Osip Mandelstam

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PALABRAS PRELIMINARES

EL POEMA NUNCA ESCRITO
por Sergio Bufano

...Mandelstam prefería mantener distancia
de esa estética que más tarde se encaminaría
con paso militante hacia el realismo socialista.

      En el mes de diciembre de 1938, en un campo de prisioneros de la Unión Soviética, la temperatura congelaba la respiración y la conciencia de los comisarios políticos. Los 25 grados bajo cero no perdonaban nada. Implacables, solidificaban las lágrimas y no dejaban llorar, aunque no por ello impedían la tristeza. Al menos la tristeza del poeta Osip Mandelstam, o lo que quedaba de él al cabo de algunos años de permanencia en ese desierto helado en donde sólo el aullido del viento apaga el aullido de los lobos.

      En una barraca de madera que dejaba filtrar por sus ranuras los puñales de aire hirientemente fríos, durmió mal, como siempre, y despertó cuando la luz plomiza del lejano noroeste de Rusia, cerca del río Kolima, amagaba con aparecer, pero no aparecía. El sol era en su memoria un círculo delgado y frágil, que se desvanecía detrás de cada ráfaga blanca; Mandelstam ya no recordaba ni un sólo día de verano. Ni una primavera. Olvidado el color verde del pasto, el amarillo de las hojas de otoño, el rocío de las noches estivales, había olvidado también la agradable sensación del calor cuando se levantó de su camastro y salió hacia el galpón para tomar el té que le servirían sus guardianes.

      No llegó a cruzar la calle y cayó muerto, probablemente agradecido por la generosidad de la naturaleza que le impedía seguir viviendo. Ya era hora de morir. Por fin, la muerte le abría las puertas de la libertad para escapar del tormento de su cuerpo sometido.

      Cuerpo que nunca más apareció. En alguna fosa común que todavía hoy comparte con cientos de intelectuales, revolucionarios o campesinos disconformes, los restos del poeta se ha congelado sesenta y cuatro inviernos. Nunca más se supo de él. No hay memoria que pueda rescatar sus huesos.

      Y nunca, además, fue posible comprender el gesto que lo condujo a la cárcel y la muerte.

San Petersburgo

      El avión se inclina hacia la izquierda en busca de la pista de aterrizaje y por la ventanilla aparecen gigantescos bosques de color ocre. El otoño se muestra frondoso y difícilmente descriptible en su belleza. Las variaciones sobre el amarillo le otorgan al paisaje una irrealidad de tal hermosura que corta el aliento. Decenas de miles de árboles compiten para desafiar a un pintor, a un poeta, a cualquiera que pretenda reproducirlos, volcarlos en el papel, transmitirlo para otros que no podrán imaginarlo. En cada árbol, cientos de amarillos. Los motores se frenan y al interrumpir la imagen surge la duda: ¿es cierto lo que hemos visto? ¿O fue una ensoñación?

      La máquina toca el suelo y la brusca frenada disuelve el encanto. A lo lejos, diminutas, se ven altas chimeneas de industrias que recuerdan jornadas gloriosas leídas en los viejos, hoy más viejos todavía, textos de la Revolución: obreros, proletarios, días de pasión que se han disuelto como los miles de ocres que fugazmente acaban de pasar por la diminuta ventanilla. Este es suelo ruso, es San Petersburgo, la ciudad construida sobre un pantano y cuya historia en el Siglo XX levantó las ideas libertarias más formidables luego de la Revolución Francesa. Sólo ella, sus edificios, sus calles, sus canales venecianos sobreviven. El resto se hundió y llevó consigo a millones de seres que dispusieron voluntariamente sus vidas para ser llevados y otros millones que fueron sumergidos contra su deseo.

      Calles anchas y arboladas desembocan en inmensos espacios vacíos. Palacios zaristas de preciosas y deterioradas portadas se enfrentan al cemento de edificios stalinistas de grises pálidos y helados. Parecen querer demostrar la solidez de un futuro que fue efímero. Las aguas de los canales se mueven lentas. Sorpresivamente, con un porte majestuoso e indiferente a la historia de los hombres, sólido y plomizo, sobre todo regio, aparece el Neva ancho y caudaloso. En sus márgenes se levantan palacios de colores vivos ahora opacados por la llovizna que desdibuja sus contornos. Todo el paisaje es difuminado por una luz que las pequeñas gotas que caen del cielo hace zigzaguear ante los ojos.

      Al costado izquierdo queda el Palacio de Invierno, y junto a él se extiende la avenida Nevsky alguna vez recorrida por multitudes vestidas de overol. Unas calles más allá una figura conocida levanta enérgicamente el brazo, adusta, un pie adelante señalando una marcha que aparentemente no se detendrá jamás: es Lenin que indica el camino.

      El camino conduce a lo largo del canal Fontanka, una masa de agua domesticada y convertida en calle por el zar Nicolás. Detrás de árboles de hojas ocres hay un edificio de tres pisos con una angosta escalera de madera que desemboca en un largo pasillo con varias puertas. En cada uno de esos cuartos vivía una familia, salvo la poeta Anna Ajmátova que no compartía el suyo con nadie, viuda ya de su marido tempranamente fusilado y con su hijo adolescente detenido en la Lubianka. En esa habitación escribió buena parte de su obra, recibió a sus amigos poetas, pintores, críticos y actores. También a Isaiah Berlin. Y por supuesto a Mandelstam. En las cuatro paredes hay fotografías del poeta: antes y después de su primera detención, joven y envejecido por la prisión, sonriente en la foto familiar y serio en la de su prontuario. Manuscritos de poemas se juntan con legajos policiales recuperados después de la Glasnov. Allí está apenas un trozo de su vida, y el doloroso espejo de una generación de artistas.

Una noche en vela. Un huevo duro.

      Osip Mandelstam, ruso por adopción, nació en 1891 en Varsovia en el seno de una familia judía. Miembro de la corriente acmeista, amigo de Anna Ajmátova, recibió la Revolución de Octubre con indiferencia. No le entusiasmaba el clima revolucionario que recorría Rusia y prefería mantenerse ajeno a la actividad política. Era miembro, como muchos otros, de la Unión de Escritores, pero distante de la militancia gremial de la entidad.

      Su energía era volcada exclusivamente en el papel, donde escribía poemas que nada tenían que ver con la revolución social, el comunismo o el proletariado. A diferencia de Maiakovski, Babel y tantos otros poetas que se habían comprometido con el surgimiento de los soviets, Mandelstam prefería mantener distancia de esa estética que más tarde se encaminaría con paso militante hacia el realismo socialista.

      Sin embargo, como el suicida que busca el método más doloroso para acabar con su vida, Mandelstam creó –sin llegar a escribirla jamás- la única poesía política de toda su existencia, un producto de escasa calidad literaria pero decididamente mortífero, como si le complaciera elaborar un veneno que garantiza la muerte pero a largo plazo y mediante indecibles sufrimientos. El poema ni siquiera tiene título, pero su lectura no permite confusiones: es contra Stalin.

      En la tarde del 16 de mayo de 1934 Anna Ajmátova caminó las cuadras que separaban su casa de la vivienda de Mandelstam y su esposa Nadiezhda. Desde siempre acostumbraban a leerse mutuamente sus textos antes de darlos a conocer a otros. Los acercaban sus talentos literarios y un amor que trascendía las cuestiones estéticas. Es conocida la historia de ese día, narrada por Berlin: como en la casa no había absolutamente nada más que té, Mandelstam salió, sin un peso en el bolsillo, a buscar algo para comer. Regresó al rato con un huevo duro que le regaló un vecino y que pretendía compartir luego entre los tres.

      Estaban leyendo sus escritos cuando tocaron a la puerta. Se presentaron tres hombres: Guerasimov, Veprintsev y Zablovski, todos agentes de la policía secreta. Sin violencia, aunque ásperos, ingresaron en la casa y comenzaron a revisar cada uno de los papeles del poeta. No tenían apuro, y la labor les llevó toda la noche: buscaban la poesía que jamás podrían encontrar porque, sorprendentemente, nunca había sido volcada al papel por Mandelstam. Elaborada en su cabeza, permanecía guardada en su memoria.

      Fue una noche larga y tensa; cada nota, cada escrito fue revisado minuciosamente. Amaneció y Nadiezhda, Ajmátova y el poeta seguían sentados esperando que terminara la labor de los agentes. Los tres sabían que él iba a ser detenido y fue Ajmátova la que insistió para que Mandelstam comiera el huevo duro donado por el generoso vecino antes de salir hacia la cárcel de la Lubianka.

      El poema nunca escrito pero recitado en algunas oportunidades dentro del círculo de amigos, había sido copiado por alguien que pretendía los favores del régimen y que lo entregó a las autoridades. Esa delación le costó tres años de destierro en un campo, un breve período de libertad restringida y una nueva detención que acabó con su vida.

      Tres meses después de ese episodio, se realizó el Primer Congreso de Escritores Soviéticos y la palabra de Máximo Gorki fue escuchada con religiosa atención. Pero muchos resultaron defraudados: el discurso del escritor no incluyó mención alguna del poeta preso. A pesar de las solicitudes para que influyera ante las autoridades y lograra la liberación de Mandelstam, Gorki prefirió callarse. Preocupado por otros temas, habló de Oscar Wilde y lo incluyó entre los "muchos otros degenerados sociales creados por la influencia anarquista de las condiciones inhumanas en el estado capitalista".

      Unos meses más tarde, en enero de 1935, Gorki insistió en que "hay que exterminar al enemigo sin cuartel ni piedad, sin prestar la menor atención a los gemidos y suspiros de los humanistas profesionales". El peso que su voz tenía en la Unión Soviética era sólo comparable con el de León Tolstoi en la primera década del siglo. ¿Ignoraba que su consejo sería llevado a cabo por burócratas solícitos siempre atentos a satisfacer los deseos de Stalin?

      Ignorante o no, su palabra fue escuchada. En 1937 no hubo cuartel ni piedad: fueron fusilados el poeta Nikolai Kliuiev, cercano a Esenin, y el escritor Boris Pilniak; en 1938 murió el prisionero Mandelstam; el mismo año fue fusilado Aleksandr Arosev, escritor que había participado junto con los bolcheviques en la Revolución; en enero de 1940 fue fusilado Meyerhold, el vanguardista director de teatro que había hecho suyas las ideas revolucionarias; en el mismo mes y año fue fusilado el escritor Isaak Babel, autor de Caballería Roja. La lista es interminable e incluye críticos literarios, pintores, ensayistas, novelistas y cuentistas. La represión cultural fue tan vasta que Ajmátova la describió en un poema como una vigilia perpetua:

Y vino una noche
que no conoció la aurora.

      El florecimiento de la poesía rusa, producido en las últimas dos décadas del siglo XIX, y que fue acompañado por un nuevo impulso en los primeros años de la Revolución, cayó aplastado finalmente por la represión cultural. Cada poeta era investigado, cada poesía era minuciosamente leída e interpretada por funcionarios que trabajaban día y noche para encontrar una palabra, una estrofa que pudiera aludir a Stalin. El obsesivo control sobre los artistas demostraba, curiosamente, la importancia que la poesía tenía en el pueblo ruso.

      No hay que quejarse. Este es el único país que respeta la poesía: matan por ella. En ningún otro lugar ocurre eso..., ironizaba Mandelstam cuando se enteraba de la muerte de alguno de sus colegas en alguna cárcel lejana.

      El hombre nace, luego muere, pero la policía permanece... había dicho ya Nikolai Gumiliev, el acmeista pionero entre los artistas por la fecha de su muerte: fue fusilado en agosto de 1921.

      Lo que distingue a Mandelstam de sus pares es que nunca participó del ímpetu revolucionario que recorrió la literatura rusa. No adhería a la poesía política ni tenía pretensiones de vincular su creación estética con el compromiso social, tal como hacían muchos de sus amigos. ¿Cuál fue el impulso, entonces, que lo llevó a crear una única poesía política en toda su vida, y precisamente en contra de Stalin? ¿Por qué, sin haberla volcado al papel desafió recitarla en algunos círculos literarios, donde muy probablemente encontraría un delator? Manifestación de rabia o búsqueda de un suicidio distinto que el utilizado por Maiakovski, Esenin, Svetaieva o tantos otros, nadie podrá responder nunca a esas preguntas. Una frase pronunciada a su esposa podría orientar para descifrar el enigma del gesto que lo impulsó al sacrificio: La muerte de un artista no es el fin, sino su último acto creador.

Poema
(sin título)

Vivimos insensibles, al suelo bajo nuestros pies,
Nuestras voces a diez pasos no se oyen.
Pero cuando a medias a hablar nos atrevemos
Al montañés del Kremlin siempre mencionamos.
Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos,
Como pesas certeras las palabras de su boca caen.
Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha
Y relucen brillantes las cañas de sus botas.
Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea,
infrahombres con los que él se divierte y juega.
Uno silba, otro maúlla, otro gime,
Sólo él parlotea y dictamina.
Forja ukase tras ukase como herraduras
A uno en la ingle golpea, a otro en la frente, en el ojo, en la ceja,
Y cada ejecución es un bendito don
Que regocija el ancho pecho del Osseta.

Noviembre de 1933

Publicado inicialmente en Glocal Revista

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Osip Mandelstam nació en Varsovia en 1891 y se inició como poeta militando en el movimiento “acmeísta”, –derivación del simbolismo ruso, y reacción contra él–, pero evolucionó con el tiempo hacia posiciones muy personales, síntesis del simbolismo, el futurismo y el acmeísmo. Un poema contra Stalin le valió en 1934 un destierro a los Urales, donde intentó suicidarse, y tras varios años en Voronezh, en los que pudo continuar su producción en condiciones precarias, regresó para ser nuevamente arrestado en 1938 y condenado a cinco años de trabajos forzados.

      Murió en un campo de trabajo cercano a Vladivostok el 27 de diciembre de 1938. La poesía de Mandelstam, considerado ya uno de los mayores poetas rusos del siglo, fue milagrosamente conservada por Nadiezhda, su mujer, autora de dos libros: Contra toda esperanza y Libro segundo, en los que cuenta las trágicas experiencias que vivió con el poeta durante los años del terror. Mandelstam fue también un gran prosista. Coloquio sobre Dante, prueba de su conocimiento de la Divina Comedia, la cual citaba de memoria cuando aún no había descendido él mismo al infierno de Stalin.

Libros publicados

Poesía

  • La piedra, 1913
  • Tristia, 1922
  • Cuadernos de Moscú, 1930-1935
  • Cuadernos de Voronezh, 1935-37

Prosa

  • El rumor del tiempo
  • La cuarta prosa
  • Viaje a Armenia
  • De la poesía
  • Coloquio sobre Dante
.

Osip Mandelstam

POEMAS
Me duele que ahora sea invierno...

						
Me duele que ahora sea invierno
y no se oigan los mosquitos en casa, 
pero tú me hiciste recordar
la fugacidad de la paja.

Las libélulas vuelan en el añil,
la moda revolotea como una golondrina, 
¿Hay una cesta en tu cabeza
o una oda solemne?

No me atrevo a dar consejos,
son inútiles las excusas,
pero es eterno el sabor de la nata
y el olor a azahar de la naranja.

Tú todo lo comentas sin pensar,
tus juicios no pueden ser más errados.
¿Qué hacer? Incluso el pensamiento más dulce
desde fuera parece una locura.

Y tú, intentas batir un huevo
con una cuchara de palo.
Ya está blanco, casi a punto,
y sin embargo, falta un poco aún.

Y es verdad que es culpa tuya,
¿para qué juzgas y buscas el reverso?
Tú, que fuiste creada
para las riñas de las comedias.

En ti todo irrita, todo canta,
como un gorgorito italiano.
Y la cereza de tu boquita
pide una pasa.

No intentes ser sabia,
en ti todo es capricho, 
y la sombra de tu capa
es una máscara veneciana.
1920
De Tristia y otros poemas
Toma de mis manos para tu gozo...

						
Toma de mis manos para tu gozo
un poco de sol y de miel,
como nos ordenaron las abejas de Perséfone.

No soltar una barca a la deriva,
no sentir en la piel la sombra de una bota,
no vencer al dolor en esta vida dormida.

Sólo nos quedan los besos,
afelpados como abejitas
que mueren lejos de la colmena,
y que murmuran en la transparente espesura de la
   noche,
su patria es el bosque dormido de Taigeto
y su alimento, el tiempo, la pulmonaria y la menta.


Toma para tu gozo mi regalo salvaje, 
este feo y seco collar 
de abejas muertas que convirtieron su miel en sol.
1920
De Tristia y otros poemas
Porque no supe retener tus manos...

						
Porque no supe retener tus manos,
porque traicioné la dulzura de tus labios salados, 
debo aguardar el alba en la acrópolis dormida. 
¡Cómo odio el hedor de los viejos troncos!

Los guerreros aqueos ensillan a oscuras sus caballos, 
sus mordientes sierras se aferran a los muros, 
nada calma el seco tumulto de mi sangre,
y no hay para ti ni nombre, ni sonido, ni molde.

¿Cómo pude pensar que volverías? ¿Cómo osé 
   pensarlo?
¿Por qué me separé de ti antes de tiempo?
Aún no se disipó la sombra ni cantó el gallo,
ni hendió la madera el hacha ardiente.

En los muros la resina destila cual lágrima 
   transparente
y la ciudad siente sus costillas de madera,
pero la sangre afluye a las escalas y al asalto se lanza.
Tres veces soñaron los guerreros esta imagen seductora.

¿Dónde está la querida Troya? ¿Dónde la casa del rey, 
de la doncella?
Será destruido el alto nido de Príamo.
Y caen las flechas como lluvia seca de madera,
y otras flechas, como avellanos, crecen en la tierra.

La última estrella, picadura indolora, se apaga,
la golondrina gris de la mañana llama a la ventana
y el lento día se remueve como un buey entre la paja, 
y luce en las calles, arrugadas por tan largo sueño.
1920
De Tristia y otros poemas
Cuando una luna urbana aparece en las calles...

						
Cuando una luna urbana aparece en las calles
y lentamente ilumina la ciudad dormida
y crece la noche, llena de desaliento y de cobre,
y la melodiosa cera cede el paso a un tiempo rudo,

y gime el cuco en su torre de piedra
y una pálida segadora, descendiendo a un mundo 
   agotado,
silenciosamente remueve las inmensas agujas de 
   la sombra
y arroja al suelo de madera la paja amarillenta...
1920
De Tristia y otros poemas
Tres poemas a Stalin

						
          I
Tú debes mandarme
y yo estoy obligado a ser servicial,
al desdeñar el nombre y el honor
crecí enfermizo y me hice débil.

Prueba el método inventado,
sin rodeos, a la desesperada:
Soy un bolchevique sin partido,
como todos mis amigos, como ese que no es
   mi amigo.
Abril - Mayo 1935
          II
Cuando cogí un carboncillo para una alabanza
   suprema,
para el gozo del dibujo inmutable,
con inquietud y cautela
marqué en el aire ángulos de malicia.
Para replicar a los trazos
crucé con audacia las fronteras del arte,
conté que el eje terrestre se movía,
y honré las costumbres de ciento cuarenta pueblos.
Levanté el carboncillo hasta las cejas,
y lo alcé de nuevo, de otro modo:
Es evidente que Prometeo avivó el fuego:
¡Contempla, Esquilo, cómo al dibujar lloro!

Tomé algunas líneas estridentes
de su juventud milenaria,
uní el coraje y la sonrisa,
y los diluí en una débil luz.
Para el hermano gemelo, no diré de quién, 
hallé al acercarme esa expresión
en la amistad de los ojos sabios.
En ella, en él, se reconoce al padre
y se desea sentir la cercanía del mundo.
Quiero agradecer a las colinas
por dar impulso al hueso y al pincel:
Él nació en las montañas y conoció la amargura
   de la cárcel,
quiero llamarle no Stalin, sino Yugashvili.

Pintor, cuida y conserva al guerrero:
Rodea su figura de un bosque de coníferas
   húmedo y azul,
con sudoroso cuidado. No amargues al padre
con una mala imagen o una idea insuficiente.
Pintor, ayuda a quien está contigo
y piensa, siente y construye.
Ni a mí ni a otro, sino a él, quiere el pueblo,
el pueblo, cual Homero, triplica la alabanza.
Pintor, cuida y conserva al guerrero,
el bosque de la humanidad tras él camina y se espesa—
El porvenir es la hueste del sabio
y le escucha atento, sonriente.

Él se inclinó desde la tribuna como desde
   una montaña,
sobre un cerro de cabezas. Deudor de la demanda 
   más fuerte,
sus ojos poderosos son decididamente buenos,
sus cejas espesas iluminan a alguien de cerca.
Y yo quisiera mostrar con una flecha
la dureza de la garganta del padre de habla 
   obstinada—
sus modelados, difíciles y empinados párpados 
trabajan desde millones de marcos.
Es abierto y tiene la voz de cobre
y el oído avizor, que no se pierde en la sordina. 
Están dispuestas a vivir y a morir por todos,
y corren y juegan, las hoscas arrugas de su frente.

Con mano ávida, como un grito,
con mano voraz, como un eje,
aprieto el carboncillo en el que todo confluye
y lo desmenuzo en busca de su rostro.
Aprendo de él, sin aprender de mí
aprendo de él, sin conocer la gracia.
¿Acaso las desgracias recortan el gran Plan?
Lo descubro en la vida azarosa de sus vástagos.
Quizás aún no soy digno de tener amigos,
quizás no estoy lleno de cólera y de lágrimas.
Él me asombra con su capote, su gorra.
Y sus ojos felices en la maravillosa plaza.

La montaña se separó de los ojos de Stalin
y a lo lejos entornó los ojos la llanura.
Como un mar sin surcos, como el mañana del ayer, 
desde el arado hasta los rayos del sol
se extiende el titán.
Él sonríe con la sonrisa de un segador 
y conversa con un apretón de manos
que comienza y dura sin fin
en el campo abierto de las seis promesas.
Y cada era, y cada gavilla
es fuerte, prieta y sabia como la vida.
¡Asombro del pueblo! ¡Ojalá viva muchos años!
Da vueltas la rueda de la fortuna.

Guardo seis veces en mi conciencia
al lento testigo del trabajo, de la lucha y la siega.
Su gran marcha a través de la taiga
y el octubre de Lenin hasta la promesa cumplida.
Se aleja el cerro de las cabezas de la gente,
y yo, empequeñecido, me uno a ellos y ya no se me ve. 
Pero en los tiernos libros y en los juegos de los niños

resucitaré para decir cómo brilla el sol.
La única verdad veraz es la sinceridad del guerrero. 
Para el honor y el amor, para el aire y el acero
hay un nombre de gloria para los potentes labios 
   del lector.
Lo hemos oído y encontrado.
Enero - Febrero de 1937
          III
Si me apresan nuestros enemigos
y la gente deja de hablarme.
Si me despojan de todo:
Del derecho a respirar y a abrir las puertas,
a afirmar que la vida seguirá
y que el pueblo, como un juez, juzga;
si se atreven a tratarme como a un animal
y me echan de comer en el suelo,
no callaré, ni mitigaré el dolor,
sino que dibujaré lo que yo quiera,
tañeré la desnuda campana de los muros,
y tras despertar el ángulo de las tinieblas enemigas,
anudaré diez cabellos en mi voz
y pasaré la mano, como un arado, por las tinieblas,
y en la profunda noche de guardia

Se humedecerán los ojos de los trabajadores de la tierra, 
y apretado en una legión de ojos fraternos,
caeré con el peso de toda la cosecha,
con la concisión de los juramentos lejanos,
y echará a volar la bandada de los años fogosos,
y susurrará Lenin en medio de la tormenta, 
y en la tierra, que huye de la putrefacción,
Stalin despertará la razón y la vida.
Febrero de 1937
De Cuadernos de Voronezh
Me extravié en el cielo

Me extravié en el cielo.
Qué puedo hacer?  
Quien esté cerca ¡conteste!  
Sería mejor para ustedes hablar  
De las vigorosas visiones dantescas.  
No puedo separarme de la vida:  
Aunque ella mate y acaricie,  
En los oídos y en las cuencas de los ojos  
Se posa la tristeza florentina.  
No coloques, por favor, no coloques  
Laurel amoroso en el whisky,  
Mejor despedaza mi corazón  
En trozos de sonidos azules.  
Y cuando muera, este servidor,  
Amigo en vida de todos los vivos,  
Resonará en lo alto y profundo  
Un eco celeste en el pecho. 

Publicado inicialmente en El poder de la Palabra