Octavio Paz

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PALABRAS PRELIMINARES

Nuestra Lengua

Las vocaciones son misteriosas: ¿Por que aquel dibuja incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones de papel, el de mas allá construye canales y túneles en el jardín, o ciudades de arena en la playa, el otro forma equipos de futbolistas y capitanea bandas de exploradores o se encierra solo a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe a ciencia cierta; lo que sabemos es que esas inclinaciones y aficiones se convierten, con los anos, en oficios, profesiones y destinos. El misterio de la vocación poética no es menos sino más enigmático: comienza con un amor inusitado por las palabras, por su color, su sonido, su brillo y el abanico de significados que muestran cuando, al decirlas, pensamos en ellas y en lo que decimos. Este amor no tarda en convertirse en fascinación por el reverso del lenguaje, el silencio. Cada palabra, al mismo tiempo, dice y calla algo. Saberlo es lo que distingue al poeta de otros enamorados de la palabra,     como los oradores o los que practican las artes sutiles de la conversación. A diferencia de esos maestros del lenguaje, al poeta lo conocemos tanto por sus palabras como por sus silencios. Desde el principio el poeta sabe, oscuramente, que el silencio es inseparable de la palabra: es su tumba y su matriz, la tierra que lo entierra y la tierra donde germina. Los hombres somos hijos de la palabra. Ella es nuestra creación; también es nuestra creadora: sin ella no seriamos hombres. A su vez la palabra es hija del silencio: nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus abismos.

Lo que acabo de decir puede parecer demasiado abstracto pero no lo es. Mi experiencia personal y, me atrevo a pensarlo, la de todos los poetas, confirma el doble sentimiento que me ata, desde mi   adolescencia, al idioma que hablo. Mis anos de peregrinación y vagabundeo por las selvas y las ciudades de la palabra son inseparables de mis travesías por los desiertos, océanos y arenales del silencio. Las semillas de las palabras caen en la tierra del silencio y la cubren con una vegetación a veces delirante y otras geométrica. Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, mas exactamente, deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que esta hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar.

Por esto el amor a nuestra lengua, que es palabra y silencio, se confunde con el amor a nuestra ente, a nuestros muertos los silenciosos y a nuestros hijos que aprenden a hablar. Todas las sociedades humanas comienzan y terminan con el intercambio verbal, con el decir y el escuchar. La vida de cada hombre es un largo y doble aprendizaje: saber decir y saber oír. El uno implica al otro: para saber decir hay que aprender a escuchar. Empezamos escuchando a la gente que nos rodea y así comenzamos a hablar con ellos y con nosotros mismos. Pronto, el circulo se ensancha y abarca no solo a los vivos sino a los muertos. Este aprendizaje insensiblemente nos inserta en una historia: somos los descendientes no sólo de una familia sino de un grupo, una tribu o una nación. A su vez el pasado nos proyecta en el futuro: somos los padres y los abuelos de otras generaciones que, a través de nosotros, aprenderán el arte de la convivencia humana: saber decir y saber escuchar. El lenguaje nos da el sentimiento y la conciencia de pertenecer a una comunidad. El espacio se ensancha y el tiempo se alarga: estamos unidos por la lengua a una tierra y a un tiempo. Somos una historia.

La experiencia que acabo toscamente de evocar es universal: pertenece a todos los hombres y a todos los tiempos. Pero en el caso de las comunidades de lengua castellana aparecen otras características que conviene destacar. Para todos los hombres y mujeres de nuestra lengua la experiencia de pertenecer a una comunidad lingüística esta unida a otra: esa comunidad se extiende mas allá de las fronteras nacionales. Trátese de un argentino o de un español, de un chileno o de un mexicano, todos sabemos desde nuestra niñez que nuestra lengua nacional es también la de otras naciones. Y hay algo mas y no menos decisivo: nuestra lengua nació en otro continente, en España, hace muchos siglos.

El castellano no solo trasciende las fronteras geográficas sino las históricas: se hablaba antes de que nosotros, los hispanoamericanos, tuviésemos existencia histórica definida. En cierto modo, la lengua nos fundo o, al menos, hizo posible nuestro nacimiento como naciones. Sin ella, nuestros pueblos no existirían o serian algo muy distinto a lo que son. El español nació en una región de la península ibérica y su historia, desde la Edad Media hasta el siglo XVI, fue la de una nación europea. Todo cambio con la aparición de América en el horizonte de Espanta.

