Norma Segades - Manias

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PALABRAS PRELIMINARES

Definir la poesía

Prólogo del libro El amor sin mordazas

      La vida acecha, a diario, las fibras sensitivas; despliega ante nosotros sus infinitas intemperies, asedia el alma desde todos los flancos, embiste las palabras en desorden hasta los huecos duros del silencio, asciende a las cenizas enlunadas o desgarra con zarpas de tinieblas y a veces, sólo a veces, nos deja vislumbrar el fugaz centelleo de un reflejo en lejanos azogues. Entonces conocemos la poesía.

      Fue creada en el instante del trueno y los presagios, de la verde llovizna y la tierra encrespada; una dríada salvaje que atravesó los cauces seminales del origen para engendrar, en cada ser viviente, la liturgia alfarera de sus voces.

      Es inasible y casi inexplicable. Se oculta en nuestras íntimas callejas, en guaridas de cuarzo subterráneo, va transmigrando, clandestinamente y un día, sin aviso, nos invade.

      Y aquellos que pudimos ser aristas, alambres, filos, dagas, esqueletos de ortigas, somos vasijas, cántaros, vertientes, úteros torrenciales donde el verbo despeña sus sílabas azules; zarzas avasalladas por decisión de un fuego que nos revela brillos dormidos en la escarcha, las duras cicatrices que clavan dentelladas, los aullidos mecánicos perforando la noche, las hojas que destierra en su agonía la cintura inocente de los plátanos, la carne mutilada, el largo luto de las muertes largas... Y aquellos que pudimos ser gárgolas de piedra, patrimonio del odio o de la cólera, arquitectura de indolencia o páramo, heredamos este espacioso oficio de traducir vocablos fugitivos, erigimos la claridad fecunda del lenguaje, diseminamos sus simientes grávidas.

      Venimos de distintas geografías. Nos mecieron en cunas impregnadas con humildes cadencias de maderas o en la dorada asepsia de los bellos metales. Venimos de muy lejos; de hedores o fragancias, pedregales o rosas, goteras, seda, encaje o desamparo. Por eso, cada poeta la ama, la seduce, la interpreta y la expresa en ese original abecedario que le dicta su sangre. Y ella congrega por igual el pan y las corolas, la sangre y el otoño, el rocío y el hambre, el frío, el horizonte, los harapos.

      En mi opinión, es fuerza y testimonio. No le calzan las hipocresías ni las falacias ni la indiferencia. Reclama exactas proporciones de cielos transparentes y légamos descalzos. Porque, ¿qué sentido tendría la espesura final de la belleza si no prevalece en ella la mirada del hombre, esa efímera huella de la estirpe? ¿Cuál sería, entonces, el idioma del aire, del sol, de la distancia?

      Ser poeta no es sencillo. Hay que asumir un compromiso, establecer un pacto con la autenticidad, abatir cada puente levadizo y permitirle entrar a saco en nuestros calendarios hasta lograr que sentimientos, convicciones, actitudes y escritura constituyan una unidad sin intersticio alguno. Desmitificando nuestra tarea, pero reconociendo que hemos de librar duras contiendas contra la frivolidad y el esnobismo. Repudiando demagogias literarias, pero comprendiendo que la verdad está golpeando siempre a nuestra puerta con sus empecinados aldabones.

      Alguna vez su máscara de arcilla - esa cruel dualidad de luz y sombra -, llamó a mi corazón con resecos nudillos de miseria y allí, frente al vacío de ácidas agonías y amarillos martirios desdentados, tuve la breve revelación que dio sentido a la proporción y simetría de mis versos. Sin mayor explanada para erigir su esencia que aquellos territorios que nos legaron Pablo (Neruda) y Federico (García Lorca), Miguel Hernández, Mario Benedetti... y tantos otros que andan mis desmemorias pero siempre renacen porque en sus fuentes beben mis raíces. Sin otras intenciones que esta antigua ternura. Sin más bandera al viento que los sueños del hombre engalanando el mástil de mi canto.

      Mi obra poética es sólo un destrenzar este desvelo, un buceo en las médulas nocturnas para tocar la entraña de la greda, para sentir la furia del amor y del odio, para besar el miedo que aguijonea sombras debajo de los párpados, para tejer la trama deshilada de tantas soledades, para velar las claras libertades o los magros gajitos de esperanza.

      De estas ocupaciones obstinadas, de esta tarea ausente y malherida, por los muslos abiertos del verano, con la luna anudada en Capricornio y la mano de mi hombre desnudando veinte años de un amor apacible en el lado derecho de mis días, nació al paisaje náufrago del mundo este racimo intacto de poemas al que puse por título: El amor sin mordazas.

