Oliverio Girondo

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PALABRAS PRELIMINARES

Oliverio Girondo: la transgresión perpetua

por Jorge Ariel Madrazo

       El poeta argentino -ya puede decirse: universal- Oliverio Girondo (1891-1967), cobra día a día el perfil de un clásico y a la vez, paradójicamente, el de un constante maestro de rebeldías; sobre todo, a partir de su difusión en Latinoamérica (el periplo europeo lo había cumplido y aprovechado muy joven). Girondo supo, en efecto, hallar nuevos y desafiantes rumbos para expresar esa experiencia poética en cuyo seno el mundo parece suceder por primera vez. Una experiencia epifánica que, aunque instrumento de conocimiento, se roza con el mito; y que no puede sino subvertir un lenguaje de estructuras pre-establecidas, fosilizadas.

       Sobre tal epifanía apuntó, mucho mejor, el propio Girondo: "El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones, ¿no justificaría que pasáramos los días aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar para sentir esos ímpetus de posternación ante cualquier cosa; ante las estatuas ecuestres, ante los tachos de basura...?". Pero, atención: nada hay en común entre este alborozado descubrimiento de lo único e intransferible, esta extrañeza emocionada ante el ser y el estar, y su polo opuesto: la aceptación de lo dado; la alienación conformista. Por el contrario: Girondo tocó las cuerdas más trágicas y descarnadas del esqueleto y de la médula, de la pudrición y lo caótico, sin menoscabo de la exaltación de lo vital y de "la presencia del arcángel relámpago y su vuelo", para usar aquí las palabras con que a él se refirió otro poeta mayor: su compatriota Edgar Bayley.

       Un breve salto a 1922. El año del Ulyses; de The Waste Land. El año cuando Mario y Oswald de Andrade, junto a otros escritores y artistas, organizaron en el Teatro Municipal de San Pablo la "Semana de Arte Moderno", hito del modernismo brasileño. En aquel 1922, un Jorge Luis Borges todavía entusiasmado por la novedad del llamado ultraísmo editaba en Buenos Aires la revista Proa, antecedente del núcleo "Martín Fierro", cuyo manifiesto inicial publicado en el Nº 4 de la revista homónima del 15 de mayo de 1924, redactó el mismo Girondo. También en 1922 André Breton rompía con Tristan Tzara y echaba las bases del surrealismo, mientras Vicente Huidobro reiteraba (con algún mesianismo): "El poeta crea, fuera del mundo que existe, el que debiera existir...". Es decir, poesía como realidad-Otra. No más, ya, como mera representación o adorno de un "tema" previo, sino como la elaboración a posteriori de la experiencia poética, que irá retraduciéndose mediante la puesta en acto de un lenguaje brotando de sí mismo. Una postura que consolidaron con fuerza reveladora, en el mismo '22, los 500 ejemplares del libro La primavera y todo, cuyo autor tanto iba a marcar a la poesía contemporánea: el norteamericano William Carlos Williams.

       Y bien: en aquel 1922 aparecía en Buenos Aires -como se ve, no por azar- Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, del treintañero Oliverio Girondo: "En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana...". Era el Girondo que desde adolescente había residido en Europa, y que habría de publicar un único texto narrativo (Interlunio, 1937) y seis poemarios fundamentales: los Veinte poemas..., en el '22; Calcomanías, en 1925; Espantapájaros, en 1932; Persuasión de los días, en 1942; Campo nuestro, en 1946, época en que Girondo y su esposa Norah Lange estrechan sólidos lazos con poetas jóvenes como Enrique Molina, Aldo Pellegrini, Olga Orozco, Bayley y otros. Y, en 1954, irrumpe como un torbellino En la masmédula, que dejó estupefactos a sus propios amigos y hoy continúa asombrando.