El español del siglo XX no seria lo que es sin la influencia creadora de los pueblos americanos con sus diversas historias, psicologías y culturas. El castellano fue trasplantado a tierras americanas hace ya cinco siglos y se ha convertido en la lengua de millones de personas. Ha experimentado cambios inmensos y, sin embargo, sustancialmente, sigue siendo el mismo.

El español del siglo XX, el que se habla y se escribe en Hispanoamérica y en Espanta, es muchos españoles, cada uno distinto y único, con su genio propio; no obstante, es el mismo en Sevilla, Santiago o La Habana. No es muchos arboles: es un solo árbol pero inmenso, con un follaje rico y variado, bajo el que verdean y florecen muchas ramas y ramajes. Cada uno de nosotros, los que hablamos español, es una hoja de ese árbol. Pero ¿realmente hablamos nuestra lengua? Mas exacto sería decir que ella habla a través de nosotros. Los que hoy hablamos castellano somos una palpitación en el fluir milenario de nuestra lengua.

Se dice con frecuencia que la misión del escritor es expresar la realidad de su mundo y su gente. Es cierto pero hay que añadir que, mas que expresar, el escritor explora su realidad, la suya propia y la de su tiempo. Su exploración comienza y termina con el lenguaje: que dice realmente la gente? El poeta y el novelista descifran el habla colectiva y descubren la verdad escondida de aquello que decimos y de aquello que callamos. El escritor dice, literalmente, lo indecible, lo no dicho, lo que nadie quiere o puede decir. De ahí que todas las grandes obras literarias sean cables de alta tensión no eléctrica sino moral, estética y critica. Su energía es destructora y creadora pues sus poderes de reconciliación con la terrible realidad humana no son menos poderosos que su potencia subversiva. La gran literatura es generosa, cicatriza todas las heridas, cura todas las llagas y aun en los momentos de humor más negro dice si a la vida. Pero hay más. Explorar la realidad humana,revelarla y reconciliarnos con nuestro destino terrestre, solo es la mitad de la tarea del escritor: el poeta y el novelista son inventores, creadores de realidades. El poema, el cuento, la novela, la tragedia y la comedia son, en el sentido propio de la palabra, fábulas: historias maravillosas en las que lo real y lo irreal se enlazan y se confunden. Los gigantes que derriban a Don Quijote son molinos de viento y, simultáneamente, tienen la realidad terrible de los gigantes. Son invenciones literarias que nublan o disipan las fronteras entre ficción y realidad. La ironía del escritor destila irrealidad en lo real, realidad en lo irreal. La literatura de nuestra lengua, desde su nacimiento hasta nuestros idas, ha sido una incesante invención de fábulas que son reales aun en su misma irrealidad.

Menendez Pidal decía que el realismo era el rasgo que distinguía a la épica medieval española de la del resto de Europa. Verdad parcial y de la que me atrevo a disentir: en el realismo español,aun el mas brutal, hay siempre una veta de fantasía.

La lengua es más vasta que la literatura. Es su origen, su manantial y su condición misma de existencia; sin lengua no habría literatura. El castellano contiene a todas las obras que se han escrito en nuestro idioma, desde las canciones de gesta y los romances a las novelas y poemas contemporáneos; también a las que mañana escribirán unos autores que aun no nacen. Muchas naciones hablan el idioma castellano y lo identifican como su lengua maternal; sin embargo, ninguno de esos pueblos tiene derechos de exclusividad y menos aun de propiedad. La lengua es de todos y de nadie. ¿Y las normas que la rigen? Si, nuestra lengua, como todas, posee un conjunto de reglas pero esas reglas son flexibles y están sujetas a los usos y a las costumbres: el idioma que hablan los argentinos no es menos legitimo que el de los españoles, los peruanos, los venezolanos o los cubanos. Aunque todas esas hablas tienen características propias, sus singularidades y sus modismos se resuelven al fin en unidad. El idioma vive en perpetuo cambio y movimiento; esos cambios aseguran su continuidad y ese movimiento su permanencia. Gracias a sus variaciones, el español sigue siendo una lengua universal, capaz de albergar las singularidades y el genio de muchos pueblos.

