Murilo Mendes

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PALABRAS PRELIMINARES

AFORISMOS

Selección, traducción y nota de Rodolfo Alonso

       Durante 1922 estalló en Sao Paulo, por entonces apenas una ciudad de provincias, el legendario movimiento modernista brasileño. Auténticamente vanguardista, fue en realidad la antípoda de su homónimo, el modernismo hispanoamericano. Adelantado a las grandes corrientes europeas (el surrealismo iba a tardar, por ejemplo, todavía un par de años en concretarse), no sólo marcó por eso en forma ineludible, orgánica, su carácter latinoamericano sino también porque, siendo estéticamente de avanzada, supo investir al mismo tiempo una revalorización y hasta una potenciación de los valores más hondos de su comunidad, de su país y de su cultura.

       Dentro de ese grupo de brillantes artistas, donde fueron mucho más numerosos los grandes poetas (Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira, Cecília Meireles, Augusto Frederico Schmidt, Vinicius de Moraes), se destacó una voz lírica excepcional: Murilo Mendes (1901-1975). Cristiano de fondo, contradictorio y ejemplar, antifascista convencido, defensor de la liberación social y de la democracia amenazada, enemigo jurado del prejuicio y de la hipocresía, apasionado y lúcido, categórico y tierno, capaz de humor y de lirismo, de sensualidad y de mística, concretó varios memorables libros de poesía (Historia del Brasil, Tiempo y eternidad -en colaboración con Jorge de Lima-, La poesía en pánico, El visionario, Las metamorfosis, Mundo enigma, Poesía libertad, Ventana del caos, Contemplación de Ouro Preto, Siciliana, Tiempo español, entre otros). En 1944 reunió, en El discípulo de Emaús más de setecientos cincuenta aforismos, en su enorme mayoría de una agudísima y visionaria percepción y que, si bien nos revelan claramente su espíritu y sus relaciones con su época, siguen teniendo hoy por lo general honda vigencia, en muchos casos quizá más bien como inquietudes antes que como asertos, pero siempre contagiando una sincera, conmovedora y saludable, humanísima sed de absoluto. De ese mismo volumen, inhallable entre nosotros, se han seleccionado los traducidos a continuación.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

       Poeta brasileño nacido en Juíz de Fóra (Minas Gerais) en 1901, y muerto en Lisboa en 1975. Su extensa obra poética, lo sitúa entre los nombres más relevantes de la literatura brasileña. Publicó, también, numerosos artículos sobre artes plásticas y literatura.

Libros publicados

  • Poemas, 1930
  • História do Brasil, 1932
  • Tempo e Eternidade, 1935 (en colaboración con Jorge de Lima)
  • A poesia em pânico, 1938
  • O visionário, 1941
  • As metamorfoses, 1944
  • Mundo enigma e os 4 elementos, 1945
  • Poesia liberdade, 1947
  • Janela do caos, 1949
  • Contemplação de Ouro Preto, 1954
  • Poesias -1925-1955-, 1959
  • Siciliana, 1959
  • Tempo espanhol, 1959
  • Convergência, 1970
  • Poliedro, 1972
  • O menino expermiental, 1979
  • Janelas verdes, 1989
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Murilo Mendes

POEMAS
Lamento del poeta actual

						
Me dieron un cuerpo, sólo uno 
para soportar callado 
tantas almas desunidas 
que chocan unas con otras 
de tan variadas edades; 
una nació mucho antes 
de que yo apareciera en el mundo, 
otra nació con este cuerpo, 
otra está naciendo ahora, 
hay otras, ya ni sé bien, 
son mis hijas naturales, 
deliran dentro de mí. 
Quieren cambiar de lugar, 
cada una quiere una cosa, 
ya no tengo más sosiego. 
Oh Dios, si existes, junta 
mis almas desencontradas. 
De O visionário, 1941
Traducción de Rodolfo Mata
El taxi

						
Mi lengua rompió mi pelo delicado 
hasta erizarte los huesos 
de esas piernas tuyas 
que invenciblemente me abrazaron. 
Y el hombre del taxi volandero 
que arrasaba las calles 
buscando un hotel 
se fue de los espejos despreció los silbatos los semáforos 
eligió otros rumbos y a la puerta de su casa nos puso exactamente. 
Ah Erótica mía 
recuerdas que bajamos 
repletos de música y zumbidos 
tú ibas saltando en un zapato mío 
yo tenía en el pecho tu suéter de miel. 
El señor del taxi 
nos trajo dos copas amarillas de ron: 
después que bebimos 
supo desnudamos con un gesto 
de hambre global. 
Erótica mía 
nos condujo a su cama 
de ropas alteradas 
periódicos cenizas cuerpo en soledad. 
Y así fue Erótica mía 
que ejercimos nuestra esgrima inevitable 
en aquel territorio 
sin noche ni sol. 
El señor del taxi observaba la espuma furiosa 
que rompía las puertas 
y rasgaba la pared. 
Nos esperó sentado 
en su barco de ruedas 
como un almirante 
besado por el mar.
Jandira

El mundo comenzaba en los senos de Jandira.

Después surgieron otras partes de la creación:
Surgieron los cabellos para cubrir el cuerpo,
(a veces el brazo izquierdo desaparecía en el caos).
Y surgieron los ojos para vigilar el resto del cuerpo.
Y surgieron sirenas de la garganta de Jandira:
El aire entero quedó rodeado de sonidos
más palpables que los pájaros.
Y las antenas de las manos de Jandira
captaban objetos animados, inanimados,
dominaban la rosa, el pez, la máquina.
Y los muertos despertaban en los caminos visibles del aire.
Cuando Jandira peinaba su cabellera...

Después el mundo se develó completamente,
se fue levantando, armando de carteles luminosos.
Y Jandira apareció entera,
de la cabeza a los pies.
Todas las partes del mecanismo tenían importancia.
Y la muchacha apareció con el cortejo de su padre,
de su madre, de sus hermanos.
Ellos obedecían las señales de Jandira
que crecía a la vida en gracia, belleza, violencia.
Los novios pasaban, olían los senos de Jandira
y eran precipitados en las delicias del infierno.
Ellos jugaban por causa de Jandira,
dejaban novias, esposas, madres, hermanas
por causa de Jandira.
Y Jandira no había pedido nada.
Y se vieron retratados en el diario
y aparecieron cadáveres flotando por causa de Jandira.
Ciertos novios vivían y morían
por causa de un detalle de Jandira.
Uno de ellos se suicidó por causa de la boca de Jandira.
Otro, por causa de un lunar en la mejilla
izquierda de Jandira.

Y sus cabellos crecían furiosamente con la fuerza
de las máquinas;
no caía ni una hebra,
ni ella las recortaba.
Y su boca era un disco rojo
como un sol mínimo.
Alrededor del aroma de Jandira 
su familia andaba atolondrada.
Las visitas tropezaban en las conversaciones
por causa de Jandira.
Y un sacerdote en misa
olvidó hacerse la señal de la cruz por causa de Jandira.

Y Jandira se casó.
Y su cuerpo inauguró una vida nueva,
aparecieron ritmos que estaban de reserva,
combinaciones de movimiento entre las caderas
y los senos.
A la sombra de su cuerpo nacieron cuatro niñas
que repiten 
las formas y las mañas de Jandira desde el
principio del tiempo.

Y el marido de Jandira
murió en la epidemia de gripe española.
Y Jandira cubrió la sepultura con sus cabellos.
Desde el tercer día el marido 
hizo un gran esfuerzo para resucitar:
No se conforma, en el cuarto oscuro donde está,
con que Jandira viva sola,
que los senos, la cabellera de ella trastornen la ciudad 
mientras él se queda allí paveando.

Y las hijas de Jandira
todavía parecen más viejas que ella.
Y Jandira no muere,
espera que los clarines del juicio final
vengan a llamar su cuerpo,
pero no vienen.
Y aunque viniesen, el cuerpo de Jandira
resucitará todavía más bello, más ágil
y transparente.

De La virgen imprudente y otros poemas, Calicanto, 1978

Publicado inicialmente en
La Máquina del Tiempo