       Si en Calcomanías Girondo insiste con las imágenes de cuño entre modernista y cubista, Espantapájaros se abre con un caligrama en homenaje formal a Apollinaire. Y otro poema juega con los retruécanos: "Abandoné las carambolas por el calembur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados... ¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!". Pero el todavía refrescante humor de Espantapájaros se condensa, de pronto, en un poema que figura en todas las antologías, el número 12: "Se miran, se presienten, se desean, / se acarician, se besan, se desnudan, / se respiran, se acuestan, se olfatean, / se penetran, se chupan, se demudan, / se adormecen, despiertan, se iluminan, / se codician, se palpan, se fascinan, / se mastican, se gustan, se babean (...) / Se derriten, se sueldan, se calcinan, / se desgarran, se muerden, se asesinan, / resucitan, se buscan, se refriegan, / se rehuyen, se evaden y se entregan".

       Es que en Espantapájaros Girondo creaba ya una obra lírica netamente diferenciada de la poesía de su tiempo: cobijaba muchos textos en seudo-prosa (hablar de poesía en prosa es, ab ovo, un absurdo), que desdeñando la matriz lineal del verso abrían las puertas a una imaginación admirada por Gómez de la Serna; y en él están también los grandes anhelos que impregnan cada línea suya: el panteísmo, el afán de elevación simbolizado en las innumerables alusiones al vuelo. Por eso, su alabanza de una supuesta amante no se limitaba allí a un credo erótico; era un ansia espiritual disfrazada por el humor: "No me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida, ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- ¡no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar!".

       Con Persuasión de los días -título que remite ya a la madurez- se inaugura el segundo Girondo, el interior, grave y hasta trágico e imprecatorio. Un registro muy notable en poemas como "Ejecutoria del miasma" ("Este clima de asfixia que impregna los pulmones / de una anhelante angustia de pez recién pescado. / Este hedor adhesivo y errabundo, / que intoxica la vida / y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo..."). O en "Derrumbe", "Invitación al vómito", "Expiación", "Hay que compadecerlos". Rotundos desde sus títulos. Sobresalía allí una impronta dialogal, desgarrada, en la que descuella la fiereza del poema "Es la baba". Línea que alternaba, pero no contradecía, a la del poeta aún impregnado de comunión pánica con el todo, aunque tal lazo fuera deteriorándose bajo el hacha del tiempo y de un mundo erróneo desde sus cimientos.

       En esa línea de fusión vital, de despersonalización e identificación con lo-Otro, sobresale su famoso poema "Gratitud": "Gracias aroma / azul, / fogata / encelo. // Gracias pelo / caballo / mandarino. // Gracias pudor / turquesa / embrujo / vela, / llamarada / quietud / azar / delirio // (...) Gracias a lo que nace, / a lo que muere, / a las uñas / las alas / las hormigas, / los reflejos / el viento / la rompiente, / el olvido / los granos / la locura. // Muchas gracias gusano. / Gracias huevo. / Gracias fango, / sonido. / Gracias piedra. / Muchas gracias por todo. / Muchas gracias // Oliverio Girondo, / agradecido".

       También en Persuasión de los días se anticipa una total Rebelión de vocablos, título del poema que se inicia: "De pronto, sin motivo: / graznido, palaciego, / cejijunto, microbio, / padrenuestro, dicterio; / seguidos de: incoloro, / bisisesto, tegumento, / ecuestre, Marco Polo, / patizambo, complejo; / en pos de: somormujo, / padrillo, reincidente, / hervíboro, profuso, / ambidiestro, relieve...". Y ello sin olvidar el lirismo, el sentimiento, la vida dando sentido al todo, de "A pleno llanto": "Lloremos por las uñas, / por los pies, por los dientes, / lacios chorros tranquilos / de lágrimas salobres (...)". Curiosamente, este poema es una paráfrasis de "Lloremos", de Espantapájaros; y, sin embargo, el de aquel libro anterior aún tañía la cuerda del sarcasmo lúdico. Ahora, el humor había quedado muy atrás.

       Con En la masmédula se ahondan el vértigo a menudo apocalíptico, la denuncia de la vacuidad; se desata un huracán destructivo aunque rigurosamente organizado. Girondo enhiesta allí sus púas como el conmovedor erizo que Derrida equipara al poema, ese erizo que "se ciega erizado de espinas, vulnerable y peligroso, calculador e inadaptado" y que "al sentir un peligro se hace un ovillo en la autopista y se expone al accidente fatal". Tanto el sentido como el ritmo, las asociaciones fonéticas, la entonación, se descargan en un impacto único. "En este libro de fórmulas rituales se juega una de las aventuras más audaces de la poesía moderna" (Enrique Molina, prólogo).

       Aun en la injusticia del inevitable fragmentarismo, permítase transcribir un tramo emblemático de este último libro girondiano de sustancia en el fondo trágica; unas líneas de un poema de amor -"Mi Lumía"- cuya sintaxis anticipó el glíclico de Cortázar: "Mi LU / mi lubidulia / mi golocidalove / mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma / y descentratelura / y venusafrodea / y me nirvana el suyo la crucis los desalmes / con sus melimeleos / sus eropsiquisedas / sus decúbitos lianas dermiferios limbos y / gormullos / mi lu / miluar / mi mito / demonoave dea rosa / mi pez hada / mi luvisita nimia / mi lubísnea / mi lu más lar / más lampo / mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio / mi lubella lusola / mi total lu plevida / mi toda lu / lumía".

       Claro está: Girondo creía, como antes e.e. cummings y Gerald Manley Hopkins y los grandes nombres de la vanguardia incluyendo a Huidobro (por supuesto, a partir de Baudelaire-Mallarme-Apollinaire-Rimbaud), que en poesía la unidad o ladrillo esencial no es sólo la palabra -o su agrupación multívoca- sino también la sílaba, y aun la letra; de allí esos quiebres, dismorfismos, distorsiones, descapsulamientos, o al revés: agregados y embolsillamientos sonoros. Revolución de la sintaxis no como experimento sino como imposición de la necesidad poética. Por ello fue capaz de coaligar un lenguaje de neto sello castizo con un lujurioso regodeo de aliteraciones y paronomasias, de palabras vigentes por sus valencias y no por su significado literal, de imágenes deslumbrantes o furiosas, y todo esto sustentado en un impulso de cuestionamiento vital que, apunta Enrique Molina, traduce el "sentimiento de la condición lacerada del yo en lo más íntimo de su nucleo orgánico, entre el latido atronador del cuerpo y lo fugaz perpetuo". Las cosas y los seres exhiben ahora su incompletud -y de allí la abundancia de las partículas lexicales sub o ex: "subánimas", "subcero", "exotro", "exnúbiles", "exellas", "exóvulo"-; un menos, que es más.

       La más que médula, la masmédula. La vida-texto, la mezcla.

       Como brama el poema titulado justamente "La mezcla", que abre En la masmédula: "No sólo / el fofo fondo / los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos / y sus líquenes / no sólo el solicroo / las prefugas / lo impar ido / el ahonde / el tacto incauto sólo / los acordes abismos de los órganos sacros del orgasmo / el gusto al riego en brote / al rito negro al alba con su esperezo lleno de gorriones / ni tampoco el regosto / los suspiritos sólo (...) sino la viva mezcla / la total mezcla plena / la pura impura mezcla que me merma los machimbres el / almamasa tensa las tercas hembras tuercas / la mezcla / sí / la mezcla con que adherí mis puentes".

       Los puentes de la poesía total. Es el Girondo a cuya muerte Neruda consagró un intenso poema, que concluye: "De todos los muertos que amé / eres el único viviente. // No me dedico a las cenizas: te sigo nombrando y creyendo / en tu razón extravagante / cerca de aquí, lejos de aquí, / entre una esquina y una ola / adentro de un día redondo / en un planeta desangrado, / o en el origen de una lágrima".

Publicado originalmente en Banda Hispânica

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació el 17 de agosto de 1891. Siendo muy joven viajó a Europa y se relacionó con los movimientos de vanguardia. Regresó a Buenos Aires y participó en el medio poético activando esos movimientos vanguardistas. Colaboró en varias revistas que difundieron el ultraísmo (Proa, Prisma y Martín Fierro). En ellas se dieron a conocer algunos de los principales escritores de su época, tales como Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal y Ricardo Güiraldes. Falleció el 24 de enero de 1967.

Libros publicados

Entre otros, merecen destacarse:

  • Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
  • Calcomanías
  • En la masmédula
  • Espantapájaros (Al alcance de todos)
  • Persuasión de los días
  • Campo Nuestro.
.

Oliverio Girondo

POEMAS
La mezcla

						
No sólo
el fofo fondo  
los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales 
                senos  
y sus líquenes  
no sólo el solicroo  
las prefugas  
lo impar ido  
el ahonde  
el tacto incauto solo  
los acrodes abismos de los órganos sacros del orgasmo  
el gusto al riesgo en brote  
al rito negro al alba con esperezo lleno de gorriones  
ni tampoco el regosto  
los supiritos sólo  
ni el fortuito dial sino  
o los autosondeos en pleno plexo trópico  
ni las exellas menos ni el endédalo  
sino la viva mezcla  
la total mezcla plena  
la pura impura mezcla que me merma los machimbres  
el almamasa tensa las tercas hembras tuercas  
la mezcla  
sí  
la mezcla con que adherí mis puentes.
de En la masmédula 
 
El puro no

						
El no  
El no inóvulo  
El no nonato  
El noo  
El no poslodocosmos de impuros ceros noes que 
                noan noan noan  
y nooan  
y plurimono noan al morbo amorfo noo  
no démono  
no deo  
sin son sin sexo ni órbita  
el yerto inóseo noo en unisolo amódulo  
sin poros ya sin nódulo  
ni yo ni fosa ni hoyo  
el macro no ni polvo  
el no más nada todo  
el puro no  
sin no.
de En la masmédula 
 
Mi lumía

						
Mi lu  
mi lubidulia  
mi golocidalove  
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma  
y descentratelura  
y venusafrodea  
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes  
con sus melimeleos  
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y
gormullos  
mi lu  
mi luar  
mi mito  
domonoave dea rosa  
mi pez hada  
mi luvisita nimia  
mi lubísnea  
mi lu más lar  
más lampo  
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio  
mi lubella lusola  
mi total lu plevida  
mi toda lu  
lumía 
de En la masmédula 
 
Yolleo

						
Eh vos  
tatacombo  
soy yo  
dí  
no me oyes   

tataconco  
soy yo sin vos  
sin voz  
aquí yollando   

con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla  
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos  
lo sé  
lo sé       y tanto  
desde el yo mero mínimo al verme yo harto en todo  
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre 
                siempre yollando y yoyollando siempre  
por qué  
si sos  
por qué dí  
eh vos  
no me oyes  
tatatodo  
por qué tanto yollar  
responde  
                                                               y hasta cuando. 
de En la masmédula 
 
Topatumba

						
Ay mi más mi mío  
mi bisvidita te ando  
sí toda  
así  
te tato y topo tumbo y te arpo  
y libo y libo tu halo  
ah la piel cal de luna de tu trascielo mío que me levitabisma  
mi tan todita lumbre  
cátame tú eva pulpo  
sé sed sé sed  
sé liana  
anuda más  
más nudo de musgo de entremuslos de seda que me ceden  
tu muy corola mía  
oh su rocío  
qué limbo  
ízala tú mi tumba  
así  
ya en ti mi tea  
toda mi llama tuya  
destiérrame letea  
lava ya emana el alma  
te hisopo 
                toda mía  
ay 
                entremuero  
                                    vida  
me cremas 
                                te edenizo.
de En la masmédula 
 
Croquis en la arena

						
La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.  

Brazos.  
Piernas amputadas.  
Cuerpos que se reintegran.  
Cabezas flotantes de caucho.  
  

Al tornearles los cuerpos de las bañistas, las olas alargan sus virutas sobre el 
aserrín de la playa.   

¡Todo es oro y azul!   

La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan novelas y 
horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena.   

Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan.  

Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente. Sirvientas 
cluecas. Sifones irascibles, con extracto de mar. Rocas de pechos algosos 
de marinero y corazones pintados de escgrimista. Bandadas de gaviotas, que 
fingen el vuelo destrozado de un pedazo  
blanco de papel. 

¡Y ante todo está el mar! 
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
Apunte callejero

						
En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos 
buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe 
las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par 
en par una ventana. 

Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se 
me entran por la pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... 
Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda... 

  
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja 
entre las ruedas de un tranvía. 
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
Exvoto

						
Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas 
de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que le liban las nalgas en 
un aleteo de mariposa. 


Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus 
estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de 
miedo de que el sexo se les caiga den la vereda. 


Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro 
de los balcones, para  que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, 
y de noche, a remolque de sus mamás –empavesadas como fragatas- van a 
pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y 
sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas. 

  
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, 
como manzanas que se ahn dejado pasar, y el deseo de los hombres las 
sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, 
ya que no tiene el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a 
todos los que les pasan la vereda. 
Buenos aires, octubre de 1920 
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
Corso

						
La banda de música le chasquea el lomo  
para que siga dando vueltas  
cloroformado bajo los antifaces  
con su olor a pomo y a sudor  
y su voz falsa  
y sus adioses de naufragio  
y su cabellera desgreñada de largas tiras de papel  
que los árboles le peinan al pasar  
junto al cordón de la vereda  
donde las gentes  
le tiran pequeños salvavidas de todos los colores  
mientras las chicas  
se sacan los senos de las batas  
para arrojárselos a las comparsas  
que espiritualizan  
en un suspiro de papel de seda  
su cansancio de querer ser feliz  
que apenas tiene fuerzas para llegar  
a la altura de las bombitas de luz eléctrica.
Mar del Plata, febrero de 1921
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
Otro nocturno

						
La luna, como la esfera luminosa del reloj de un edificio público. 

  
¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de “apache”, que fuman un 
cigarrillo en las esquinas! 

  
¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cansar! ¡Y silencio 
de las estrellas, sobre el asfalto humedecido! 

  
¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la un par de medias 
tirado en un rincón?, y ¿por qué, a veces, nos interesará tanto el partido de 
pelota que el eco de nuestros pasos juega en la pared? 

  
Noches en las que nos disimulamos bajo la sombra de los árboles, de miedo 
de que las casas se despierten de pronto y nos vean pasar, y en las que el 
único consuelo es la seguridad de que nuestra cama nos espera, con las 
velas tendidas hacia un país mejor. 
París, julio de 1921 
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
Alhambra

						
Los surtidores pulverizan  
una lasitud  
que apenas nos deja meditar  
con los poros, el cerebelo y la nariz.  
  

¡Estanques de absintio  
en los que se remojan  
los encajes de piedra de los arcos!  
   
¡Alcobas en las que adquiere la luz  
la dulzura y la voluptuosidad  
que adquiere la luz  
en una boca entreabierta de mujer!  
   
Con una locuacidad de Celestina,  
los guías  
conducen a las mujeres al harén,  
para que se ruboricen escuchando  
lo que las  fuentes les cuentan al pasar,  
y para que, asomadas al Albaicín,  
se enfermen de “saudades”  
al oír la muzárabe canción,  
que todavía la ciudad  
sigue tocando con sordina.  
   
Cuellos y ademanes de mamboretá,  
las inglesas componen sus paletas  
con  el gris de sus pupilas londinenses  
y la desesperación encarnada de ser vírgenes,  
y como si se miraran el espejo,  
reproducen,  
con exaltaciones de tarjeta postal,  
las estancias llenas de una nostalgia de cojines  
y de sombras violáceas, como ojeras.  
   
En el mirador de Lindaraja,  
los visitantes se estremecen al comprobar  
que las columnas  
tienen la blancura y el grosor  
de los brazos de la favorita,  
y en el departamento de los baños  
se suenan la nariz con el intento de catar  
ese olor a carne de odalisca,  
carne que tiene una consistencia y un sabor  
de pastilla de goma.  
   
¡Persianas patinadas  
por todos los ojos  
que han mirado al través!  
   
¡Paredes que bajo sus camisa de puntilla  
tienen treinta siete grados a la sombra!  
   
Decididamente  
cada vez que salimos  
del Alhambra  
es como si volviéramos  
de una cita de amor.
Granada, marzo de 1923
de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
 
¡Azotadme!

						
Aquí estoy,  
¡Azotadme!  
Merezco que me azoten.  
   
No lamí la rompiente,  
la sombra de la vacas,  
las espinas,  
la lluvia;  
con fervor,  
durante años;  
descalzo,  
estremecido,  
absorto,  
iluminado.   

No me postré ante el barro,  
ante el misterio intacto  
del polen,  
de la calma,  
del gusano,  
del pasto;   

por timidez,  
por miedo,  
por pudor,  
por cansancio.  
   
No adoré los pesebres,  
las ventanas heridas,  
los ojos de los burros,  
los manzanos,  
el alba;  
sin restricción,  
de hinojos,  
entregado,  
desnudo,  
con los poros erectos,  
con los brazos al viento,  
delirante,  
sombrío;  
en comunión de espanto,  
de humildad,  
de ignorancia,  
como hubiera deseado...  
   
¡como hubiera deseado! 
de Persuación de los días
 
Tríptico

						
I
Tendido 
entre lo blanco,  
la vi.  
Se aproximaba.  
Las pupilas baldías,  
el cuerpo inhabitado,  
sin cabellos,  
sin labios, inasible,  
vacía;  
junto a mí  
a mi lado...  
¡Toda hecha de nada!   

Se sentó.  
¿Me esperaba?  
La miré.  
Me miraba.
II
Ya estaba entre sus brazos  
de soledad,  
y frío,  
acalladas las manos,  
las venas detenidas, sin un pliegue en los párpados,  
en la frente,  
en las sábanas;  
más allá de la angustia,  
desterrado del aire,  
en soledad callada,  
en vocación de polvo,  
de humareda,  
de olvido.
III 
¿Era yo,  
la voz muerta,  
los dientes de ceniza,  
sin brazos,  
bajo tierra,  
roído por la calma,  
entre turbias corrientes,  
de silencio,  
de barro?  
   
¿Era yo,  
por el aire,  
ya lejos de mis huesos,  
la frente despoblada,  
sin memoria,  
ni perros,  
sobre tierras ausentes,  
apartado del tiempo,  
de la luz,  
de la sombra;  
tranquilo,  
transparente?
de Persuación de los días
 
Rata – Sirena –Faústica

						
¿Te molesta que roa tu techo,  
tu silencio?  
   
Pero dime  
-si puedes-  
¿qué haces,  
allí,  
sentado,  
entre seres ficticios  
que en vez de carne y hueso  
tienen letras,  
acentos,  
consonantes,  
vocales?  
   
¿Te halaga,  
te divierte  
que te miren,  
se acerquen,  
y den vueltas y vueltas  
antes de permitirles  
echarse,  
como un perro,  
en tus páginas yertas?  
   
Podrá tu pasatiempo ser harto inofensivo;  
pero alguien que posee los dientes más prolijos,  
más agrios que los míos,  
al elegir la víscera que ha de roerte un día  
-si es que ya no se aloja en una de tus venas-,  
torna estéril y absurdo  
ese fútil designio de escamotear la vida.  
   
Allí están las ventanas  
que te dan un pretexto  
para abrir bien los brazos.  
   
Asómate al marítimo  
bullicio de las calles.  
   
¿No oyes una sirena que llama desde el puerto?
de Persuación de los días
 
Dietética

						
Hay que ingerir distancia,
lanudos nubarrones,  
secas parvas de siesta,  
arena sin historia,  
llanura,  
vizcacheras,  
caminos son tropillas,  
de nubes,  
de ladridos,  
de briosa polvareda.  
   
Hay que rumiar la yerba  
que sazonan las vacas  
con su orín,  
y sus colas;  
la tierra que se escapa  
bajo los alambrados,  
con su olor a chinita, a zorrino,  
a fogata,  
con sus huesos de fósil,  
de potro,  
de tapera,  
y sus largos mugidos  
y sus guampas, al aire,  
de molino,  
de toro...   

Hay que agarrar la tierra,  
calentita o helada,  
y comerla  
¡comerla!
de Persuación de los días
 
Gratitud

						
Gracias aroma  
azul,  
fogata  
encelo.  
   
Gracias pelo  
caballo  
mandarino.  
   
Gracias pudor  
turquesa  
embrujo  
vela,  
llamarada  
quietud  
azar  
delirio.  
   
Gracias a los racimos  
a la tarde,  
a la sed  
al fervor  
a las arrugas,  
al silencio  
a los senos  
a la noche,  
a la danza  
a la lumbre  
a la espesura.  
   
Muchas gracias al humo  
A los microbios,  
al despertar  
al cuerno  
a la belleza,  
a la esponja  
a la duda  
a la semilla,  
a la sangre  
a los toros  
a la siesta.  
   
Gracias por la ebriedad,  
por vagancia,  
por el aire  
la piel  
las alamedas,  
por el absurdo de hoy  
y de mañana,  
desazón  
avidez  
calma  
alegría,  
nostalgia  
desamor  
ceniza  
llanto.  
   
Gracias a lo que nace,  
a lo que muere,  
a las uñas  
las alas  
las hormigas,  
los reflejos  
el viento  
la rompiente,  
el olvido  
los granos  
la locura.  
   
Muchas gracias gusano.  
Gracias huevo.  
Gracias fango,  
sonido.  
Gracias piedra.  
Muchas gracias por todo.  
Muchas gracias.  
   
Oliverio Girondo,  
Agradecido.
 
Atardecer

						
Íbamos entre cardos,  
por la huella. 
  
La vaca me seguía. 
  
No quise detenerme, 
darme vuelta. 
  
La tarde, resignada, 
se moría. 
  
Íbamos entre cardos, 
por la huella. 
  
Su sombra se mezclaba 
con la mía. 
  
Yo miraba los campos, 
también ella. 
  
La vaca resignada,................ 
se moría.
 
Aparición urbana

						
¿Surgió de bajo tierra? 
¿Se desprendió del cielo? 
Estaba entre los ruidos, 
herido, malherido, 
inmóvil, 
en silencio, 
hincado ante la tarde, 
ante lo inevitable, 
las venas adheridas 
al espanto,   
al asfalto, 
con sus crenchas caídas, 
con sus ojos de santo, 
todo, todo desnudo, 
casi azul, de tan blanco. 
  
Hablaban de un caballo. 
Yo creo que era un ángel.
 
ES LA BABA

						
Es la baba.
Su baba.
La efervescente baba.
La baba hedionda,
cáustica;
la negra baba rancia
que babea esta especie babosa de alimañas
por sus rumiantes labios carcomidos,
por sus pupilas de ostra putrefacta,
por sus turbias vejigas empedradas de cálculos,
por sus viejos ombligos de regatón gastado,
por sus jorobas llenas de intereses compuestos,
de acciones usurarias;
la pestilente baba,
la baba doctorada,
que avergüenza la felpa de las bancas con dieta
y otras muelles poltronas no menos escupidas.
La baba tartamuda,
adhesiva,
viscosa,
que impregna las paredes tapizadas de corcho
y contempla el desastre a través del bolsillo.
La baba disolvente.
La agria baba oxidada.
La baba.
¡Sí! Es su baba...
lo que pervierte el aire,
el papel,
los metales;
lo que infecta el cansancio,
los ojos,
la inocencia,
con sus vermes de asco,
con sus virus de hastío,
de idiotez,
de ceguera,
de mezquindad,
de muerte.
De Persuasión de los días
DERRUMBE

						
Me derrumbé,
caía
entre astillas y huesos,
entre llantos de arena
y aguaceros de vidrio,
cuando oí
que gritaban:
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
y seguía cayendo,
dando vueltas
y vueltas,
entre ásperas cenizas
y gritos mutilados,
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
en espiral,
rodando,
envuelto en lo derruido,
en turbios remolinos
de trozos y fragmentos,
de esquirlas,
de gemidos,
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
entre escombros y ruinas
ululantes,
informes,
a través de la asfixia,
del horror, del misterio,
más allá del aliento,
de la luz,
del recuerdo.
De Persuasión de los días