Tal vez sea oportuno señalar aquí, de paso, que precisamente la inmensa capacidad de cambio que posee el lenguaje humano le de un lugar único en los sistemas de comunicación del universo, desde los de las células a los de los átomos y los astros. Hasta donde sabemos esos sistemas son circuitos cerrados; entre la transformación de los glóbulos rojos en blancos y viceversa, en la circulación de la sangre, y la de los planetas alrededor del sol, por ejemplo, no hay, en el sentido propio de la palabra, comunicación. Cada sistema, además, obedece a un programa fijo y sin variaciones. Trátese de la información genética o de las numerosas interacciones entre las partículas elementales o en los sistemas solares que contiene el universo, los mensajes y sus modos de transmisión son siempre los mismos. Cierto, todos los sistemas conocen mutaciones --su función, justamente, en la mayoría de los casos, consiste en causarlas o producirlas-- pero esos cambios son parte del sistema o se integran a el rápidamente. Cualesquiera que sean su duración y sus mutaciones, los sistemas no tienen historia.

Ocurre lo contrario con el lenguaje humano: su proceso es imprevisible y no esta fijado de antemano; es una diaria invención, el resultado de una continua adaptación a las circunstancias y a los cambios de aquellos que, al usarlo, lo inventan: los hombres. El lenguaje humano esta abierto al universo y es uno de sus productos prodigiosos pero igualmente, por si mismo, es un universo. Si queremos pensar o vislumbrar siquiera al universo, tenemos que hacerlo a través del lenguaje. La palabra es nuestra morada: en ella nacimos y en ella moriremos. Ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia. Acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen. Nos junta pero no nos asila: sus muros son transparentes y a través de esas paredes diáfanas vemos al mundo y conocemos a los hombres que hablan en otras lenguas. A veces logramos entendernos con ellos y así nos enriquecemos espiritualmente. Nos reconocemos incluso en lo que nos separa del resto de los hombres; estas diferencias nos muestran la increíble diversidad de la especie humana y, simultáneamente, su unidad esencial. Descubrimos así una verdad simple o doble: primero, somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y, segundo, hablarla es una manera entre muchas de ser hombre. La lengua es un signo, el signo mayor, de nuestra condición humana.

Extraído de La Jornada, México, martes 8 de abril de 1997

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

"Un mundo nace cuando dos se besan"

Nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac (México) cuando el país se encontraba en plena lucha revolucionaria. Su padre, al igual que su abuelo escribían, además de dedicarse al periodismo y a la política. Estas influencias hicieron que se volcara a la política también, además de la escritura. Cuando cuenta 17 años fundó la revista Barandal. En 1933 apareció su primer libro, también titulado “Barandal” y fundó Cuadernos del Valle de México. Conoció a los poetas T. S. Eliot y Paul Valéry.

En 1937 se trasladó a Yucatán para impartir clases en el campo, y algún tiempo después se casó con Elena Garro, con quien asistió ese mismo año al Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia (España). Allí se publicó “Bajo tu clara sombra” (1937), y conoció a los intelectuales de la República Española y a Pablo Neruda. Al regresar a su país natal se acercó a Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia y publicó “¡No pasarán!” y “Raíz de hombre”. Con Efraín Huerta y Rafael Solana, entre otros, fundó, en 1938, la revista Taller, en la que participaron los escritores españoles de su generación exiliados en México. En 1939 apareció “A la orilla del mundo” y “Noche de resurrecciones”. En 1942, a instancias de José Bergamín, dio una conferencia, "Poesía de soledad, poesía de comunión", en la que establecía su diferencia con la generación anterior, y trataba de conciliar en una sola voz las poéticas de Xavier Villaurrutia y Pablo Neruda. En 1944 con la beca Guggenheim permaneció una año en Estados Unidos. En 1945 entró al Servicio Exterior Mexicano y fue trasladado a París. A través del poeta surrealista Benjamín Péret conoció a André Breton. Conoció a Albert Camus y otros intelectuales europeos e hispanoamericanos del París de la posguerra. Esta estancia definirá con precisión sus posiciones culturales y políticas; se alejó del marxismo y se acercó al surrealismo, empezando a interesarse por los temas más diversos. Durante la década de 1950 publicó cuatro libros fundamentales: “El laberinto de la soledad” (1950) retrato personal en el espejo de la sociedad mexicana; “El arco y la lira” (1956), su esfuerzo más riguroso por elaborar una poética; “¿Águila o sol?”, libro de prosa de influencia surrealista; y “Libertad bajo palabra”. En 1951 viajó a la India y en 1952 a Japón, sitios de los que recibió una gran influencia. Regresó a México en 1953 donde hasta 1959 desarrolló una intensa labor literaria. En 1960 volvió a París y en 1962 a la India, como funcionario de la embajada de México. Conoció a Marie José Tramini, con la que contrajo matrimonio en 1964. Publicó los libros de poemas “Salamandra” (1961), anterior a su viaje a la India, y “Ladera este”, que recoge su producción en ese país, y que incluye su segundo poema largo, Blanco.

En 1963 le otorgaron el Gran Premio Internacional de Poesía. Publicó los libros de ensayo “Cuadrivio” en 1965, cuatro ensayos sobre Luis Cernuda, Fernando Pessoa, Ramón López Velarde y Rubén Darío; “Puertas al campo” en 1966 y “Corriente alterna”, en 1967. En 1968 dimitió de su puesto de embajador en la India debido a los asesinatos cometidos por el Gobierno de México, el 2 de octubre de ese año, cuando cargó el Ejército contra manifestantes universitarios, y en 1971 fundó en su país la revista Plural, en la que colaboraron algunos de los escritores más importantes de la generación posterior. Ese año publicó “El mono gramático”, poema en prosa en el que se funden reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas, y en 1974 “Los hijos del limo”, recapitulación de la poesía moderna; en 1975, “Pasado en claro”, otro de sus grandes poemas largos, recogido al año siguiente en “Vuelta”, libro con el que obtuvo el Premio de la Crítica en España. Reconocimiento universal. En 1977 dejó Plural e inició la revista Vuelta. “El ogro filantrópico”, continuación de sus reflexiones políticas, se publica en 1979, y en 1951 logró el Premio Cervantes. En 1982 se editó “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, retrato de la monja mexicana y la sociedad mexicana del siglo XVII; en 1987, “Árbol adentro”, último volumen de poesía. En 1990 ganó el Premio Nobel de Literatura, y publicó “La otra voz” y “Poesía de fin de siglo”. En 1993, “La llama doble” y “Amor y erotismo”, y en 1995 “Vislumbres de la India”. Falleció el 19 de abril de 1998 víctima de un cáncer, en la misma ciudad que lo vio nacer.

Libros publicados

Poesía

  • Luna silvestre, Fábula, México, 1933
  • ¡No pasarán!, Simbad, México, 1936
  • Raíz del hombre, Simbad, México, 1937
  • Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España, Valencia, Ediciones Españolas,1937
  • Entre la piedra y la flor, Nueva Voz, México, 1941
  • A la orilla del mundo, Compañía Editora y Librería ARS, 1942
  • Libertad bajo palabra, Tezontle, Fondo de Cultura Económica, 1949
  • Semillas para un himno, Fondo de Cultura Económica, México, 1954
  • Piedra de sol, Fondo de Cultura Económica, México, 1957
  • La estación violenta, Fondo de Cultura Económica, México, 1958
  • Salamandra (1958-1961), Joaquín Mortiz, México, 1962
  • Viento entero, The Caxton Press, Delhi, 1965
  • Blanco, Joaquin Mortiz, México, 1967
  • Discos visuales, Ediciones ERA, México, 1968 (Arte de Vicente Rojo)
  • Ladera Este (1962-1968), Joaquín Mortiz, México, 1969
  • La centena (1935-1968), Barral, Barcelona 1969
  • Topoemas, Ediciones ERA, México, 1971
  • Renga, Joaquín Mortiz, México, 1972. Poema colectivo con Jacques Roubaud, Edoardo Sanguinetti y Charles Tomlinson
  • Pasado en claro, Fondo de Cultura Económica, México, 1975
  • Vuelta, Seix Barral, Barcelona, 1976
  • Hijos del aire/Airborn, con Charles Tomlinson, Martín Pescador, México, 1979
  • Poemas (1935-1975), Seix Barral, Barcelona, 1979
  • Prueba del nueve, Círculo de Lectores, México, 1985
  • Árbol adentro (1976-1987), Seix Barral, Barcelona, 1987
  • Lo mejor de Octavio Paz. El fuego de cada día, selección, prólogo y notas del autor, Seix Barral, Barcelona, 1989

Prosa poética

  • ¿Aguila o sol?, Tezontle, Fondo de Cultura Económica, México, 1951
  • El mono gramático, Seix Barral, Barcelona, 1974

Teatro

  • La hija de Rappaccini, en la Revista Mexicana de Literatura, septiembre-octubre 1956, y en Poemas, 1979. México

Ensayos

  • El laberinto de la soledad, Cuadernos Americanos, 1950. Segunda edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1959
  • El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, México, 1956
  • Las peras del olmo, UNAM, México, 1957
  • Cuadrivio, Joaquín Mortiz, México, 1965
  • Los signos en rotación, Sur, Buenos Aires, 1965
  • Puertas al campo, UNAM, México, 1966
  • Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, Joaquín Mortiz, México, 1967
  • Corriente alterna, Siglo XXI, México, 1967
  • Marcel Duchamp o el castillo de la pureza, Ediciones ERA, México, 1968. Incluido después en Apariencia desnuda; la obra de Marcel Duchamp, Ediciones ERA, México, 1973
  • Conjunciones y disyunciones, Joaquín Mortiz, México, 1969
  • México: la última década, Institute of Latin American Studies, University of Texas, Austin, 1969
  • Posdata, Siglo XXI, México, 1970
  • Las cosas en su sitio: sobre la literatura española del siglo XX, con Juan Marichal, Finisterre, México, 1971
  • Los signos en rotación y otros ensayos, introducción y edición de Carlos Fuentes, Alianza Editorial, Madrid, 1971
  • Traducción: literatura y literalidad, Tusquets Editores, Barcelona, 1971
  • El signo y el garabato, Joaquín Mortiz, México, 1973
  • Solo a dos voces, con Julián Rios, Lumen, Barcelona, 1973
  • Teatro de signos/Transparencias, Edición de Julián Rios, Fundamentos, Madrid, 1974
  • La búsqueda del comienzo, Fundamentos, Madrid, 1974
  • Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia, Seix Barral, Barcelona, 1974
  • Xavier Villaurrutia en persona y en obra, Fondo de Cultura Económica, México 1978
  • El ogro filantrópico: historia y política (1971-1978), Joaquín Mortiz, México, 1979
  • In/mediaciones, Seix Barral, Barcelona, 1979
  • México en la obra de Octavio Paz, editado y con introducción de Luis Mario Schneider, Promociones Editoriales Mexicanas, México, 1979
  • Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, y Seix Barral, Barcelona, 1982
  • Tiempo nublado, Seix Barral, Barcelona, 1983
  • Sombras de obras, Seix Barral, Barcelona, 1983
  • Hombres en su siglo y otros ensayos, Seix Barral, Barcelona, 1984
  • Pasión crítica: conversaciones con Octavio Paz, edición de Hugo J. Verani, Seix Barral, Barcelona, 1985
  • México en la obra de Octavio Paz (3 volúmenes)
    -Vol. I. El peregrino en su patria. Historia y política de México
    -Vol. II. Generaciones y semblanzas. Escritores y letras de México
    -Vol. III. Los privilegios de la vista. Arte de México
    Edición de Luis Mario Schneider y Octavio Paz,Fondo de Cultura Económica, México, 1987
  • Primeras Letras (1931-1943), edición e introducción de Enrico Mario Santí, Seix Barral, Barcelona, 1988, y Vuelta, México, 1988
  • Poesía, mito, revolución, precedido por los discursos de Francois Mitterrand, Alain Peyrefitte, Pierre Godefroy. Premio Alexis de Tocqueville. Vuelta, México, 1989
  • La otra voz, Seix Barral, Barcelona, 1990
  • Poesía y fin de siglo, Seix Barral, Barcelona, 1990

Traducciones y ediciones de Octavio Paz

  • Anthologie de la poésie mexicaine, edición e introducción de Octavio Paz con una nota de Paul Claudel, Editions Nagel, Colección UNESCO), Paris, 1952
  • Anthology of Mexican Poetry, edición e introducción de Octavio Paz con una nota de C. M. Bowra, y traducción al inglés de Samuel Beckett, Indiana University Press, Bloomington, 1958
  • Basho, Matsuo. Sendas de Oku, traducido por Eikichi Hayashiya y Octavio Paz, con una introducción de Octavio Paz, UNAM, México, 1957, y Seix Barral, 1970
  • Laurel: Antología de la poesía moderna en lengua española, edición de Xavier Villaurrutia, Emilio Prados, Juan Gil-Albert y Octavio Paz. Editorial Séneca, México, 1941
  • Pessoa, Fernando. Antología, edición, traducción e introducción de Octavio Paz, UNAM, México, 1962
  • Poesía en movimiento (México: 1915-1966), edición de Octavio Paz, Alí Chumacero, Homero Aridjis y José Emilio Pacheco, Siglo XXI, México, 1966
  • Versiones y diversiones, traducciones de poesía, Joaquín Mortiz, México, 1974

