Luisa Futoransky

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DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Luisa Futoransky nació en Buenos Aires, en 1939. Tiene estudios y profesiones varios, algunas pasiones, cada tanto ciertos deslumbramientos, pero su absoluta fidelidad es sólo con la poesía.
La profesión que no desempeñó fue la abogacía. Ejerce el periodismo.
Su gran pasión es viajar, y viaja todo lo que puede.

Libros publicados

Poesía

  • Trago Fuerte, Editorial de la Casa de Moneda. Potosí, Bolivia, 1963.
  • Babel Babel, Ediciones La Loca Poesía. Buenos Aires, Argentina, 1968
  • Partir, digo, Editorial Prometeo, Valencia, España, 1982
  • La sanguina, Ediciones Taifa, Barcelona, España, 1987
  • Cortezas y fulgores, Editorial Barcarola, Albacete, España, 1997

Novelas

  • Son cuentos chinos, Ediciones Albatros, Madrid, España, 1983; 2ª edición, Trilce, Montevideo, Uruguay, 1986; y 3ª edición, Editorial Planeta, Buenos Aires, Argentina, 1992
  • De Pe a Pa, Editorial Anagrama, Barcelona, España, 1986; 2ª edición, Plaza y Janés, ediciones de bolsillo, Barcelona, 2000
  • Urracas, Editorial Planeta, Buenos Aires, Argentina, 1992

Inédita

  • Formosas

Ensayos

  • Pelos, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, España, 1990
  • Lunas de miel, Editorial Juventud, Barcelona, España, 1996, 2ª edición, Espasa Calpe, ediciones de bolsillo, 2001.
  • Crónica de supersticiones, Espasa Calpe, 2002

Premios y distinciones

Condecoración de Artes y Letras de Francia
Becada en: Fundación Guggenheim de Estados Unidos, y del Centro Nacional de Letras de Francia.

Invitaciones

En la Universidad de Berkeley, en California.

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Luisa Futoransky

POEMAS

CARTULINA DE LJUBLJANA

						
       Ljubljana tiene un río. Más bien modesto si lo comparo con las
desembocaduras del Yangtsé o el Río de la Plata pero para río que no es de
desierto y se seca todo el año menos tres días en que arrasa todo porque la 
arena le resbala por el lomo, está normal. Es río para coronarlo de puentes 
breves y atravesarlos con paso de cruzar canal veneciano por pasarelas 
románticas y otoñales.

       Río poco navegable, me parece.

       Me gustan las ciudades con nombres, dinero, consonantes y sonrisas 
incomprensibles.

       Desayuno con achicoria.

       Las cañerías del hotel huelen raro, como mi vecino del avión. De golpe me 
recuerda la ropa interior de algún amante. Ese olor entre húmedo y podrido 
que sobrecoge a la lana una noche, como si la hubiera portado a cuestas un 
siglo un fantasma y no se va nunca de la piel, jamás.

       Parece, parece Praga, por el amarillo, el rosa desvahidos de crema pastelera
de la plaza y los castillos, pero sé que no estoy en Praga.

       Chaparritos, los bolivianos en las ciudades del norte tocan el cuatro, el 
charango, la quena. De preferencia los fines de semana y cerca de los grandes 
almacenes. ¿Cómo llegaron con sus cuecas, sus agudeces, la quemazón de sus 
caras de otros vientos y sus ponchos al centro de Ljubljana? ¿Cuando el 
invierno arrecia dónde emigran? ¿Hacen nido con las cigueñas en los 
campanarios del sur?

       En la gran plaza del mercado muchos puestos venden velas. Cirios de 
colores en plástico rojo, en vidrio blanco con cristos con corona de espinas y 
sangrando. De todos los tamaños. Vírgenes menos.

       Pimientos grandes y brillantes, bordeaux, bermellón, verde delicado en 
guirnaldas, como oriflamas, como joyas. Bananas ensartadas.

       Algunos repiten que las probaron recién después de la guerra, para mí los 
sabores nuevos fueron kiwis, paltas, endivias y chirimoyas.

       Ljubljana la de cera, miel y hierbas.

       Cerca está Celje, quién sabe el castillo de la Bathory, digo quién sabe 
porque las pronunciaciones y los mapas me intranquilizan.

       No toda ruina sombría cobijó serial killers. Te concedo el beneficio de la 
duda, Celje.

       En un kiosko un racimo de hombres come arenques a las nueve de la 
mañana, en otro lugar también del norte vi que se las deslizaban de la mano al 
garguero, como las focas en el zoo, me parece que era un sábado en la calle 
mayor de Estocolmo o de Rotterdam. Pero la gente no hace gracias.

       No me acuerdo que soñé ni desée en Ljubljana. Pero no estoy muy 
segura.
En realidad no estoy segura de nada, salvo de respirar. A veces.
 
