Paulina Vinderman

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PALABRAS PRELIMINARES

Lenguaje y existencia.

 El poder de la palabra escrita, la confianza en el lenguaje como acelerador de la percepción e instrumento para captar el orden de los sucesos del mundo, parte, según Joseph Brodsky, de "una herida provocada en el poeta por el lenguaje", refiriéndose a un famoso verso de Auden sobre Yeats: "La loca Irlanda te hirió hasta la poesía".

La poesía anida en el corazón del lenguaje, que es mencionar de otro modo el corazón humano; su permanente interrogación sobre la existencia sobrevuela todos los tiempos. Siempre abordé la poesía como una aventura: una exploración del mundo y el intento obstinado de comprenderlo. Una manera de reflexionar desde la acción.

Ese lenguaje nunca fue para mi, únicamente testimonio, tampoco un trompo danzarín que se evade de la historia. Más bien un fervor lúcido, un centro astillado de percepción (a veces un margen). Un puerto (con sus arribos y despedidas, amores y fracasos) desde el cual capturar la vida.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació en Buenos Aires en 1944.

Libros publicados

  • "Los espejos y los puentes" (ed.Buenos Aires Sur, 1978)
  • "La otra ciudad" (ed.Botella al Mar,1980)
  • "La mirada de los héroes" (ed.Botella al Mar, 1982)
  • "La balada de Cordelia" (Fundación Argentina para la poesía, 1984)
  • "Rojo junio" (Literatura Americana Reunida, 1988)
  • "Escalera de incendio" (ed.Último Reino, 1994.)

Antologías

Fue incluída en numerosas antologías.

Premios y distinciones

Obtuvo la Faja de Honor de la SADE (1988)
y el Tercer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires (bienio 1988-89).

Traducciones

Poemas suyos han sido traducidos al inglés, al italiano y al alemán.

Colaboraciones

  • La Nación (Buenos Aires)
  • La Prensa (Buenos Aires)
  • El Espectador (Bogotá, Colombia)
  • Hora de Poesía (España)

Encuentros y festivales

Fue invitada al Primer Encuentro de poetas hispanoamericanos en Bogotá, Colombia, 1992 y al Tercer Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, 1993.

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Paulina Vinderman
aique@interar.com.ar

POEMAS

Black Mask
										
En la novela negra
ella no se enamoraría del asesino,
sería la torva ingenua bailarina de cabaret
o la dulce -nada ingenua-
muñeca con ojos como ciervos, pelo
para agitar en el viento entre las acacias.
               
En la novela negra
no podría jamás cruzar la línea,
              bajo su respiración
estarían los muros amarillos,
la seducción de un héroe al que abrazar.
               
Y ya no importaría la tensión del poema
o de su espalda
                      soportando el mundo.
               
En la novela negra ella no tendría esta asfixia,
              este estribillo que envejece
a medida que come de su pan
y abre los brazos en la oscuridad
               en un escándalo incumplido.
               
Si algo la habita
es la memoria de un puerto insignificante
                                                          y caluroso
donde la muerte no es un estallido
sino una conversación, una clara evidencia.
									
La muerte de la imaginación
            
Lo que más temo es la muerte de  la imaginación
El corazón no tiene quien le escriba,
nadie se atreve a cruzar la noche remando
en la intemperie
            (nadie se ve)
Y si no fué más que un amor negro, susurrante
que nada da,
el viaje más lejano fue el de mi cabeza
hacia su hombro
               (el más inútil)
               
La rama golpea en la terraza
pero es solamente oscura. El miedo
se sienta a comer un pastel en la cocina
               (y dice que es real)
               
¿Alguien pudo tocar a la desesperación?
               
Terciopelo, papel de diario, una lata oxidada,
no hay vacuna contra las superficies.
               
El mundo es un hueco tapado con barniz
                  (y no respira)
									
El canje
										
En algunos poemas el arte es la acuarela,
el arte de la dilución, escribo,
y los cisnes de Natales se esfuman ante la palabra cisne.
La vida se esconde detrás del color
                                                 para engañarme,
la vida corre el riesgo de convertirse en una carta infinita.
               
"Una moneda por cada palabra me daba
                                        el tiempo,
lo invitaba a pasar (él siempre iba apurado),
le regalaba una estampilla rara y un vaso de té frío".
               
En algunos poemas el arte es el tatuaje, escribo,
y añado: las palabras duelen mucho más
que el peso de las cosas.
               
A veces el mundo es lento y viejo como una casa
que huele a barco y a bodega
y recibe a las gaviotas como grandes presencias.
A veces el mundo me devuelve
la visita del tiempo -afable pero firme-
que reclama su parte del león.
               
Abro las alacenas, muestro el cielo.
El fulgor de las pocas palabras que me quedan
es mi oscura tensión
-en el fondo de mi dicha-
la belleza de aquellas palmeras despeinadas
contra la lancha a punto de partir.
									
IV

						
Este verano se parece a un pueblo todavía humeante
después de un bombardeo.
Del otro lado del río, en la bruma, un bote
está listo para llevarme a la frontera
Si la metáfora suena dramática, es para proteger
esta ausencia sin brillo, el riesgo de una soledad en sordina
y a repetición.
Las heroínas no huyen del calor
ni de los muñecos quemados entre los escombros.
Hay que llegar (del otro lado), y escribir.
Y escribir es despojarme página por página
de un nombre anotando demasiada vida.
Amo este balanceo en la nada,
los recuerdos como linternas en la noche
que atraen a los  animales y los alejan de sus cuevas.
Mi cueva es este verano inmóvil, metafísico,
casi reverente.
 ¿Hay alguien ahí?
No es fácil de entender tanta certeza, duele al mundo
y yo soy el mundo.
Un galpón atestado de maniquíes de vidrio
para verles, de lejos y cerca, los hilos de la repetición.
 
XIII

						
La sombra del árbol cae sobre la ventana
y la mujer sorbe su café dentro de un cuadro de Hopper.

Nada puedo perdonar.

Ni su escote, ni que no levante los ojos para
hermanar su soledad de verano sin humo,
ni sus piernas cruzadas como cubiertos sobre el plato
en una cena tardía, inmóvil, sin conversación.

Este calor lo corrompe todo, deja manchas
en las hojas y en las maderas.
La pesadilla de la noche anterior persiste el día entero
como un ácido, como una gota de sangre vieja.
Es la derrota de mi propia casa
llevada en andas por enemigos invisibles durante
la estación cálida.

En una leyenda habría una conspiración:
la mujer y yo compartiríamos un hombre o un delito.
Huiríamos juntas, por las calles más escondidas del puerto
entre edificios demolidos y ventanas tapiadas.
Y la vida seguiría siendo este enigma ordenado, 
esta resaca de todo fulgor, la búsqueda de un reducto
para reponerse de los errores.

En un rincón de la ciudad dormida, sobre el escenario de
un sótano, al fin improvisamos un diálogo de seda,
prisioneras de las cinco personas -remotas- 
en la oscuridad.

¿Nos volveremos más bellas bajo el spot?
¿Más serenas?

Conozco esta ciudad de epopeyas secretas
y renuncias.
Conozco esta hora en que el poema empieza a 
escribirse bajo las uñas
y pagamos por una ventana que da a un pavimento aceitado
donde el miedo puede recostarse contra la luz.
 
Los poemas IV y XIII son inéditos