,
como la arena, que al besarla los labios
finge otros labios, dúctiles al deseo,
hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos. 

Como la arena, tierra,
como la arena misma,
la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.
Tú sola quedas con el deseo,
con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
enamorados o canallas. 

Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida.