Omar Ortiz

Directorio Inicio
PALABRAS PRELIMINARES

      La poesía es una golondrina. Golondrina que viste falda de colores, tiene sexo, ama, odia, se levanta con ojeras, vive en la acera de enfrente pero irrumpe en mi casa como un torbellino y casi nunca tiene lo suficiente para saciar sus apetitos. Pero vuela, vuela, porque de lo contrario se torna estática, de bronce. Y este pesado elemento sólo existe para que lo caguen las palomas. Las palomas, nada más lejano a la poesía que una paloma. Por eso cuando me envuelvo con el traje con el que pago el arriendo, mi ojo descubre esa imperceptible manchita que disparada al cielo hace que el mundo sobreviva y te escriba.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Nació en 1950 en Bogotá, Colombia. Estudió leyes en la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Vive en Tuluá donde ejerce su oficio de abogado, dirige la revista de poesía “Luna Nueva” y trabaja con las publicaciones institucionales de la Universidad Central del Valle, donde se desempeña como docente de tiempo completo.

Libros publicados

Poesía

  • La tierra y el éter, 1979
  • Que junda el junde, 1982
  • Las muchachas del circo, 1983)
  • Diez Regiones, 1986
  • Los espejos del olvido, 1991
  • Un jardín para Milena, 1993
  • El libro de las cosas
  • La luna en el espejo, 1999
  • Los espejos del olvido, Antología, 1983-2002
  • Diario de los seres anónimos, 2002

Premios y distinciones

  • Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, 1995, por El libro de las cosas

Compilaciones

  • El yagé y otros cuentos, Germán Cardona Cruz, 1983
  • Luna Nueva, muestra de poesía latinoamericana actual, 1999
.

Omar Ortiz

POEMAS
LA CALLE ÁRABE

      En un rincón de esta calle, justo bajo el árbol de mamey, la bella Naizzara, ejerce como suprema directora de la Escuela del Amor. Y no se crea que las muchachas que allí acuden son iniciadas en algún ritual propio de la magia o la hechicería, no, simplemente aprenden a usar en el momento oportuno ciertas y precisas palabras.

LA CALLE DE LAS LAGARTIJAS

      La preside una hermosa princesa que canta, baila y sabe de memoria el romance del Conde Sisebuto y su esposa Leonor. Su enamorado le dice Emperatriz y un antiguo cochero afirma que es la reencarnación de la Madonna de Pinto. María, su ama de llaves, la llama Madame, porque además parla el francés. Pero todo son fabulaciones, lo cierto, es que es un hada común y corriente.

LA CALLE CIEGA

      Cuando los funcionarios de la empresa de energía local cambiaron los faroles de gas por las lámparas fluorescentes, olvidaron esta calle. Si pasara el poeta Nerval, en una de sus noches blancas, no encontraría donde estrenar su corbata. Pero, contrario a lo que su nombre indica, los ojos de sus cerraduras no son cegatos, ya que la pueblan millares de luciérnagas.

LA CALLE LUNA

      Toma su nombre de un famoso bar refugio de ciegos y músicos cirróticos. Como es más bien una cantina ambulante, el alcohol transita por los mismos recovecos de Dios, los paseantes pueden acudir a su barra de acuerdo a sus más inmediatos deseos que casi siempre corresponden a influjos lunares. Si es Luna Nueva, por ejemplo, viene bien un sabroso anisado. Si Luna Llena, un vino tinto para ahuyentar el helaje. Si Cuarto Menguante, un mezcal con gusano y en Cuarto Creciente un güisqui irlandés como el que bebe el poeta Seamus Heaney.

LA CALLE DE LOS ZANCUDOS

      Maese Apolonio Vidales tuvo a bien darle el nombre a esta calle a su costa. Sucede que estando sentado a manteles en espera de un sabroso tamal fue acosado por una nube de estos bichos que implacables se cebaron en su enorme cuerpo. Cuando ya Amanda, su hermana, acudía con un abanico en su auxilio, uno de estos mosquitos se poso en su ojo y fue tal el manotazo que se propinó Don Apolonio que a la mentada calle también la llaman “La Calle del Tuerto”.

LA CALLE SIERRA

      Es la calle de los jurisperitos. En las salas de recibo una imagen de San Judas Tadeo recibe la luz de una lamparita eléctrica. Nadie sabe el porqué este hermano de Santiago, mellizo de nacimiento, pescador de profesión y vecino de Nazaret hasta ser llamado por Juan Zebedeo como el décimo de los apóstoles, se convirtió en el patrón de las cosas imposibles y en consecuencia de los letrados en leyes. Pero es lo cierto, que una vez que se saca adelante el encargo, el jurisconsulto abona al santo el diez por ciento de la asesoría.

LA CALLE MARA

      Como dicen ahora es una calle multicultural y multiétnica. Por ejemplo, para los judíos es una calle amarga; Germán Cardona, dentista, afirma que es la calle del desamor; los hindúes están convencidos que es la calle de la lujuria y los incas llaman con su nombre a la calle de la suerte. Servidor sabe que es una hermosa muchacha de grandes ojos negros.

LA CALLE DEL VIOLÍN

      Está hecha de rizos dorados, y en sus vecindades hay un encierro de toros de lidia que escuchan extasiados el Concierto de Brandenburgo. Al terminar la función, una niña que llaman Lorena les regala chocolates y flores de mazapán por lo bien que se portan.

LA CALLE DEL MUERTO

      De nuevo los dioses del sardinel y la plomada juegan con nosotros. De todos es conocido que cualquier calle de esta geografía de sangre puede ser la del muerto. Pero según la profesora Rosalba que por allí se ayuda con un taller de costura, el nombre se debe a que el finado que velaban en la vecindad, se apareció pasadas los dos de la madrugada dándose el mismo un lloroso pésame, así de conmovido estaba por su velorio.

LA CALLE DE LA AGONÍA

      Como Dios, es una calle que está en todas partes y en ninguna. Es una vía trashumante que deambula con sus corotos al hombro y que es presidida por una nube de muchachitos hambrientos que son obligados a mendigar esa aberración cristiana que llaman caridad pública. Es perseguida siempre por los señores de la guerra, unos sanguinarios personajes que es mejor no mentar porque nunca se sabe cuando comienza una masacre.

LA CALLE DE LOS VIEJOS

      Es en realidad un parque, pero como alguna vez fue calle quedó la costumbre de llamarla según la antigüedad de sus contertulios. No hay en verdad mucho que contar sobre una rutinaria reunión de jubilados que juegan ajedrez, tute, y que saben de memoria quiénes han sido los nosecuántos presidentes de la república, salvo que, una vez fallecen, regresan a platicar con sus amigotes convertidos en ardillas o iguanas.


Poemas del libro Las calles del viento