      Porque sí... Porque era imprescindible alzar el desafío. Porque durante cientos de crepúsculos, un musgo avergonzado remendaba el revés de las urdimbres con lanzaderas mustias y sumisas. Porque había una voz, que casi no se oía, compartiendo iguales nervaduras de ritos y relámpagos. Porque era sumamente necesaria otra sonoridad, encontrarnos, de pronto, con la franqueza entera ardiendo en las mañanas, hacerle un lugarcito a aquello que surgía de todas las honduras femeninas como si fueran ecos de otro universo, pieles de otras palabras.

      Porque quise asumir esta insolencia de ser muchas mujeres; encabritando andamios, estrenando ternuras, orillando la sed y los incendios, recorriendo los vientres de la lava, deshojando el olvido, pariendo los hastíos cotidianos.

      Después vino el llamado que atravesó los mares y arrojó sus guijarros pequeñitos contra el pobre cristal de mi ventana, la interina osadía que despachó mi nombre, el péndulo incesante, el mensaje en la lluvia encadenando vuelos por encima de espumas erizadas y espesas llamaradas de fronteras, la cómplice ternura de esa carta - paloma agitada en los pétalos de mayo.

      Y al desgarrar los sellos, sin prever talismán o barricada, un diluvio de luz mediterránea, una leyenda en piedra sobre el río y la áspera tibieza de una villa extendiendo sus manos, desgranaron su afecto sin rincones, atravesaron fiebres y vigilias, violentaron enjambres de pestillos cariados... y Cataluña, con su sol a cuestas, transpuso los umbrales de la casa y se sentó a la mesa, con mis hijos, a compartir vajillas y manteles, la frescura hortelana de los cuencos, la dulzura del fruto, el agua clara y la ofrenda madura de la espiga crujiendo, eternamente, en las hogazas.

Santa Fe, 25 de junio de 1992

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en Santa Fe el 5 de junio de 1945.

Libros publicados

  • Más allá de las máscaras, 1989
  • El vuelo inhabitado, 1990
  • Habitantes del paisaje, en edición cooperativa, capítulo “Mi voz a la deriva”, 1990 / 1991
  • Tiempo de duendes, 1991
  • El amor sin mordazas, 1992 / 1994 / 2004
  • Crónica de las huellas, 2000 / 2004
  • Un muelle en la nostalgia, 2001
  • A espaldas del silencio, 2002
  • Desde otras voces, 2004 / 2005
  • La memoria encendida, 2004
  • Pese a todo, 2004

Premios y distinciones

  • Primer Premio y Mención de Honor Certamen Provincial "Alfonsina Storni", 1988
  • Segundo Premio Nacional Certamen "Plaza de los Poetas `José Pedroni´" 1989 ----Primer Premio Edición Certamen Regional "Rosalina Fernández de Peiroten" 1990
  • Primer Premio Edición Certamen Internacional "Villa de Martorell", Barcelona, España. 1992
  • La Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida”, 1999
  • El Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”.
  • Nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”, 2005

Antologías

  • Como ángeles en llamas
  • Los ángeles también cantan
  • Antologías de poetas latinoamericanos del siglo XX organizadas por la Casa del Poeta Peruano con el auspicio y promoción de Abrace, Uruguay/Brasil, 2004 / 2006

Otras actividades

Es fundadora y coordinadora del Movimiento Internacional de Escritoras "Los puños de la paloma"
Fue presidenta de la Asociación Santafesina de Escritores durante dos períodos consecutivos: 1997-1999 y 1999-2001
Fue co-directora de Gaceta Literaria de Santa Fe, 1997-2007
Desde 1977 dirige Gaceta Literaria Virtual, la revista de los escritores santafesinos en la red.

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Norma
Segades-Manias

POEMAS
Paraguay (Asunción)

El 11 de junio de 1580 vuelve a fundarse la ciudad de Buenos Aires. Entre los cincuenta y cuatro pobladores, tanto mestizos como criollos, hay una sola mujer. Su nombre es Ana Díaz, paraguaya, mestiza, joven, viuda, iletrada, pero tan decidida y temperamental que fue capaz de hacer valer sus razones personales ante el fundador para que la incluyera entre los integrantes de la expedición.