Premios y distinciones

  • Beca Guggenheim, 1944
  • Gran Premio Internacional de Poesía, 1963
  • Premio de la Crítica en España, 1976
  • Premio Cervantes
  • Premio Nobel de Literatura, 1990
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Octavio Paz

POEMAS
COMO QUIEN OYE LLOVER

						
Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distraída,
pasos leves, llovizna,
agua que es aire, aire que es tiempo,
el día no acaba de irse,
la noche no llega todavía,
figuraciones de la niebla
al doblar la esquina,
figuraciones del tiempo
en el recodo de esta pausa,
óyeme como quien oye llover,
sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia adentro,
dormida con los cinco sentidos despiertos,
llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan:
lo que fuímos y somos,
los días y los años, este instante,
tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el vaho se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados,
óyeme como quien oye llover,
el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
es la niebla errante en la noche,
como quien oye llover
es la noche dormida en tu cama,
es el oleaje de tu respiración,
tus dedos de agua mojan mi frente,
tus dedos de llama queman mis ojos, 
tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
manar de apariciones y resurrecciones,
óyeme como quien oye llover,
pasan los años, regresan los instantes,
¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
no aquí ni allá: los oyes
en otro tiempo que es ahora mismo,
oye los pasos del tiempo
inventor de lugares sin peso ni sitio,
oye la lluvia correr por la terraza,
la noche ya es más noche en la arboleda,
en los follajes ha anidado el rayo,
vago jardín a la deriva
entra, tu sombra cubre esta página.
 
POESÍA

						
Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente.

Verdad abrasadora,
¿a qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas contra invisibles huestes.

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.

Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.

Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.

Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.
ENTRE IRSE Y QUEDARSE

						
Entre irse y quedarse duda el día, 
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.
REPETICIONES

						
El corazón y su redoble iracundo
el obscuro caballo de la sangre
caballo ciego caballo desbocado
el carrusel nocturno la noria del terror
el grito contra el muro y la centella rota
camino andado
camino desandado
el cuerpo a cuerpo con un pensamiento afilado
la pena que interrogo cada día y no responde
la pena que no se aparta y cada noche me despierta
la pena sin tamaño y sin nombre
el alfiler y el párpado traspasado
el párpado del día mal vivido
la hora manchada la ternura escupida
la risa loca y la puta mentira
la soledad y el mundo
camino andado
el acoso de la sangre y la pica y la rechifla
el sol sobre la herida
sobre las aguas muertas el astro hirsuto
la rabia y su acidez comida
el pensamiento que se oxida
y la escritura gangrenada
el alba desvivida y el día amordazado
la noche cavilada y su hueso roído
el horror siempre nuevo y siempre repetido
camino andado
camino desandado
el vaso de agua la pastilla la lengua de estaño
el hormiguero en pleno sueño
cascada negra de la sangre
cascada pétrea de la noche
el peso bruto de la nada
zumbido de motores en la ciudad inmensa
lejos cerca lejos en el suburbio de mi oreja
aparición del ojo y el muro que gesticula
aparición del metro cojo
el puente roto y el ahogado
camino andado
camino desandado
el pensamiento circular y el círculo de familia
¿Qué hice qué hiciste qué hemos hecho?
El laberinto de la culpa sin culpa
el espejo que acusa y el silencio que se gangrena
el día estéril la noche estéril el dolor estéril
la soledad promiscua el mundo despoblado
la sala de espera en donde ya no hay nadie
camino andado y desandado
la vida se ha ido sin volver el rostro.
ELEGÍA INTERRUMPIDA

						
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
de una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse...
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
Suenan sus pasos, sube, se detiene...
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
Soy el error final de sus errores.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.

Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y en el amanecer de párpados hinchados
el gesto con que deshacemos
el nudo corredizo, la corbata,
y ya apagan las luces en la calle
¡Saluda al sol, araña, no seas rencorosa!
Y más muertos que vivos entramos en la cama.

Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío.
DESTINO DE POETA

						
¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.

Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.

También la luz en sí misma se pierde.