ERVINIO DE VENECIA

						
La rosa profunda y oculta de San Marco
borroneada hasta el infinito desprestigio
se desdobla en interminables llaveros de latón, tarjetas desteñidas
pasos que se arrastran, sobacos que huelen podredumbre 
y se maquillan de Chanel número 5 

La boda fugaz era en Torcello
cada dama recibió su ramo níveo y tan fresco 
que dado el centro riguroso del invierno, jazmines y gardenias 
parecían más bien obras debidas a prodigio 
que a fatiga vulgar de los mortales 

Los novios fueron celebrados con salvas de arroz y campanadas
las lámparas se adormilaron y la cera fundida de las velas
guardó lo lagañoso de sus cabos para recomponer anhelos
de puro inconfesables, musitados en sordina
Las ligas de la esposa se salpicaron de coágulos verdastros 
Y un pescador controlaba el orden longilíneo de sus redes

Multicolores, las paredes de Burano
acogían los ojos fatigados de las últimas encajeras
el rumor de los motores se confundía
con el delirio manifiesto de estas manos
que acarician órbitas, cejas peladas
de un nombre desaparecido en los vapores linfáticos
del cementerio Arcangelo Michele

Después de tanta urdimbre y congoja a la deriva 
¡cómo no entrar subrepticia entonces en un sitio de plegarias llamado San Felice!
Sorteaban una lotería en el oficio
y el cura repetía micrófono en mano
que el niño Ervinio había ganado un helado
el muchachito de domingo no conseguía arrancarse 
su máscara antigua de arrebol, detalle cuanto más elocuente 
dada la proverbial palidez de los nativos

Nunca sabré ya cuales fueron los sabores preferidos por el niño 
ni apreciaré con la fruición de un entomólogo
las venillas azulencas del reverso goloso de su lengua
antes de que, como a la mayoría de los ejemplares 
de esta especie, se le vuelva escamosa
inerte y bífida
hasta la resurrección de la carne
y olvido para siempre del escarnio.

Funesto el roce impío del adiós, Ervinio.
 
DENTADURA

						
Batallas sangrientas, perdidas de antemano por cada una
de mis muelas y mis dientes
un mapa con banderilleo de privaciones y cercenamiento
cuyas trazas se pierden
en las mismas, reiteradas escaleras
que conducen a idénticos tronos
de aprensión, oprobio
y pánico

Carradas de nombres, moldes en yeso vaciados de significado
como maxilares caninos molares
para quedar con una sola referencia elemental:
los de adelante, los de atrás
los de arriba, los de abajo; 
como los primeros pasos de Buda
desnudo
en el mundo
hostil

Incisivos de vampiro de morsa
roedores  
caricaturas, puertas primeras que revelan
a los hombres
del poder

Romper/ no romper
rechinar
los dientes

Oh! mis dentistas con sus pinzas
gasas
jeringas
puentes
coronas
falsas anestesias del mundo entero
manos singulares que me arrancaron
una a una las raíces del juicio
y cada tanto, a falta de tantas cosas
me prescriben tabletas que adormecen
bacterias sin sosiego

Encías
residuos
sueños

Refulgente
la sonrisa kolinos
o colgate
brilla desde nunca
por su permanente
ausencia
Arles, enero 3, 1995
 
INSOMNIO EN LA RUE DE CHARENTON

						
los ruidos amigos que me tienden habitantes desconocidos
el repartidor de diarios a las 3,35
el repartidor de lácteos  a las 4,15
el repartidor de pan a las 5,40

la vecina que orina
el amante que parte
los cirujas que revisan los tachos de basura
 
MANITAS Y TORTITAS

						
       Los hamsas, de hamesh, que en lenguas semíticas equivale a
la cifra cinco, son amuletos con forma de mano, usados en 
Marruecos y otras regiones levantinas contra calamidades, 
encantamientos, malos espíritus o esterilidad.

       Preservan a los portadores en sus viajes —de los bandidos y 
piratas, por ejemplo—, les aseguran bendiciones y éxito, 
despiertan en los otros buenos deseos o amor.

       Manita manita, yo quiero ser papel secante para leer del revés 
las verdaderas intenciones de su mano, las obras de su alma y si 
le falto, cuánto.

       O si no, concedeme medir mi riqueza como un guerrero taino, 
por el número de banquitos que poseo para sentarme y tener uno 
para cada día de la vida y esperarlo como si fuera cierto que "no va 
a dejar sola a su pobre Lou".

       Pero en vez de eso soy tan solo un estuario nocturno, loca 
contra el arrecife de abandono y, encima, batiendo palmas, 
canturreando:

Tortitas de manteca, 
tortitas de cebada, 
mamita me da la teta, 
papito no me da nada.
 
LA SIN TIEMPO

						
deshice casas
perdí bibliotecas
me fui con lo puesto
en una valija
dos valijas
tres
indivisible
la trinidad
es

lágrimas
patitas
para qué te quiero

las actrices pobres y viejas
terminan sus días emparedadas
tomando mate
en un asilo temible
la Casa del teatro

¿Acaso no matan a los caballos?
 

Los poemas incluidos en esta antología abarcan un arcoiris que va de 1963 a 2001