Junto al mar de Solís,
mis osadías,
mi identidad gestada en la intemperie bajo cielos de estupros,
mi presencia en espacios de lunas con mordazas
y horizontes de espinas como redes controlando la furia de los pájaros.
Entre las lobregueces de la historia, 
una huella de voces contra el viento sobre el apareamiento de la espuma, 
sobre el dolor que rompe y la profunda sonoridad del agua y sus embates
sin respiro ni tregua ni descanso.
Junto al mar de Solís.
Junto a un puñado de sueños semejantes, 
mis enaguas,
mi aroma a soledad,
los territorios donde alzaré el perfil de mis sudores,
el desnudo solar donde el destino oficiará de muelle al desarraigo.
Hija del desamor, 
de la ascendencia bastarda de la selva.
Hembra sin hombre.
Espesura de abismos y derrotas atestiguando el nuevo asentamiento 
de esta ciudad que fuera asesinada por colmillos de hambrunas y contagios.
Junto al mar de Solís, 
con las arterias ahítas de esta sangre no admitida,
por la memoria de las injusticias
y algún resto de ultraje entre los dientes que lo muerden,
lo oprimen,
lo encarcelan, 
lo desnucan a golpes de cadalso.
Por las cronologías de la nada 
mi nombre 
hecho de greda a la deriva 
documentado en actas y escrituras:
Ana Díaz, primera fundadora, mujer, mestiza, viuda, analfabeta, 
y la tenacidad de sus relámpagos.
Brasil (Bahía/Río de Janeiro)

Indignada ante los ultrajes sufridos por las esclavas negras, Anastasia, princesa de Angola, mantuvo una valiente actitud de protesta. Condenada por ello a portar mordaza de cuero y collar de hierro, muere por la infección de las heridas que el metal le provoca. Corría el mes de enero de 1601.

Por negarme a callar,
por no rendirme,
por no entregar mi dignidad a cambio de evitarme el dolor de la
gangrena en un silencio impuesto por mordazas,
por asumir la voz de las mujeres cuando hay profanaciones al acecho,
a la sombra de alguna borrachera,
detrás de la lascivia,
entre disputas,
bajo la alevosía de los látigos,
a punta de pistola, de cuchillos, 
de puños como piedras,
de hemorragias,
a espaldas de la alcoba y los preceptos.
Por negarme a besar aunque mi cuerpo se rompía a pedazos,
aunque el odio colmaba mis entrañas de ojos claros
una vez
y otra vez
abofeteándome
ulcerando mis labios,
mis mejillas,
desgarrando mi carne hasta el tormento;
empalándome al polvo de la noche,
a las escarpaduras del insomnio que atraviesa,
que horada, 
que perfora,
que escarba en el reverso de los muslos y en los desfiladeros de las fiebres 
con embates de furia sin sosiego. 
Estoy aquí, 
comida por las llagas que provoca el metal contra las pieles, 
sin poder pronunciar ninguna queja en el idioma de las cicatrices 
que dibujan el rostro de la muerte suspendido en la atmósfera de enero.
Ya escucho sus pisadas en la arena 
y el eco repetido de mi nombre 
perdido entre las jarcias de aquel barco que me arrojó al umbral de la deshonra. 
Después de tanta ausencia, 
estoy llegando 
junto al árbol tribal donde me espero
Estados Unidos (Alabama)

El 1 de diciembre de 1955, Rosa Lee Parks, militante por los derechos de las personas de color, se niega a ceder su asiento de colectivo a un hombre blanco que se lo reclamaba en función de la ley. Tenía 42 años.

Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otras lunas, 
de otros tiempos,
de otras tumbas con nombres olvidados,
de otros pies mutilados por machetes,
de otras espaldas casi desolladas por la furia del látigo infamante.
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros rostros, 
de otras pieles, 
de otro temblor de carne con gusanos padeciendo en la entraña de algún barco
antes de ser hundido en el oleaje como ofrenda al demonio de la sangre. 
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros días, 
de otras muertes,
de otras mujeres rotas, 
degradadas por la lujuria hipócrita del amo
y su crueldad de estupros, 
sodomías, 
prepotencias de falo amenazante.
El autobús recorre,
lentamente, 
los tranquilos suburbios de Alabama 
mientras me esfuerzo en recordar los sones de la canción de cuna
que entonaba antes que me raptaran de mis sueños 
y arrojaran al viento mi lenguaje;
antes que sometieran, 
con cadenas, 
la natural cadencia de mis pasos
antes que me prohibieran las miradas,
compartir las aceras,
la enseñanza,
yacer en el pesar de la fatiga sin abonar el diezmo de un ultraje.
Entonces miro al hombre que me mira reclamando una huella de obediencia 
y escucho un no viniendo desde lejos,
un no seguro, 
sólido, 
prolijo,
capaz de cercenar cada cerrojo con filos de igualdad inexorable.
Y yo, 
Rosa Lee Parks,
la costurera, 
ante el asombro gris de los viajeros,
aguardo por la ley 
y los garrotes 
y las noches de cárceles estrictas
y el murmullo de un pueblo en movimiento reclamando sus hoscas libertades.

Estos poemas pertenecen al capítulo Mujeres Americanas
de su libro inédito La vida a quemarropa